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domingo, 20 de septiembre de 2009

Halloween x Ejército Nihilista de Terrorismo Espiritual


Desobediencia y lujuria sobrehumana, irrespeto creativo a la autoridad.

Las naciones y los gobernantes son polvo ante mí, yo soplo y desaparecen. Las culturas y las civilizaciones no son nada ante mi eternidad. Son un suspiro en medio de los milenios.

- Liber Zión, Baphomet

No es una fiesta para adolescentes pequeño burgueses ni para que las tiendas coloquen calabazas huecas de esculpido “semblante grotesco” en sus anaqueles. El anaranjado y el negro nunca fueron colores consignados a la Publicidad del Deseo Reprimido (siempre se conservaron, respectivamente, como el equilibrio del espíritu y el eterno silencio de la conciencia). Ni fantasmas cubiertos de tela ni brujas chillonas ni personajes de terror mediático deambulando en las calles como pequeñas propiedades privadas del patriarcado trabajador. Ni encantos de marketing ni cenas hipócritas ni condenaciones de pecado culpa sexualidad acallada, sino vástagos de locura, verdaderas hechiceras de la Era de Zión, danzantes nudistas, patafísicos borrachos, chicanos ateos, anarcofuturistas hiperbóreos, derviches, mercenarios espirituales paganos, sindicalistas homosexuales, profetas del CronoApocalipsis, actrices autopornogestionarias, malabaristas de la secta Émile Armand, prestidigitadores postnietzscheanos, ladrones dandis espasmódicos. Una genuina hueste de la pasión desatada.

Halloween era para los antiguos celtas la noche, la última noche del año, en que el Señor de la Muerte expulsaba dondequiera sus ánimas perversas, motivo por el cual el pueblo se organizaba en pequeñas hordas para ahuyentarlos. Salían los pobladores con máscaras temibles, antorchas, trajes excéntricos, botellas de vino y un par de bolsas de castañas, dispuestos a combatir con todas sus fuerzas a esos sucios demonios.

Un campamento de cinco personas por cada casa en una aldea con casi cien, era una muestra de qué tan masivo podía ser este acto. Más aún, tal como apunta Edgar Plank en su Mythapology, “el Halloween de los celtas era una batalla espiritual brutal, sin tregua. La gente hacía brigadas alrededor de las viviendas. Acampaban en el bosque y, en medio de las frondas, encendían fogatas e iniciaban los rituales”.

Según Plank, la ceremonia céltica de Halloween consistía en tres fases, dentro de cada brigada: primero, el monje druida iba a cazar un animal sagrado bajo la densidad de la bruma, la grandeza de la luna y el abrigo del follaje; segundo, un bardo quedaba encargado de proveer de vino y frutas a los combatientes, mientras los hacía danzar entonando melodías contra la muerte; y por último, el monje llegaba con un ave o ciervo acuchillado que, tras el baile, era ofrendado a la estrella del presagio.

La danza, por su parte, trataba de una redención interior a través de la liberación de los sentidos. Los integrantes se quitaban sus prendas de vestir. Alrededor de los fulgores de la fogata, comenzaban a tocarse sus pieles, a proferir tiernos rumores y a rozarse y besarse hasta penetrarse y acabarse unos a otros. Orgías inverosímiles, extravagantes. Contorciones convulsivas, gritos, mordiscos, felaciones, desgarros, llantos. Al finalizar el desenfreno, luego de un orgasmo colectivo, el bardo recolectaba el Sacramento (semen) y lo colocaba en las vísceras del animal, prisma orgánico a través del cual se vislumbraban los códigos del porvenir. No estamos hablando de visigodos ni de vándalos, sino de verdaderos hechiceros.
Halloween como plan revolucionario

Dios es un orgasmo continuo.

- Alejandro Jodorowsky

Mientras Marx, Bakunin o cualquier otro tonto barbudo te decía que debían cumplirse ciertos requisitos revolucionarios, pasos como la concienciación de las masas populares o la ascensión del proletariado al aparato estatal para “vivir plenamente” en algún momento, pero nunca mientras tú vivas, nosotros te decimos:

Maldiciones celtas por doquier. Pandilleros poético-terroristas del Maître à Pécher cyberpunk neoyorquino adiestrados para robar bancos enteramente desnudos (después no hacen nada mercantil con el dinero, sólo colocan en todos y cada uno de los millones de billetes robados un sellito con una carita feliz circunscrita por la frase “Disuelvan el Estado o matamos al presidente”; finalmente hacen un simple lavado de dinero cuyo resultado moviliza todos los cuerpos de seguridad a la idea de que se está fraguando un magnicidio, situación propicia para cometer un verdadero acto vandálico, un acto incluso más complejo, más escandaloso y aterrador que la muerte de un simple funcionario público), niños salvajes atómico-existenciales con máscaras antigases cagando en medio de la calle en signo de protesta por la muerte de Amala y Kamala y limpiándose el culo con el Bardo-Thödol, el Tao-Te Ching, los Tipitaka, la Biblia (cristiana, hebrea y demás), la Epopeya de Gilgemesh, el Corán, la Declaración Universal de Derechos Humanos, el Avesta, el Engishiki, las Doce Angas, Dios y el Estado, la Torah, el Popol Vuh, la Constitución de este país, los Cuarto Libros, el Bhagavad Gita, la colección completa del Veda, los Upanisads, las 95 Tesis luteranas, el Gurú Granth Sahib y toda esa metafísica aburrida y castrada, incluyendo los opúsculos de autoayuda de moda, todas las leyes vigentes y la bandera nacional (Nota: los niños salvajes son cuadrúpedos, telépatas, buenos lanzadores de granadas y sobre todo de ímpetu lúdico; prefieren las cerbatanas más que cualquier otra arma y especialmente no sienten miedo ni dolor pues nada ni nadie ha legislado sus corazones), desertores de la familia nuclear, mercenarios anabaptistas con antorchas dispuestos a quemar vivo al Cardenal y al clérigo entero, falansterios, practicantes clandestinos de Atemi Tong (técnica oriental de combate bastante sutil, capaz de mutilarte o matarte con apenas tocarte levemente partes vitales del cuerpo), insurrecionalistas sensoriales danzando batuque brasilero en la casa presidencial -patadas veloces estrellándose con etéreas cortinas de opio, al ritmo del birimbao-, sanguinarios rojinegros como una explosión de ébanos y rosas, una manada real de visceralistas delincuentes. Corre. Sabotea. Planifica con compañeros de vida la creación de túneles a varios metros del suelo para la movilización de armas y juegos pirotécnicos; reparte la Maldición contra el cristianismo de F. Nietzsche en las puertas de las iglesias, y nunca dudes en arruinar todo acto socialcristiano (si bien lo más sensato sería asesinar al vicario clavándole una pluma de paloma negra en la yugular de la conciencia).

Ningún derecho/ningún deber.

Y, por favor, en esta ocasión no vayas desnudo como un signo. Más bien, ve desnudo como si te hubiesen invitado a un Hadaka Matsuri de asesinos japoneses radicados ilegalmente en Holanda (Deus maria fecit, batavous terrae et moi le vin “Dios creó los mares, el holandés las tierras y yo el vino francés”).

Mañana yo invito la iluminación.

Anarquía sin Anarquismo x Claudia V.


A veces me convenzo de que la estupidez se llama triángulo, de que ocho por ocho es la locura o un perro.

- Julio Cortázar

Al parecer hay una crisis mundial dentro del movimiento anarquista. Los simpatizantes arrojan al suelo la bandera negra con la convicción de no quedarse estancados en ideologías marginales, y se marchan al bosque a abrazar a los árboles, a hablar con los pájaros. Pero durante las últimas noches ha merodeado por mi cabeza una frase acaso perteneciente a algún ropavejero, filósofo desquiciado o vate: el anarquismo es un fracaso como sistema político, precisamente porque ni es sistema ni es político.

Entonces desperté y una revelación secuestró mis sentidos: el anarquismo es una doctrina cualquiera, con sus análisis históricos, sociológicos y coyunturales; sus barbudos teóricos decimonónicos, citados una y otra vez hasta la saciedad; y los debates, discursos y demás formas de retórica. En cambio, la anarquía (en latín a, no, y arche, principio) es un estado trascendente de la Mente Divina.

El fracaso del anarquismo estriba básicamente en que se reconoce como ideología política. Ahora bien, las ideas, al igual que la política, sólo existen para ser destruidas. Las primeras no me pertenecen hasta tanto no emerjan de mi voluntad creadora –henchida de un ánimo lúdico/destructor-; y la política es tan sólo una tesis de la Vieja Derecha Griega, el zoon politikón platónico que desesperadamente asume la condición gregaria como sinónimo de actitud política. ¿Usted ha visto un elefante –que es un animal de manada- yendo a un centro de votación, por ejemplo?

Mi Anarquía Espiritual se desnuda y corre en busca de sí misma. Sé que hablar de espíritus puede traer algunas confusiones, como asociarlo al espiritualismo mercantilista de la Nueva Era o a las religiones monolíticas del miedo. Tampoco el espíritu a que hago mención proviene de las consideraciones fenomenológicas como las de Max Scheler (o sea, que únicamente los seres humanos poseen espíritu), sino a la fantasmagórica visión de Max Stirner (o sea, que vivimos en un mundo espectral).
La propiedad es una torta cubana

Estamos rodeados de espíritus y cada uno de ellos responde a una causa egoísta, a sí mismos. Bastaría ojear la literatura anarquista para darse cuenta de que esta afirmación siempre ha existido en los planteamientos de sus teóricos, pero en un plano dialéctico y casi como asomo.

Miguel Bakunin decía en uno de sus libros que el hombre se asemejaba a la naturaleza del león, que es un animal gregario y sin embargo cualquiera envidiaría la libertad de la que goza (a menos que haya sido encarcelado en un zoológico, acoto yo). Luego llegaba a la conclusión, a través de la anterior comparación, que los regímenes totalmente socialistas o totalmente individualistas se han hundido en el fango por no reconocer este nivel intermedio inherente. Errico Malatesta sostenía que el anarquista luchaba por su libertad, no por la de los otros, pero como la libertad de los otros se extiende junto a la de él, entonces su lucha contra toda forma de opresión resultaba legítima. Lo mismo sucede con Pedro Kropotkin. Cuando uno finaliza la lectura de La moral anarquista, todo se resume en que uno debe ser egoístamente altruista.

Pero en el anarquismo todo permanece suspendido, aunque se debata una y otra vez, seguramente debido al mantenimiento de una noción paralítica del cambio. Para Pierre-Joseph Proudhon una revolución significaba simplemente cambiar del predicado un sujeto por otro, no eliminarlo. En otras palabras, se elimina a Dios, pero se mantiene la moral, o se elimina el Estado, pero se mantiene la estructura [1]. Nada sustancial cambia. La moral, que es la ley dentro de mí, permanecerá inmutable. De ahí el surgimiento de la frase: “No soy Yo quien vivo, es la Ley la que vive en mí”.

En mi Yo Superior se halla la flama que sólo puede satisfacerse en el amor y la compasión, y no en la colección de Rolls Royce. Es posible creer que satisfago mi espíritu, cuando en realidad vivo una extrapolación del yo, como un símbolo que me posee. Podrá sonar embrollado, mas si ves tu entorno te percatarás de que todo es Espíritu. Si de algo mana palabra alguna, penetra ese “algo” al nombrarlo y hazlo tuyo mediante la poesía.

Poesía y anarquía, siempre tomadas de la mano. Anarcopoesía: el reconocimiento de la digresión de mis sentidos, el dominio del símbolo o trasgresión de la palabra como Ta Yu (posesión de lo grande).

Los anarquistas creen, en cambio, tanto como los filósofos, que pueden conseguir o tener la verdad empleando el lenguaje. Es sabido que éste proviene de la reproducción de impulsos nerviosos convertidos en fonemas y de allí surge la palabra hablada. De acuerdo con Friedrich Nietzsche, a la soberbia humana esto le fue suficiente para hablar de “verdades”, cuando ni siquiera ha visto la realidad con los ojos de una mosca [2].

La verdad más profunda se halla en el corazón.

Sin embargo, yo soy una mosca. No hay verdad más allá de mí mismo, pues Yeshua me señala el camino de mi sol interior. Derribo paredes, invento filosofías y bailo con tal belleza que puedo explorar más allá de lo que podría conocer el espionaje satelital. Como Siddharta, me introduzco en el cuerpo de un chacal muerto –veo ahora desde los ojos exánimes del animal, y me río-, siento cómo los coyotes me devoran; me vuelvo esqueleto, hueso, y luego polvo llevado por el viento. Mis palabras son el viento que irrumpe los intersticios del río, haciendo que las aguas se agiten hasta el florecimiento.

Y no me hace falta argumentar, como a los anarquistas (antes que eso vivo). La diferencia es que ellos convencen; yo enamoro. De modo que deja el decoro y come un poco de torta cubana.
Ni Dios ni amo aunque amo a Dios

¿Qué hacer para vivir desde la anarquía? Algo tan sedicioso como vivir. Aunque si en el choque ultrasónico material/espiritual alguien intenta arrebatar mi alcance cósmico, tendré que atacar con todo el impulso vital de mi ánimo lúdico, como burlarme de la raquítica A ceñida en círculo que pintan en sus banderas.

Piensa en esto. Los anarquistas desdeñan el orden si es impuesto por unos pocos a las masas embrutecidas, pero adoran una estructura autogestionaria. En efecto, el problema en sí no es el número de gente que puede ordenarse por sí misma, sino el propio orden (“Cuando no hay orden, entonces no hay desorden porque hay Espontaneidad” – Osho).

Entonces no soy ni burguesa ni proletaria, ni de izquierda ni de derecha, ni blanca ni negra. Señora, no soy el ángel de la muerte, sino la hija de la vida. Es decir, no lucho por algo, sólo me divierto. De resto, que los determinismos/reduccionismos sean lanzados al basurero de la Historia. Desde luego que un sabio intentará rebatirnos estas propuestas diciendo, por ejemplo, que un no-principio como la anarquía es un principio, ¿o acaso es una verdad decir que nada es verdad?

No obstante, sólo en el plano de la lógica uno podría agachar la cabeza y encerrarse nuevamente en la alcoba, en virtud de tal razonamiento. Ahora bien, como el método y las categorías racionalizantes no se corresponden con la trascendente inmanencia del Tao, el “argumento” será reírse del sabio o hacerle el amor. Le coeur a ses raisons, que la raison ne connaît point [3] Podríamos, si queremos, suplir el no-principio por un reconocimiento mucho más seductor: la anarquía como caos, creación continuada, microorden espontáneo. O como el principio de Hesíodo: Caos/Nada, Geia/Tierra, Eros/Amor.

¿En qué se diferencia un marxista que anhela la Dictadura del Proletariado de un anarquista desesperado por conseguir la Revolución Social? Tanto uno como otro responden a causas externas, ismos, extrapolaciones del yo, cada una con un matiz diferente, pero al fin y al cabo ambos dejan de sentir para satisfacer una causa que no es propia, precisamente porque no está conectada con su ser más profundo.

Yo, como soy toda espíritu y a la vez toda corpórea, como mi anarquía es tan única como mis huellas dactilares, voy hacia lo visible y con su sombra creo invisibles formas de volar.

Quizás llegue el día en que los anarquistas se percaten de que la utopía realizable, aquí y ahora, es una federación de misterio, un estado poético de crimen y exuberancia. Pero si aún persisten en su desgracia, nuestra poesía invadirá sus espíritus con fluidos de agitaciones evanescentes triángulo locura perro.

Que nuestra causa esté basada en Nada.
Fiat lux

[1] El Único y su propiedad, de M. Stirner [disponible en web]
[2] Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, F. N. [disponible en web]
[3] Frase de Pascal. En español: “El corazón tiene razones que la razón no conoce de ningún modo”.

lunes, 24 de agosto de 2009

Hacia la nada creadora: Individuo y revuelta x Renzo Novatore


EL HEDONISTA: ES UN PLACER PODER HECHAR ESTO AL MUNDO. A VER SI LO AGUANTA. AKI PUES EL GRAN RENZO NOVATORE POR FIN GRACIAS A UN COMPA KE LO TRADUJO EN ALASBARRICADAS.ORG DESDE EL ITALIANO.

NOTA INDRODUCTORIA

A casi setenta años desde que se publicase por primera vez, Hacia la Nada Creadora parece que sigue manteniendo intacta su fuerza subversiva. Esta característica de “actualidad inmutable”, prescindiendo de los “cambios sociales” acaecidos y más allá de la forma literaria, es común a gran parte de los escritos de anarco-individualistas, es decir, de aquellos que no fundamentaban su propia vida en un programa social y económico que realizar – sobre cuya validez sólo la Historia podía expresarse – sino en el individuo, en el ser humano concreto de carne y hueso (lo que muy probablemente explica también el renovado interés en la obra de Stirner).

Pero la valorización del individuo no puede y no debe diluirse en la constitución de una nueva escuela, de una nueva ideología, que en un momento de incertidumbre como el que estamos atravesando podría atraer a todos aquellos – y son muchos – que van en búsqueda de un punto de apoyo inquebrantable. El Partido no puede sustituir al individuo sólo porque se lo considere exento de toda crítica en el “confronto” con la realidad social. El mayor riesgo, en definitiva, es el de recluirse en la clásica torre de marfil, como en el pasado hicieron en efecto muchos anarco-individualistas.

Muchos, pero no todos. Es por esto que la reedición de esta obra de Renzo Novatore, que nos permite redescubrir su figura bajo diversos aspectos excepcionales de anarco-individualista, viene a colación, puesto que no sólo “fa piazza pulita” de las posibles especulaciones sobre el individualismo, sino que también es al mismo tiempo una llamada a la lucha de una actualidad por momentos sorprendente.

Entre cuantos se declararon anarco-individualistas, Renzo Novatore ocupa indiscutiblemente un puesto de honor, siendo uno de los mayores representantes de lo que en la época se llamaba “anarquismo heroico e iconoclasta”. Hombre de pensamiento y acción, Novatore en el curso de su vida demostró más de una vez su propia unicidad.

Durante la primera guerra mundial, cuando el intervencionismo atraía no pocos adeptos entre los anarquistas, sobre todo en las filas de los individualistas, Novatore se posicionó resueltamente contra la guerra, disertando arma en mano y siendo por esto condenado a muerte por el tribunal de La Spezia. A diferencia de gran parte de los demás individualistas, que se entretenían con académicas elecubraciones sobre el Yo, Novatore vivió como un proscrito, realizando atentados y expropiaciones y participando activamente en numerosas tentativas insurreccionalistas, hasta que fue asesinado en un enfrentamiento armado con los carabinieri en 1.922.

Antidogmático, entró a menudo y de buena gana en polémica ya fuese con los anarquistas organizadores ligados al UAI – Unión Anarquista Italiana – (tuvo un polémica muy fuerte con Camillo Barneri), o con los exponentes de un cierto anarco-individualismo (como Carlo Molaschi).
Para Novatore – lector de Stirner pero no por ello discípulo del stirnerismo – la afirmación del individuo, la continua tensión hacia la libertad, lleva inevitablemente a la lucha contra lo existente, al enfrentamiento violento contra la autoridad y contra todo tipo de “attendismo” (actitud de esperar a ver que pasa).

Escrito alrededor de 1.921 Hacia la Nada Creadora, que muestra de forma patente la influencia de Nietzsche sobre el autor, ataca uno tras otro al cristianismo, al socialismo, a la democracia, al fascismo, mostrando las miserias morales y espirituales de estos. Todo lo que ha llevado a la degradación del individuo, que lo ha sometido bajo distintos pretextos a “fantasmas sociales”, es agredido con furia iconoclasta. Con esta crítica a aquello que disminuye la unicidad del particular – todavía hoy plenamente válida – Novatore derriba todos los tópicos difundidos en relación a los individualistas. A veces con una sonrisa en los labios y otras con rabia, Novatore desmiente a quién lo imagina encerrado en el claustro de la especulación filosófica; rechaza las acusaciones de quién lo pretende, en cuanto carente de proyectualidad, ciego negador; muestra la ridiculez de quien lo considera contrario a la revolución y favorable únicamente a la revuelta individual. Todo esto sin perder nunca la ocasión de afirmar la unicidad del individuo, la grandeza del sueño, la fuerza del deseo, la belleza de la anarquía. En otras palabras, aquello que hoy es considerado vetusto y superado, pero que quizás está simplemente fuera de moda.

Cierto, ha pasado mucho tiempo desde la redacción de este texto. Pero el triunfo de la democracia, la supervivencia del estalinismo, el resurgir del fascismo, la propagación de la tecnología, la universalización de las mercancías, la homologación realizada por los mass media, la reducción del lenguaje, el desprecio por la utopía: aquello que enmaraña y anega al individuo en un mar de mediocridad, a domesticar su unicidad, a placar cualquier instinto de revuelta, a volverlo incapaz tanto para ell amor como para el odio, impotente en su dócil vivencia – todo esto es espantosamente actual. He aquí porque se vuelve igualmente actual e indispensable por cuanto puede servir para eliminar la sacralización y para combatir esta situación.
Una cosa es cierta, solamente quien prefiera el mar embravecido al agua estancada sabrá seguramente apreciar la obra iconoclasta de Renzo Novatore.

M. S.


He ido poniendo en negrita cosas con las que tengo alguna duda o no me vienen a la mente las palabras para traducirlo exactamente. Ya iré mirando, poco a poco.



NOTA BIOGRAFICA


Renzo Novatore, pseudónimo de Abele Rizieri Ferrari, nace en Arcola (SP) el 12 de mayo de 1.890 en una modesta familia de campesinos.
Rebelde ante la disciplina escolar, va solamente unos meses a las clases de la enseñanza primaria; después abandona la escuela definitivamente y es obligado por el padre a trabajar en el campo. Pero su profundo deseo de conocimiento unido a una tenacidad y una voluntad bien implantadas lo convierten en un precoz autodidacta: con el tiempo se va transformando en un lector incansable y con un agudo sentido crítico que le impide ser dominado por las ideas ajenas.
Todavía adolescente es acusado con una decena de coetaneos de haber provocado un incendio en la iglesia de N.S. De los Ángeles, tras tres meses es procesado y después absuelto.
Iniciada la Primera Guerra Mundial Novatore decide armarse contra la Sociedad de la Guerra. Condenado a muerte por deserción y alta traición, se traslada a Emilia y comienza a hacer propaganda de la rebelión armada contra la ferocidad de los Estados.
Tras el armisticio, mientras todos los demás compañeros de Arcola vuelven, Renzo Novatore continua siendo un prófugo: las fuerzas policiales se empeñan a fondo, con feroz dedicación para sacar de su agujero a este “peligroso bandido anarquista” contra quien tiene la orden de disparar a matar. Arrestado después de los movimientos de La Spezia de 1.919, es condenado a diez años de cárcel en una prisión de máxima seguridad, pero sale de la prisión de Livorno gracias a la amnistía que se lleva a cabo.
Retoma con dedicación y entusiasmo la acción anarquista y emprende diversas tentativas insurreccionalistas.
Es nuevamente arrestado por el asalto armado del polvorín y el cuartel de los marineros de Val di Fornola.
Nada más ser liberado, en el periodo de la ocupación de las fábricas lo reencontramos ocupado en una vasta tentativa insurreccionalista que fracasa tras un chivatazo.
Después de un periodo de relativa calma en el cual publica la revista "Vertice", a continuación, un enfrentamiento armado con la policía se ve obligado a abandonar Arcola y a deambular por la Italia Septentrional, prosiguiendo de todos modos su actividad revolucionaria.
Casado con Emma, tiene tres hijos, uno de los cuales muere con pocos años de vida; los otros son Renzo y Stelio (el único todavía con vida).
Renzo Novatore muere el 29 de noviembre en Teglia (GE), muerto en un conflicto armado por los carabinieri.
***


Su vasta obra, en parte perdida, se extendió por numerosos periódicos anarquistas de la época, entre los que recordamos “Il Liberiano” de La Spezia, “Cronaca Libertaria” de Milán, “Iconoclasta” de Pistoia, “Gli Scamiciati” de Pegli, “Pagine Libertarie” de Milán, “Il Proletariato” de Pontremoli y la revista “Vertice”.
Dos años después de su muerte el grupo anarqusita “Los hijos del Etna” de Siracusa publicó “Hacia la Nada Creadora” y “Por encima del Arco”, ambos reeditados entre 1.949 y 1.953 del Grupo Editorial Albatros, de Florencia. La edición de “Hacia la Nada Creadora” que presentamos es la americana de 1.939, a cargo de Virginio de Martin.

INTRODUCCIÓN


El bello prefacio del ignoto hijo del Etna y las páginas de expresión heroica de Renzo Novatore yo solamente recomiendo que sean bien leídas y comprendidas. Militante libertario durante veinte años, él escribió estas páginas durante los episodios ocurridos en Italia en 1.919-1.921.
Viento de reconquista que despertó a todo el pueblo italiano, inmerso en el dolor acumulado durante las danzas macabras de la gran guerra; los más tiernos jóvenes de Italia habían muerto en un mar de sangre mientras los viejos, las mujeres y los niños morían de dolor y de hambre.
La muerte era lenta, no sabían ni vivir ni morir, y fue en esta lúgubre noche cuando los individualistas y los iconoclastas oyeron los gritos y encendieron las antorchas cantando extrañas canciones:
que la vida era hermosa y hermosa era la Lucha contra los verdugos y los tiranos. La gorda y mediocre burguesía cebada con los beneficios de la guerra se regocijaba y dormía en medio de sueños placenteros, y fue Bruno Filippi el primer iconoclasta que el 7 de septiembre de 1.919 por la mañana como un violenta sacudida sísmica despertó a Milán y a la escoria plebeya y aristocrática. El Milán de los búhos y cocodrilos sintió como se resquebrajaba el terreno a los pies de un rumor espantoso, Bruno se había dirigido contra la ley e hizo temblar a los hombre y a las cosas... Y Renzo Novatore aderezó el baile con la poesía... De los libres y fuertes riendo... El orgulloso Pueblo Cadorino al unísono sonrió... Sintió la imperiosa necesidad de vivir su propia vida en la atmósfera alta y sublimemente intelectual del pensamiento propugnante del gozo de vivir. Como rubias y felinas leonas, las mujeres del Alto Cadore incitadas por los rebeldes cogieron a sus pequeños e incitaron a los habitantes de las majestuosas y perfumadas forestas verdes y salvajes a conquista la libertad y la vida riendo. La filosofía de Renzo Novatore es la más hermosa, y la única vía para quien pretende vivir intensamente la vida.


Virginio De Martin

PREFACIO


¡Triste historia la del anarquismo individualista en Italia!
Incomprendido en la tristeza de su Dolor y en la dicha de su Gozo; ridiculizado por cuantos podían entenderlo si no admirarlo, la mofa no llegó nunca a las altiplanicies soleadas del Odio, pero se insinuó, denigró, vilipendio...en la sombra... como un espía...por miedo: traicionado por algunos de sus defensores de un día que con los años habían perdido la fe en la Nada, fue acusado de debilidad, de aberraciones, de intolerancia...y débiles, los desviados, los intolerantes eran ellos, los desilusionados.
Más allá de las incompresiones, la mofa, por encima de la traición iluminó – aun con rayos – la noche de todas las renuncias.
Y los suyos fueron faros para los anormales, los rebeldes, los vagabundos, en la noche de las renuncias que dura.
¿Se consumieron en instantes o en eras? Nada pidieron
...Y los faros continúan aún encendidos...

***

Minoría absoluta en lucha con una mayoría potentemente organizada, los individualistas luchan para realizar su ideal repleto de cantos, flores, luces más allá y fuera de la sociedad burguesa.
No tienen fe en los compañeros, porque reconocen que el compañero no es una afinidad electiva como el amigo.
Y por un sueño se baten, por un sueño sacrifican tesoros de afecto, por un sueño viven.
Seguros de la derrota, viven la Lucha, y serán los eternos derrotados, porque el día que venciesen sería el fin, y ellos quieren ser el inicio.

***

Renzo Novatore en estas páginas es el individualista tipo, así como lo entiendo yo meridionalísimo.
Un gran rebelde, un rudo artista de la pluma, un maestro de la armonía. Riquísimo de sentimientos, en cada página dona una pequeña parte de sí mismo, porque sabía que una acción es noble, un afecto grande, solo cuando hay sacrificio.
...Y como los demás no fue comprendido. Y como los demás fue calumniado...
Pero él estaba tan metido en cantar sus canciones a los amigos que no se dio cuenta.
Trabajo que surgió de golpe en un momento de inspiración, que en los trabajos de corrido se siente la falta del pulimento, pero se conserva la virginidad de las impresiones.
Su modo de escribir es una melodía enervante y fascinante a la vez, que tiene algo de lo bárbaro y las repeticiones son el motivo dominante, demasiado ligado al autor como para que lo pueda abandonar.
Autodidacta, Renzo Novatore desconocía el comercio de los sentimientos más queridos y así los extendió a manos llenas sin pedir nada a cambio. Y nosotros aquellas flores las recogimos y conservamos, aquellas pálidas camelias, para ofrecerlas un día a quien sabrá apreciar el perfume.

El Hijo del Etna


I

Nuestra época es una época de decadencia. La civilicación burguesa-cristiano-plebeya ha llegado hace mucho tiempo al punto muerto de su evolución...
¡Ha llegado la democracia!
Pero bajo el falso esplendor de la civilización democrática, los más altos valores espirituales han caído rotos en pedazos.
La fuerza volitiva, la individualidad bárbara, el arte libre, el heroísmo, el genio, la poesía, han sido objeto de burla, ridiculizados, calumniados.
Y no en nombre del “yo", sino de la “colectividad”. No en nombre del “único”, sino de la “sociedad”.
Así el cristianismo — condenando la fuerza primitiva y salvaje del instinto virginal — mató el “concepto” vigorosamente pagano del gozo terreno. La democracia — su hijita — lo glorificó haciendo apología de este delito y celebrando la siniestra y vulgar grandeza...
¡Ahora ya lo sabemos!
El cristianismo fue el filo envenenado clavado brutalmente en la carne sana y palpitante de toda la humanidad: fue una fría ola de tinieblas impulsada con furia místicamente brutal que ofuscó el hedonismo sereno y festivo del espíritu dionisiaco de nuestros padres paganos.
En una fría velada invernal que se precipitó fatalmente sobre un caluroso mediodía de verano! Fue él – el cristianismo – que sustituyendo con el fantasma del “dios” la realidad palpitante del “yo”, se declaró enemigo feroz del gozo de vivir, y se vengó vilmente con la vida terrena.
Con el cristianismo la Vida fue enviada a la añoranza en los pavorosos abismo de las más amargas renuncias; fue empujada a los glaciales de la renegación y de la muerte. Y de este helado lugar de renegación y de muerte nació la democracia...
Puesto que ella — la madre del socialismo — es la hija del cristianismo.


II

Con el triunfo de la civilización democrática se glorificó a la plebe del espíritu. Con su feroz antiindividualismo – la democracia – pisoteó – al ser incapaz de comprenderla – toda heroica belleza del “yo” anticolectivista y creador.
Los sapos burgueses y las ranas proletarias se estrecharon las manos en una común vulgaridad espiritual, comunicándose religiosamente en el cáliz de plomo que contenía el viscoso licor de las mismas mentiras sociales que la democracia tanto a unos como a otros presentaba.
Y los cantos, que burgueses y proletarios entonaron a su comunión espiritual, fueron un común y fragoroso “¡Hurra!” a la Oca victoriosa y triunfante.
Y mientras los “¡hurras!” estallaban altos y frenéticos, ella – la democracia – se iba poniendo la gorra plebeya sobre la lívida frente, proclamando – siniestra y feroz ironía – los iguales derechos... ¡del Hombre!
Fue entonces cuando las águilas, dentro de su prudente consciencia, batieron más fuerte sus titánicas alas, librándose – asqueadas ante el trivial espectáculo – hacia las cimas solitarias de la meditación.
Así, la Oca democrática, permaneciendo reina del mundo y señora de todas las cosas, imperó dueña y soberana.
Pero visto que por encima de ella algo reía esperando, ella, por medio del socialismo, su único y verdadero hijo, hizo lanzar una piedra y un verbo, en el bajo dominio cenagoso donde croaban sapos y ranas, para levantan un combate de panzas, y hacerlo pasar por una guerra titánica de ideas soberbias y de espiritualidad. Y en los pantanos, el combate se produjo...
Se produjo en modo tan evidente, hasta a salpicar el fango ¡tan alto como para ensuciar las estrellas!
Así, con la democracia, todo fue contaminado.
¡Todo!
Incluso aquello de entre lo mejor.
Incluso aquello de entre lo peor.
En el reino de la democracia, las luchas que se abrieron entre capital y trabajo, fueron luchas raquíticas, larvas impotentes de guerra, carentes de todo contenido de alta espiritualidad, y de toda valerosa grandeza revolucionaria, ¡incapaces de crear otro concepto de vida más fuerte y más bella!
Burgueses y proletarios, aun pegándose por cuestión de clase, de dominio y de instinto, se mantuvieron por siempre hermanados en el odio común hacia los grandes vagabundos de espíritu, contra los solitarios de la Idea. Contra todos los atormentados del pensamiento, contra todos los transfigurados por una belleza superior
Con la civilización democrática, Cristo ha triunfado...
“Los pobres de espíritu”, más el paraíso de los cielos, han tenido la democracia sobre la tierra. Si el triunfo non fuese todavía completado, lo cumplirá el socialsimo. En su concepto teórico lo ha anunciado tanto tiempo ha. El tiende a “nivelar” todos los valores humanos. Atentos, ¡oh jóvenes espíritus!
La guerra contra el hombre individuo fue iniciada por Cristo en nombre de Dios, fue desarrollada por medio de la democracia en nombre de la sociedad, amenaza de completarse en el socialismo, en nombre de la humanidad.
Si no sabemos destruir a tempo estos tres fantasmas tan absurdos como peligrosos, el individuó se encontrará irremisiblemente perdido.
Hace falta che la revuelta del “yo” se expanda, se ensanche, ¡se generalice!
Nosotros – los precursores del tiempo – ¡hemos encendido ya los faros!
Hemos encendido la antorcha del pensamiento.
Hemos blandido el hacha de la acción. ¡Y los hemos destrozado, los hemos dejado en evidencia!
Pero nuestros “delitos” individuales deben ser el anuncio fatal de la gran tempestad social.
La gran y tremenda tempestad que hará hundirse a todos los edificios de las mentiras convencionales, que tirará abajo los muros de todas las hipocresías, ¡que reducirá el viejo mundo a un montón de escombros y ruinas humeantes!
Porque es de estos escombros, de Dios, de la sociedad, de la familia y de la humanidad, que podrá nacer lozana y festiva la nueva alma humana, la nueva alma humana. Esta nueva alma humana que sobre las ruinas de todo un pasado cantará el nacimiento del hombre liberado: del “yo” libre y grande. (uno, grande y libre :o, ¿Ése no era Hayis? :-OO)


III


Cristo fue un paradójico equívoco de los evangelios. Fue un triste y doloroso fenómeno de decadenzia, nacido del cansancio pagano.
El Anticristo es el hijo de todo el odio gallardo que la vida ha acumulado en lo secreto de su fecundo seno, durante los más de veinte siglos de dominio cristiano.
Porque la historia se repite.
Porque el eterno retorno es la ley que rige el universo.
¡Es el destino del mundo!
¡Es el eje sobre el cuál gira la vida!
Para recurrirse.
Para contradecirse.
Para recorrerse.
Para no morir...
Porque la vida es movimiento, acción.
Que recorre el pensamiento,
que busca el pensamiento,
que ama el pensamiento.
Y este anda, corre, se afana.
Quiere arrastrar a la Vida al reino de las ideas.
Pero cuando la vía está impracticable, entonces, se lamenta el pensamiento.
Llora y se desespera...
Puesto que el cansancio lo hace débil, lo vuelve cristiano.
Entonces él coge a la hermana Vida de la mano y trata de confinarla en el reino de la muerte.
Pero el Anticristo - el espíritu del instinto más misterioso y profundo - reclama para sí la Vida,
gritándole bárbaramente: ¡Empecemos de nuevo!
¡Y la Vida vuelve a empezar!
Porque no quiere morir.
Y si Cristo simboliza el cansancio de la vida, el ocaso del pensamiento: ¡la muerte de la idea!
El Anticristo simboliza el instinto de la vida.
Simboliza la resurrección del pensamiento.
El Anticristo es el simbolo de una nueva aurora.


IV


Si la moribunda civilización democrática (burguesa-cristiano-plebeya) consiguió nivelar el alma humana, negando todo alto valor espiritual emergente por encima de ella, no consiguió – afortunadamente- nivelar las diferencias de clase, de privilegio y de casta, las cuales – como ya habíamos dicho – permanecieron divididas solamente por una cuestión de estómago.
Puesto que – para unos y para otros – el estómago se mantuvo – se necesita confesarlo, y no sólo confesarlo – como ideal supremo. Y el socialismo todo esto lo comprendió...
Lo comprendió, y hábilmente – y prácticamente quizás útil, ahora ya especulador* – echó el veneno de sus groseras doctrinas de igualdad (igualdad de piojos, delante de la sacra majestad del Estado soberano) dentro de los pozos de esclavitud donde feliz aplacaba su sed la inocencia.
Pero el veneno que el socialismo extendió no era el veneno potente capaz de dar virtudes heroicas a quien lo hubiese bebido.
No: no era el veneno radical capaz de cumplir el milagro que ensalza - trasfigurándola y liberándola – el alma humana. Sino que era una mezcla híbrida de “sí” y de “no”.
¡Un lívido pastiche de “autoridad” y de “fe”, de “Estado” y de “advenir”!
Así que, con el socialismo, la plebe proletaria se sintió otra vez más cercana a la plebe burguesa y juntos se dirigieron hacia el horizonte, esperando confiados al Sol del Advenir!
Y eso porque, mientras el socialismo no fue capaz de transformar la manos temblorosas de los esclavos en garras iconoclastas, impías y rapaces; al mismo tiempo fue también incapaz de transformar la mezquina avaricia de los tiranos en alta y superior virtud donadora.
Con el socialismo, el círculo vicioso y viscoso, creado por el cristianismo y desarrollado por la democracia, no fue destruido. Al contrario, se consolidó aún más...
El socialismo permaneció en medio del tirano y del esclavo como un puente peligroso e impracticable; como un falso eslabón de conjunción; como el equivoco del “sí” y del “no” que forman el pegote en el que reside su absurdo principio informador.
Y nosotros hemos visto, una vez más, el juego fatalmente obsceno que nos ha provocado náuseas.
Hemos visto socialismo, proletariado y burguesía, volver a entrar juntos en la órbita de la más baja pobreza espiritual para adorar a la democracia. Pero siendo – la democracia – el pueblo que gobierna al pueblo a golpe de bastón – por amor del pueblo, como un día Oscar Wilde vino a sentenciar – era lógico que los verdaderos espíritus libres, los grandes vagabundos de la Idea, sintiesen más fuerte la necesidad de impulsarse decididamente hacia el extremo confín de su iconoclastia de solitarios, para preparar en el silencioso desierto la aguerridas falanges de las águilas humanas, que intervendrán furibundas en la trágica celebración de la víspera social, para aferrar a la civilización democrática entre sus garras, ¡y dejarla caer en el vacío del abismo de un viejo tiempo ya pasado!

*da abile - e praticamente forse utile, ormai speculatore (forse significa "quizás" y ormai "ahora ya" para indicar un punto de no retorno o en un momento concreto) No se me ocurre como traducirla exactamente. :-?

V


Cuando los burgueses fueron arrodillados a la derecha del socialismo, en el sagrado templo de la
democracia, se acomodaron tranquilamente sobre el lecho de la espera para dormir su absurdo
sueño de paz. Pero los proletarios, que bebiendo el veneno socialista habían perdido su inocencia
feliz, gritaron desde la parte izquierda, turbando el sueño tranquilo de la idiota
burguesía criminal.
Mientras tanto, en las más altas montañas del pensamiento los vagabundos de la idea vencían la náusea,
anunciando que algo parecido a la risa fragorosa de Zaratustra había siniestramente producido su eco...
El viento del espíritu, igual al huracán, habría tenido que compenetrar el alma humana y levantarla
impetuosamente en el torbellino de ideas para arrollar a todos los viejos valores en la tiniebla
del tiempo, realzando en el sol la vida del instinto sublimado por el nuevo pensamiento.
Pero los sapos burgueses comprendieron, despertándose, que algo incomprensible gritaba
en lo alto, amenazando su baja existencia. Sí: comprendieron que desde lo alto venía algo como
una piedra, un estrépito, una amenaza.
Comprendieron que la voz satánica de los frenéticos precursores del tiempo anunciaba una
furibunda tormenta que, partiendo de la voluntad renovadora de unos pocos solitarios, explotaba
en las vísceras de la sociedad para empezar de cero.
Pero no comprendieron (y no lo comprenderán hasta que no sean aplastados) que eso
que pasaba sobre el mundo era el ala potente de una libre vida, en el batido de la cual estaba
la muerte del “hombre burgués” y del “hombre proletario”, para que todos los hombrees fuesen
“únicos” y “universales” al mismo tiempo.
Y este fue el motivo por el cual todas las burguesías del mundo sonaron al unísono sus campanas,
acuñadas de falso metal idealístico, llamando a una gran reunión.
Y la reunión fue general...
Todas las burguesías se refugiaron juntas.
Acurrucadas juntas entre los viscosos juncos crecidos en el pantano de sus mentiras comunes y allí, en el
silencio del fango, decidieron el exterminio de las ranas proletarias, sus siervas y amigas...
Del feroz complot formaron parte todos los sacerdotes de Cristo y de la democracia.
Presenciaban también todos los ex-apóstoles de las ranas. La guerra se decidió y el príncipe de las
viboras negras bendijo las armas fratricidas en nombre de aquel dios que dijo “no matarás”,
mientras el simbólico vicario de la muerte imploró a su idea que viniese a bailar sobre el mundo.
Entonces el socialismo – como hábil acróbata y práctico saltimbanqui – dio un salto adelante.
Saltó sobre el filo extendido de la sentimental especulación política, se ciñó de negro la frente; y,
doloriéndose y llorando, así más o menos, habló: “Yo soy el verdadero enemigo de la violencia.
Soy enemigo de la guerra, y más enemigo de la revolución. Soy el enemigo de la sangre”.
Y después de haber hablado nuevamente de “paz” y de “igualdad”, de “fe” y de “martirio”,
de “humanidad” y de “advenir”, entonó una canción sobre motivos del “sí” y del “no”, plegó la cabeza
y lloró,
Lloró lágrimas de Judas, ¡que no son ni siquiera el “me lavo las manos” de Pilatos!
Y las ranas partieron...
Partieron hacia el reino de la suprema vileza humana.
Partieron hacia el fango de todas las trincheras.
Partieron.
¡Y la muerte vino!
Vino ebria de sangre y danzó macabramente sobre el mundo.
Por cinco largos años...
Fue entonces que los grandes vagabundos del espíritu, aquejados de una nueva náusea, cabalgaron otra
vez sobre sus libres águilas para librarse vertiginosamente en la soledad de sus lejanos glaciares ríendo y maldiciendo.
También el espíritu de Zaratustra – el más auténtico amante de la guerra y el más sincero amigo de los
guerreros – tuvo que permanecer bastante asqueado e indignado puesto que alguno lo sintió
exclamar: “Vosotros deberéis ser para mí aquellos que tienden sus miradas en busca del enemigo
de vuestro enemigo. Y en algunos de vosotros el odio se manifiesta en la primera mirada. Vosotros deberéis buscar
a vuestro enemigo, combatir vuestra guerra, ¡y eso por vuestras ideas!
Y si vuestra idea sucumbe, ¡que vuestra rectitud grite al triunfo!”.
Pero, ¡ay! La predicación heroica del bárbaro liberador ¡no valió de nada!
Las ranas humanas no supieron distinguir a su enemigo, ni combatir por las propias ideas.
(¡Las ranas no tienen ideas!).
Y no conociendo a su enemigo, ni teniendo ideas propias, combatieron por el vientre de sus
hermanos en Cristo, por sus iguales en democracia.
Combatieron contra sí mismos por su enemigo.
Abel, renacido, moría por Caín una segunda vez.
¡Pero esta vez por sí mismo!
Voluntariamente...
Voluntariamente, porque podía revolverse y no lo ha hecho...
Porque podía decir: ¡no!
O ¡sí!
Porque diciendo: “no”, ¡habría sido fuerte!
Porque diciendo: “sí”, habría demostrado “creer” en la “causa” por la que combatía.
Pero no ha dicho ni “sí” ni “no”.
¡Ha partido!
¡Sin luchar!
¡Como siempre!
Ha partido...
¡Se ha dirigido hacia la muerte!...
Sin saber el porqué.
Como siempre.
Y la muerte ha venido...
Ha venido a bailar sobre el mundo: ¡por cinco largos años!
Y danzó macabramente sobre las cenagosas trincheras de todas las partes del mundo.
Danzó con pies fulgurantes...
Danzó y rió...
Rió y danzó...
¡Por cinco largos años!
¡Ah! Cuan vulgar es la muerte que danza sin tener sobre el dorso las alas de una idea...
Que cosa más idiota el morir sin saber el porqué...
Nosotros la hemos visto – cuando bailaba – a la Muerte.
Era una Muerte negra, sin transparencias de luz.
¡Era una muerte sin alas!
Cuan fea y vulgar...
Cuan torpe era la danza.
¡Pero aun así bailaba!
Y como iba segando las vidas – danzando – de todos los superfluos, y todos aquellos que estaban de más. Todos
aquellos por los que – dice el gran liberador – fue inventado el Estado.
Pero ¡ay! No solamente a aquellos se llevaba...
La muerte – para vengar al Estado – ha eliminado también a los no inútiles, ¡incluso a los necesarios!...
Pero aquellos que no eran inútiles, aquellos que no estaban de más, aquellos que cayeron
diciendo “¡no!”
Serán vengados.
Nosotros los vengaremos.
¡Los vengaremos porque eran hermanos nuestros!
Los vengaremos porque cayeron con las estrellas sobre los ojos.
Porque muriendo han bebido del sol.
El sol de la vida, el sol de la lucha, el sol de una Idea.


VI


¿Qué ha renovado la guerra?
¿Dónde esta la transfiguración heroica del espíritu?
¿Donde tienen colgadas las tablas fosforescentes de los nuevos valores humanos?
¿En que templo han sido depuestas las sagradas ánforas de oro che encierran los corazones luminosos y
flamantes de los heroes dominadores y creadores?
¿Dónde está el esplendor majestuoso del gran y nuevo mediodía?
Ríos temerosos de sangre lavaron todos las glebas y recorrieron todos los senderos del mundo.
Torrentes espantosos de lágrimas hicieron resonar los ecos de su desgarrador lamento a través de
los vórtices de toda la tierra: montañas de huesos y de restos humanos en todas partes blanquearon y
en todas partes se pudrieron al sol.
Pero nada se transformó, ¡nada evolucionó!
Solo el vientre burgués eructó de saciedad y el proletario gritó por demasiada hambre.
¡Ya basta!
Con Karl Marx el alma humana descendió al intestino.
El rugido que hoy pasa sobre el mundo es siempre un rugido del vientre.
Pueda nuestra voluntad transformarlo en grito del alma.
En tormenta espiritual.
En grito de libre vida.
En huracán de relámpagos.
Pueda nuestro fulgor descomponer la realidad del presente, destrozar la puerta de lo desconocido
misterio de nuestro sueño anhelado, y mostrarnos la belleza suprema del hombre liberado.
Porque nosotros somos los locos precursores del tiempo.
Las hogueras.
Los faros.
Las señales.
Los primeros anuncios.


VII


¡La guerra!
¿La recordáis?
¿Qué ha creado la guerra?
Ved:
La mujer vendió su cuerpo y a su prostitución la llamo amor libre.
El hombre. Que se dedicó a fabricar proyectiles y a predicar la sublime belleza de la
guerra, llamó a su vileza: “¡fina astucia y sagacidad heroica!”.
Aquel que vivió siempre de infamia inconsciente, de vileza, de humildad, de indiferencia y de renuncias
débiles, imprecó contra los pocos audaces – que había siempre detestado – porque no tuvieron
la fuerza suficiente para impedir que su vientre fuese reventado por aquellas armas que el
mismo había construido por un vil trozo de pan.
Porque también los pobres de espíritu – aquellos que, mientras la parte más noble de la humanidad
entra en el infierno de la vida, permanecen siempre fuera calentándose – estos siervos humildes y
devotos de su tirano, estos calumniadores inconscientes de las almas superiores, también estos,
digamos, no querían partir.
No querían morir.
Se contorsionaban, lloraban, imploraban, ¡suplicaban!
Pero todo eso por un bajo instinto de conservación impotente y animal, carente de todo
impulso heroico de revuelta y no por otras cuestiones de humanidad superior, de refinada
profundidad sentimental, de belleza espiritual.
No, no, ¡no!
¡Nada de todo esto!
¡El vientre!
El vientre animal solamente.
Ideal burgués – ideal proletario – ¡por el vientre!
Y mientras tanto la muerte vino...
¡Vino a danzar por el mundo sin tener sobre el dorso las alas de una idea!
Y danzó...
Danzó y río.
Por cinco largos años...
Y mientras sobre los confines, borracha de sangre, la muerte sin alas danzaba, en casa, en el sagrado ábside
del interior, declamaba y cantaba – sobre vulgares “gazetas” de la mentira – la
milagrosa evolución moral y material cumplida por nuestras mujeres y la suprema
cima espiritual sobre la cual ascendía nuestro heroico infante glorioso. Aquel que moría
llorando, sin saber el “porqué”.
Cuantas mentiras feroces, cuanto cinismo vulgar vomitaban sus “gazetas” las
siniestras almas de la democrática sociedad y del Estado
¿Quién recuerda la guerra?
Como graznaban los cuervos...
¡Los cuervos y las lechuzas!
¡Y mientras tanto la Muerte danzaba!
¡Danzaba sin tener sobre el dorso las alas de una idea!
¡De una idea peligrosa que fecunda y crea!
Danzaba...
¡Danzaba y reía!
Y como les segaba la vida – danzando – a los superfluos. Todos aquellos que estaban de más. Aquellos por los que
fue inventado el Estado.
Pero, ¡ay! No solamente a aquellos se llevaba...
¡Eliminaba también a aquellos que tenían rayos de sol en los ojos, que tenían en la pupilas las estrellas!
¿Dónde está el arte épico, el arte heroico, el arte supremo que la guerra os había prometido? ¿Dónde la vida
libre, el triunfo de la nueva aurora, el esplendor del mediodía, la gloria festiva del sol?


VIII


¿Dónde está la redención de la esclavitud material?
¿Dónde está quien ha creado la fina y profunda poesía que debía germinar dolorosamente en
este trágico y temible abismo de sangre y de muerte, para decirnos el sufrimiento silencioso y
cruel probado por el alma humana?
¿Quién nos ha dicho la palabra dulce y buena que se dice una mañana serena tras una terrible
noche de huracanes?
¿Quién nos ha dicho la palabra dominadora que nos hace grandes como el propio dolor, puros en la
belleza y profundos en la humanidad?
¡Quién es, quién ha sido alguna vez el genio que ha sabido inclinarse con amor y con fe ante las heridas
abiertas en carne viva de nuestra vida, para acoger todo el noble llanto, para que
la serena risa del espíritu redentor pudiese arrancar las garras a los famélicos monstruos de nuestros
errores pasados para hacernos ascender hacia el concepto de una ética superior, donde, a través del
principio luminoso de la belleza humana purificada en la sangre y en el dolor, pudiésemos
erguirnos fuertes y majestuosos – como flecha tensa en el arco de la voluntad – para cantar a la vida
terrena la más profunda y suave melodía de la más alta de todas nuestras esperanzas!
¿Dónde? ¿Dónde?
¡Yo no la veo!
¡Yo no la siento!
Miro a mi alrededor, pero no veo más que vulgar pornografía, y falso cinismo...
Al menos si un Homero del arte, y un Napoleón de la acción la guerra nos hubiese dado...
Un hombre que hubiese tenido la fuerza para destruir una época, para crear una nueva historia...
¡Pero nada!
Ni grandes cantores, ni grandes dominadores, la guerra nos ha dado.
Solo larvas mentirosas y siniestras parodias.


IX


La guerra ha pasado lavando la historia y la humanidad en el llanto y en la sangre, pero la época ha
permanecido inalterada.
Época de descomposición...
El colectivismo está moribundo y el individualismo todavía no se ha consolidado;
Ninguno sabe obedecer, ninguno sabe mandar.
Pero de todo esto, a saber vivir libres, hay todavía de por medio un abismo.
Abismo que podrá ser rellenado sólo con el cadáver de la esclavitud y el de la autoridad.
La guerra no podía rellenar este abismo. Podía solamente excavarlo más profundo.
Pero eso que la guerra no podía hacer, debe hacerlo la revolución.
La guerra ha hecho a los hombres más brutales y plebeyos.
¡Más triviales y más feos!
La revolución debe volverlos mejores.
¡Debe ennoblecerlos!

X


En este punto – socialmente hablando – hemos resbalado en la pendiente fatal, y ya no hay
posibilidad de volver atrás.
Intentarlo sería un delito.
Pero no un delito noble y grande.
Sino un delito vulgar. Un delito más que inútil y vano. Un delito contra la carne de nuestras ideas.
Porque nosotros no somos los enemigos de la sangre...
¡Somos los enemigos de la vulgaridad!
Ahora que la edad del deber y de la esclavitud está agonizando, queremos cerrar el ciclo del
pensamiento teórico y contemplativo para abrir la puerta de la acción violenta, que es voluntad de vida
y espectáculo de expansión.
Sobre los escombros de la piedad de la religión queremos erigir la dureza creadora de nuestro
corazón supremo.
Nosotros no somos admiradores del “hombre ideal” de los “derechos sociales”, sino aquellos que proclaman el
“individuo real”, enemigo de las abstracciones sociales.
Nosotros luchamos por la liberación del individuo.
Por la conquista de la vida.
Por el triunfo de nuestra idea. Por la realización de nuestros sueños.
Y si nuestras ideas son peligrosas, es porque nosotros somos aquellos que aman vivir
peligrosamente.
Y si nuestros sueños son locos, es porque somos locos.
Pero nuestra locura es nuestra sabiduría suprema.
Pero nuestras ideas son el corazón de la vida; y nuestros pensamientos son los faros de la humanidad.
Y eso que la guerra no ha hecho debe hacerlo la revolución.
Porque la revolución es el fuego de la voluntad y una necesidad de nuestras almas solitarias,
y un deber de la aristocracia libertaria.
Para crear nuevos valores éticos.
Para crear nuevos valores estéticos.
Para acomunar la riqueza material.
Para individualizar la riqueza espiritual.
Porque nosotros – cerebrales violentos y sentimentales pasionales al mismo tiempo -
comprendemos y sabemos que la revolución es una necesidad del dolor silencioso que
produce espasmos en lo hondo, y una necesidad de los espíritus libres que los produce arriba.
Porque, si el dolor que los provoca abajo quiere ascender hasta la feliz sonrisa del sol,
los espíritus libres que los provocan arriba ya no quieren sentirse las pupilas ofendidas por el
dolor de la vulgar esclavitud que los circunda.
El espíritu humano está dividido en tres corrientes:
¡La corriente de la esclavitud, la corriente de la tiranía, la corriente de la libertad!
Con la revolución se necesita que la última de estas tres corrientes irrumpa sobre las otras dos y las arrolle.
Se necesita que cree la belleza espiritual, que enseñe a los pobres la vergüenza de su pobreza,
y a los ricos la vergüenza de su riqueza.
Se necesita que todo eso que se llama “propiedad material”, “propiedad privada”, “propiedad
exterior” se convierta para los individuos en lo mismo que el sol, la luz, el cielo, el mar, las estrellas.
¡Y ello vendrá!
Vendrá porque nosotros – los iconoclastas – ¡la violentaremos! Sólo la riqueza ética y espiritual
es invulnerable. Es verdadera propiedad del individuo. ¡El resto no! ¡El resto es vulnerable! Y todo eso
que es vulnerable será vulnerado. Lo será por la potencia libre de prejuicios del “yo”. Por la fuerza
heroica del hombre liberado.
Y más allá de toda ley, de toda moral tirana, de toda sociedad, de todo concepto de falsa humanidad...
Nosotros no debemos dedicar nuestros esfuerzos a transformar la revolución que se avecina en “delito
anarquista”, para empujar a la humanidad más allá del Estado, más alla del socialismo. Hacia la Anarquía.
Si con la guerra los hombres no pudieron sublimarse en la muerte, la muerte ha purificado la sangre de los caídos.
Y la sangre que la muerte ha purificado – y que el suelo ávidamente ha bebido – ¡ahora grita bajo tierra!
¡Y nosotros solitarios, nosotros no somos los cantores de vientre, sino los oyentes de los muertos; de las voces
de los muertos que gritan bajo tierra!
De la voz de la sangre “impura” que se ha purificado en la muerte.
¡Y la sangre de todos los caídos grita!
¡Grita bajo tierra!
Y el grito de esta sangre nos llama también a nosotros hacia el abismo...
Tiene necesidad de ser liberado!
¡Oh jóvenes mineros, preparaos!
Preparemos antorchas y antiminas.
Se necesita ablandar el terreno.
¡Ya es hora! ¡Ya es hora! ¡Ya es hora!
La sangre de los muertos debe ser liberada.
Quiere alzarse desde las tenebrosas profundidades para lanzarse hacia el cielo y conquistar las estrellas.
Porque las estrellas son las amigas de los muertos.
Son las buenas hermanas que los han visto morir.
Son aquellas que todas las tardes van a su sepulcro con los pies de luz y les dicen.
¡Mañana!...
Y nosotros – los hijos del Mañana – hemos venido hoy a deciros:
¡Ya es hora! ¡Ya es hora! ¡Ya es hora!
Y hemos venido en las horas que preceden al amanecer...
¡En compañía del alba y de las últimas estrellas!
Y a los muertos hemos añadido más muertos...
¡Pero todos aquellos que caen tienen en la pupila una estrella de oro que brilla!
Una estrella de oro que dice:
“La vileza de los hermanos que quedan se convertirá en sueño creador: ¡en heroísmo vengador!
Porque, si no fuese así, no merecería morir!”.
Cuán triste debe ser el morir.
¡Sin una esperanza en el corazón... sin una llama en el cerebro; sin un gran sueño
en el alma; sin una estrella de oro que brilla en nuestra pupila!
***

La sangre de los muertos – de nuestros muertos – grita bajo tierra. Nosotros lo oímos claro y diáfano
aquel grito. Aquel grito que nos embriaga de sufrimiento y dolor.
Y no podemos, ni queremos, permanecer sordos ante aquella voz... nosotros. No queremos permanecerle
sordos, porque la vida nos ha dicho: “Quién permanece sordo a la voz de la sangre no es digno de mí.
Porque la sangre es mi vino; y los muertos mi secreto. ¡Sólo a aquél que escuche la voz
de los muertos, le será resuelto el enigma de mi gran misterio!”
Y nosotros responderemos a esta voz:
¡Porqué solo aquéllos que saben responder a la voz del abismo pueden conquistar las estrellas!
Yo me dirijo a ti, ¡oh hermano mío! A ti me dirijo y te digo:
“Si eres de aquellos que están arrodillados sobre el medio círculo, cierra los ojos en la
tiniebla y precipítate en el abismo.
Sólo así podrás rebotar hasta las más altas cimas y abrir de par en par tus grandes pupilas en el sol”.
Porque no se puede ser águila sin ser buzo. No se puede uno mover a su antojo por las cimas
cuando no se es capaz de hacerlo en las profundidades. En el fondo habita el dolor, en lo alto el tormento.
Sobre el ocaso de todas las edades, surge un único amanecer entre dos atardeceres distintos.
Entre las luces vírgenes de este único amanecer, el dolor del buzo que
se encuentra en nosotros debe unirse al tormento del águila que aún vive en nosotros,
para celebrar las trágicas y fecundas nupcias de la perpetua renovación.
Renovación del “yo” personal entre las tormentas colectivas y los huracanes sociales.
Porque la soledad perenne es sólo de los santos que reconocen en dios su testimonio.
Pero nosotros somos los hijos ateos de la soledad. Somos los demonios solitarios sin testigos.
En el fondo, queremos vivir la realidad del dolor; en lo alto, el dolor del sueño...
¡Para vivir intensamente y peligrosamente todas las batallas, todas las derrotas, todas las victorias,
todos los sueños, todos los dolores y todas las esperanzas! ¡Y queremos cantar al sol,
queremos gritar a los vientos! Porque nuestro cerebro es una hoguera centelleante donde el gran fuego
del pensamiento crepita y arde en locos y gozosos tormentos.
Porque la pureza de todos los amaneceres, la llama de todos los mediodías, la melancolía de todos los
ocasos, el silencio de todas las tumbas, el odio de todos los corazones, el murmullo de todos los bosques,
y las sonrisa de todas las estrellas, son las notas misteriosas que componen la música secreta
de nuestra alma rebosante de exuberancia vital.
Porque en lo profundo de nuestro corazón oímos hablar a una voz de humana individuación
tan imperiosa y gallarda que, muchas veces, al escucharla sentimos miedo y terror.
Porque la voz que habla, es la voz de Él: el Demonio alado de nuestras profundidades.

XI


Ya ha quedado demostrado...
¡La vida es dolor!
¡Pero nosotros hemos aprendido a amar el dolor, para amar la vida!
Porque amando el dolor hemos aprendido a luchar.
Y en la lucha – en la lucha solamente – está el gozo de nuestro vivir.
Permanecer suspendidos a la mitad no es tarea para nosotros.
El círculo de en medio* simboliza el viejo “sí y no”.
La impotencia del vivir y del morir.
Es el círculo del socialismo, de la piedad y de la fe.
Pero nosotros no somos socialistas...
Somos anarquistas. E individualistas, y nihilistas, y aristocráticos.
Porque venimos de los montes.
Desde la proximidad a las estrellas.
Venimos desde lo alto: ¡para reír y maldecir!
Hemos venido para encender sobre la tierra una selva de hogueras, para iluminarla a lo largo de la noche
que precede el gran mediodía.
Y nuestras hogueras se apagarán solamente cuando el incendio del sol descubra mejestuoso sobre
el mar. Y se ese día no debiese llegar, nuestras hogueras continuarán crepitando
trágicamente entre las tinieblas de la noche eterna.
Porque nosotros amamos todo aquello que es grande.
¡Somos amantes de cada milagro, los hacedores de cada prodigio, los creadores de cada maravilla!
Sí: ¡lo sabemos!...
Hay cosas grandes tanto en el bien como en el mal.
¡Pero nosotros vivimos más allá del bien y del mal, porque todo aquello que es grande pertenece a la belleza!
También el "delito".
También la "perversidad".
¡También el "dolor"!
¡Y nosotros queremos ser grandes como nuestro delito!
Para no calumniarlo:
¡Queremos ser grandes como nuestra perversidad!
Para volverla consciente.
Queremos ser grandes como nuestro dolor.
Para ser dignos.
Porque venimos desde lo alto. Desde la casa de la Belleza.
Hemos venido para encender sobre la tierra una selva de hogueras para iluminarla a lo largo de la noche que
precede el gran mediodía.
Hasta la hora en que el incendio del sol explotará majestuoso sobre el mar.
Porque queremos celebrar la fiesta del gran prodigio humano.
Queremos que nuestra alma vibre en un nuevo sueño.
Queremos que de este trágico ocaso social nuestro “yo” salga calmado y ardiente de luz universal.
Porque somos los nihilistas de los fantasmas sociales.
Porque sentimos la voz de la sangre gritar bajo tierra.
Preparemos los antiminas y las antorchas, oh jóvenes mineros.
El abismo nos espera. Precipitémonos al fondo: ¡Hacia la nada creadora!


* Concepto budista: el círculo de en medio representa los 6 estados de la existencia: el mundo de los dioses y semidioses, muerte, infierno, hombres y animales. Mientras que el círculo interno representa la ira, el deseo y la ignorancia, a través del gallo, la serpiente y el cerdo respectivamente. El círculo externo representa la cadena de la causalidad por medio de doce símbolos


XII


Nuestro nihilismo no es nihilismo cristiano.
Nosotros no negamos la vida. ¡No! Nosotros somos los grandes iconoclastas de la mentira.
Y todo aquello que es proclamado “sagrado” es mentira.
Nosotros somos los enemigos de lo “sagrado”.
¡Y hay una ley “sagrada”; una sociedad “sagrada”; una moral “sagrada”; una idea "sagrada”!
Pero nosotros – los dueños y amantes de la fuerza impía y de la belleza volitiva, de la Idea violentadora
– nosotros, los iconoclastas de todo aquello que está consagrado – reímos satánicamente, con una gran sonrisa ancha y burlona.
¡Reímos!...
Y ríendo conservamos el arco de nuestra pagana voluntad de gozar siempre tenso hacia la plena integridad de la vida.
Y nuestras verdades las escribimos con risa.
Y nuestras pasiones las escribimos con sangre.
¡Y reímos!...
Reímos la gran risa sana y roja del odio.
Reímos la gran risa azul y fresca del amor.
¡Reímos!...
Pero riendo nos acordamos, con suma seriedad, que somos los legítimos hijos, los dignos herederos,
de una gran aristocracia libertaria que nos transmitió en la sangre satánicos ímpetus de loco heroísmo,
¡y en la carne olas de poesía, de soles y de canciones!
Nuestro cerebro es una hoguera centelleante, donde el crepitante fuego del pensamiento arde en gozosos tormentos.
Nuestra alma es un oasis solitario siempre floreciente y festivo donde una música secreta canta las complicadas melodías de nuestro alado misterio.
Y en el cerebro nos gritan todos los vientos del monte; en la carne nos gritan todas las tormentas del mar;
todas las Ninfas del Mal; nuestros sueños son ciclos reales habitados por vírgenes musas ardientes.
Nosotros somos los verdaderos demonios de la Vida.
Los precursores del tiempo.
¡Los primeros anuncios!
Nuestra exuberancia vital nos embriaga de fuerza y de desdén.
¡Nos enseña a despreciar la muerte!

XIII


Hoy hemos llegado a la trágica celebración de un gran ocaso social.
El crepúsculo es rojo. El atardecer está ensangrentado. El ansia bate en el viento sus alas ardientes.
Alas rojas de sangre; ¡alas negras de muerte! El Dolor organiza en la sombra al ejército de sus hijos ignotos.
La belleza está en el jardín de la Vida, y está trenzando guirnaldas de flores para coronar la frente de los héroes.
Los espíritus libres han lanzado ya sus fulgores a través del crepúsculo.
Como primeros anuncios de fuego: ¡primeras señales de guerra!
Nuestra época está bajo las ruedas de la historia.
La civilización democrática se dirige hacia la tumba.
La sociedad burguesa y plebeya se deshace fatalmente, ¡inexorablemente!
El fenómeno fascista es la prueba más cierta e irrefutable de ello.
Para demostrarlo no habría más que remontarse en el tiempo e interrogar a la historia.
¡Pero no hay esta necesidad!
¡El presente habla con bastante elocuencia!
El fascismo no es más que el espasmo convulso y cruel de una sociedad plebeya,
pusilánime y vulgar, que agoniza trágicamente ahogada en el pantano de sus vicios y de sus propias mentiras.
Él – el fascismo – celebra estas bacanales suyas con hogueras de llamas, y malvadas orgías de sangre.
Pero del oscuro crepitar de sus lívidos fuegos no salpica ni siquiera una triste chispa de
gallarda espiritualidad innovadora, mientras la sangre que esparce se transforma en vino que los
precursores del tiempo recogen tácitamente en los cálices rojos del odio, destinándolo como
bebida heroica para comunicar a todos lo hijos del dolor social llamados a la crepuscular
celebración del ocaso.
Porque los grandes precursores del tiempo son los hermanos y los amigos de los hijos del dolor.
Del dolor que lucha.
Del dolor que asciende.
¡Del dolor que crea!
Nosotros tomaremos de la mano a estos hermanos ignotos para marchar juntos contra todos los “noes”
de la negación, y juntos subir hacia todos los “síes” de la afirmación; hacia nuevos albores espirituales:
hacia nuevos mediodías de vida.
Porque nosotros somos los amantes del peligro; los temerarios de todas las empresas, los conquistadores de lo imposible,
¡los hacedores y los precursores de todas las "pruebas”!
¡Porqué la vida es una prueba!
Tras la celebración negadora del ocaso social, queremos celebrar el rito del “yo”:
el gran mediodía del individuo íntegro y real.
Para que la noche no triunfe más.
Para que las tinieblas no nos envuelvan más.
Para que el majestuoso incendio del sol perpetúe su fiesta de luz en el ciclo y en el mar.

XIV


El fascismo es un obstáculo demasiado efímero e impotente para impedir el curso del humano
pensamiento que irrumpe más allá de cualquier dique y se desborda más allá de cualquier señal,
arrastrando la acción tras sus pasos.
Es impotente porque es fuerza bruta. Es materia sin espíritu: ¡es noche sin alba! El fascismo es
la otra cara del socialismo. El uno y el otro son dos cuerpos sin alma.

XV


El socialismo es la fuerza material que, actuando a la sombra de un dogma, se resuelve y disuelve en un “no" espiritual.
El fascismo es un tísico del “no” espiritual que tiende – infeliz – a un sí material...
Tanto uno como otro carecen de cualidades volitivas.
Son las tiritas del tiempo: ¡los temporizadores del hecho!
Son reaccionarios y conservadores.
Son los fósiles cristalizados que el dinamismo volitivo de la historia que pasa arrollará juntos.
Porque, en el campo volitivo de los valores morales y espirituales, los dos enemigos se asemejan...
Y se note que, si el fascismo ha nacido, sólo el socialismo es cómplice directo y el padre responsable.
Porque, si cuando la nación, si cuando el Estado, si cuando la Italia democrática,
si cuando la sociedad burguesa se convulsionaba de espasmos y agonía entre las manos nudosas y poderosas del “proletariado” en revuelta,
el socialismo no hubiese impedido vilmente el trágico apretón mortal
- perdiendo las luces de la razón ante los ojos cerrados de ella -
ciertamente el fascismo no habría ni siquiera nacido, a parte de no haber vivido.
Pero el bobo coloso sin alma sin embargo se ha dejado arrastrar
- por causa de que los vagabundos de la idea impulsasen el movimiento de revuelta más allá del signo preestablecido -
a un vulgarísimo juego de siniestra piedad conservadora, y falso amor humano.
Así la Italia burguesa en lugar de morir ha parido...
¡Ha parido al fascismo!
Porque el fascismo es una criatura tísica y deforme, nacida de los amores impotentes del socialismo con la burguesía.
Uno es el padre, la otra la madre. Pero tanto uno como la otra reniegan de la responsabilidad.
Quizás lo encuentran un hijo demasiado desnaturalizado.
Y esto es el por qué lo llaman ¡”bastardo”!
Y el se venga...
Ya bastante infeliz por haber nacido así, se rebela contra el padre y ultraja a la madre...
Y tal vez tiene razón...
Pero nosotros todo esto lo dejamos en manos de la historia. Para la historia y para la verdad, no para nosotros.
Para nosotros – el fascismo – es un seta venenosa plantada profundamente en el podrido corazón de la sociedad, que con ello se contenta...

XVI


Sólo los grandes vagabundos de la idea podrán – y deberán – ser la luminosa palanca espiritual de la tormentosa revolución,
que oscura sobre el mundo avanza...
La sangre pide sangre.
¡Es la vieja historia!
Atrás ya no se puede volver.
Tratar de volver atrás – como hace el socialismo – sería un delito inútil y vano.
Nosotros tenemos que precipitarnos hacia el abismo.
Tenemos que responder a la voz de los muertos.
De aquellos muertos que han caído con inmensas estrellas de oro en las pupilas.
Hace falta ablandar el suelo.
¡Liberar la sangre de debajo de la tierra!
Porque se necesita ascender hacia las estrellas.
Quiere quemar a sus buena hermanas luminosas y lejanas que la han visto morir.
Dicen los muertos, nuestros muertos:
“Nosotros somos muertos con estrellas en los ojos.
Nosotros somos muertos con rayos de sol en las pupilas.
Nosotros somos muertos con el corazón henchido de sueños.
Nosotros somos muertos con el canto de la más bella esperanza en el alma.
Nosotros somos muertos con el fuego de una idea en el cerebro.
Nosotros somos muertos...”.
Cuán triste debe ser el morir con los demás muertos – los muertos no nuestros -
¡sin todo eso en la mente, en el alma, en el corazón, en los ojos, en las pupilas!
¡Oh muertos, oh muertos!... ¡Oh muertos nuestros!
¡Oh antorchas luminosas! ¡Oh faros ardientes! ¡Oh hogueras crepitantes! ¡Oh muertos!...
¡Ajá, estamos en el crepúsculo!
La trágica celebración del gran ocaso social se aproxima.
Nuestra alma grande già se abre de par en par hacia la vasta luz subterránea, ¡oh muertos!
Porque también nosotros tenemos en los ojos las estrellas, el sol en las pupilas, el sueño en el corazón,
el canto de la esperanza en el alma y, en la mente, una idea.
Sí, también nosotros, ¡también nosotros!
¡Oh muertos, oh muertos! ¡Oh antorchas! ¡Oh faros! ¡Oh hogueras!
Nosotros os habíamos sentido hablar en el silencio solemne de nuestras noches profundas.
Decíais:
“Nosotros queríamos ascender en el ciclo del libre sol...
Nosotros queríamos ascender en el ciclo de la libre vida...
Nosotros queríamos ascender allá arriba, donde un día se fijó la mirada penetrante del pagano poeta:
Donde surgen y están como inviolables encinas entre los hombres los grandes pensamientos;
Donde desciende, invocada por los puros poetas, y serena entre los hombres está la belleza;
¡donde el amor crea la vida y respira el gozo!”.
Allá abajo, donde la vida celebra el gozo y se expande en plena armonía de esplendor...
Y por esto, por este sueño luchamos, por este gran sueño morimos...
Y nuestra lucha fue llamada delito.
Pero nuestro “delito” no debe ser considerado más que como virtud titánica, como esfuerzo prometeico de liberación.
Porque fuimos los enemigos de toda dominación material y de toda nivelación espiritual.
Porque nosotros, más allá de toda esclavitud y de todo dogma, vimos bailar libre y desnuda a la vida.
¡Y nuestra muerte debe enseñaros a vosotros la belleza del vivir heroico!
¡Oh muertos, oh muertos! Oh muertos nuestros...
Nosotros la hemos oído vuestra voz...
¡La hemos oído hablar así, en el silencio solemne de nuestras noches profundas!
¡Profundas, profundas, profundas!
Porque nosotros somos los sensitivos.
¡Nuestro corazón es una antorcha, nuestra alma es un faro, nuestra mente es una hoguera!...
¡Nosotros somos el alma de la vida!...
Somos los precursores de la luz del sol que beben el rocío en el cáliz de las flores.
Pero las flores tienen raíces fosfóricas incrustadas en la oscuridad de la tierra.
In aquella tierra que ha bebido vuestra sangre.
¡Oh muertos! ¡Oh muertos nuestros!
¡Aquella sangre vuestra que grita, ruge, que quiere ser liberada, para lanzarse hacia el ciclo y conquistar las estrellas!
Aquellas hermanas vuestras lejanas y luminosas que os han visto morir.
Y nosotros – los vagabundos del espíritu, los solitarios de la idea -
queremos que nuestra alma, libre y grande, abra de par en par sus alas en el sol.
Queremos que el ocaso social sea celebrado en este crepúsculo de sociedad burguesa,
para que la última noche negra se convierta en roja de sangre.
Porque los hijos de la aurora deben nacer de la sangre...
Porque los monstruos de las tinieblas deben ser muertos por el alba...
Porque las nuevas ideas individuales deben nacer de las tragedias sociales...
¡Porque los hombres nuevos deben ser forjados en el fuego!
Y sólo de la tragedia, del fuego y de la sangre, nacerá el verdadero Anticristo profundo de humanidad y de pensamiento.
El verdadero hijo de la tierra y del sol.
El Anticristo debe nacer de los escombros humeantes de la revolución para animar a los hijos de la nueva aurora.
Porque el Anticristo es aquel que viene desde el abismo, para ascender más allá de todo confín.
!Es el enemigo volitivo de la cristalización, de la preestabilización, de la conservación!...
Él es aquel que espoleará a los hombres a través de las misteriosas cavernas de lo desconocido
al descubrimiento perenne de nuevos manantiales de vida y de pensamiento.
Y nosotros – los espíritus libres, los ateos de la soledad, los demonios del desierto – sin testigos -
ya nos hemos impulsado hacia las cimas más extremas...
Porque cada cosa – con nosotros – debe ser llevada al máximo de sus consecuencias.
También el Odio.
También la violencia.
¡También el delito!
Porque el Odio da la fuerza.
La violencia subvierte
El delito renueva.
La crueldad crea.
¡Y nosotros queremos subvertir, renovar, crear!
Porque todo aquello que es vulgaridad pigmea debe ser superado.
Porque todo aquello que vive debe ser grande.
¡Porque todo aquello que es grande pertenece a la belleza!

XVII


Nosotros hemos decidido el “deber” para que nuestra ansia de libre fraternidad adquiera una valor heroico en la vida.
Nosotros hemos matado la “piedad” porque somos bárbaros capaces para el gran amor.
Nosotros hemos matado el “altruismo” porque somos egoístas donantes.
Nosotros hemos matado la “solidaridad filantrópica” para que el hombre social excave su “yo” más secreto y encuentre la fuerza del “Único”.
Porque nosotros lo sabemos. La Vida está cansada de tener amantes raquíticos.
Porque la tierra está cansada de sentirse pisada por largas falanges de pigmeos salmodiantes ruegos cristianos.
Y en fin, porque estamos cansados de nuestros hermanos, carroña incapaz en la paz y en la guerra.
Inferiores en el amor y en el odio.
Cansados y asqueados estamos...
si, muy cansados: ¡muy asqueados!
Y después aquella voz de los muertos...
¡De nuestros muertos!
¡La voz de aquella sangre que grita bajo tierra!
¡De aquella sangre que quiere liberarse para lanzarse hacia el cielo y conquistar las estrellas!
Aquellas estrellas que – bendiciéndolos – han brillado en sus pupilas en el último momento de la muerte,
transformando sus ojos soñadores en vastos discos de oro.
Porque los ojos de los muertos – de nuestros muertos – son discos de oro.
Son meteoros luminosos que vagan en el infinito para señalarnos el camino.
Aquel camino sin fin que es la carretera de la eternidad.
Los ojos de nuestros muertos nos dicen el “Porqué” de la vida, mostrándonos el fuego secreto que arde en nuestro misterio.
De aquel secreto nuestro que ninguno ha cantado hasta ahora...
Pero hoy el crepúsculo es rojo...
El ocaso está ensangrentado...
Estamos próximos a la trágica celebración del gran ocaso social.
Ya sobre las campanas de la historia el tiempo ha batido los primeros golpes anunciadores de un nuevo día.
¡Basta, basta, basta!
¡Es la hora de la tragedia social!
Nosotros destruiremos riendo.
Nosotros incendiaremos riendo.
Nosotros mataremos riendo.
Nosotros expropiaremos riendo.
Y la sociedad caerá. La patria caerá. La familia caerá.
Todo caerá, puesto que el Hombre libre ha nacido.
Ha nacido el que a través de el llanto y el dolor ha aprendido el arte dionisiaco del gozo y de la risa.
Ha llegado la hora de ahogar al enemigo en sangre...
Ha llegado la hora de lavar nuestra alma en sangre.
¡Basta, basta, basta!
Que el poeta convierta en puñal su lira!
Que el filosofo convierta en bomba su sonda
Que el pescador convierta su remo en formidable secur.
Que el minero salga armado con su hierro reluciente desde los antros mortíferos de las oscuras minas.
Que el campesino convierta en lanza guerrera su pala fecunda.
Que el obrero convierta su martillo en hoz y hacha.
¡Y adelante, adelante, adelante!
¡Es tiempo, es tiempo – es tiempo!
Y la sociedad caerá.
La patria caerá.
La familia caerá.
Todo caerá, puesto que el Hombre libre ha nacido.
Adelante, adelante, adelante, oh jocundos destructores.
Bajo el lábaro negro de la muerte, ¡nosotros conquistaremos la Vida!
¡Riendo!
Y la haremos nuestra esclava.
¡Riendo!
¡Y la amaremos riendo!
Puesto que los hombres serios son sólo aquellos que saben obrar riendo.
Y nuestro odio ríe...
Ríe rojo. ¡Adelante!
¡Adelante, por la total destrucción de la mentira y de los fantasmas!
¡Adelante, por la integral conquista de la Individualidad y de la Vida!

martes, 11 de agosto de 2009

¿Anarquía para las masas? x Janos Biro

En el texto “Ciencia moderna y anarquismo”, Kropotkin dice que el anarquismo es un movimiento social no muy diferente del socialismo. Él no nació de la ciencia o de la filosofía, sino del pueblo. El anarquismo siempre existió, porque el gobierno, de una forma o de otra, siempre existió. Esta dicotomía, necesaria e inevitable, representa la simple oposición entre la autoridad sobre el pueblo y el poder del pueblo en sí. Este poder del pueblo para auto-gobernarse es llamado cooperación mutua. Para él, esa cooperación es una característica natural que, también por motivos naturales, una minoría autoritaria siempre combatió.

Es necesario entender lo que se está llamando de pueblo. Por pueblo, Kropotkin entiende a cualquier grupo de personas que existe en una sociedad, pero él coloca en un sólo conjunto a los tribales y a los civilizados, como si la masa fuera sólo parte del desarrollo de una tribu, y en eso él coincide con Marx y Hobbes. Él coloca el anarquismo como una revolución permanente, pues según él el gobierno siempre existió y siempre va a existir. Esto quiere decir que el pueblo siempre se opuso a la autoridad, exactamente porque tiene el poder de auto-gobierno. Kropotkin extiende este poder de auto-gobierno del pueblo, que es la cooperación mutua, para las masas, o sea, este poder no es afectado por el tamaño o la complejidad social del grupo, sino sólo por la influencia de la autoridad de una minoría que quiere tomar el poder del pueblo para sí misma. Él cree que el interés general propicia la existencia de instituciones que mantengan la vida más pacífica posible. Son estas instituciones las que posibilitan la cooperación mutua, sin embargo, se considera que ellas surgen naturalmente, por que también se considera a la cooperación mutua como algo natural.

Un anarco-primitivista concordaría con que la anarquía es independiente de la ciencia y la filosofía, pero también entiende que no cualquier grupo humano puede ser auto-gobernado. Esto porque comprende que el surgimiento de las masas no fue natural, sino provocado por el desenvolvimiento de una cultura de acumulación y expansión. Si la cooperación mutua es natural, ella existe desde la existencia del primer ser humano, y ella se desenvuelve, como cualquier otra característica natural, por selección natural. Si esto fuese verdad, entonces se desarrolló para grupos pequeños, en los cuales nuestra especie surgió y vivió hasta hace muy poco tiempo. Fue sólo con la agricultura y con la cultura de la dominación que ocurrió la explosión poblacional humana. No había pueblo, había sólo personas con lazos de sangre.

Para el anarco-primitivismo, la masa es ingobernable, tanto por sí misma como por una minoría, porque es un resultado de un modo de vida muy reciente y que no está a disposición de las personas, pero sí al de la producción y el consumo. Si no hubiese pueblo no habría poder del pueblo para ser tomado por una minoría. Lo que habría sería la autonomía del individuo. El individuo no necesita de instituciones sociales para mantener su autonomía, porque ella es personal y natural. La única manera de impedir la autonomía personal es crear un concepto de interés intra-personal, o colectivo. El poder de la minoría o de la mayoría era imposible porque no había conflicto entre la individualidad y colectividad, y no había conflicto porque no había un concepto que los separase, así como tampoco hay separación entre ambos para otras especies.

La cooperación mutua no es una forma de impedir la “guerra de todos contra todos”, porque ella sólo puede darse cuando no hay una conciliación posible entre los intereses personales y los intereses colectivos, lo que sólo sería posible es que ambos tuviesen desarrollos con direcciones diferentes. La capacidad de conciliar los intereses personales y colectivos como si fuesen uno sólo debe anteceder a las instituciones que presuponen esa separación, porque esta separación no existió durante la mayor parte de la historia humana, y el ser humano no sólo no podría mantener la estabilidad poblacional sino que probablemente no sobreviviría. Además de eso, ambas cosas no pueden desarrollarse de formas distintas si están sujetas a la misma presión selectiva. Lo que perjudicaría al individuo perjudicaría a la colectividad, y viceversa.

Sólo en un modo de vida donde hay otros intereses, que no están destinados a la supervivencia, como la acumulación y la expansión, el interés colectivo puede entrar en conflicto con el interés individual, y tal conflicto sólo puede resolverse si uno de los dos cede en nombre del otro. Kropotkin, como Rousseau, creía que el interés de un grupo podría coincidir con el interés personal de cada miembro, aunque tal grupo tuviera un tamaño y una complejidad que no fuesen experimentados por la humanidad durante un tiempo suficiente para que nosotros podamos adaptarnos biológicamente a ellos, aunque este modo de vida continuase basándose en la acumulación y en la expansión. Aunque ambos concordasen en que la superpoblación y la aglomeración de personas es un obstáculo para la autonomía, ellos jamás entraron en una crítica profunda de las causas del crecimiento poblacional, en general tratando esto cómo algo natural e inevitable, y no una consecuencia de la explotación y del dominio sobre la naturaleza.

Algunos aún dirían que la masificación es independiente del número de miembros que tiene una sociedad, por que es sólo una forma de relación entre ellos. Tal afirmación es absurda. La masificación es resultado de la adicción de la cantidad, y ella no puede haber sido posible sin sacrificar la calidad, en ningún grupo. Aún siendo posible que grupos sociales de miles de miembros convivan, tienen un límite numérico que, de ser traspasado, desestabiliza su capacidad de cohesión. Además de eso, insectos y otros seres que viven en grupos grandes evolucionaron con una estrategia reproductiva completamente diferente. No hay en el planeta ningún mamífero de gran porte que viva en grupos grandes. Su estrategia reproductiva se basa en una mortalidad baja, para equilibrar una natalidad baja. Si hubiese alguna forma de maximizar la supervivencia tanto para la cantidad de personas vivas, aumentando la natalidad y disminuyendo la mortalidad, como para la calidad de la vida, la falta de racionalidad no sería un impedimento. Nuestra llamada racionalidad nos permite crear tecnologías en una tasa acelerada, pero crear tecnologías no presupone mejorar la calidad de vida, como indica la igualmente creciente tasa de suicidios, depresión y dependencia de drogas.

Todo indica que no hay anarquía de masas. Para defender la anarquía, debemos oponernos a la masificación, no sólo en el sentido de alienación de las masas, sino en el de dinámica poblacional. Concienciar a las masas no es suficiente, y si el único interés de esa concientización es transferir el poder del gobierno para las masas, de nada habrá servido, sólo habremos transferido el problema. Autonomía no es el poder del pueblo sobre el gobierno, es la independencia de todo tipo de gobierno.

miércoles, 17 de junio de 2009

Manifiesto (o la anarquia es el orden) x Anselme Bellegarrigue

Indice
1. La anarquía es el orden
2. La razón colectiva tradicional es una ficción
3. El dogma individualista es el único dogma fraterno
4. El contrato social es una monstruosidad
5. De la actitud de los partidos y de sus periódicos
6. El poder es el enemigo
7. El pueblo no hace más que perder su tiempo y prolongar sus sufrimientos haciendo suyas las luchas de gobiernos y partidos
8. El pueblo no tiene nada que esperar de ningún partido
9. Del electorado político o sufragio universal
10.Las elecciones no son y no pueden ser actualmente más que un fraude y una expoliación
11. El derecho de primogenitura y las lentejas del pueblo francés
12. Lo que hace nacer a los gobiernos no es lo que los hace vivir
13. Desenmascarar la política es destruirla
14. Conclusiones

La anarquía es el orden

Si me preocupara el sentido atribuido comúnmente a ciertas palabras y dado que un error vulgar ha hecho de "anarquía" el sinónimo de "guerra civil", tendría horror del título con que he encabezado esta publicación, porque tengo horror a la guerra civil.

Al mismo tiempo, me honra y me complace no haber formado parte nunca de un grupo de conspiradores ni de un batallón revolucionario; me honra y me complace porque esto me sirve para establecer, por una parte, que he sido bastante honesto para no engañar al pueblo, y, por la otra, que he sido bastante hábil para no dejarme engañar por los ambiciosos. He visto pasar, no puedo decir que sin emoción, pero al menos con la mayor calma, a fanáticos y charlatanes, sintiendo piedad por los unos y sumo desprecio por los otros. Y cuando, después de esas luchas sanguinarias -habiendo constreñido mi entusiasmo a no moverse sino en el estrecho marco de un silogismo-, he querido hacer cuenta del bienestar que había traído cada cadáver, he encontrado cero en el total; y cero es nada.

Me horroriza la nada; también me horroriza la guerra civil. Por eso, si he escrito ANARQUÍA en la portada de este diario, no puede ser para adjudicar a esta palabra el significado que le han dado -muy equivocadamente, como explicaré en breve- las sectas gubernamentalistas, sino por el contrario, para restituirle el derecho etimológico que le conceden las democracias.


La anarquía es la negación de los gobiernos. Los gobiernos, de los que somos pupilos, naturalmente no han encontrado nada mejor que hacer que educarnos en el temor y el horror a su destrucción. Pero como, a su vez, los gobiernos son la negación de los individuos o del pueblo, es racional que éste, despertando a las verdades esenciales, paulatinamente se sienta más horrorizado por su propia anulación que por la de sus maestros.

Anarquía es una vieja palabra, pero esta palabra expresa para nosotros una idea moderna, o más bien un interés moderno, porque la idea es hija del interés. La historia ha calificado de "anárquico" el estado de un pueblo en cuyo seno se encuentran varios gobiernos en competición; pero una cosa es el estado de un pueblo que, queriendo ser gobernado, carece de gobierno precisamente porque tiene demasiados, y otra el de un pueblo que, queriendo gobernarse a sí mismo, carece de gobierno precisamente porque no lo quiere. En efecto, antiguamente la anarquía ha sido la guerra civil, y esto no porque ella expresara la ausencia de gobiernos, sino la pluralidad de éstos, la competición, la lucha de clases gubernamentales. El concepto moderno de verdad social absoluta o de democracia pura ha abierto toda una serie de conocimientos que invierten radicalmente los términos de la ecuación tradicional. Así, la anarquía, que, confrontada con el término monarquía significa guerra civil, desde el punto de vista de la verdad absoluta o democrática no es nada menos que la expresión verdadera del orden social.

En efecto:

quien dice anarquía dice negación del gobierno;

quien dicer negación del gobierno, dice afirmación del pueblo;

quien dice afirmación del pueblo, dice libertad individual;

quien dice libertad individual, dice soberanía de cada uno;


quien dice soberanía de cada uno, dice igualdad;

quien dice igualdad, dice solidaridad o fraternidad;

quien dice fraternidad, dice orden social.

Al contrario:

quien dice gobierno, dice negación del pueblo;

quien dice negación del pueblo, dice afirmación de la autoridad política;

quien dice afirmación de la autoridad política, dice dependencia individual;

quien dice dependencia individual, dice supremacía de clase;

quien dice supremacía de clase, dice desigualdad;

quien dice desigualdad, dice antagonismo;

quien dice antagonismo, dice guerra civil;

por lo tanto, quien dice gobierno dice guerra civil.

No sé si lo que acabo de decir es nuevo, excéntrico, o espantoso. No lo sé ni me preocupo por saberlo. Lo que sé es que puedo audazmente poner en juego mis argumentos contra toda la prosa gubernamentalista blanca y roja del pasado, presente y futuro. La verdad es que yo, en este terreno -que es el de un hombre libre, extraño a la ambición, tenaz en el trabajo, despreciativo del mando, rebelde a la sumisión-, desafío a todo argumento del funcionarismo, a todos los lógicos de la marginación y a todos los defensores del impuesto -monárquico o republicano-, ya se llame progresivo, proporcional, territorial, capitalista, sobre la posesión o sobre el consumo.

Sí, la anarquía es el orden, mientras que el gobierno es la guerra civil.

Cuando mi inteligencia penetra más allá de los miserables detalles en los que se apoya la dialéctica cotidiana, encuentro que las gueras intestinas que, en todos los tiempos, han diezmado a la humanidad, están ligadas a esta única causa, exactamente: la destrucción o la conservación del gobierno.

En el campo político, sacrificarse por la conservación o el advenimiento de un gobierno siempre ha significado destriparse y degollarse. Mostradme un lugar donde el hombre se asesina en masa abiertamente, os haré ver un gobierno a la cabeza de la carnicería. Si buscáis explicaros la guerra civil de otra forma que como un gobierno que quiere llegar o un gobierno que no quiere irse, perdéis vuestro tiempo; no encontraréis nada.

La razón es simple. Un gobierno es creado. En el mismo instante en que el gobierno es creado tiene sus criaturas, y, en consecuencia, sus partidarios; y en el mismo momento en que tiene sus partidarios, tiene también sus adversarios. Y este solo hecho fecunda el germen de la guerra civil, porque es imposible que el gobierno, investido de todo su poder, obre del mismo modo respecto a sus adversarios que a sus partidarios. Esimposible que aquéllos no se vean favorecidos y que éstos no sean perseguidos. Por lo tanto, también es imposible que de esta desigualdad no surja pronto o tarde un conflicto entre el partido de los privilegiados y el partido de los oprimidos. En otras palabras, una vez que el gobierno se ha constituído, es inevitable el favoritismo que funda el privilegio, que provoca la división, que crea el antagonismo, que determina la guerra civil.

Por lo tanto, gobierno es guerra civil.

Si es suficiente ser, por un lado el partidario y por el otro el adversario del gobierno para determinar un conflicto entre ciudadanos; si está demostrado que fuera del amor o del odio que se siente por el gobierno, la guerra civil no tiene ninguna razón de existir, esto quiere decir que para establecer la paz es suficiente que los ciudadanos renuncien, por una parte, a ser partidarios, y por otra, a ser adversarios del gobierno.

Pero dejar de atacar o de defender al gobierno para hacer imposible la guerra civil, no es nada menos que no tenerlo en cuenta, ponerlo entre los desperdicios, suprimirlo a fin de fundar el orden social.

Ahora, si suprimir el gobierno es, de un lado, establecer el orden, y del otro, fundar la anarquía; entonces, el orden y la anarquía son paralelos.

Antes de seguir adelante, ruego al lector que se prevenga contra la mala impresión que pueda causarle la forma personal que he adoptado con la finalidad de facilitar el razonamiento y de precisar el pensamiento. En esta exposición, YO significa mucho menos el escritor que el lector y el oyente: YO es el hombre.

La razón colectiva tradicional es una ficción

Puesta en estos términos, la cuestión estriba en tener -por encima del socialismo y del inextricable caos en que lo han sumergido los capitostes de las diversas tendencias- el mérito de la claridad y de la precisión. Yo soy anárquico, hugonote político y social; lo niego todo, no me afirmo sino a mí mismo; porque la única verdad que me es demostrada material y moralmente, con pruebas sensibles, comprensibles e inteligibles; la sola verdad verdadera, sorprendente, no arbitraria y no sujeta a interpretaciones, soy yo. Yo soy. He aquí un hecho positivo. Todo el resto es abstracto y cae dentro de la X matemática, en lo desconocido: no tengo que ocuparme de ello.

La sociedad consiste esencialmente en una vasta combinación de intereses materiales y personales. El interés colectivo o de Estado -en virtud del cual el dogma, la filosofía y la política reunidas han reclamado hasta hoy la abnegación integral o parcial de los individuos y de sus bienes-, es una pura ficción, que en su vestidura teocrática ha servido de base a la fortuna de todos los cleros, desde Aaron hasta el señor Bonaparte. Este interés imaginario sólo existe en la legislación.

No ha sido cierto nunca ni nunca será cierto, no puede ser cierto que haya sobre la tierra un interés superior al mío, un interés al cual yo deba el sacrificio, siquiera parcial, de mi interés. Si sobre la tierra sólo hay hombres y yo soy un hombre, mi interés es igual al de cualquier otro. Yo no puedo deber más de lo que me es debido; no se me puede dar más que en proporción a lo que doy. Pero no debo nada a quien no me da nada; entonces, no deba nada a esa razón colectiva (o bien al gobierno) porque el gobierno no me da nada y no podría nunca darme tanto cuanto me toma (de aquello que por otra parte no tiene). En todos los casos el mejor juez de la oportunidad de un elección y quien debe decidir acerca de la conveniencia de repetirla soy yo; respecto a esto, no tengo consejos, ni lecciones, ni, sobre todo, órdenes que recibir de nadie. Es deber de cada cual, y no solamente su derecho, aplicar este razonamiento a sí mismo y no olvidarlo. He aquí el fundamento verdadero, intuitivo, incontestable, indestructible del único interés humano que se debería tener en cuenta: el interés personal, la prerrogativa individual. ¿Significa esto que quiero negar absolutamente el interés colectivo? Ciertamente, no. Sólo que, al no gustarme hablar en vano, no hablo. Después de haber puesto las bases del interés personal, obro respecto al interés colectivo como debo obrar respecto a la sociedad cuando he introducido al individuo. La sociedad es la consecuencia inevitable de la agregación de individuos; el interés colectivo es, a igual título, una consecuencia providencial y fatal de la agregación de los intereses personales. El interés colectivo sólo se rrealizará plenamente en la medida en que quede intacto el interés personal; porque, si se entiende por interés colectivo el interés de todos, basta que, en la sociedad, sea dañado el interés de un solo individuo para que inmediatamente el interés colectivo ya no sea más el interés de todos y, en consecuencia, haya dejado de existir.
En el orden fatal de las cosas, el interés colectivo es una consecuencia natural del interés del individuo. Esto es tan cierto que la comunidad no tomará mi campo para trazar una calle o no me pedirá la conservación de mis bosques para mejorar el aire sin indemnizarme. En este caso mi interés es el que se impone. Es el derecho individual el que pesa sobre el derecho colectivo. Yo tengo el mismo interés que la comunidad en tener una calle y en respirar aire sano; sin embargo, cortaría mi bosque y guardaría mi campo si la comunidad no me indemnizara; pero así como su interés es indemnizarme, el mío es ceder. Tal es el interés colectivo que resulta de la naturaleza de las cosas. Hay otro que es accidental y anormal: la guerra. Esta escapa a tal ley. Esta crea otra ley y lo hace siempre bien. No es preciso ocuparse sino de lo que es constante.

Pero cuando se llama interés colectivo a aquél en virtud del cual cierran mi laboratorio, me impiden el ejercicio de tal o cual actividad, secuestran mi diario o mi libro, violan mi libertad, me prohiben ser abogado o médico en virtud de mis estudios personales y de mi clientela, me intiman la orden de no vender esto, de no comprar aquello; cuando, en fin, llaman interés colectivo a aquél que invocan para impedir que me gane la vida a la luz del sol, del modo que más me gusta y bajo el control de todos, declaro que no lo entiendo o mejor, que lo entiendo demasiado.

Para salvaguardar el interés colectivo, se condena a un hombre que ha curado a su semejante ilegalmente -es un mal hacer el bien ilegalmente-, con el pretexto de que no tiene el título; se impide a un hombre defender la causa de un ciudadano (libre) que le ha dado su confianza; se arresta a un escritor; se arruina a un editor; se encarcela a un propagandista; se envía al juzgado de lo criminal a un hombre que ha lanzado un grito o que se ha comportado de cierto modo.

¿Qué gano yo con estas desgracias? ¿Qué ganáis vosotros? Yo corro de las Pirineos al Canal de la Mancha, del Océano a los Alpes, y pregunto a cada uno de los treinta y seis millones de franceses quñe provecho han obtenido de estas crueldades estúpidas ejercitadas en su nombre sobre infelices cuyas familias gimen, cuyos acreedores se inquietan, cuyos asuntos van a la ruina y que, cuando logren sustraerse a los rigores de que han sido víctimas, quizá se suiciden por disgusto o se conviertan en criminales por odio.

Y frente a esta cuestión nadie sabe qué he querido decir, cada uno declina su responsabilidad en aquello que ha sucedido, la desgracia no ha hecho surgir nada en nadie. Se han derramado lágrimas, los intereses han sido dañados en vano. Pero ¡es a esta monstruosidad salvaje a lo que se llama interés colectivo! En cuanto a mí afirmo que si este interés colectivo no es un torpe error, yo lo llamaría la más vil de las bribonadas.

Pero dejemos esta furiosa y sangrienta ficción y digamos que, dado que el único modo de llegar a obtener el interés colectivo consiste en salvaguardar los intereses personales, queda demostrado y suficientemente probado que lo más importante, en materia de sociabilidad y economía, es favorecer, ante todo, el interés personal. Por lo tanto, tengo razón al decir que la única verdad social es la verdad natural, es el individuo, soy yo.

El dogma individualista es el único dogma fraterno

No quiero ni oir hablar de la revelación, de la tradición, de las filosofías china, fenicia, egipcia, hebraica, griega, romana, tedesca o francesa; fuera de mi fe o de mi religión, de las que no debo rendir cuentas a nadie, no sé qué hacer con las divagaciones de los antepasados; yo no tengo antepasados. Para mí, la creación del mundo data del día de mi nacimiento; para mí, el fin del mundo debe cumplirse el da en que devuelva a la tierra mi cuerpo y el aliento que constituyen mi individualidad. Yo soy el primer hombre, yo seré el último. Mi historia es el resumen de la historia de la humanidad; yo no conozco, no quiero conocer otra cosa. Cuando sufro ¿qué satisfacción me proporciona la alegría ajena? Cuando gozo ¿qué ganan de mis placeres aquellos que sufren? ¿Qué me importa lo que se ha hecho antes de mí? ¿En qué me afecta aquello que se hará después de mí? No tengo que servir de holocausto al respeto de las generaciones extintas, ni de ejemplo a la posteridad. Yo me encierro en el ciclo de mi existencia y el único problema que tengo que resolver es el de mi bienestar. No tengo más que una doctrina, esta doctrina no tiene sino una fórmula, esta fórmula no tiene más que una palabra: GOZAR. Honesto quien la reconoce; impostor quien la niega.

Es la del individualismo crudo, del egoísmo innato: no lo niego en absoluto, lo confieso, lo constato, me glorifico de ello. Traedme para que lo interrogue a aquél que podría sentirse herido y reprocharme. ¿Os causa algún daño mi egoísmo? Si decís que no, no tenéis nada que objetar, porque soy libre en todo aquello que no puede dañaros. Si decís que sí, sois unos fulleros, porque mi egoísmo no es más que la simple apropiación de mí por mí mismo, un llamado a mi identidad, una protesta contra todas las supremacías. Si os sentís heridos por la realización de este acto de toma de posesión, por la conservación que llevo a cabo de mi persona -es decir, de la menos discutible de mis propiedades-, vosotros reconocéis que os pertenzco o como mínimo que tenéis miras sobre mí. Sois unos explotadores (u os estáis convirtiendo en tales), unos acaparadores, unos codiciosos de los bienes ajenos, unos ladrones.

No hay camino intermedio. Es el egoísmo el que es de derecho o lo es el robo; es necesario que yo me pertenezca o es necesario que caiga en posesión de algún otro. Es inadmisible pedir que yo reniegue de mí mismo en provecho de todos, porque si todos deben renegar de sí como yo, nadie ganará en este estúpido juego más de lo que ya habrá perdido y, en consecuencia, quedará igual, es decir, sin provecho. Evidentemente, esto haría absurda la renuncia inicial. Y si la abnegación de todos no puede beneficiar a todos, necesariamente beneficiará a algunos en particular. Entonces, estos últimos serán los dueños de todo y también, probablemente, los que se dolerán de mi egoísmo. Pues bien, que se fastidien.

Cada hombre es un egoísta; quien deja de serlo se convierte en un objeto. El que pretende que no necesita serlo, es un ladrón.

¡Ah!, sí, comprendo. La palabra suena mal: hasta ahora la habéis aplicado a aquéllos que no se contentan con sus propios bienes, a aquéllos que acaparan los bienes ajenos; pero aquellas personas pertenecen al orden humano, vosotros no. Al lamentaros de su rapacidad, ¿sabéis qué hacéis? Constatar vuestra imbecilidad. Hasta ahora habéis creído que existen tiranos. Y bien, os habéis engañado, no hay sino esclavos: allí donde nadie obedece, nadie manda.

Escuchad bien esto: el dogma de la resignación, de la abnegación, de la renuncia de sí mismo ha sido siempre predicado a los pueblos. ¿Qué resultó de ello? El papado y la soberanía por la gracia de Dios. ¡Oh! el pueblo se ha resignado, se ha anulado, durante mucho tiempo ha renegado de sí mismo. ¿Qué os parece? ¿Está bien eso?

Por cierto, el mayor placer que pueda darse a los obispos un poco confundidos, a las asambleas que han sustituído al rey, a los ministros que han sustituído a los príncipes, a los gobernadores civiles que han sustituído a los duques -grandes vasallos-, a los subgobernadores que han sustituído a los barones -pequeños vasallos-, y a toda la secuela de funcionarios subalternos que hacen las veces de caballeros y nobiluchos del feudalismo; el mayor placer, digo, que pueda darse a toda esta nobleza de las finanzas, es volver a entrar cuanto antes en el dogma tradicional de la resignación, de la abnegación y del reniego de uno mismo. Encontraréis todavía entre ellos protectores que os aconsejarán el desprecio de las riquezas -y correréis el riesgo de que os despojen de ellas-, enocontraréis entre ellos devotos que, por salvar vuestra alma, os predicarán la continencia -reservándose el derecho de consolar a vuestras mujeres, vuestras hijas o vuestras hermanas. No está mal. Gracias a Dios, no carecemos de amigos devotos dispuestos a condenarse en nuestro lugar mientras nosotros seguimos el viejo camino de la beatitud, del cual ellos se mantienen cortésmente alejados, sin duda para no entorpecernos el camino.

¿Por qué todos estos continuadores de la antigua hipocresía ya no se sienten tan en equilibrio sobre los escaños creados por sus predecesores? ¿Por qué? Porque la abnegación se va y el individualismo arremete; porque el hombre se encuentra lo bastante hermoso como para osar tirar la máscara y mostrarse al fin tal cual es.

La abnegación es la esclavitud, la vileza, la abyección; es el rey, es el gobierno, es la tiranía, es el luto, es la guerra.
El individualismo, al contrario, es la redención, la grandeza, la hidalguía; es el hombre, es el pueblo, es la libertad, es la fraternidad, es el orden.

El contrato social es una monstruosidad

Que cada uno en la sociedad se afiance personalmente y sólo se confirme a sí mismo y la soberanía individual está fundada, el gobierno ya no tiene razón de ser, toda supremacía queda desvirtuada, el hombre es igual al hombre.

Hecho esto, ¿qué queda? Queda todo lo que los gobiernos vanamente han tratado de destruir; queda la base esencial e imperecedera de la nacionalidad; queda la comunidad que todos los poderes perturban y desorganizan para hacerse con ella; queda la municipalidad, prganización fundamental, existencia primordial que resiste a todas las desorganizaciones y a todas las destrucciones. La comunidad tiene su administración, sus jurados, sus órganos judiciales; y si no los tiene los improvisará. Por lo tanto, estando Francia municipalmente organizada por sí misma, también está democráticamente organizada de por sí. No hay, en cuanto al organismo interno, nada que hacer, todo está hecho; el individuo es libre y soberano en la nación.

Ahora ¿debe la nación o la comunidad tener un órgano sintético y central para solventar ciertos intereses comunes, materiales y concretos, y para servir de interlocutor entre la comunidad y el exterior? Esto no es problema para nadie; y no veo que haya que inquietarse demasiado por aquello que todos admiten como racional y necesario. Lo que está en cuestión es el gobierno; pero un mecanismo funcional, una cancillería, debidos a la iniciativa de las comunidades autorreguladas, pueden constituir, si es necesario, una comisión administrativa, no un gobierno.

¿Saben qué es lo que hace que un alcalde sea agresivo en una comunidad? La existencia del gobernador civil. Si se suprime a éste, y aquél se apoya únicamente sobre los individuos que lo han nombrado, la libertad de cada uno está garantizada.

Una institución que depende de la comunidad no es un gobierno; un gobierno es una institución a la cual la comunidad obedece. No se puede llamar gobierno aquello sobre lo cual pesa la influencia individual; se llama gobierno a aquellos que aplasta a los individuos bajo el peso de su influencia.

En una palabra, lo que está en cuestión no es el acto civil -del cual expondré próximamente la naturaleza y el carácter-, sino el contrato social.

No hay, no puede haber, un contrato social, en primer término porque la sociedad no es un artificio, ni un hecho científico, ni una combinación de la mecánica; la sociedad es un hecho providencial e indestructible. Los hombres, como todos los animales de costumbres sociales, vive en sociedad por naturaleza. El estado natural del hombre es en sí el estado de sociedad; por lo tanto, es absurdo, cuando no infame, querer constituir con un contrato lo que está constituído de por sí y a título fatal. En segundo lugar, porque mi modo de ser social, mis actividades, mi fe, mis sentimientos, mis afectos, mis gustos, mis intereses, mis hábitos, cambian cada año, o cada mes, o cada día, o a veces varias veces al día, y no me complace comprometerme frente a nadie, ni de palabra, ni por escrito, a no cambiar de actividad, ni de convicción, ni de sentimiento, ni de afecto, ni de interés, ni de hábito; y declaro que si yo hubiera tomado un compromiso semejante no habría sido más que para romperlo. Y afirmo que si me lo hubieran hecho tomar por la fuerza, habría sido la más bárbara y al mismo tiempo la más odiosa de las tiranías.
A pesar de ello, la vida social de todos nosotros ha comenzado por contrato. Rosseau inventó esta cuestión, y desde hace sesenta años el genio de Rosseau se arrastra en nuestra legislación. Es en virtud de un contrato, redactado por nuestros padres y renovado últimamente por los grandes ciudadanos de la Constituyente, que el gobierno nos prohibe ver, oir, hablar, escribir o hacer nada fuera de aquello que nos permite. Tales son las prerrogativas populares cuya alienación da lugar a la constitución del gobierno. En lo que me atañe, yo pongo en discusión a éste y por otra parte dejo a los otros la facultad de servirlo, de pagarlo, de amarlo y finalmente de morir por él. Pero aún cuando el pueblo francés en pleno consintiera en ser gobernado en materia de educación, culto, finanzas, industria, arte, trabajo, afectos, gustos, hábitos, movimientos y hasta en su alimentación, yo declaro con todo derecho que su voluntaria esclavitud en nada empeña mi responsabilidad, así como su estupidez no compromete mi inteligencia. Y sin embargo, de hecho, su servidumbre se extiende sobre mí sin que me sea posible sustraerme a ella. No hay duda de ello, es notorio que la sumisión de seis, siete u ocho millones de individuos a uno o más hombres comporta mi propia sumisión a éste o a estos mismos hombres. Yo desafío a cualquiera a encontrar en este acto otra cosa que una insidia, y afirmo que en ningún período la barbarie de un pueblo ha ejercitado sobre la tierra un bandolerismo mejor caracterizado. En efecto, ver una coalición moral de ocho millones de siervos contra un hombre libre es un espectáculo de bellaquería, contra cuya barbarie no se podría invocar a la civilización sin ridiculizarla o convertirla en odiosa a los ojos del mundo.
Pero yo no puedo creer que todos mis compatriotas sientan deliberadamente la necesidad de servir. Lo que yo siento todos deberían sentirlo; lo que yo pienso, todos deberían pensarlo; porque yo no soy ni más ni menos que un hombre; yo estoy en las mismas condiciones simples y laboriosas de cualquier trabajador. Me sorprende y asusta encontrar a cad paso que doy en el camino, a cada pensamiento que acojo en mi mente, a cada empresa que quiero comenzar, a cada moneda que tengo necesidad de ganar, una ley o reglamento que me dice: no pasar de aquí; no pensar esto; no emprender aquello; aquí se deja la mitad de esa moneda. Frente a los múltiples obstáculos que se levantan por todas partes, mi espíritu intimidado se hunde en el embrutecimiento: no sé hacia dónde volverme; no sé qué hacer; no sé en qué convertirme.

¿Quién ha agregado al flagelo de los desastres atmosféricos, a la polución del aire, a la insalubridad del clima, al rayo que la ciencia ha sabido domar, esta potencia oculta y salvaje, este genio malvado que espera a la humanidad desde la cuna para que sea devorada por la misma humanidad? ¿Quién? Los mismos hombres que, no teniendo bastante con la hostilidad de los elementos, además se han dado a los hombres por enemigos.

Las masas, todavía demasiado dóciles, son inocentes de todas las brutalidades que se cometen en su nombre y en su perjuicio. Son inocentes, pero no ignorantes; creo que, como yo, las sienten y se indignan; creo que, como yo, se apurarían a suprimirlas; sólo que, no distinguiendo bien las causa, no saben cómo actuar. Yo estoy intentando esclarecerlas sobre uno u otro punto.

Comencemos por señalar a los culpables.

De la actitud de los partidos y de sus periódicos

La soberanía popular no tiene órganos en la prensa francesa. Diarios burgueses o nobles, sacerdotales, republicanos, socialistas: ¡Servidumbre! Domesticidad pura; lustran, friegan, desempolvan los arreos de algún caballo político a la espera de un torneo del cual el poder es el premio -del cual, en consecuencia, mi servidumbre, la servidumbre del pueblo, son el premio-.

Exceptuada "La Presse" que, a veces, cuando sus redactores olvidan su orgullo para permanecer altivos, sabe encontrar alguna elevación de sentimientos; exceptuada "La Voix du Peuple" que, de tanto en tanto, sale de la vieja rutina para arrojar alguna luz sobre los intereses generales, no puedo leer un diario francés sin sentir por quien lo ha escrito una gran piedad o un profundo desprecio.


Por una parte, veo venir al periodismo gubernativo, al periodismo poderoso gracias al oro del impuesto y al hierro del ejército, aquél que tiene la cabeza ceñida por la investidura de la autoridad suprema y que tiene en sus manos el cetro que esta investidura consagra. Lo veo venir con la llama en el ojo, la espuma en los labios, los puños cerrados como un rey del foro, como un héroe del boxeo, que acusa a su gusto y con una perversidad brutal a un adversario desarmado contra el cual lo puede todo y del cual no tiene nada, absolutamente nada que temer; tratándolo de ladrón, de asesino, de incendiario. Lo cerca como a una bestia feroz, negándole la comida, arrojándolo en laas prisiones sin decirle por qué y aplaudiéndose por lo que hace, alabándose de la gloria que obtiene, como si luchando contra gente desarmada arriesgase algo y corriese algún peligro. Esta cobardía me rebela.


Por la otra parte, se presenta el periodismo de la oposición, esclavo grotesco y mal educado; que gasta su tiempo en quejarse, en lloriquear y en pedir gracia; que a cada escupida que recibe, a cada bofetada que le propinan, dice: vosotros os comportáis mal conmigo, no sois justos, no he hecho nada para ofenderos. Y replica estúpidamente a las acusaciones que le dirigen como si se tratara de cosas legítimas. No soy un ladrón, no soy un asesino, tampoco soy un incendiario; venero la religión, amo la familia, respeto la propiedad; sois más bien vosotros quienes despreciáis todas estas cosas. Yo soy mejor que vosotros y sin embargo me oprimís. No sois justos.

¡Esta bajeza me indigna!

Contra polemistas semejantes a éstos que encuentro en la oposición, comprendo la brutalidad del poder; la coomprendo porque, después de todo, cuando el débil es abyecto, se puede olvidar su debilidad para no recordar sino su abyección. Esta es una cosa irritante, algo que se tira y se tritura bajo el pie como se aplasta a un gusano de tierra. Y la abyección es algo que no comprendo en un grupo de hombres que se llaman democráticos y que hablan en nombre del pueblo, principio de toda grandeza y de toda dignidad.

Aquel que habla en nombre del pueblo, habla en nombre del derecho; ahora, yo no comprendo que el derecho se irrite, no comprende que se digne discutir con la injusticia y menos aún puedo comprender que descienda hasta el lamento y la súplica. Se sufre la opresión, pero no se discute con ella cuando se quiere que muera; porque discutir es transigir.

El poder es instituído; vosotros os habéis puesto (todo el país se ha puesto, gracias a vuestro adorables consejos e iniciativas) a disposición de algunos hombres. Estos hombres usan de la fuerza que les habéis dado; la usan contra vosotros ¿Y vosotros os compadecéis? ¿Qué pensábais? ¿Que se servirían de ella contra sí mismos? No pudísteis pensar esto; por tanto, ¿de qué os quejáis? El poder debe necesariamente ejercitarse en provecho de aquellos que lo tienen y en perjuicio de los que carecen de él; no es posible ponerlo en movimiento sin dañar a una parte y favorecer a la otra.

¿Qué haríais vosotros si fueseis investidos de él? O no lo usaríais para nada (lo cual equivaldría pura y simplemente a renunciar a la investidura), o lo usaríais en vuestro beneficio y en detrimento de aquéllos que lo tienen ahora y que no lo tendrían más. Entonces cesaríais de lamentaros, de lloriquear y de pedir clemencia para asumir el rol de aquéllos que os insultan y para pasarles a ellos el vuestro. Pero, ¿qué me importa a mí que la cosa se dé vuelta? A mí, que nunca tengo el poder y que sin embargo lo hago; a mí, que pago dinero al opresor, cualquiera que sea y de dondequiera que venga; que, de alguna manera, soy siempre el oprimido. ¿Qué me importa a mí este columpio que alternativamente abate y exalta la cobardía y la abyección? ¿Qué tengo que decir del gobierno y de la oposición, sino que ésta es una tiranía en formación y aquél una tiranía de hecho? ¿Por qué despreciaré más a este campeón que al otro, cuando ambos no se ocupan sino de edificar sus placeres y sus fortunas sobre mis dolores y mi ruina?

El poder es el enemigo

No hay periódico en Francia que no sostenga a un partido, no hay partido que no aspire al poder, no hay poder que no sea enemigo del pueblo.

No hay periódico que no sostenga a un partido, porque no hay periódico que se eleve a aquel nivel de dignidad popular donde impera el tranquilo y supremo desprecio de la soberanía. El pueblo es impasible como el derecho, altivo como la fuerza, noble como la libertad; los partidos son turbulentos como el error, iracundos como la impotencia, viles como el servilismo.

No hay partido que no aspire al poder, porque un partido es esencialmente político y se forma, en consecuencia, de la esencia misma del poder, origen de toda política. Ya que si un partido cesara de ser político, cesaría de ser un partido y entraría de nuevo en el pueblo, es decir, en el orden de los intereses, de la producción, de la actividad industrial y de los intercambios.

No hay poder que no sea enemigo del pueblo, porque cualesquiera que sean las condiciones en las cuales se pone, cualquiera que sea el hombre que está investido de él, de cualquier modo como se lo llame, el poder es siempre el poder, es decir, el signo irrefutable de la abdicación de la soberanía del pueblo y la consegración de un dominio supremo. La Fontainelo ha dicho antes que yo: el patrón es el enemigo.

El poder es el enemigo en el orden social y en el orden político. En el orden social:

Porque la industria agrícola, sustento de todas las industrias nacionales, es aplastada por los impuestos con que la grava el poder y devorada por la ussura (desembocadura fatal del monopolio financiero), cuyo ejercicio es garantizado por el poder a sus discípulos o agentes.

Porque el trabajo, es decir la inteligencia, es expropiado por el poder, ayudado de sus bayonetas, en provecho del capital (elemento tosco y estúpido en sí), que sería lógicamente la palanca de la industria si el poder no impidiera la asociación directa entre capital y trabajo. Y que de palanca se convierte en féretro debido al poder que lo separa de éste, poder que no paga sino la mitad de lo que debe y que, cuando no paga en absoluto, tiene -por su uso de las leyes y los tribunales-, alguna institución gubernativa dispuesta a applazar por muchos años la satisfacción del apetito del trabajador perjudicado.

Porque el comercio está amordazado por el monopolio de los bancos -del cual el poder tiene la llave- y estrechamente atado por el nudo corredizo de una reglamentación entorpecedora -producto también del poder-. Y este comercio debe enriquecerse indirectamente, en forma fraudulenta, sobre la cabeza de mujeres y niños, mientras le está prohibido arruinarse bajo pena de infamia (contradicción ésta que sería un certificado de idiotismo si no fuera porque existe en el pueblo más espiritual de la tierra).

Porque la enseñanza está cincelada, recortada y reducida a las restringidas dimensiones del modelo confeccionado por el poder, de tal forma que toda inteligencia que no lleva su marca es como si no existiese.

Porque quien no va al templo, ni a la iglesia, ni a la sinagoga, debido a la interferencia del poder paga el templo, la iglesia y la sinagoga.

Porque -para decirlo todo en pocas palabras-, es criminal quien no oye, ve, habla, escribe, piensa ni actúa tal como el poder le impone oír, ver, hablar, escribir, pensar, actuar.

En el orden político:

Porque los partidos sólo existen y desangran al país con y por el poder.

No es el jacobinismo lo que temen los legitimistas, los orleanistas, los bonapartistas, los moderados: es el poder de los jacobinos.

No es al legitimismo a quien combaten los jacobinos, los orleanistas, los bonapartistas, los moderados: es el poder de los legitimistas.

Asimismo, todos aquellos partidos a los que véis moverse sobre la superficie del país como flota la espuma sobre un líquido en ebullición, no se han declarado la guerra a causa de sus disidencias doctrinales, sino justamente a causa de su común aspiración al poder. Si cada uno de estos partidos supiera con certeza que sobre él no caerá el peso del poder de alguno de sus enemigos, el antagonismo cesaría instantáneamente, como cesó el 24 de febrero de 1848, en la época en que el pueblo, habiendo destruído el poder, desbordó a los partidos.

De ello se deduce que un partido, sea cual sea, sólo existe y es temido porque aspira al poder. Y si quien carece del poder no constituye un peligro, en consecuencia es verdad que cualquiera que tenga el poder es automáticamente peligroso; de donde queda abundantemente demostrado que no existe otro enemigo público que el poder.

Por lo tanto, social y políticamente hablando, el poder es el enemigo. Y, como más adelante demostraré que todos los partidos aspiran al poder, resulta que cada partido es premeditadamente un enemigo del pueblo.

El pueblo no hace más que perder su tiempo y prolongar sus sufrimientos haciendo suyas las luchas de gobiernos y partidos

Es así como se explica la ausencia de todas las virtudes populares en el seno de los gobiernos y de los partidos; es así como, en estos grupos nutridos de pequeños odios, de miserables rencores, de mezquinas ambiciones, el ataque ha caído en la bellaquería y la defensa en abyección.

Es necesario matar al periodismo corrompido. Es necesario destituir a estos amos sin nobleza que tienen miedo de convertirse en siervos y expulsar a estos siervos sin audacia que esperan llegar a ser amos.

Para comprender la urgencia de desembarazarse del periodismo, el pueblo debe ver claramente dos cosas:
En primer término, que al intervenir en las luchas entre gobiernos y entre partidos, dirigiendo su actividad hacia la política en vez de aplicarse a sus intereses materiales, lo único que consigue es descuidar sus asuntos y prolongar sus sufrimientos.

En segundo lugar, que no tiene nada que esperar de ningún gobierno ni de ningún partido.

En efecto -tal como luego demostraré de modo más preciso-, se puede afirmar que un partido, despojado de esta apariencia y de ese prestigio patrióticos de los cuales se circunda para enredar a los tontos, no es sino un hatajo de ambicioses a la caza de cargos.

Esto es tan cierte que a los monárquicos sólo les ha parecido soportable la República a partir del momento en que ellos ocuparon las funciones públicas y estoy segurísimo que no pedirán jamás el restablecimiento de la Monarquía si se les deja ocupar en paz todos los cargos de dicha República. Esto es tan cierto que los republicanos únicamente han encontrado soportable la Monarquía a partir del momento en que, bajo el nombre de República, ellos la gestionaron y administraron. En fin, es tan cierto que el partido burgués ha hecho la guerra a los nobles desde 1815 a 1830 porque los burgueses eran mantenidos a distancia de los cargos importantes; que los nobles y republicanos han hecho la guerra a los burgueses desde 1830 hasta 1848 porque a unos y a otros les estaba vedado el acceso a esos mismos cargos y que, después del advenimiento al poder de los monárquicos, el mayor reproche que les han formulado los republicanos es el haber destituído funcionarios de esta escuela, reconociendo así, de una manera conmovedora, que para ellos la República es una cuestión marginal.

Por la misma razón por la cual un partido se mueve para apropiarse de los cargos o del poder, el gobierno, que está provisto de éstos, se activa para conservarlos. Pero un gobierno se encuentra circundado de un aparato de fuerzas que le permite acosar, perseguir, oprimir a aquéllos que quieren despojarlo. Y el pueblo, que de rebote sufre las medidas opresivas provocadas por la agitación de los ambiciosos -y cuya alma generosa se abre a las tribulaciones de los oprimidos-, suspende sus asuntos, marca un alto en el camino progresivo que recorrem se informa de lo que se dice, de lo que se hace, se calienta, se irrita y finalmente presta su fuerza para contribuir a la caída del opresor.

Pero el pueblo, al no haber peleado por sus propios intereses, ha vencido sin provecho -amén que, como explicaré más adelante, el pueblo no tiene necesidad de combatir para triunfar-. Puesto al servicio de los ambiciosos, su brazo ha empujado al poder a una nueva pandilla en lugar de la anterior. Poco después, al convertirse a su vez los antiguos opresores en oprimidos, el pueblo -que, como antes, vuelve a recibir el contragolpe de las medidas provocadas por la agitación del partido vencido, y cuya gran alma, como siempre, se abre a las tribulaciones de las víctimas-, suspende de nuevo sus asuntos y termina por prestar su fuerza a los ambiciosos una vez más.

En definitiva, en este juego brutal y cruel, el pueblo no hace más que perder su tiempo y agravar su situación; se empobrece y sufre. No avanza un solo paso.

Admitiré sin repugnancia que las fracciones populares (que son todo sentimiento y pasión) difícilmente se contienen cuando el aguijón de la tiranía las hiere demasiado intensamente; pero está demostrado que dejarse arrastrar por la codiciosa impaciencia de los partidos sólo empeora las cosas. Está probado, además, que el mal del cual tiene que lamentarse el pueblo le es causado por lo grupos que, sólo por el hecho de no obrar como él, obran contra él. Los partidos deben cesar en su inquinidad en nombre de ese mismo pueblo al que oprimen, empobrecen, embrutecen y habitúan a no hacer otra cosa más que lamentarse. No hay que contar con los partidos. El pueblo no debe contar más que consigo mismo.

Sin retroceder demasiado en nuestra historia, tomando solamente las páginas de los dos últimos años transcurridos, es fácil ver que la turbulencia de los partidos ha sido la primera causa de todas la leyes represivas que se han sancionado. Sería largo y fastidioso hacer aquí la lista, pero para respetar la exactitud de los hechos históricos debo decir que, desde 1848, sólo puede citarse una medida tiránica que no se apoyó sobre provocaciones de partido, sino que fue debida a la sola voluntad del poder: es aquella cuya ejecución M. Ledru-Rollin impuso a sus prefectos.

Desde esa época las prerrogativas populares han ido desapareciendo una a una, debido al abuso que de ellas hizo la impaciencia de los ambiciosos, expresada a través de maniobras agitativas. No pudiendo el poder discriminar, la ley inflinge a la totalidad golpes que sólo deberían sufrir los provocadores: el pueblo es oprimido y la culpa no es sino de los partidos.

Si por lo menos los partidos no sintieran que el pueblo los respalda; si éste, ocupado en sus intereses materiales, de sus atividades industriales, de su comercio, de sus negocios, ahogara con su indiferencia e inclusive con su desprecio esa baja estrategia que se llama política; si tomara, con respecto a esta agitación psicológica, la actitud que tomó el 13 de Junio frente a la agitación material, los partidos, aislados de improviso, cesarían de agitarse; se extinguirían inmediatamente, se disolverían poco a poco en el seno del pueblo y, en fin, desaparecerían. Y el gobierno -que no existe sino por la oposición, que no se alimenta sino de los problemas que los partidos suscitan, que no tiene razón de ser más que por los partidos, que, en una palabra, desde hace cincuenta años no hace más que defenderse y que, si no se defendiera más, cesaría de existir- el gobierno, digo, se pudriría como un cuerpo muerto; se disolvería por sí mismo y la libertad estaría fundada.

El pueblo no tiene nada que esperar de ningún partido

Pero la desaparición del gobierno, el aniquilamiento de la institución gubernativa, el triunfo de la libertad de la cual todos los partidos hablan, en verdad no satisfaría el interés de éstos. Ya he probado abundantemente que todo partido, por su propia naturaleza, es esencialmente gubernativo (característica ésta que se procura ocultar al pueblo con el mayor cuidado). En efecto, en su cotidiano polemizar se da a entender que el gobierno obra mal, que su política es mala, pero que podría obrar mejor, que su política podría ser mejor. Al fin de cuentas, cada periodista transluce en sus artículos este pensamiento: ¡Si yo estuviera allí, ya veríais cómo se gobierna!

¡Y bien! Veamos si verdaderamente hay un modo ecuánime de gobernar; veamos si es posible crear un gobierno dirigente y de iniciativa propia, un poder, una autoridad, sobre las bases democráticas del respeto al individuo.

Me interesa examinar a fondo esta cuestión, porque hace poco he dicho que el pueblo no tiene nada que esperar de ningún gobierno ni de ningún partido y por lo tanto me apresuro a demostrarlo.

Henos aquí en 1852; el poder que esperáis obtener, vosotros montañeses, socialistas, moderados -me da lo mismo-, lo tenéis. Me complace ver que la mayoría está orientada hacia las izquierdas. ¡Sed bienvenidos! Por favor, ¿queréis explicarme cómo concebís vosotros lo que se ha de hacer?

Deseo ignorar vuestras divisiones internas; me abstengo de ver entre vosotros a Girardin, Proudhon, Louis Blanc, Pierre Leroux, Considerant, Cabet, Raspail o sus discípulos; supongo que reina entre vosotros una perfecta unión (si supongo lo imposible, es porque quiero, ante todo, simplificar el razonamiento).

De modo que aquí os tenemos, todos de acuerdo. ¿Qué haréis?

Liberación de todos los prisioneros políticos; amnistía general. Bien. Sin duda no haréis una excepción con los príncipes...Así demostraréis temer la fuerza de sus partidarios -y este temor traicionará un defecto vuestro, el de reconocer que bien se los podría preferir en lugar vuestro, reconocimiento que implicaría vuestra incertidumbre acerca del hecho de cumplir con el bien general-.

Las injusticias, una vez reparadas en el orden político, siguen deteriorando la economía y la vida social.

Vosotros no presentaréis bancarrota, por supuesto. El honor nacional, que entendéis a la manera de Garlier, 45 centésimos, os impondrá respetar la Bolsa en detrimento de 35 millones de contribuyentes, ya que el débito creado por las monarquías tiene un carácter demasiado noble como para que el pueblo francés no deba desangrarse 450 millones anuales en provecho de un puñado de especuladores. Por lo tanto, comenzaréis por salvar el débito: pobres, pero honrados. Estas dos calificaciones no concuerdan en particular con los tiempos que corren; pero, en fin, vosotros actuáis todavía como en los viejos tiempos y que el pueblo, endeudado como antes, piense lo que quiera.

Pero, ahora que lo pienso, vosotros debéis ante todo privilegiar a los pobres, a los trabajadores, a los proletarios; llegáis con una ley de contribución sobre los ricos.

..... (Este tramo lo he suprimido por anacrónico y poco interesante: se supone que el gobierno trata de subir los impuestos a los préstamos de banqueros y capitalistas, y éstos evidentemente suben el porcentaje al que prestan el dinero, haciéndo pagar el impuesto a los pobres.) ....


¿Proclamáis la libertad ilimitada de prensa? Esto os está prohibido. Si cambiáis la base de los impuestos, si tocáis la fortuna pública, os expondréis a una discusión de la cual no saldréis bien parados. Personalmente, me siento dispuesto a probar con toda claridad vuestra impericia acerca de este punto, así como la necesidad que la necesidad de vuestra conservación os obligará imperiosamente a hacerme callar (con lo cual haréis muy bien).

Por lo tanto, a causa de las finanzas, la prensa no será libre. Ningún gobierno que se inmiscuya con los grandes intereses puede proclamar la libertad de prensa; eso le está expresamente prohibido. Las promesas no os faltarán; pero prometer no es cumplir y si no preguntad al señor Bonaparte.

Evidentemente, vosotros conservaréis el ministerio de educación y el monopolio universitario; sólo que dirigiréis la enseñanza exclusivamente en el sentido filosófico, declarando una guerra feroz al clero y a los jesuítas -lo cual me convertirá en jesuíta contra vosotros, como me hago filósofo contra el señor Montalembert, en nombre de mi libertad, que consiste en ser lo que me place sin que vosotros ni los jesuítas tengáis nada que ver en ello.

¿Y el culto? ¿Aboliréis el ministerio de culto? Lo dudo. Me imagino que, en el interés de los gobernómanos, crearéis ministerios más que suprimirlos. Habrá un ministerio de culto como hoy y yo pagaré el cura, el ministro y el rabino, a pesar de que no voy a misa, ni a la prédica ni a la cena.

Conservaréis el ministerio de comercio, el de agricultura, el de obras públicas. Y sobre todo el de interior, porque tendréis prefectos, subprefectos, una policía del Estado, etc. Y mientras conserváis y dirigís todos estos ministerios -que constituyen precisamente la tiranía de hoy-, continuaréis diciendo todavía que la prensa, la instrucción, el culto, el comercio, las obras públicas, la agricultura son libres. ¿Qué haréis entonces que no hagáis hoy? Yo os lo diré: en vez de atacar, os defenderéis.

No veo para vosotros más recurso que cambiar todo el personal de las administraciones y de las oficinas y obrar con respecto a los reaccionarios como los reaccionarios obran respecto a vosotros. Pero esto, ¿no se llama gobernar? Este sistema de represalias, ¿no constituye el gobierno? Si debo juzgar por lo que sucede desde hace casi sesente años, me doy clara cuenta de lo único que haréis convirtiéndoos en gobernantes...Afirmo que gobernar no es otra cosa que luchar, vengarse, castigar. Ahora, si vosotros no os dáis cuenta que es sobre nuestras espaldas que sois azotados y que azotáis a vuestros adversarios, nosotros, por nuestra parte, no sabemos disimularlo, y creemos que el espectáculo debe llegar a su fin. Para resumir toda la impotencia de un gobierno, cualquiera que sea, en cuanto a lograr el bien público, diré que ningún bien puede surgir sin reformas. Pero cada reforma constituye necesariamente una libertad, cada libertad, una fuerza adquirida por el pueblo y, a su vez, un atentado a la integridad del poder. De ello se sigue que el camino de las reformas -que para el pueblo es el de la libertad- para el poder es fatalmente el de la decadencia. Por lo tanto, si vosotros decís que queréis el poder para hacer reformas, admitid al mismo tiempo que queréis alcanzarlo con la finalidad premeditada de abdicar de él... Y como no soy tan estúpido de creeros tan poco ingeniososm advierto que sería contrario a todas las leyes naturales y sociales -y principalmente la de la propia conservación, que ningún ser puede dejar de lado- que hombres investidos de la fuerza pública se despojaran por su propia voluntad de la investidura y del derecho principesco que les permite vivir en el lujo sin producirlo. ¡Id a contar vuestras patrañas a otra parte!


Vuestro gobierno no puede tener más que un objetivo: vengarse del anterior; exactamente como el que os siga no podrá tener sino una finalidad: vengarse de vosotros. La industria, la producción, el comercio, los asuntos del pueblo, los intereses de la multitud no pueden florecer en medio de estas luchas. Yo propongo que se os deje solos para que os rompáis bien la cara, de modo que nosotros podamos dedicarnos a nuestros asuntos.

Si la prensa francesa quiere ser digna del pueblo al cual se dirige, debe cesar de hacer sofismas en torno a los asuntos deplorables de la política. Dejad que sean los retóricos quienes fabriquen a su gusto leyes que los intereses y las costumbres desbordarán. Por favor, no interrumpáis con vuestros cacareos inútiles el libre desarrollo de los intereses y la manifestación de las costumbres.

La política no ha enseñado nunca a nadie el medio de ganarse honradamente su pan; sus preceptos no han servido más que para estimular la poltronería y dar coraje al vicio. Por lo tanto, no nos habléis más de política. Llenad vuestras columnas con estudios económicos y comerciales; decidnos qué se ha inventado de útil; qué se ha descubierto en cualquier país que sea material o moralmente provechoso para el acrecentamiento de la producción y el aumento del bienestar; tenednos al corriente de los progresos de la industria, de modo que encontremos, a través de estas informaciones, el modo de ganarnos la vida y de vivirla en un ambiente confortable. Todo esto nos importa mucho más que vuestras estúpidas disertaciones acerca del equilibrio de los poderes y sobre la violación de una Constitución que -hablando francamente- ni aún virgen me parece muy digna de mi respeto.

Del electorado político o sufragio universal

Lo que acabo de decir me lleva naturalmente al examen de las causas que originan todos estos vicios. Estas causas, para mí, deben buscarse en las elecciones.

Desde hace dos años y por sórdidas razones de las que -quiero creer- los partidos no se dan cuenta, se mantiene al pueblo en la convicción de que no llegará a la soberanía y al bienestar sino con la ayuda y la intervención de representantes regularmente elegidos. El voto -tesis municipal aparte- puede conducir al pueblo a la libertad, a la soberanía, al bienestar, tanto como la entrega de todo lo que posee puede conducir a un hombre a la fortuna. Quiero decir con esto que el ejercicio del sufragio universal, lejos de garantizarla, no es sino la cesión pura y simple de la soberanía.

Las elecciones, de las cuales los sofistas de la última revolución han hablado tanto y tan seriamente; las elecciones, si se las antepone a la libertad, son como el fruto antes que la flor; como la consecuencia antes que el principio; como el derecho antes que el hecho: la más solemne estupidez que se haya podido imaginar en cualquier tiempo y país. Aquellos que se han permitido, aquellos que han tenido la audacia de llamar al pueblo a votar antes de permitirle consolidarse en su libertad, no sólo han abusado groseramente de la inexperiencia de éste y de la docilidad temerosa de una larga dependencia ha impreso en su carácter; sino también, dándole órdenes y declarándose, por este solo hecho, superiores a él, han desconocido las reglas elementales de la lógica -ignorancia que debía conducirlos a caer víctimas de su infernal artilugio, impeliéndolos a errar tristemente en el exilio empujados por el resultado del sufragio universal.

Un hecho extraño -y sobre el cual debo reclamar la atención del lector, sobre todo en interés de la demostración que seguirá- es que el sufragio universal se ha volcado en ventaja de sus enemigos declarados, esto es, en provecho de los servidores las monarquías. El pueblo ha dado las gracias a aquellos que lo habían esclavizado; les ha otorgado, con su votom el derecho a darle caza con red y señuelo, al acecho o persiguiéndole, al tiro libre o con trampa, con la ley por arma y con sus semejantes por perros de presa.

Creo que me está permitido no aceptar sin examen esta pretendida "panacea" de la democracia a la que se llama electorado o sufragio universal, cuando observo que ésta destruye a aquellos que le han dado existencia y que vuelve omnipotente a los que la han torturado desde su nacimiento. Asimismo, declaro que la combato como se combate a una cosa maléfica, a una mostruosidad sin proporciones.

El lector ya habrá comprendido que aquí no se trata de contestar un derecho popular, sino de corregir un error fatal. El pueblo tiene todos los derechos imaginables. Yo me atribuyo por mi parte todos los derechos, inclusive el de quemarme el cerebro o el de tirarme al río. Sin embargo -aparte que el derecho a mi destrucción, al salirse de la ley natural, deja de llamarse un derecho para convertirse en una anomalía del derecho, en una forma de desesperación-, ni aún esta exaltación ab norma (que llamaré también un derecho a fin de facilitar el razonamiento) en caso alguno podría darme la facultad de hacer sufrir a mis semejantes la suerte que me toca sufrir personalmente. ¿Es así también en cuanto al derecho a votar? No. En este caso, el votante arrastra en su mismo suerte también al que se abstiene.

Yo me obstino en creer que los electores no saben que se suicidan civil y socialmente yendo a votar: un viejo prejuicio los enajena de sí mismos y el hábito que tienen de aceptar el gobierno les impide ver lo que les conviene mirar por sí mismos. Pero suponiendo, por el método del absurdo, que los electores que abandonan sus asuntos, que descuidan sus intereses más urgentes para ir a votar, sean conscientes de esta verdad -vale decir, que con el voto se despojan de su libertad, de su soberanía, de su fortuna, en favor de sus elegidos que, en adelante, dispondrán de las mismas; suponiendo que aceptan esto y consientan libre pero locamente en ponerse a disposición de sus mandatarios, no veo por qué su alienación deba comportar la de sus semejantes. No veo, por ejemplo, cómo ni por qué los tres millones de franceses que no votan jamás son objeto de la opresión legal o arbitraria que hace pesar sobre el país un gobierno constituído por los siete millones de electores votantes. No veo, en una palabra, por qué debe suceder que un gobierno que yo no he hecho, ni he querido hacer, ni consentiría jamás en hacer, venga a pedirme obediencia y dinero, bajo el pretexto de que está autorizado por sus artífices. Hay aquí, evidentemente, un engaño sobre el objeto, acerca del cual es importante explicarse, y es lo que estoy por hacer. Pero primero haré la reflexión siguiente, que me sugirió el advenimiento electoral del 28 del corriente mes.

Cuando se me ocurrió publicar este diario, no elegí el día adecuado, ni pensé en las elecciones que se preparaban; por otra parte mis ideas son demasiado elevadas para que puedan nuncaa adecuarse a las circunstancias y las eventualidades. Además, suponiendo dañoso para algún partido el efecto de la presente exposición -suposición bien gratuita por cierto-, una voz de más o de menos a derecha o a izquierda no cambiará la situación parlamentaria. Y, después de todo, que no se alarmen si bajo el golpe de mis argumentos el sistema parlamentario se derrumba entero. Dado que es precisamente dicho sistema el que combato, esto me impedirá al menos ir más lejos.

Por otra parte, mucho más importante que saber si estoy inquietando a los fanáticos del sufragio universal o a los que lo aprovechan, es asegurarme de que mis doctrinas se apoyan en la razón universal; y, por lo que se refiere a este último punto, estoy absolutamente tranquilo. Oso decir que, si no tuviera la garantía absoluta de la oscuridad de mi nombre contra el ataque de los que se nutren del electorado, en la solidez de mis deducciones encontraría todavía un refugio donde la prudencia les impediría venirme a buscar.

Los partidos acogerán este diario con desprecio; según mi opinión, es la cosa más sabia que pueden hacer. Se verían obligados a tenerle demasiado respeto si no lo desdeñaran. Este diario no es el diario de un hombre, es el diario del HOMBRE o no es nada.

Las elecciones no son y no pueden ser actualmente más que un fraude y una expoliación

Dicho esto, afrontaré la situación sin preocuparme de los sentimientos de miedo o de los sueños de esperanza que podrán empujar de vez en cuando a mi favor o en mi contra a los evocadores de la monarquía y los profetas de la dictadura. Usando de la inalienable facultad que me dan mi título de ciudadano y de mi interés de hombre, y razonando sin pasión así como sin debilidad; austero como mi derecho, calmo como mis pensamientos, diré:

Cada individuo que, en el presente estado de las cosas, pone en la urna electoral una papeleta para la elección de un poder legislativo o de un poder ejecutivo es -si no voluntariamente, al menos por desconocimiento, si no directamente, al menos indirectamente-, un mal ciudadano. Ratifico lo dicho sin quitarle ni una sílaba.

Al presentar la cuestión de este modo, me desembarazo de una sola vez de los monárquicos, que persiguen la realización del monopolio electoral, y de los gubernamentalistas republicanos, que hacen de la formación de los poderes políticos un producto del derecho común; en realidad caigo, no en el aislamiento -que, por otra parte, me preocuparía poco-, sino en medio del vasto núcleo democrático -más de un tercio de los electores inscritos- que protesta, con una abstención continua, contra la indigna y miserable suerte que le hacen sufrir, desde hace más de dos años, la hedionda ambición, y la no menos hedionda rapiña de los partidos y de los vividores.

Sobre 353.000 electores inscritos en el departamento del Sena, sólamente 260.000 han tomado parte en la votación del 10 de marzo pasado, a pesar de que el número de las abstenciones esta vez ha sido menos elevado que en las elecciones precedentes. Y siendo París un centro político más activo que los demás y coteniendo, en consecuencia, menos indiferentes que la provincia, es exacto decir que los poderes políticos se forman sin la participación de más de un tercio de los ciudadanos del país. Es a ese tercio al que me dirijo. Porque allí, se convendrá en ello, no existen el miedo que vota bajo el pretexto de conservar, ni la ignorancia servil que vota por votar; allí existe la serenidad filosófica que fundamenta en una conciencia apacible el travajo útil, la producción no interrumpida, el mérito oscuro, el coraje modesto.

Los partidos han calificado de malos ciudadanos a estos sabios y serios filósofos de los intereses materiales, que se mezclan a las saturnales de la intriga. Los partidos tienen horror a la indiferencia política, metal sin poros que ninguna dominación puede corroer. Es tiempo de prestar atención a estos legionarios de la abstención, porque es entre ellos que se encuentra la democracia; es entre ellos que reside la libertad, tan exclusivamente, tan absolutamente, que esta libertad no será alcanzada por la nación sino el día en que el pueblo entero imite su ejemplo.

Para aclarar la demostración que estoy haciendo, debo examinar dos cosas: primero, ¿cuál es el objetivo del voto político? Segundo, ¿cuál debe ser inevitablemente su resultado?

El voto político tiene un doble objetivo, directo e indirecto. El primero es constituir un poder; el segundo es -una vez constituído éste- liberar a los ciudadanos y reducir las cargas que pesan sobre ellos; y además, hacerles justicia.
Este es, si no me equivoco, el objetivo reconocido del voto político, en cuanto al interior. Aquí no está en cuestión lo que atañe al exterior.

Por tanto, yendo a votar y por el solo hecho del voto, el elector reconoce que no es libre y atribuye a aquél a quien vota la facultad de liberarlo; confiesa que está oprimido y admite que el poder tiene la fuerza de volverlo a levantar; declara querer la institución de la justicia y concede a sus delegados toda autoridad para juzgarlo.

Muy bien. Pero reconocer a uno o más hombres estas capacidades, ¿no es poner mi libertad, mi fortuna y mi derecho fuera de mí? ¿No es admitir formalmente que éste o estos hombres -que pueden liberarme, volver a levantarme, juzgarme-, son capaces asimismo de oprimirme, arruinarme, juzgarme mal? E inclusive les es imposible hacer otra cosa, considerando que, al haberles sido transferidos todos mis derechos, yo ya no tengo ninguno y que protegiendo el derecho, no hacen sino protegerse a sí mismos.

Si yo pido a algo a alguien, admito que éste tiene lo que yo le pido; sería absurdo que hiciese una petición para obtener lo que ya está en mi poder. Si tuviera el uso de mi libertad, de mi fortuna, de mi derecho, no iría a pedírselos a nadie. Si se los pido, probablemente es porque éste los posee y, si es así, no veo del todo claro qué lecciones mías tenga que recibir acerca del uso que considera oportuno darles.

Pero, ¿cómo es que el poder se encuentra en posesión de lo que me pertenece? ¿Cómo lo ha conseguido? El poder, tomando por ejemplo aquello que tenemos delante, está constituído por el señor Bonaparte que, todavía ayer, era un pobre proscrito sin demasiada libertad y sin más dinero que libertad; por setecientos cincuenta Júpiteres tonantes que -vestidos como todos y no más bellos ciertamente-, hace unos meses hablaban con nosotros -y no mejor que nosotros, oso decirlo-; por siete u ocho ministros y sus acólitos, la mayor parte de los cuales, antes de tirar de las cuerdas de las finanzas, tiraban de la cola del diablo con tanta obstinación como un amanuense cualquiera.

¿Cómo ha sucedido que estos pobres desgraciados de ayer sean mis patrones de hoy? ¿Cómo es que estos señores detentan el poder al cual han sido enajenadas toda libertad, toda riqueza, toda justicia? ¿A quién hay que responsabilizar por las persecuciones, las imposiciones, las inquinidades que sufrimos todos nosotros? A los votantes, evidentemente.

La Asamblea Constituyente, que fue la que empezó a meternos en el baile; el señor Luis Bonaparte, que ha continuado la instrumentación; y la Asamblea Legislativa, que ha venido ha reforzar la orquesta, todo esto no se ha hecho solo. No, todo esto es el producto del voto. A todos aquéllos que han votado les corresponde la responsabilidad de lo que ha sucedido y de lo que seguirá. Nosotros, demócratas del trabajo y de la abstención, no aceptamos esta responsabilidad. No busquéis entre nosotros la solidaridad con las leyes opresivas, los reglamentos inquisitoriales, los asesinatos, las ejecuciones militares, los encarcelamientos, los traslados, las deportaciones...la crisis inmensa que aplasta al país. ¡Id a golpear vuestro pecho y a prepararos para el juicio de la Historia, maníacos del gobierno! Nuestra conciencia está tranquila. Ya es bastante que, por un fenómeno que repugna a toda lógica, suframos un yugo que sólo vosotros habéis fabricado; ya es bastante que hayáis empeñado, junto con lo que os pertenecía, lo que no os pertenecía -lo que debería ser inviolable y sagrado-: la libertad y la fortuna de los demás.

El derecho de primogenitura y las lentejas del pueblo francés

Y no os creáis, burgueses engañados, gentilhombres arruinados, proletarios sacrificados, no creáis que lo que sucedió pudo no haber sucedido si vosotros hubiéseis nombrado a Pedro en lugar de Pablo, si vuestros votos hubiesen sido para Juan y no para Francisco. De cualquier modo que votéis os entregáis y quienquiera que sea el vencedor, su victoria os perjudica. A uno y a otro tendréis que pedírselo todo; por lo tanto, jamás volveréis a tener nada.

Por otra parte, comprended bien que -y no es ciencia en absoluto, sino la pura y simple verdad-, si el mal hubiera venido únicamente de los reaccionarios, si los revolucionarios hubieran podido hacer vuestra fortuna, seríais riquísimos. Porque todos los gobiernos, de Robespierre a Marat -sus almas ante Dios estén-, fueron revolucionarios; esta Asamblea que tenéis aquí, ante vuestros ojos, también se compone totalmente de revolucionarios. Nadie ha sido más revolucionario que el señor Thiers, el administrador de Nuestra Señora de Loreto. El señor Montalembert ha pronunciado discursos tales sobre la libertad absoluta que nadie podría hacerlos mejor. El señor Brryer ha conspirado desde 1830 hasta 1848. El señor Bonaparte ha hecho revoluciones por escrito, con las palabras y con las acciones; y no hablo de la Convención de la Montaña, cenáculo que por muchos meses ha tenido en sus manos los medios de gobierno para cubriros de un manto de opulencia. Todos los hombres han sido revolucionarios hasta que han formado parte del gobierno; pero también todos, cuando han formado parte del mismo, han sofocado la revolución. Yo mismo, si un día se os ocurriera entregarme el gobierno y si, en un momento de olvido o de vértigo, en vez de sentir piedad y desprecio por vuestra estupidez, aceptase el título de amparador del robo que habéis perpetrado contra vosotros mismos, ¡os juro por Dios que os las haría ver negras! ¿No os bastan las experiencias que habéis tenido? Sois bien duros de mollera.

Justamente hace poco que habéis erigido un gobierno blanco cuyo único objetivo -y no podríais reprochárselo- es desembarazarse de los rojos. Si mañana hacéis un gobierno rojo, su único objetivo -¡y estaría bueno que lo encontráseis incorrecto!- será desembarazarse de los blancos. Pero los blancos no se vengan de los rojos ni los rojos de los blancos más que a golpes de leyes prohibitivas y opresivas. ¿Y sobre quién pesan estas leyes? Sobre aquéllos que no son ni rojos ni blancos, o que son, a sus expensas, tanto rojos como blancos; sobre la multitud que no tiene ninguna culpa; así es que el pueblo está totalmente magullado por los golpes de maza que los partidos se propinan mutuamente.

Yo no critico al gobierno. Éste ha sido creado para gobernar y gobierna. Usa de su derecho y, haga lo que haga, opino que cumple con su deber. El voto, al darle el poder, implícitamente le ha manifestado: el pueblo es perverso, vuestra es la rectitud; aquél es pasional, a vos corresponde la moderación; aquél es estúpido, vos inteligente. El voto, que ha dicho esto a la mayoría actual, al presidente en funciones, volvería a decirlo -porque no puede decir otra cosa- a una mayoría cualquiera y a cualquier presidente.


Por tanto, gracias al voto y a lo que consigo trae, el pueblo se pone en cuerpo y bienes a merced de sus elegidos para que éstos usen y abusen de la libertad y la fortuna que se les otorgan; entregada sin reservas, la autoridad no tiene límites. Diréis: ¡Pero la probidad! ¡Pero la discreción! ¡Pero el honor!...Humo. Vosotros hacéis sentimentalismos cuando es necesario hacer números. Si invertís vuestros intereses sobre conciencias, invertís a fondo perdido: la conciencia es un utensilio a válvula.

Refelxionad un instante sobre lo que hacéis. Vosotros os amontonáis en torno a un hombre como alrededor de una reliquia; besáis el borde de su manto; lo aclamáis hasta la sordera; lo cubrís de regalos; repletáis sus bolsillos de oro; os despojáis, en su provecho, de todas vuestras riquezas; le decís: Sed libre por encima de los libres, opulento por encima de los opulentos, fuerte por encima de los fuertes, justo por encima de los justos. ¿Y os imagináis que a continuación podréis controlar el uso que hace de vuestros regalos? ¿Os permitís criticar esto, desaprobar aquello, calcular sus gastos y pedirle cuentas? ¿Qué cuentas queréis que os rinda? ¿Habéis extendido la factura de lo que le habéis dado? ¿Vuestra contabilidad está en déficit? Y bien: no tenéis títulos contra él, la cuenta que queréis presentar no tiene base, no se os debe nada.

¡Ahora gritáis, hacéis ruido, amenazáis! Es un afán inútil. Vuestro deudor es vuestro dueño: inclinaos y pasad.

En los cuentos bíblicos se dice que Esaú vendió su derecho de primogenitura por un plato de lentejas. Los franceses lo hacen aún mejor: regalan su derecho de primogenitura y junto con él las lentejas.

Lo que hace nacer a los gobiernos no es lo que los hace vivir

Repetiré que no discuto el derecho; lo que discuto, como cosa inoportuna, es el uso actual del derecho. Antes de hacer uso de mi derecho de nombrar delegados, es importante que comience por hacer acto de soberanía, por ejercerla materialmente en los hechos, para darme cuenta de aquello que tengo que hacer personalmente y de lo que debe entrar en las atribuciones de mis delegados. Debo, en una palabra, consolidarme a mí mismo antes de fundar cualquier otra cosa. Las instituciones no deben ser creadas por medio de leyes, sino que, al contrario, deben promulgarlas. Primero me instituyo, después legislaré. No que perder de vista que la teoría del derecho divino, a la que estamos directamente ligados, se basa sobre una pretendida prioridad que tendría el gobierno sobre el pueblo. Toda nuestra historia, toda nuestra legislación, están fundadas sobre este monumental absurdo: que el gobierno es una cosa que precede al pueblo, que el pueblo es una derivación del gobierno; que ha habido o que ha podido haber un gobierno anteriormente a la existencia de ningún pueblo. Esto es lo aceptado, los anales del mundo están esculpidos sobre esta aberración de la inteligencia humana. Por lo tanto, mientras dure el gobierno, el principio de su autoridad quedará intacto, el derecho divino se perpetuará entre nosotros y el pueblo -cuyo sufragio equivale a la antigua consagración- nunca será, tome el nombre que tome, más que un súbdito.

El paso de la teocracia a la democracia no pueda advenir en ningún caso a través del ejercicio del derecho electoral, porque este ejercicio tiene como objetivo específico el de impedir la muerte del gobierno, es decir, mantener y reavivar el principio de la autoridad gubernativa.

Para pasar de un régimen al otro es necesario romper el mecanismo de delgación, que empuja fatalmente hacia el respeto de la tradición teocrática. Es necesario interrumpir su uso y no retomarlo sino después de haber introducido en los hechos sociales el ejercicio estable del gobierno de sí mismos: el autogobierno. Racionalmente, puedo poner a cargo de otro la gestión de algunos aspectos de mi futuro solamente después de hacer acto de posesión; si lo nombro antes de haber mostrado mis títulos, luego se negará a reconocerme y tendrá razón.

Pero he aquí lo que quiero decir: en cualquier país, la unanimidad acerca de cualquier cuestión es irrealizable. Sin embargo, dada la forma en que todo gobierno deriva del voto, para impedir el nacimiento de un gobierno se necesitaría nada menos que la abstención unánime. Porque, suponiendo que nueve sobre diez millones de electores se abstuvieran, quedaría siempre un millón de votantes para instituir un gobierno al cual la nación entera se vería obligada a obedecer. Y en Francia siempre habrá al menos un millón de individuos que tendrán interés en crear un gobierno; por lo tanto, la propuesta es absurda. Y lo que es más: no se necesita encontrar un millón de hombres para crear un gobierno; cien mil, diez mil, quinientos, cien, cinco individuos pueden hacerlo, un ciudadano solo puede constituírlo. Lafayette solo, en 1830, hizo rey a Luis Felipe; y durante los dieciocho años que siguieron a este advenimiento, el poder parlamentariose ha formado, en un país de 35 millones de almas, con el único concurso de 200 mil contribuyentes. No importa lo restingido que sea el número de ciudadanos que concurren a hacer un gobierno, su autoridad no sufre mengua. Pero lo que me importa demostrar aquí es que ningún gobierno podría vivir sin el beneplácito de la mayoría nacional.

La filosofía y, después de ésta, una escuela mucho más segura -la de la experiencia y los hechos-, han demostrado de una manera irrefutable que la veradera razón de la permanencia de los gobiernos está, no ya en el concurso material o electoral de los ciudadanos de un país, sino en la fe pública o en el interés, porque la fe y el interés son una sola y única cosa.


El gobierno que tenemos en este momento lo debemos a los juegos electorales de siete u ocho millones de ciudadanos muy obedientes, cada uno de los cuales ha perdido, con la mejor gracia del mundo, dos o tres días de trabajo para aprovechar la oportunidad de entregarse en cuerpo y alma a personajes que no conocían, pero a los cuales han asegurado cinco monedas de cinco francos a fin de hacer amistad. ¿Os parece que la Asamblea Legislativa y el señor Bonaparte están más sólidamente asentados de lo que lo estuvieron la Cámara de Diputados de 1847, creada por doscientos mil contribuyentes sólamente, o que Luis Felipe, creado por un solo hombre? Decidme: ¿Pensáis que un gobierno creado por un millón de individuos podría haber sido más mezquino, más impopular, más confuso que aquél al cual ocho millones de individuos han dado vida? Evidentemente, no lo pensáis. Aquí no hay hombre -y cuando digo hombre, quiero decir lo contrario de funcionario- que no haya visto profundamente heridos sus intereses o su fe por los regímenes que han sido instaurados sucesivamente desde 1848; en consecuencia, no hay hombre que deba felicitarse del resultado de su voto y que pueda creer que su abstención habría dado lugar a algo peor que lo existente. Estáis, pues, constreñidos a admitir que habéis perdido vuestro tiempo con el más mísero de los resultados. Y, salvo que tengáis la intención de perder siempre vuestro tiempo -cosa que dudo-, me parece que debéis estar muy próximos a sacrificar el voto a realidades más substanciosas. Para el poder ya es una apuesta muy mala vuestro descontento; pero si le faltara vuestra papeleta para darse coraje, sería muy débil, y dudo que pudiera conservar las riendas.

Por lo tanto no es la unanimidad en la abstención lo que importa obtener, así como no es necesaria la unanimidad del voto para formar gobierno. La unanimidad en la inercia no podría ser condición esencial para el advenimiento del orden anárquico que está en el interés y, en consecuencia, en el honor de todos los franceses realizar. Siempre habrá suficientes funcionarios, advenedizos, aspirantes, rentistas del Estado y pensionistas del Tesoro para constituir el electorado. Pero el número de chinos que a toda costa quieren mantener a estos mandarines del poder se reduce día a día, y si de aquí a dos años todavía quedan diecinueve, declaro que la culpa no será mía.

Por otra parte -ya que es necesario decirlo todo-, ¿a qué llamáis vosotros sufragio universal?

Un diario dice: hay que elegir al ciudadano Gouvernard.

Otro objeta: no, hay que elegir al ciudadano Guidane.

"No escuchéis a mi antagonista -responde el primer diario-. ¡El ciudadano Gouvernard es el candidato necesario! He aquí los motivos" Etc.

"Guardáos de prestar fe a aquello que os dice mi adversario -replica el segundo diario-, nada es posible sin el ciudadano Guidane: he aquí la razón" Etc.

Para ese entonces y después de haberse mantenido hasta aquí encerrado en una reserva olímpica, desciende a la liza un tercer diario (el más gordo de la especie) que pronuncia doctoralmente esta sentencia: es necesario elegir al señor Gouvernard.

Y se elige al señor Gouvernard.

¿Y vosotros decís que es el pueblo quien ha hecho la elección?

Esta decisión ha tenido tan poco que ver con la voluntad popular como si la adjudicación del poder se hubiera jugado a los dados o a la lotería. Dicho sea esto para arreglar mis cuentas con la forma, sin comprometer mis reservas en cuanto a la sustancia.

Pero yo conozco republicanos, o quienes se las dan de tales, que tienen mucho miedo a que el pueblo, con su abstención, favorezco el renacimiento de la soberanía real. En lengua vulgar -lengua que es la mía-, podemos decir que el miedo que sienten estos republicanos expresa la aflicción que les causaría la imposibilidad de su elección personal, ya que si, según se dice, los republicanos han prestado importantes servicios, yo afirmo que ni vosotros ni yo hemos visto ni la sombra de estos servicios en moneda, en libertad, en dignidad o en honor. Puede ser que yo desmitifique un poco el patriotismo, pero, ¿qué queréis? No he nacido poeta y en la matemática de la historia he encontrado que sin estos republicanos la monarquía estaría muerta y enterrada desde hace sesenta años; que sin estos republicanos que han prestado a la monarquía el ya citado servicio de restablecer la autoridad cada vez que el pueblo ha querido darle un empujón, haría ya mucho tiempo que los franceses -incluído yo- seríamos libres. Los monárquicos, creedlo, no irán muy lejos el día en que estos republicanos tengan la extrema cortesía de no hacer más monarquismo. Los monárquicos, os lo aseguro, detendrán su carrera bien pronto cuando les abandonemos el campo electoral entero en vez de dejarles simplemente la mayoría.

Lo que he dicho parecerá extraño, ¿verdad? Lo es, en efecto; pero también la situación es extraña, y yo no soy de los que solucionan las situaciones nuevas con viejas fórmulas como las que empapelan desde hace medio siglo las barracas del periodismo revolucionario.

Desenmascarar la política es destruirla

A riesgo de repetirme, expondré ahora esta cuestión: ¿Qué expresa el elector cuando depone su papeleta en la urna?

Por medio de este acto, el elector dice al candidato: os doy mi libertad sin restricciones ni reservas; pongo a vuestra disposición mi inteligencia, mis medios de aacción, mis haberes, mis réditos, mi actividad, toda mi fortuna; os cedo mis derechos de soberanía. Asimismo y por extensión, también os cedo los derechos y la soberanía de mis hijos, parientes y conciudadanos -tanto activos como inertes-. Todo esto se os entrega para que lo uséis como os parezca oportuno. Vuestro humor es mi única garantía.

Esto es el control electoral. Argumentad, oponéos, discutid, poetizad, sentimentalizad, no cambiaréis nada. Así es por contrato. Y da igual que el canididato sea uno u otro: republicano o monárquico, el hombre que se hace elegir es mi amo y yo soy una cosa suya; todos los franceses somos una cosa suya.

Queda entonces demostrado que el electorado conjuntamente con la alienación de lo suyo, consagra la de lo ajeno. Por lo tanto, resulta evidente que el voto es, por un lado, una estafa, y por el otro, una maldad, o, para decirlo claramente, una expoliación. Si todos los ciudadanos electores votaran, el voto sólo sería una estafa universal, ya que, en este caso, tanto unos como otros, debido a la acción de cada uno, habrían perdido por igual. Pero que un solo elector se abstenga o sea impedido de hacerlo y la expoliación comienza. Cuando sobre nueve o diez millones se abstienen más de tres -como viene sucediendo-, los expoliados ya forman una minoría demasiado importante para que se la pueda dejar de lado. El antiguo principio de la honestidad del poder está mellado y la decadencia del poder es directamente proporcional a la ruina de este principio. Suponed que la mitad de los electores inscritos se abstenga. La situación se vuelve grave para los votantes y para el gobierno que han constituído. Indudablemente, el escepticismo político de toda una mitad del cuerpo social pondré en crisis las no confrontadas convicciones de la otra mitad. Y si se considera que dicho escepticismo provendrá de una indiferencia calculada, motivada, meditada; y que será fruto de la inteligencia o de la libertad -términos equivalentes-, mientras que entre los votantes sólo se encontrará el instinto borreguesco y el apego a la tradición, la ignorancia o la abnegación -que también son la misma cosa-, fácilmente os haréis cargo de la derrota que tal estado de las cosas infligirá al gubernamentalismo. Hoy en día ya es posible tener por válida esta suposición, ya que si cuatro millones de electores no se han abstenido todavía no es precisamente porque deban felicitarse de haber votado. Y todo arrepentimiento implica el reconocimiento de un error.

Insistimos sobre la hipótesis: supongamos que todos los adversarios de la monarquía , convertidos al principio moderno de que el poder no puede ser honesto, se abstengan de votar y fundamenten su actitud en esta incontestable verdad: que el voto es al mismo tiempo una estafa y una expoliación. Automáticamente la abolición del sufragio universal , convertido en un delito por la iluminación del espíritu público, hará decaer inmediatamente y en bloque a los monárquicos, ya que no tendrán más cómplices. Dado que fuera de ellos sólo encontraréis hombres perjudicados -cuya no intervención estará racionalmente fundamentada-, los ladrones quedarán desenmascarados. O más bien, en homenaje al sentido común, digamos que ya no habrá ladrones. Porque si la cuestión es reducida a estos términos duros -pero simples y sobre todo verídicos-; si la política, descendida de sus antiguas y charlatanescas alturas, es restituída al nivel de los delitos comunes -de los cuales siempre ha sido el genio escondido pero real-, la ficción gubernativa desaparece y la humanidad se libera de todos los malentendidos que hasta hoy han sido el origen de todas las luchas y los deplorables advenimientos que las han seguido.

He aquí la Revolución. ¡He aquí la tranquila, sabia y racional transformación del principio tradicional! He aquí la supremacía democrática del individuo sobre el Estado, de los intereses sobre la idea. Ninguna perturbación, ninguna conmoción podrá producirse en este majestuoso desvanecerse de los nubarrones históricos; el sol de la libertad brilla sin tormentas y, tomando su parte de los generosos rayos, cada uno actúa a plena luz y se preocupa de encontrar en la sociedad el puesto que debe ocupar por sus aptitudes o su genio.

Ved: para ser libre, no hay más que quererlo. La libertad, que estúpidamente hemos aprendido a esperar como un don de los hombres, está en nosotros, nosotros somos la libertad. Para obtenerla, no son necesarios ni las barricadas o la agitación, los afanes, las facciones, los votos, ya que todo esto no es más que desenfreno. Y como la libertad es honesta, sólo se la alcanza con la reserva, la serenidad y la decencia.

Cuando pedís la libertad al gobierno, la estupidez de vuestro pedido demuestra inmediatamente a éste que no tenéis ningún concepto de vuestro derecho. Vuestra petición es el acto de un subalterno, os declaráis inferiores. Al constatar su supremacía, el gobierno se aprovecha de vuestra ignorancia y se comporta respecto a vosotros como debe comportarse respecto a unos ciegos, porque vosotros estáis ciegos.

Los que cada día, en sus periódicos, piden inmunidades al gobierno y tratan de hacer creer que lo arruinan y lo debilitan, en realidad sustentan la fuerza y la fortuna de éste -fuerza y fortuna que les interesa conservar, porque aspiran a alcanzarla un día con el apoyo del pueblo, de un pueblo embrollado, engañado, burlado, robado, escarnecido, estafado, subyugado, oprimido, fustigado por intrigantes y cretinos que le hacen enarcar el lomo adulándole, cortejándole como a una potencia, recubriéndole de títulos pomposos como a un rey de opereta y presentándole, para burla del mundo, como el príncipe de los tugurios, monarca de la fatiga y soberano de la miseria.

Yo no tengo, por mi parte, que adularle; porque nada quiero coger, ni siquiera la parte que me espera de sus miserias y vergüenzas. Pero tengo que pediros -a vosotros, entendedme bien, y no al gobierno, al que no conzco ni quiero conocer-, tengo que pediros mi libertad que habéis empaquetado junto con la vuestra para luego regalarla. No os la pido como un compromiso que debéis asumir por mí; en realidad, para que yo sea libre, es necesario que lo seáis también vosotros. Sabed serlo. Para esto es suficiente que no ensalcéis a ninguno por encima de vosotros. Alejaos de la política que devora los pueblos y aplicad vuestras actividades a los quehaceres que los nutren y los enriquecen. Recordad que la riqueza y la libertad están juntas como están juntas la servidumbre y la indigencia. Volved las espaldas al gobierno y a los partidos que son sólo lacayos de aquél. El desprecio mata a los gobiernos, porque sólo la lucha los hace vivir. Deponed por fin a este soberano que no consulta a su gente y reíos de las astucias del monarquismo blanco y del gubernamentalismo rojo. Ningún obstáculo podrá resistirse ante la tranquila manifestación de vuestras necesidades e intereses.

Dice una leyenda gazcona que mientras el rey de Tillac ignoró quién era, el intendente lo maltrató duramente; pero cuando la dama Juana, su nodriza, les hizo conocer sus títulos y calidad, las gentes del castillo, con el intendente a la cabeza, vinieron a humillarse ante él.

Que el pueblo muestre a sus intendentes que ya no reniega más de sí mismo; que cesa de mezclarse en las polémicas de antecámara, y sus intendentes callarán, tomando frente a él una actitud de respeto. La libertad es una deuda que tiene para consigo mismo, para con el mundo que todavía espera de él, para con los niños que nacerán.

La nueva política está, por una parte, en la negativa, en la abstención, en la no colaboración cívica y, por la otra, en la actividad industrial. En otros términos, es la negación misma de la política. Ya desarrollaré más ampliamente este argumento. Por ahora me basta decir que si los republicanos no hubieran votado en las últimas elecciones generales, no habría habido oposición a la asamblea. Sólo hubiera habido el caos entre los legitimistas, los orleanistas y los bonapartistas, los cuales se habrían arruinado mutuamente con grave escándalo y, a la hora presente, ya habrían caído todos juntos bajo los silbidos divertidos de la libertad.

Conclusiones

De todo lo que he dicho -y acerca de lo cual volveré a insistir en otra ocasión, ya sea sobre lo que he olvidado, ya para ampliar lo que no he podido desarrollar enteramente en esta exposición-, resulta que el objetivo del voto político es la formación de un gobierno. He demostrado que la formación de un gobierno -y de la oposición que sirve a éste como garantía esencial-, implica la consagración de una tiranía inevitable, cuyo orden debe buscarse en la entega espontánea que los votantes hacen de sus personas y de sus bienes -así como de las personas y de los bienes de los no votantes- en favor de sus elegidos. De todo ello se deduce que la alienación de la propia soberanía podría no ser una estupidez, sino todo un derecho, cuando el que la regala por medio del voto dispusiera solamente de su parte. Sin embargo, este acto cesa de ser una estupidez o un derecho y se convierte en una expoliación cuando, valiéndose de la brutal razón del número, el votante impone a la soberanía de las minorías su propia soberanía.

Y agrego que siendo todo gobierno necesariamente una causa de antagonismo, de discordia, de asesinato y de ruina, aquél que, con su voto, concurre a la formación de un gobierno, es un provocador de guerra civil, un promotor de crisis y, en consecuencia, un mal ciudadano.

Ya estoy oyendo gritar a los republicanos del funcionarismo: ¡Traición! No me emocionan, porque los conozco mejor de lo que se conocen ellos mismos. Tengo que arreglar con ellos una vieja cuenta de sesenta años y su quiebra, de la que me hago curador, no será de las más divertidas.

Oigo también a los monárquicos e imperialistas preguntarse si no habría alguna cosa que espigar de entre la cosecha que muestro; no me turban, porque he calculado el valor de sus antiguallas de la manera más justa.

El porvenir no pertenece ni a éstos ni a aquéllos. ¡Gracias a Dios! Y la monarquía, para hincar su último diente, sólo espera ver caer la última uña de la dictadura.

Yo me propngo arrancarles a estas señoras la uña y la raíz.

¡En guardia!