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domingo, 20 de septiembre de 2009

1º de Mayo Contra el Trabajo x Miguel Amorós


“Hay también, a mi parecer, algunos que no prestan un gran servicio a la sociedad por su inteligencia, pero que son robustos de cuerpo y capaces de los mayores trabajos. Trafican con las fuerzas de su cuerpo y tienen opción a un salario en dinero por ese tráfico, de donde les viene, yo creo, el nombre de mercenarios.”

(Platón, “La República”)

No temo desvirtuar el sentido del Uno de Mayo diciendo que es una día contra el trabajo, puesto que ya desde el origen --la lucha por la jornada de ocho horas-- llevaba inscrito la exigencia de una disminución del tiempo dedicado a la esclavitud asalariada, o sea, una reivindicación de tiempo libre. Libre quiere decir libre de la explotación y de la necesidad en la que aquella fingía basarse, pues la libertad a la que debe aspirar el género humano vendrá determinada por la abolición no sólo del trabajo asalariado sino de la labor empleada en la satisfacción de las necesidades físicas. El reino de la libertad suplantará al reino de la necesidad cuando el hombre se emancipe completamente del trabajo. Por consiguiente, la sociedad a la que deben aspirar los trabajadores es una sociedad no basada en el trabajo, una sociedad en la que el trabajo no sea considerado como la ocupación principal, en el que la vida no dependa absolutamente del trabajo, en fin, en la que nadie tenga que “ganarse la vida” trabajando, porque una sociedad así es incompatible con el bienestar y con la libertad. “Derecho al trabajo”...¡anda ya! Es como reivindicar la explotación; mejor exigir ¡DERECHO A NO TRABAJAR!. A la cabeza de sus aspiraciones, los trabajadores no han de colocar una consigna del estilo de “trabajar menos para que trabajen todos”, sino una mucho más escueta: “NO TRABAJAD NUNCA”.

El hecho de que vivamos en una sociedad de trabajadores, una sociedad en la que la condición de asalariado es general, en la que los mismos dirigentes llaman a su actividad trabajo, no significa que la sociedad jamás haya vivido al margen del trabajo, o que siempre el trabajo haya sido contemplado como fuente de todos los valores. Eso tiene fecha: no es sino en tiempos de la Reforma protestante cuando aparece y se extiende esa nueva mentalidad que considera al trabajo como un fin en sí mismo y aspira a vivir trabajando hasta el fin de los días, lo que casa a la perfección con el espíritu capitalista. Hablamos de fin pero la mentalidad laboriosa no distingue entre fines y medios. Vivir para trabajar, trabajar para vivir, son para ella lo mismo. El trabajo, por primera vez, da sentido a la vida. En adelante, la burguesía y los pensadores que mejor han expresado su advenimiento han considerado el trabajo como origen de la propiedad (Locke), como fuente de toda riqueza (Adam Smith), y como responsable de la propia humanización. Para Hume el trabajo había creado al hombre; el trabajo y no la Razón es lo que distinguía al hombre de los animales (idea que Marx traspasó al socialismo). Tendrían que venir las fábricas y las máquinas y destruir todo el carácter “humano” del trabajo para que las clases laborales experimentasen en carne propia el peso de la fatiga, la desesperación del trabajo esclavo y la ofensa del salario, la marca de la esclavitud a la que estaban reducidas.

En la Antigüedad el trabajo era algo despreciable, algo que degradaba a quien lo ejercía y de donde no podía salir nada honorable. Lafargue en su “Derecho a la Pereza” cita estas sabias palabras de Cicerón: “hay que mirar como algo bajo y vil el oficio de los que venden su pena y su industria, pues aquél que dé su trabajo a cambio de dinero se vende a si mismo y se coloca al nivel de los esclavos.” También lo era el afán de lucro. Entre los griegos, los artesanos, labradores, jornaleros y comerciantes no formaban parte de la ciudad aunque viviesen en ella, es decir, no tenían derechos políticos, pues según Aristóteles, “esa forma de vida es innoble y contraria a la virtud” de la cual los ciudadanos habían de abstenerse. Los espartanos tenían prohibido ejercer cualquier oficio, entre otras cosas porque absorbían el tiempo (“scholë”), necesario para las actividades cívicas. Igual sucedía entre sus contemporáneos lidios, tracios, escitas, persas y romanos. Trabajar significaba someterse a la necesidad, servidumbre humana para cuya liberación servían los esclavos. Todavía en los tiempos oscuros de la Edad Media el trabajo era considerado una actividad servil y aquellos que tenían el privilegio de no trabajar --los nobles, los hidalgos-- preferían morir de hambre antes que envilecerse trabajando, como relata cómicamente la novela picaresca. Pero la situación de los obreros de entonces distaba mucho de la de ahora; la mitad de los días del año eran festivos, días de holganza.

¿Cómo ha empleado la humanidad el tiempo de forma honesta desde sus orígenes hasta el siglo XVI? Los antiguos lo distribuían entre la asamblea, el estudio, el gimnasio y la guerra. La dirección de la cosa pública y la defensa armada de su modo de vida eran la base de la ciudadanía y de la libertad. El tiempo del que tan abundantemente disfrutaban griegos y romanos era principalmente consumido en la esfera pública y en el campo de batalla, lo que no es de extrañar en una sociedad cuya finalidad era la formación de hombres libres y no la despreciable acumulación de riquezas. Hombres libres de la necesidad económica, y por tanto, del trabajo. Pero la liberación del trabajo en los antiguos era un privilegio. La libertad de una parte de la población se basaba en la esclavitud de la otra.

En nuestra época en donde la esfera privada es determinante y el trabajo es la norma, las cosas no pueden ser más diferentes. No existe la libertad, tal como la entendían los antiguos, porque no hay “ágora”, no hay vida pública. Unos estarán más explotados que otros, unos tendrán una vida mejor amueblada que otros, pero nadie es realmente libre. Todas las actividades, incluso las supuestamente públicas, son privadas (ejercicio de una profesión); todo el mundo vende algo suyo a cambio de dinero y sobrevive consumiendo; las diferencias son de grado. Lo único que varía en la esclavitud es el rango. La abolición del trabajo o simplemente una reducción drástica del mismo, para tener consecuencias liberadoras, deberá acarrear la desprivatización de la vida y en correspondencia, la revitalización del espacio público. Puesto que para tomar en sus manos sus propios asuntos, los trabajadores emancipados han de construir su propio espacio de libertad, sea a través de comunidades, consejos, asambleas, municipios libres, etc., e invertir en él su tiempo. La emancipación del trabajo se llevará a cabo mediante el regreso a la vida pública, que es algo muy diferente del regreso de la política. Porque una cosa es la disolución del poder y del Estado en la autoorganización de “las masas desheredadas y desclasadas” (que es como Bakunin prefería llamar al proletariado) y otra cosa es la reconstrucción del poder (y del Estado) mediante la política profesional y los partidos. ABOLIR EL TRABAJO PARA ABOLIR EL ESTADO.

Conservando la mentalidad de trabajador, aun habiéndose desembarazado del trabajo estaríamos en una sociedad de consumidores. Trabajo y consumo son dos etapas del mismo proceso. Una sociedad de trabajadores es una sociedad de consumidores. El consumidor es tan esclavo como el trabajador. En esta sociedad la disminución de la jornada de trabajo no significa sino el aumento proporcional del tiempo dedicado al consumo. En esa perspectiva la liberación del trabajo no es una liberación, ni siquiera parcial. Es la clave de la moderna explotación. El tiempo disponible se dispensa en actividades de ocio, sin salir de la esfera privada. El resultado es una mayor artifialización de la vida, dedicada a la satisfacción compulsiva de necesidades cada vez más artificiales. Así pues, por el consumo de masas iremos a parar al mismo lugar al que se llegó por el trabajo prolongado: al embrutecimiento, a la miseria moral y a la enfermedad. La idea de felicidad que tienen los pobres, el “coger del montón”, o el de “vacaciones en Mallorca para todos”, no constituye una expresión simple del comunismo libertario, sino del consumo sin trabas. Ver las cosas desde el ansia consumista es como verlas desde el estómago: es verlas como esclavo. Verlas como enemigo derrotado, que es lo que primeramente significaba “esclavo” en griego (“douloi”). Sin embargo, emanciparse del trabajo es emanciparse del consumo. Pasar del “montón” tanto como de Mallorca. EN LA SOCIEDAD DE LA ABUNDANCIA LO VERDADERAMENTE ABUNDANTE NO HA DE SER LA MASA DE OBJETOS DESEABLES SINO EL TERRENO DONDE EJERCITAR LA LIBERTAD.

Hablar de no trabajar resulta cómodo y fácil, pero para llegar a una sociedad sin trabajo, es decir, emancipada completamente de la necesidad, tanto la que impone la sociedad como la que impone la naturaleza, se han de revisar muchas ideas pasadas, que son un lastre y un obstáculo a eliminar. En primer lugar la convicción de que el sistema engendra junto con sus miserias las condiciones materiales y las formas sociales necesarias para la reconstrucción de la sociedad libre. La verdad es justo lo contrario: el sistema crea condiciones y formas para que dicha reconstrucción sea imposible. Empezando por la misma clase que debía capitanearla. La automatización y el progreso científico ha expulsado al trabajador desde el centro a la periferia de la producción, de forma que hoy la mayoría de los trabajadores están empleados en actividades improductivas, y la tendencia no deja de acentuarse. Una sociedad racionalmente organizada suprimiría la mayor parte de esas actividades tanto como la producción masiva. Los anarquistas fueron los primeros en señalar que una sociedad nueva no puede ser vaciada en el molde técnico de la actual y que todo lo que existe ha de sustituirse por algo más conforme con las verdaderas necesidades humanas. La apropiación de los medios de producción no podría efectuarse sino gracias a una capa social particular, la de los técnicos y científicos, que dudosamente abrazará en bloque la causa de los oprimidos. La contradicción que socava la sociedad del trabajo no radica en la oposición entre fuerzas productivas y medios de producción, pues con la autonomía de la técnica ambos conceptos tienden a ser lo mismo, sino entre la tecnología moderna y el metabolismo con la naturaleza que impone, cada vez más devastador. La tecnología no es en absoluto independiente del modo de producción capitalista. Quienes hayan creído en el lado positivo del capitalismo supuestamente representado por los “avances” técnicos se frotarán las manos pensando que el progreso de la tecnociencia ha quemado la etapa de transición al régimen comunista libertario, que la producción automatizada suprimirá el trabajo y que la máquina, esclava del hombre, le redimirá de semejante maldición. Pero las máquinas no permiten la emancipación del trabajo, pues lejos de ser una adaptación del medio natural a la voluntad del sujeto, son una adaptación del sujeto al medio artificial que ellas han creado. LAS MÁQUINAS HAN ESCLAVIZADO AL HOMBRE Y JAMÁS LO LIBERTARÁN.

Las máquinas, y más propiamente, los sistemas técnicos, las tecnologías, son modos de ordenar la sociedad y determinan el trabajo, las relaciones, el desplazamiento, el consumo, etc. de las personas. No hay tecnologías neutras; las hay que son flexibles, descentralizadoras y no agresivas, que preservan la naturaleza y facilitan la libertad, y las hay que imponen una organización social gigantesca y complicada, desarrollando jerarquías, control, organismos represivos, y demás formas de poder separado. Optar por un sistema tecnológico u otro es hacer una elección política, valga la palabra. Ni que decir tiene que en la sociedad actual son las tecnologías autoritarias, manipuladoras y anticomunitarias las que dominan. La autogestión de un sistema técnico de esa clase tendría fatales consecuencias para la libertad. Los medios de producción actuales, en lo que a técnica se refiere, no pueden transformarse en instrumentos de un trabajo libre y asociado sin experimentar fuertes cambios. Por eso el desmantelamiento razonado de los medios de producción es la condición sine qua non de la revolución emancipadora. Por eso los Estados han de disolverse en un sinfín de comunidades pequeñas. Las colectividades autogestionadas, federadas o no, abolirán primero el salario y el dinero, con lo cual se suprimirán la explotación y las diferencias de clase, y sustituirán el mercado por un intercambio solidario. Después se harán cargo de la reutilización y descentralización de los medios de producción y de la destrucción o abandono de la parte de los mismos que resulte perniciosa. Empezando por el sistema fabril y la agricultura industrial. Otros aspectos habrán de ser tenidos en cuenta por fomentar la desigualdad y la burocracia: la planificación central, la división del trabajo, la expansión urbana, etc. A mayor organización, mayores peligros. Pero la cuestión que más interesa destacar aquí es la del trabajo necesario para el mantenimiento y reproducción de la vida, la actividad productiva requerida por la satisfacción de las necesidades elementales y de aquellas que resulten del modo de vida comunitario. La carga de la vida no podrá eliminarse ni siquiera con sirvientes mecánicos; a lo sumo la harán más llevadera. Ante cualquier solución técnica habrá que calibrar siempre lo que se gana y lo que se pierde. Se puede ganar tiempo a costa de una mayor dependencia, y también lo contrario: se puede ganar independencia a costa de emplear más tiempo. Pero de todas formas puede conseguirse que el tiempo dedicado a la labor sea mínimo, distribuyéndola entre todos, especialmente entre los jóvenes, y suprimiendo las actividades consideradas prescindibles por las asambleas. Y también puede lograrse que la labor, al volverse atractiva, diversión o hobby, deje de ser considerada un esfuerzo obligatorio. Fourier, un precursor del anarquismo, inventó una “mecánica pasional” que debía transformar el trabajo en una actividad ardiente, refinada y lúdica. Pues bien, no iba desencaminado: LA ABOLICIÓN DEL TRABAJO OCURRIRÁ MEDIANTE SU CONVERSIÓN EN JUEGO.



Miguel Amorós, leído en el mitin de la CNT en Les Cotxeres de Sants, Barcelona, el 1 de mayo de 2003.





[CONTRAPORTADA]

“Llegó el Primero de mayo. Fue una mañana de mucho movimiento. Los trabajadores de Barcelona iban en grupos al mitin. ¿A qué mitin? Se produjo cierta confusión. A la misma hora y muy próximos uno de otro, se celebraban el oficial de la CNT y el nuestro, mezcla de CNT, FAI y Comisiones de Inquilinos y de Mujeres del servicio doméstico.

Algo llamaba la atención de los obreros barceloneses y de cuantos transitaban por los paseos laterales del Arco de Triunfo: las cinco enormes banderas rojinegras del anarco- sindicalismo y la totalmente negra del anarquismo. La rojinegra --un rectángulo en dos escuadras--, por el vivo contraste del negro y el rojo, fue rápidamente admitida como enseña de una revolución largamente esperada por el proletariado español. La gente, cuya mayoría saliera de sus casas con ánimo de no perderse el mitin sindicalista del palacio de Bellas Artes, como si de pronto se diera cuenta de que la promesa del futuro estaba estrechamente vinculada a la bandera rojinegra, se detenía ante nuestro camión, flanqueado por las seis enormes banderas ondeando al viento.

Y ya no se iban. Se quedaban en espera de escuchar algo distinto de lo que hubieran tenido que que oír en el otro mitin, el de los líderes del sindicalismo.”

Juan García Oliver, “El Eco de los Pasos”

ABOLICIÓN DEL TRABAJO YA! x RE-EVOLUCIÓN!


Se puede argumentar que realmente la inmensa mayoría de lo que hoy trabajamos (entorno al 90%) es para para lucrar a castas parasitarias, reproducir el Sistema (propaganda, espectáculos sistémicos, etc.), y para producir mercancías superfluas, cuando no indeseables. Se puede argumentar que gran cantidad de tareas que hoy hacemos son innecesarias (marqueting, buro-jerarquías, managers, intermediari@s, etc.) y que por otra parte hay nada más y nada menos que 800 millones de personas en paro en este mundo, y nos podemos poner a gritar como lo hacen los sindicatos "TRABAJAR MENOS, TRABAJAR TOD@S". O señalar que el precio de costo de los productos industriales es el 10% de lo que pagamos, y con esto volver a la misma: "TRABAJAR MENOS, TRABAJAR TOD@S".

Pero yo quiero TRABAJAR NADA, TRABAJAR NADIE. Es decir, nada me gusta a mi la utopía estatal capitalista o la “comunista”, me rebajen las "horas de castigo", en una sociedad que me infantilizada y tiraniza bajo los caprichos de Papá Estado p Papá Empresa. Pero tampoco es mi ideal la utopía sindical anarquista, aunque “sólo” tenga que trabajar 4 ó 5 horas al día, 4 ó 5 días a la semana, si bien supeditado al "mastodontismo" de la federación económica y su hastiante asamblearismo federal de masas, en una sociedad industrial donde todo siga hecho a la medida de las máquinas.

Y no digo esto solamente porque me parezca anti-libertario el verse obligado (por látigo, por hambre o por coacción moral, me es igual) a ser lo que en el siglo XIX Karl Marx llamaba poéticamente un "apéndice de la máquina". No, no me da la gana de ser máquina ni 60, ni 40 ni 20 horas a la semana ¡Ni un minuto al año!. Simplemente me niego.

Y no sólo me niego a convertirme en máquina mediante el trabajo industrial por el tiempo que dure la jornada de trabajo "anarquista", “comunista” o "capitalista" o cualquier otro “-ista”. Me niego a mucho más.



Parece ser que hay much@s revolucionari@s que aún piensan -como los que no son revolucionari@s- que la tecnología es neutra, o que saben que es ideológica, cultural, en buena parte definitoria de la sociedad, pero después parece como que les da igual. Una sociedad hecha para que tu productividad sea maquinal, la sociedad una enorme maquina burocrática donde el individuo queda aplastado, donde se acepte ser máquina unas horas al día, en el trabajo, en la política y en el consumo, es decir, UNA SOCIEDAD INDUSTRIAL, es una sociedad donde los human@s son esclav@s de sus inventos -las máquinas. El tener una bandera negra, roja o nacional no cambia gran cosa cuando esta está colgada de una chimenea en un polígono industrial de la periferia de una ciudad a la que el/la obrer@ llegará... ¿en coche? ¿Entre smog? ¿cuándo marque las tal en punto el Gran Reloj? ¿Con prisa siempre? ¿Sin convivir? ¿Produciendo sin más?

Yo estoy en contra del gigantismo y del centralismo (de la Sociedad de Masas, de las megaorganizaciones, etc.) y lo estoy también de la ultracomplejidad social. Y estoy en contra porque creo que esto aliena al individuo provocándole impotencia (¡Es la misma idea que la del gigantismo de las catedrales! ¡El tenernos sometidos, denostando nuestra autoestima!), y porque hace que la persona vea todo como imposible de cambiar, como algo completamente superior a ella. Y porque crea infelicidad. Y no sólo por estas razones, sino por muchas más, como por ejemplo que el gigantismo, simplemente, no es nuestro hábitat natural: nuestro físico no ha evolucionado adaptándose a él, y nuestra cultura no es capaz de asimilarlo. Mírese si no el aumento desmedido de infelicidad y enfermedades psíquicas, suicidios, o la perpetua situación de guerra en el mundo desde que la civilización es civilización.

Estoy en contra del TRABAJO porque es sacrificio, pero no sólo por eso, sino que es un sacrificio que la sociedad te impone en su nombre, para reproducir un sistema tecno-organizativo que es el que crea y necesita el TRABAJO. El TRABAJO es pues una expresión ideológica de un sistema tecnológico que nada quiero perpetuar, pues nos lleva al precipicio como individuos y como especie, y arrolla por el camino todo lo que se encuentra.



El trabajo es una de las varias formas de sacrifico ritual -¡de autoinmolación!- de esta sociedad. Abolir el trabajo, "convirtiéndolo" en juego, arte, deporte o entretenimiento no es un utopía, el ser humana ha vivido el 99% de su historia sin él. ¡El resto de animales el 100%! Sabiendo esto, ¿quién es que todavía se cree que "hay que trabajar para vivir"? Mentira, hay que trabajar en la civilización porque si no acaban contigo. Es decir, nos obligan a arrodillarnos y vender tu vida a la producción... Pero, las paredes hablan desde los graffitis: "Manda el que puede, obedece el que quiere"

El trabajo no es sinónimo de creación. El trabajo no sólo es hacer algo, ES HACER ALGO DE UNA FORMA MUY DETERMINADA, ¿o acaso follar por mucho esfuerzo que le pongas y mucho te satisfaga una necesidad vital? No, no me vale la definición ideológica actual del Trabajo, del lenguaje cotidiano.

La abolición del trabajo es una postura ajena al izquierdismo o al derechismo, no pretende la gestión de los medios de producción por clase alguna. Es un ataque a la raíz. Se cuestiona la producción en sí misma. Tal vez la abolición del trabajo suponga una descentralización social de la sociedad, y lleve implícita una relativa destecnologización y desmasificación de las sociedades, pero ¿qué tiene esto de malo? Nada. De hecho esta es la única forma de librarse de vivir para el futuro, y de vivir para la sociedad, empezando a vivir el presente, y vivir para un@ mism@, viviendo realmente en una comunidad y no enfrentad@ por la comunidad.

La única forma de empezar a caminar hacia la felicidad -la recuperación del presente- y la reconciliación con el Ecosistema, es la de destrozar por completo los valores del trabajo y la tecnología que en ellos se sustenta. El Animal-Masa que somos actualmente, debe morir para renacer como Individuo Social Libre. Si seguimos fanatizados por la idea de la necesidad del trabajo y la sociedad organizada entorno a ella, nuestra vida seguirá siendo la del engranaje de la máquina que edulcora su vacío con la "soma" que le ofrece la sociedad espectacular. Seguiremos caminando hacia el encuentro del 1984 de Orwell con Un Mundo Feliz de A.Huxley. Un mundo cada vez más paranoico e esquizofrénico, que en su absurdo lleva cada día a la extinción de una especie animal o vegetal; que día a día nos hace pagar física y psíquicamente sus consecuencias, y que nos amenaza con aparecer un día el listado de las 44.000 especies que extingue al año.

Por una Anarquía verde, una vez destruida la Civilización. Contra la Sociedad de Masas. ¡ABOLICIÓN DEL TRABAJO!



RE-EVOLUCIÓN!

jueves, 17 de septiembre de 2009

El trabajo es muerte x Ateneo Libertario Besos


Periódico Guerra Social, especial 1º de mayo de 2005

Trabajar es una de las mayores desgracias que asola nuestras vidas. Casi todos los males que padecemos derivan del trabajo y un mundo basado en él.
Estamos obligados a trabajar, puesto que el Sistema tiene el Poder para obligarnos a ello. Si no trabajamos lo más probable es que pasemos apuros económicos. Para vivr hay que tener dinero.
Casi todo tiene un precio y la forma legal de conseguirlo es mediante el trabajo o el trabajo ajeno. La inmensa mayoría de la población tiene que trabajar de manera asalariada, autónoma -en este último caso unx no se libra de los impuestos al Estado- o en cooperativas -inmersas en la lógica Capitalista-. Unxs pocxs viven del trabajo ajeno y acumulan riquezas gracias a la explotación humana, animal y planetaria.
Otra vía para conseguir dinero, o lo que es lo mismo: sobrevivir, es mediante el robo. Nosotrxs como anarquistas estamos en favor de la expropiación o robo de lo que necesitemos para nosotrxs y nuestras luchas. Eso sí, un robo encaminado a la destrucción del orden establecido y contundente contra todo el elenco de explotadorxs que rigen las vidas de las personas. Sin embargo esta vía no es fácil, puesto que el Sistema posee todo un elenco de mecanismos represivos en forma de Policias, ciudadanxs amantes de la esclavitud, “Seguratas”, Cárceles y demás...

El trabajo es PROSTITUCIÓN. Trabajar significa vender nuestro tiempo, nuestro cuerpo y nuestra capacidad de pensar. Este mundo mercantilizado empieza tratando a los seres humanos como mercancias y acaba en guerras por petróleo, violencia de género, xenofobia o cantidad de males que nos asolan.
Cuando alguien asume el trabajar como algo natural, lógico y bueno se destruye. Ser trabajador significa ser una mercancia. Trabajar destruye nuestra Libertad. Alguién que lleva toda la vida siendo un/a trabajador/a servil y feliz termina siendo poco menos que una persona imbécil, cercana a la lobotomización y sin ningún criterio propio. Pero hay cosas peores que un/a trabajador/a servil: lxs directivxs, ejecutivxs, accionistas y patronxs de todo este orden Capitalista. Esta gente vive en otro mundo, aunque no por ello mejor que el de lxs explotadxs. Su cuota de Poder -como la de todxs- se mide por sus propiedades, pero su mezquindad no tiene aún escala con qué medirse. Esta gente vive de la explotación y la miseria humana, asalarian personas para enriquecerse de su trabajo, venden servicios o productos siempre con la lógica de obtener los máximos beneficios económicos. Si el máximo beneficio significa contaminación medioambiental poco importará ésta. Si el máximo beneficio es el despido masivo de asalariadxs encadenadxs a hipotecas y préstamos, no les importará. Si su lógica condena a la humanidad entera, tal y como está haciendo ahora, a la máxima miseria y desesperación, no les importará en absoluto. Su idiotez sólo les hace reaccionar cuando la situación es insostenible. Siempre han sido personas de ORDEN. Si existen concesiones son para mantener la esencia del Sistema, para mantener eso que les une...

Si analizamos la realidad vemos que el trabajo va más allá de las horas trabajadas. El consumismo es otra de las cosas que derivan del mundo actual. Mucha gente no tiene otra necesidad que malgastar todo el dinero que le queda tras la prostitución que significa el trabajo. La publicidad, la propia imbecilidad y la falta de ilusiones por otras cosas hacen que millones de personas entren en el círculo funesto de TRABAJAR, CONSUMIR y DESCANSAR para que la rueda siga girando, engullendo toda creatividad humana... Otrxs muchxs odian el trabajo pero su miseria material o el encadenamiento a la mafia bancaria hace que deban de agachar la cabeza y comportarse ante lxs amxs del cotarro poco menos que como esclavxs...

Lxs anarquistas pensamos que la capacidad de creación humana está seriamente amenazada por el trabajo y su mundo, y aunque desde determinadas filas “izquierdosas” se aboguen por fórmulas reformistas para hacer más llevadera esta explotación, no hemos encontrado ninguna que ataque el pilar fundamental en que se basa el trabajo: el PODER. Para destruir este mundo de miserias debemos de atacar el poder, encarnado en la esclavitud del trabajo, del consumo, la obediencia a las leyes, el respeto a la propiedad privada, el patriarcado, el antropocentrismo...

Pensamos que el trabajo es miseria y que si nos vemos obligados a hacerlo debemos de ser lxs peores empleadxs. Nuestro camino es claro: la destrucción de todo lo que nos transforma en esclavxs. Y el trabajo es esclavitud.

El SABOTAJE dentro y fuera de los “curros”, el FRAUDE en forma de bajas fingidas, el ATAQUE directo a las propias empresas y culpables capitalistas, el ROBO de maquinaria y/o productos de la empresas que nos explotan, el NO CONSUMISMO y la EXPROPIACIÓN en centros de consumo son algunas de las múltiples tácticas inmediatas para mitigar los efectos de este brutal Sistema. Buscamos la generalización de esta revuelta que miles de personas están empezando a ejercer de forma consciente. Buscamos la destrucción del orden establecido y esa destrucción la hemos empezado ya.

El trabajo es muerte

Porque algunos decimos ¡Abajo el trabajo! x Joaquín

reotriogenia@gmail.com

¡Abajo el trabajo! es una consigna que viene escuchándose desde hace algún tiempo en espacios anarquistas y que, además de una pobre comprensión, está dando lugar a no pocas controversias. No es mi intención ahora polemizar, ni tampoco buscar el origen ni los porqués de que a algunos esta frase les resulte tan indigesta, tanto es así, que a veces parece que rozara lo personal, al menos así hace pensarlo la seudo-crítica que provoca. Lejos de ello lo que pretendo más bien es dar mi subjetiva y parcial opinión de porqué dentro del contexto de una lucha anárquica, revolucionaria e insurreccionalista, esta consigna es completamente coherente con el todo común de un enfrentamiento irrecuperable y sin pretensiones reformistas con la mega-estructura del dominio.

No debe por tanto verse en ella una alternativa parcial, como tampoco ha de buscarse una de esas tácticas de viejo y nuevo cuño que reduciéndose a lo sectorial y específico llevan directamente al reformismo de lo irreformable y al posibilismo, realidad en la que se encuentran hoy inmersos la mayoría de los antiguos revolucionarios. En oposición a ello, algo por lo que hoy, igual que siempre, sólo pueden apostar los charlatanes digeridos por el dominio, la negativa al trabajo es posicionarse en el frente de la lucha que cuestiona y ataca en su raíz a la lógica de la opresión y la explotación, o en otras palabras, es unirse a una lucha colectiva cuyo fin último solo puede ser la erradicación de las causas primeras y agentes explotadores, algo que jamás puede pasar por estrategias que refuercen el sistema aunque sea de forma "opositora".

Lejos de ser una moda inconsistente o una nueva forma de nihilismo - como en ocasiones se ha criticado a quienes abogan por la objeción activa al trabajo - la línea de razonamiento que lleva a ella está tan asentada en nuestra percepción de la realidad como pudo estarlo, en la década de los 70, la negativa al trabajo de sectores disidentes de la sociedad norteamericana que se oponían a la guerra de Vietnam. O antes aún la acción de los ludditas que veían en la expansión de la máquina el embrión del perfeccionamiento de las técnicas de explotación y domesticación humanas. Algo asimismo en la línea del pensamiento de Etienne de la Boëtie cuando decía "... los tiranos más saquean, más exigen, más arruinan y destruyen mientras más se les entrega y más se les sirve, tanto más se fortalecen y se hacen tanto más fuertes y más ansiosos de aniquilar y destruir todo".

Pasadas unas décadas de estas percepciones y actitudes precursoras y consolidado el proceso acumulativo capitalista que se vislumbró en su origen, se hace evidente que la naturaleza de eso que algunos llaman progreso lleva aparejado un incremento del poder real de los privilegiados, ya no solo sobre el monopolio de los medios de producción y los mecanismos de enajenación del plusvalor producido -que ciertamente cada vez están más alejados y son menos accesibles a quienes producen la riqueza- sino sobre el mismo productor cada vez más cosificado y programado por el dominio en su salto hacia ese nuevo paradigma que, a falta de mejor palabra con que definirlo, se conoce como posmodernidad. Una nueva forma social, política, económica, jurídica y militar en la cual la creación de subjetividades acríticas, productoras y maleables está controlada por el dominio a través de un aparato instrumental que ha diseñado un nuevo ser humano que evoca lo que nos anticipara Adolf Huxley en su obra "Un mundo feliz". Un esclavo eficiente, competitivo, polivalente y sobretodo, feliz de ser explotado. Un siervo voluntario que se identifica con los valores espectaculares y virtuales que los MAGNATES del capitalismo ultra-desarrollado -ese criminal modo de explotación cuyo crecimiento constante y rentabilidad incrementan incesantemente los medios de la alienación- trasladan al interior de la población.

Son bastantes los análisis realizados por teóricos del post-colonialismo y la posmodernidad que nos describen diversas teorías de la conspiración, o los resultados del nuevo proceso de doma en lo social, económico, político e ideológico que nos han llevado a la casi total erradicación de la lucha de clases por la expeditiva vía de la disolución de la conciencia de clase y la asunción de postulados en los que explotadores y explotados se identifican en un proyecto común de "desarrollo y convivencia", posmoderna conciliación de intereses antagónicas tan falsa como la que el Estado moderno realizaba en su seno.

La condensación en el Estado siempre fue una quimera, como decía Kolakosky, "El Estado es órgano de dominio de clase, el puño de los explotadores puesto sobre la cabeza de los explotados" Por ello el "perfeccionamiento" y las constantes reformas de la antiguas estructuras -en su proceso de adaptación a las nuevas y cambiantes coyunturas- han llevado a los magnates a concretar la falsa conciliación en el ámbito de lo ideológico y cultural que ahora se da en los mismos sujetos de la explotación.

Esta nueva coyuntura cualitativa del dominio, que difumina en forma espectacular los contornos de los intereses de clase, ha dejado perplejos a los llamados agentes sociales. Partidos políticos, sindicatos, plataformas y colectivos específicos de diversos colores y pelaje que se enmarcan en ese difícil de definir mundo de los colectivos sociales, ofrecen hoy "alternativas " que consisten en proponer formas de "desarrollo sostenible", deterioros "razonables y asumibles" del planeta y, claro está, puestos de trabajo "dignos" que a la par que a subsistir, permitan al consorcio mundial de magnates continuar su desenfrenada carrera hacia el exterminio de la especie y la destrucción del planeta.

Todas estas alternativas falaces tienen un común denominador: la renuncia -explícita o implícita- a atacar en su raíz los cimientos de un sistema y un modo de explotación cuya existencia depende por entero de que se perpetúen las relaciones de producción y la injusticia. Usando la caduca terminología marxista-hegeliana, la clase explotada ha dejado de ser “para sí” al renunciar a las clásicas formas de organización y al enfrentamiento, quedando reducida a ese estadio anterior a la lucha de clases conocido como clase “en sí”, es decir, que aún existiendo como clase explotada, e incluso planteando unas reivindicaciones cada vez más tibias en lo económico, ya no constituye una fuerza desestructuradora del dominio en lo político al haber renunciado a una lucha de clase contra clase optando por la integración.

A la par que las consecuencias de una maquiavélica acción de los poderosos, podemos ver en ello no sólo el resultado de las tácticas y políticas de esas clases dirigentes y sindicales cada vez más desorientadas que, consciente o inconscientemente, se alinean como lacayos y bufones del dominio, sino también las funestas consecuencias de algunos de esos floridos discursos de las posmodernidad -innovadores monismos todos que niegan la existencia de las oposiciones binarias- con los que estalinistas reciclados nos azotan desde las cátedras de las universidades. Consustancial a todo ello es el desplazamiento de la preponderancia de lo social y lo político hacia lo ideológico -ahora ya asumible y compartido por todos- y la aparición de formas de clara reminiscencia feudal de corte militarista-hobbesiano, aunque ya no quepa hablar de coyuntura dominante en modo alguno cuando todas las estructuras se funden sin preponderancia en un campo de inmanencia.

Pero no llegaremos muy lejos si nos limitamos a describir los efectos sin atacar las causas, ni caben lecturas “positivas” -como las que nos ofrecen algunos antiguos estalinistas- para quienes la multitud de los pobres ha de actuar desde dentro del sistema, con la fuerza que le otorga su capacidad y deseo de producir, pero de una forma tan indeterminada como difícil es que así se pueda cuestionar jamás la cada vez más compleja maquinaria de la explotación. Tales opiniones solo son una evolución darwinista de la más rancia y apestosa tradición reformista, llegada a la patética tesitura de no tener nada que reformar.

Admitimos sin embargo de estos análisis como un hecho cierto que la sociedad actual se encamina a pasos acelerados a la culminación del proceso en el que se realice la síntesis de soberanía y capital, algo cuya consecuencia solo puede ser la consolidación de un nuevo aparato trascendente de autoridad que despliegue su poder sobre todos los niveles de la sociedad. Un “perfeccionamiento” por tanto de los caducos sistemas trascendentes que en el Estado feudal elevaban por encima de la población para someterla al mito de dios -como luego fueron elevados otros conceptos míticos tales como el Estado de Derecho, la unidad de destino en lo universal, o la dictadura socialista del proletariado- trascendencias todas cuya finalidad fue siempre la conservación del Estado y la perpetuación de la explotación pudiendo variar las formas pero jamás su naturaleza.

Tampoco ha cambiado en el paradigma actual la naturaleza del dominio, pero la novedad consiste en que este ya no otorga al dios en la tierra hobbesiano -el aparato policíaco-militar- el monopolio de la disciplina. Este conserva parte de su función en la corrección a posteriori de las piezas defectuosas que produce la fábrica social del sistema -gobiernos díscolos, revolucionarios y malos productores- pero siglos de historia han enseñado a los magnates que les es más útil la ilusión de una falsa libertad que la clara represión. Despliega por tanto el dominio un extenso aparato que une en una misma matriz tanto a la fuerza represiva tradicional -profesionalizada y tecnificada junto a numerosas empresas de seguridad privada- unida a un aparato “civil” formado por los medios de desinformación, el mundo de la cultura, agentes políticos, ideológicos, religiosos, sindicales y todo tipo de mediadores que son los encargados de inculcar en el interior de las subjetividades los antiguos y nuevos valores trascendentes de los que depende la existencia del dominio.

Un auténtico mundo de Orwell en el que conceptos utilitaristas tales como productividad, rentabilidad, competitividad y consenso se concretan -convertidos ahora en nuevos figuras míticas trascendentes- en el mismo interior de la subjetividades de la multitud de los pobres, en un diabólico proceso de transmutación de abstractos valores mercantiles y financieros que dimanan de la mesas del Banco Mundial, el F.M.I. y demás consorcios de magnates.

Esto es algo que solo puede llevarse a cabo con una profunda reestructuración de la economía. Para que pueda suceder, al dominio le es preciso un desplazamiento de los sectores productivos hacia el terciario -o al cuaternario del que hablan algunos economistas- del que forman parte el gran número de agentes domesticadores y represores al servicio de la explotación. El sector primario y el secundario ya no deben cargar solo a sus espaldas con los parásitos de siempre, ahora han de hacerlo también con la nueva legión de esbirros y lacayos que proliferan como las setas en todos los estratos de la sociedad, para lo cual los sectores productivos han de multiplicar su rendimiento y su eficacia constantemente mediante una frenética experimentación, innovación y rentabilización, que permita a los magnates paliar el salto sobre el punto de rendimientos decrecientes de la curva de su economía global.

Esto supone que el dominio pasa a ser directamente dependiente del “éxito” en una economía muy inestable, para lo cual ha de multiplicar su esfuerzo en el desarrollo de nuevas tecnologías y el perfeccionamiento de sistemas productivos que le permitan -a pesar del gran lastre social y económico- mantenerse próximo a esos ideales cuatro puntos porcentuales al año de crecimiento que exige una economía que se ha convertido en un monstruo autónomo e imparable.

El planeta y la especie humana pagan las consecuencias de ello -nadie ha de hacerse falsas ilusiones al respecto pues ni los mismos magnates son capaces ya de poner freno a esta máquina de movimiento continuo que han creado- pero no es menos cierto que toda esta mega-estructura depende de la rentabilización de toda la fuerza de trabajo como no había estado condicionado jamás ningún modo de producción en toda la historia. Cualquier descenso en el crecimiento insostenible, provenga de donde provenga la causa, pone en peligro la conservación de todo el sistema si va más allá de los límites del crecimiento cero durante un periodo de tiempo mantenido.

Han quedado obsoletas técnicas como mantener en el paro a grandes bolsas de población, ni es posible especular con fronteras cada vez más difusas en lo económico donde realizar el plusvalor de la producción. La supervivencia del sistema pasa inexcusablemente por emplear, exhaustiva e intensivamente, toda fuerza de trabajo disponible y esto es algo que abre nuevas posibilidades a la multitud de los pobres no para especular con la aportación de la fuerza de trabajo, sino para sustraerla provocando así un colapso en la raíz del sistema.

Visto desde esta perspectiva se puede afirmar que las armas para la revolución de los pobres sí están en sus manos, pues son la misma fuerza de trabajo de cada uno, pero lejos de toda opción que solo puede pretender ser reformista -cuando ya ni cabe hablar de reforma- una actitud revolucionaria y de lucha es no darla, negarse activamente a facilitar al dominio los medios que precisa para salvar sus contradicciones.

Dicho esto sin la menor intención ni razón de hacer apología de la vagancia, contra-argumento simplista este que algunos oponen. Está claro que no podemos vivir sin trabajar a menos que asumamos el riesgo de vivir por entero de la expropiación, al igual que sabemos que no vivimos aún en el mundo que deseamos, sino en otro que es una inmensa fábrica, por eso también ha de entenderse que cuando decimos ¡abajo el trabajo! estamos hablando de él en términos generales y de ahí asimismo la ausencia de matización en referirse al trabajo asalariado o supuestamente autónomo y alternativo. Esto supone, en lo particular y en la práctica, no trabajar más de lo indispensable para vivir. Tener un consumo más racional y moderado que nos exija trabajar menos. Buscar opciones alternativas en alimentación, vestido, vivienda, transporte, etc., -entiéndase expropiación, okupación y pirateo en general -que reduzcan nuestras necesidades económicas a la mínima expresión y a la par nos hagan gravosos para la economía de los magnates.

En otras palabras, un boicot continuo a la fábrica-mundo en que vivimos unido a prácticas tan saludables como el absentismo, el sabotaje, la agitación armada y cualquier opción elegida cuyo fin sea dar satisfacción a la propia vida y poner palos en los engranajes de la máquina hasta su destrucción.

Llevado así a la práctica el rechazo al trabajo, me parece inobjetable que estamos realizando la premisa fundamental de cualquier lucha: causar un daño irrecuperable al enemigo en el aparato motriz de su máquina. Es por tanto un arma de lucha para alcanzar nuestro fin, la anarquía, para lo cual siendo rigurosos en el análisis de la realidad que nos circunda, está claro que previamente hemos de causar una recesión económica y productiva, única forma que tenemos en la actualidad de desestructurar el sistema al cortarle los flujos de su conservación.

Pienso por ello que nadie con un sincero sentimiento revolucionario ha de sentir ofendida su razón de ser cuando escuche: ¡abajo el trabajo!. No nos engañemos, no hay orgullo obrero, tan solo miseria. Hoy más que nunca, es en campos y fábricas donde se labran y forjan nuestras cadenas.

SALUD, BOIKOT Y ANARKÍA.
Desde el Engranaje de la Máquina.
Joaquín, octubre 2004

domingo, 30 de agosto de 2009

The Decline of Western Civilization III x Penelope Spheeris

INTRODUCCION DE EL HEDONISTA: ESTE PARA LOS QUE HABLAN INGLES. IGUAL LO SUBI PORKE ESTA MUY BUENO (OJALA HUBIERA CON SUBTITULOS EN ESPAÑOL PERO LO DUDO, LO KISIERA PASAR ACA EN MI CIUDAD). ESTE ES PARTE DE UNA TRILOGIA QUE LA DIRECTORA Penelope Spheeris HACE SOBRE SUBCULTURAS JUVENILES-LA PRIMERA Y ESTA DE AKI SOBRE EL PUNK Y LA SEGUNDA SOBRE METALEROS. NO E VISTO LAS OTRAS DOS PERO ESTA DE AKA ES SOBRE UNOS PUNKIES ADOLECENTES EN SU MAYORIA O EN COMIENZOS DE LOS 20´S DE LOS ANGELES KE VIVEN EN SU MAYORIA EN LA CALLE O EN OKUPAS Y TODOS PUNKEROS Y PASAN TODO EL DIA BUSCANDO COMIDA, PIDIENDO PLATA EN LA CALLE Y CHUPANDO Y TODO ESO. LA MAYORIA SE SALIERON DE SU CASA O LOS BOTARON ASI KE VIVEN EN LAS CALLES. ARTICULOS SOBRE ESTA PELICULA COMO ESTOS TRES http://www.reelviews.net/movies/d/decline3.html http://strangereaction.com/2007/08/03/the-decline-of-western-civilization-iii/ http://www.filmvault.com/filmvault/chicago/d/declineofwesternc1.html ESTAN MUY TRISTES Y DICEN QUE LA PELICULA MUESTRA UNA REALIDAD MUY CRUDA. LA VERDAD CONOCIENDO LAS REALIDADES DE LOS NIÑOS DE LA CALLE EN LATINOAMERICA PUES LOS "GUTTER PUNKS" KE AKI VEMOS SE LA PASAN MUCHO MEJOR. EN TODO CASO LA PELICULA ES BUENA Y AL CHEKEAR SOBRE LO KE SE TRATAN LAS DOS ANTERIORES PUES ESTA DEFINITIVAMENTE PARECE LA MEJOR. AHORA TAMBIEN ESTOS ARTICULOS ANTES MENCIONADOS HABLAN DE QUE ES TRISTE COMO SE PASAN ESTOS CHICOS DE FIESTA TODOS LOS DIAS. LA VERDAD ESO ES MUCHO MEJOR KE TRABAJAR Y YA KISIERAN MUCHOS PODER VIVIR ASI. PERO DE TODAS FORMAS NO HAY KE OLVIDAR KE VIVEN EN LA CALLE Y TODO ESO Y EN REALIDAD ALGUNOS DE ELLOS TERMINAN MUERTOS. PERSONALMENTE A MI ME GUSTO LA PELICULA POR COMO CAPTURA MUY BIEN EL ESTILO DE VIDA PUNK HABIENDO YO ESTA CERCA DE PUNKS Y TODO ESO Y CHUPADO Y TODO CON ELLOS Y ESCUCHANDO ESO A MENUDO. ASI KE ME PARECE KE EN SU MAYORIA ELLOS VIVEN MEJOR KE LO HARIAN EN CASA DE SUS PADRES O EN TODO CASO LA PREGUNTA ES ABSURDA DADO A KE A ALGUNOS LOS ECHARON DE SU CASA O ELLOS MISMOS NO KIEREN REGRESAR. TAMBIEN CREO KE ES MUCHO MEJOR DE COMO VIVEN LOS CHICOS DE LA CALLE DE LATINOAMERICA Y DEFINITIVAMENTE MUCHO MEJOR DE COMO VIVEN LOS CHICOS DE LA CALLE EN LUGARES COMO BRASIL O COLOMBIA DONDE SE ENFRENTA SITUACIONES DE VIOLENCIA MUCHO PEORES CON MIERDAS COMO PARAMILITARISMO Y TODO ESO, Y ESTO TANTO ASI KE DICE UNO DE LOS ARTICULOS KE LA MISMA DIRECTORA SUPUESTAMENTE VIVIO UN TIEMPO CON ALGUNOS DE ELLOS (!). ASI QUE PUES ME PARECE QUE ALGUNA DE ESTA GENTE SOLO VE A ESTOS MUCHACHOS CON LASTIMA Y ESTO INCLUYE A LA DIRECTORA. POR MI PARTE SIN DEJAR DE SER SENSIBLE A LOS GRAVES PROBLEMAS QUE ENFRETAN DE TODAS FORMAS ADMIRO SU DESEO DE VIVIR Y PIENSO QUE SU VISION DE "NO FUTURE" QUE A LA DIRECTORA PARECE LE DA LASTIMA, ES EN MUCHO UN RECHAZO LIBERTARIO DE UN FUTURO QUE ESTA SOCIEDAD LES OFRECE Y QUE ELLOS DESTESTAN Y ASI DECIDIERON HACER UN "EXODO" DE ESTA MAQUINARIA SOCIAL Y AFIRMAR SU AUTONOMIA.









martes, 11 de agosto de 2009

La Psicopatía del Trabajo x Penelope Rosemont & Green Anarchy


Trabajar, ahora, nunca, nunca; estoy en huelga.
- Arthur Rimbaud

La despersonalización y alienación de nuestros más profundos deseos se implantan en la infancia a través de la escuela, la iglesia, las películas y la TV, hasta llegar al punto en el que el deseo individual no es sólo una red de contradicciones sino también una mercancía como todas las demás. La “vida real” parece siempre estar lejos de lo que puede pagar un sueldo semanal o una tarjeta de crédito y, por tanto, es aplazada indefinidamente. Y cada aplazamiento contribuye a la reproducción de un sistema social que, prácticamente, todo aquel que no es ni multimillonario ni masoquista, ha llegado a aborrecer.

Ese es el problema al que nos enfrentamos todos: Cómo romper el modelo de la esclavitud laboral que se establece semana a semana, esa costumbre de costumbres, esa adicción de adicciones. Cómo separarnos, a nosotros mismos, de las garras de auto-derrota de las Ilusiones en venta, Inc., alias, el Estado de las empresas de consumo. La ley es trabajar para alguien más, producir la mercancía de alguien más, producir la riqueza que otro goza, pensar lo que otro piensa (a veces, realmente, creyendo que son nuestros propios pensamientos), e, incluso, soñar los sueños de otro – en resumen, vivir la vida de otro. Vivir nuestra propia vida, tener nuestros propios sueños de vida, son ideas que han sido, desde hace mucho tiempo, dejadas de lado.

La supresión sistemática de los deseos reales de una persona – eso es en gran medida en lo que consiste el trabajo – es exacerbada por el Capitalismo que manipula los deseos hasta convertirlos en necesidades artificiales, como las que presenta la publicidad. Esto genera, en la vida cotidiana de las personas, una neurosis masiva con crecientes episodios psicóticos. Para aliviar el aburrimiento omnipresente de nuestras relaciones sociales, la sociedad ofrece una interminable variedad de distracciones y estupefacciones, que se encuentran ‘disponibles en una tienda cerca de ti’. El problema es que estas distracciones y estupefacciones, legales o ilegales, pronto pasan a formar parte del aburrimiento y la rutina, ya que no satisfacen nuestros auténticos deseos.

Cuando las noticias reportan horribles crímenes cometidos por niños o adolescentes tratando de ser satánicos, o superhéroes, o terroristas, o simplemente “malos”, podemos estar seguros de que estos niños viven vidas de apatía intolerable, que están tan aislados de sus propios deseos y de relaciones afectivas con la sociedad en general que ni siquiera saben cómo o dónde buscar algo diferente, o cómo rebelarse de tal modo que, realmente, pueda encontrar algo mejor. En lugar de eso, recogieron nociones baratas de la Escuela Bíblica, Hollywood y la televisión que prometió unos pocos minutos de emoción sin sentido, seguidas por una gran cantidad de publicidad –también sin sentido. Cada vez que algo como esto ocurre, oímos gritos paternales que “vigilan” las películas más cercanamente, y que buscan prohibir la “violencia” expresada por la pantalla del televisor. Rara vez, sin embargo, alguien critica la Biblia o las iglesias cristianas, a pesar de que el Cristianismo es, de lejos, la más sangrienta de la “religiones universales”, pero también la que está más lejos de ser “culpada”. Del mismo modo, rara vez se escucha una crítica a las fuerzas armadas – una banda de asesinos profesionales y uniformados cuya influencia sobre los niños no puede ser más que siniestra.

E incluso, con menos frecuencia, ¿alguien conoce alguna crítica a otra institución, intrínsecamente violenta, como la familia? De hecho, en nuestra fecha tardía de la historia de la humanidad, esta reliquia del patriarcado sigue siendo celebrada como un ideal. La sustitución de la familia ampliada tal como la conocemos hoy en día es una invención del siglo XIX. Construida por los blancos burgueses europeos para satisfacer las necesidades de expansión de la industrialización, refleja el modelo de Capitalismo de la “cadena de mando”. La familia autoriza la continuación de la supremacía masculina como una tradición de tiempo ancestral que se remonta al mandato de Dios. En la familia nuclear, el hombre labora en un puesto de trabajo y la mujer hace lo mismo en el hogar (y, en algunos casos, fuera de este). En cuanto a los niños, ellos son la propiedad privada de la familia y continúan siéndolo años después de haber alcanzado la “madurez”.

Los niños también aprenden a trabajar, la forma correcta de cómo sufrir el aburrimiento. Desde la más temprana edad se les enseña a obedecer órdenes. La escuela y la iglesia les enseñan la necesidad de acudir y permanecer a un lugar determinado durante un periodo prolongado, incluso cuando ellos preferirían estar en algún otro lugar. Todas las clásicas reprimendas – ¡Siéntense!, ¡Hagan lo que digo!, ¡No responda!, ¡Dejen de comportarte como un grupo de indios salvajes!, son parte de la educación de los que se comportan bien, de los esclavos del salario y de las notas, de los que no se quejan.

El mundo de hoy se enfrenta a una preocupación aún más grande, a un mayor desastre que amenaza la vida como nunca antes: las guerras que se intensifican en todo el mundo, la contaminación masiva, el calentamiento global, el retorno de la esclavitud, la supremacía blanca, la opresión de la mujer, el desastre ecológico, el neocolonialismo, el terrorismo de Estado, la prisión de la industria, el genocidio, el cáncer, el SIDA, el número de víctimas mortales por el transporte automovilístico, la xenofobia, los pesticidas, la ingeniería genética – la lista sigue y sigue. Incesantemente bombardeados por las noticias y los sonidos bytes de una catástrofe tras otra, la mayoría de las personas no tienen idea de qué hacer y caen en la parálisis. En el frente ideológico, esta pasividad generalizada, por sí misma, un importante problema social, se mantiene en lo que André Breton llamó miserabilismo, la cínica racionalización de la miseria, el sufrimiento y la corrupción – la ideología dominante del poder en nuestro tiempo.

Cada hora, además, innumerables miles de millones de dólares se gastan en propaganda, publicidad y otras mistificaciones para mantener la ilusión de que la crisis social esparcida en la que vivimos hoy es la mejor y la única posible.

¿Existe algo más importante que comprender que el trabajo es el centro de todos estos problemas? Esta actividad mantiene todo el sistema de miserabilidad funcionando. Sin trabajo, el pacto con la muerte gobernada por el salario que proclama el “libre mercado” perdería su poder, hasta detenerse.

“Mercado libre” significa la libertad para el Capital, y esclavitud para quienes trabajan. Hasta que el problema del trabajo sea disuelto – es decir, hasta que el trabajo sea abolido – todos los otros problemas no sólo se mantendrán, sino que seguirán empeorando. En un mundo demasiado ocupado para vivir, trabajar, per se, se ha convertido en algo tóxico, una forma de “cavar tu propia tumba”.

A pesar de la reanudación de la escasez y la crisis de la ingeniería económica, la sociedad de hoy tiene la capacidad de reducir el trabajo a una pequeña fracción de lo que es en la actualidad, mientras satisface todas las necesidades humanas. Es evidente que si las personas, realmente, quieren el paraíso en la Tierra, pueden tenerlo de la noche a la mañana. Por supuesto, tendrán que superar la inmensa y multinacional “falsa conciencia”, la industria, que trabaja muy duro para asegurarse de que muy pocos trabajadores sepan lo que verdaderamente desean.

El trabajo mata el espíritu, daña el cuerpo, insulta a la mente, mantiene a todos confundidos y desmoralizados, distrae a sus víctimas para que no saboreen de las cosas que realmente importan en la vida. Nuestra lucha no requiere organizadores laborales de un nuevo tipo. Para lograr el debacle del miserabilismo, necesitamos “despertadores” de deseos latentes, fomentadores de un humor prodigioso, estimuladores de sueños ardientes, del anhelo más profundo de una vida de aventura poética.

martes, 19 de mayo de 2009

ELOGIO DE LA OCIOSIDAD x Bertrand Russell


Como casi toda mi generación, fui educado en el espíritu
del refrán «La ociosidad es la madre de todos los vicios».
Niño profundamente virtuoso, creí todo cuanto me dijeron,

y adquirí una conciencia que me ha hecho trabajar
intensamente hasta el momento actual. Pero, aunque mi
conciencia haya controlado mis actos, mis opiniones han ex-
perimentado una revolución. Creo que se ha trabajado de-
masiado en el mundo, que la creencia de que el trabajo
es una virtud ha causado enormes daños y que lo que hay
que predicar en los países industriales modernos es algo
completamente distinto de lo que siempre se ha predi-
cado. Todo el mundo conoce la historia del viajero que
vio en Nápoles doce mendigos tumbados al sol (era antes
de la época de Mussolini) y ofreció una lira al más pe-
rezoso de todos. Once de ellos se levantaron de un salto
para reclamarla, así que se la dio al duodécimo. Aquel
viajero hacía lo correcto. Pero en los países que no disfru-
tan del sol mediterráneo, la ociosidad es más difícil y para
promoverla se requeriría una gran propaganda. Espero
que, después de leer las páginas que siguen, los dirigentes
de la Asociación Cristiana de Jóvenes emprendan una
campaña para inducir a los jóvenes a no hacer nada. Si
es así, no habré vivido en vano.

Antes de presentar mis propios argumentos en favor
de la pereza, tengo que refutar uno que no puedo aceptar.
Cada vez que alguien que ya dispone de lo suficiente para
vivir se propone ocuparse en alguna clase de trabajo dia-
rio, como la enseñanza o la mecanografía, se le dice, a él
o a ella, que tal conducta lleva a quitar el pan de la boca
a otras personas, y que, por tanto, es inicua. Si este ar-
gumento fuese válido, bastaría con que todos nos man-
tuviésemos inactivos para tener la boca llena de pan. Lo
que olvida la gente que dice tales cosas es que un hombre
suele gastar lo que gana, y al gastar genera empleo. Al
gastar sus ingresos, un hombre pone tanto pan en las bo-
cas de los demás como les quita al ganar. El verdadero
malvado, desde este punto de vista, es el hombre que aho-
rra. Si se limita a meter sus ahorros en un calcetín, como
el proverbial campesino francés, es obvio que no genera
empleo. Si invierte sus ahorros, la cuestión es menos ob-
via, y se plantean diferentes casos.

Una de las cosas que con más frecuencia se hacen con
los ahorros es prestarlos a algún gobierno. En vista del
hecho de que el grueso del gasto público de la mayor par-
te de los gobiernos civilizados consiste en el pago de deu-
das de guerras pasadas o en la preparación de guerras
futuras, el hombre que presta su dinero a un gobierno se
halla en la misma situación que el malvado de Shakes-
peare que alquila asesinos. El resultado estricto de los há-
bitos de ahorro del hombre es el incremento de las fuerzas
armadas del estado al que presta sus economías. Resulta
evidente que sería mejor que gastara el dinero, aun
cuando lo gastara en bebida o en juego.

Pero—se me dirá—el caso es absolutamente distinto
cuando los ahorros se invierten en empresas industriales.
Cuando tales empresas tienen éxito y producen algo útil,
se puede admitir. En nuestros días, sin embargo, nadie
negará que la mayoría de las empresas fracasan. Esto sig-
nifica que una gran cantidad de trabajo humano, que hu-
biera podido dedicarse a producir algo susceptible de ser
disfrutado, se consumió en la fabricación de máquinas
que, una vez construidas, permanecen paradas y no be-
nefician a nadie. Por ende, el hombre que invierte sus aho-
rros en un negocio que quiebra, perjudica a los demás
tanto como a sí mismo. Si gasta su dinero—digamos—
en dar fiestas a sus amigos, éstos se divertirán—cabe es-
perarlo—, al tiempo en que se beneficien todos aquellos
con quienes gastó su dinero, como el carnicero, el pana-
dero y el contrabandista de alcohol. Pero si lo gasta—di-
gamos—en tender rieles para tranvías en un lugar donde
los tranvías resultan innecesarios, habrá desviado un con-
siderable volumen de trabajo por caminos en los que no
dará placer a nadie. Sin embargo, cuando se empobrezca
por el fracaso de su inversión, se le considerará víctima
de una desgracia inmerecida, en tanto que al alegre de-
rrochador, que gastó su dinero filantrópicamente, se le
despreciará como persona alocada y frívola.

Nada de esto pasa de lo preliminar. Quiero decir, con
toda seriedad, que la fe en las virtudes del TRABAJO está
haciendo mucho daño en el mundo moderno y que el ca-
mino hacia la felicidad y la prosperidad pasa por una re-
ducción organizada de aquél.

Ante todo, ¿qué es el trabajo? Hay dos clases de tra-
bajo; la primera: modificar la disposición de la materia
en, o cerca de, la superficie de la tierra, en relación con
otra materia dada; la segunda: mandar a otros que lo ha-
gan. La primera clase de trabajo es desagradable y está
mal pagada; la segunda es agradable y muy bien pagada.
La segunda clase es susceptible de extenderse indefini-
damente: no solamente están los que dan órdenes, sino
también los que dan consejos acerca de qué órdenes deben
darse. Por lo general, dos grupos organizados de hombres
dan simultáneamente dos clases opuestas de consejos; esto
se llama política. Para esta clase de trabajo no se requiere
el conocimiento de los temas acerca de los cuales ha de
darse consejo, sino el conocimiento del arte de hablar y
escribir persuasivamente, es decir, del arte de la propa-
ganda.

En Europa, aunque no en Norteamérica, hay una ter-
cera clase de hambres, más respetada que cualquiera de
las clases de trabajadores. Hay hombres que, merced a la
propiedad de la tierra, están en condiciones de hacer que
otros paguen por el privilegio de que les consienta existir
y trabajar. Estos terratenientes son gentes ociosas, y por
ello cabría esperar que yo los elogiara. Desgraciadamente,
su ociosidad solamente resulta posible gracias a la labo-
riosidad de otros; en efecto, su deseo de cómoda ociosidad
es la fuente histórica de todo el evangelio del trabajo. Lo
último que podrían desear es que otros siguieran su ejem-
plo.

Desde el comienzo de la civilización hasta la revolu-
ción industrial, un hombre podía, por lo general, produ-
cir, trabajando duramente, poco más de lo imprescindible
para su propia subsistencia y la de su familia, aun cuando
su mujer trabajara al menos tan duramente como él, y sus
hijos agregaran su trabajo tan pronto como tenían la edad
necesaria para ello. El pequeño excedente sobre lo estric-
tamente necesario no se dejaba en manos de los que lo
producían, sino que se lo apropiaban los guerreros y los
sacerdotes. En tiempos de hambruna no había excedente;
los guerreros y los sacerdotes, sin embargo, seguían re-
servándose tanto como en otros tiempos, con el resultado
de que muchos de los trabajadores morían de hambre.
Este sistema perduró en Rusia hasta 1917, (2) y todavía per-
dura en Oriente; en Inglaterra, a pesar de la revolución
industrial, se mantuvo en plenitud durante las guerras na-
poleónicas y hasta hace cien años, cuando la nueva clase
de los industriales ganó poder. En Norteamérica, el sis-
tema terminó con la revolución, excepto en el Sur, donde
sobrevivió hasta la guerra civil. Un sistema que duró
tanto y que terminó tan recientemente ha dejado, como
es natural, una huella profunda en los pensamientos y las
opiniones de los hombres. Buena parte de lo que damos
por sentado acerca de la conveniencia del trabajo procede
de este sistema, y, al ser preindustrial, no está adaptado
al mundo moderno. La técnica moderna ha hecho posible
que el ocio, dentro de ciertos límites, no sea la prerroga-
t~va de clases privilegiadas poco numerosas, sino un de-
recho equitativamente repartido en toda la comunidad.
La moral del trabajo es la moral de los esclavos, y el
mundo moderno no tiene necesidad de esclavitud.

Es evidente que, en las comunidades primitivas, los
campesinos, de haber podido decidir, no hubieran entre-
gado el escaso excedente con que subsistían los guerreros
y los sacerdotes, sino que hubiesen producido menos o
consumido más. Al principio, era la fuerza lo que los obli-
gaba a producir y entregar el excedente. Gradualmente,
sin embargo, resultó posible inducir a muchos de ellos a
aceptar una ética según la cual era su deber trabajar in-
tensamente, aunque parte de su trabajo fuera a sostener
a otros, que permanecían ociosos. Por este medio, la com-
pulsión requerida se fue reduciendo y los gastos de go-
bierno disminuyeron. En nuestros días, el noventa y nueve
por ciento de los asalariados británicos se sentirían real-
mente impresionados si se les dijera que el rey no debe
tener ingresos mayores que los de un trabajador. El con-
cepto de deber, en términos históricos, ha sido un medio
utilizado por los poseedores del poder para inducir a los
demás a vivir para el interés de sus amos más que para
su propio interés. Por supuesto, los poseedores del poder
ocultan este hecho aún ante sí mismos, y se las arreglan
para creer que sus intereses son idénticos a los más gran-
des intereses de la humanidad. A veces esto es cierto; los
atenienses propietarios de esclavos, por ejemplo, emplea-
ban parte de su tiempo libre en hacer una contribución
permanente a la civilización, que hubiera sido imposible
bajo un sistema económico justo. El tiempo libre es esen-
cial para la civilización, y, en épocas pasadas, sólo el tra-
bajo de los más hacía posible el tiempo libre de los menos.
Pero el trabajo era valioso, no porque el trabajo en sí fuera
bueno, sino porque el ocio es bueno. Y con la técnica mo-
derna sería posible distribuir justamente el ocio, sin me-
noscabo para la civilización.

La técnica moderna ha hecho posible reducir enor-
memente la cantidad de trabajo requerida para asegurar
lo imprescindible para la vida de todos. Esto se hizo evi-
dente durante la guerra. En aquel tiempo, todos los hom-
bres de las fuerzas armadas, todos los hombres y todas las
mujeres ocupados en la fabricación de municiones, todos
los hombres y todas las mujeres ocupados en espiar, en
hacer propaganda bélica o en las oficinas del gobierno re-
lacionadas con la guerra, fueron apartados de las ocupa-
ciones productivas. A pesar de ello, el nivel general de
bienestar físico entre los asalariados no especializados de
las naciones aliadas fue más alto que antes y que después.
La significación de este hecho fue encubierta por las fi-
nanzas: los préstamos hacían aparecer las cosas como si
el futuro estuviera alimentando al presente. Pero esto,
desde luego, hubiese sido imposible; un hombre no puede
comerse una rebanada de pan que todavía no existe. La
guerra demostró de modo concluyente que la organización
científica de la producción permite mantener las pobla-
ciones modernas en un considerable bienestar con sólo
una pequeña parte de la capacidad de trabajo del mundo
entero. Si la organización científica, que se había conce-
bido para liberar hombres que lucharan y fabricaran mu-
niciones, se hubiera mantenido al finalizar la guerra, y se
hubiesen reducido a cuatro las horas de trabajo, todo hu-
biera ido bien. En lugar de ello, fue restaurado el antiguo
caos: aquellos cuyo trabajo se necesitaba se vieron obli-
gados a trabajar largas horas, y al resto se le dejó morir
de hambre por falta de empleo. ¿Por qué? Porque el tra-
bajo es un deber, y un hombre no debe recibir salarios
proporcionados a lo que ha producido, sino proporcio-
nados a su virtud, demostrada por su laboriosidad.

Ésta es la moral del estado esclavista, aplicada en cir-
constancias completamente distintas de aquellas en las
que surgió. No es de extrañar que el resultado haya sido
desastroso. Tomemos un ejemplo. Supongamos que, en
un momento determinado, cierto número de personas tra-
baja en la manufactura de alfileres. Trabajando—diga-
mos—ocho horas por día, hacen tantos alfileres como el
mundo necesita. Alguien inventa un ingenio con el cual
el mismo número de personas puede hacer dos veces el
número de alfileres que hacía antes. Pero el mundo no
necesita duplicar ese número de alfileres: los alfileres son
ya tan baratos, que difícilmente pudiera venderse alguno
más a un precio inferior. En un mundo sensato, todos los
implicados en la fabricación de alfileres pasarían a tra-
bajar cuatro horas en lugar de ocho, y todo lo demás con-
tinuaría como antes. Pero en el mundo real esto se juz-
garía desmoralizador. Los hombres aún trabajan ocho
horas; hay demasiados alfileres; algunos patronos quie-
bran, y la mitad de los hombres anteriormente empleados
en la fabricación de alfileres son despedidos y quedan sin
trabajo. Al final, hay tanto tiempo libre como en el otro
plan, pero la mitad de los hombres están absolutamente
ociosos, mientras la otra mitad sigue trabajando dema-
siado. De este modo, queda asegurado que el inevitable
tiempo libre produzca miseria por todas partes, en lugar
de ser una fuente de felicidad universal. ¿Puede imagi-
narse algo más insensato?

La idea de que el pobre deba disponer de tiempo libre
siempre ha sido escandalosa para los ricos. En Inglaterra,
a principios del siglo x~x, la jornada normal de trabajo
de un hombre era de quince horas; los niños hacían la
misma jornada algunas veces, y, por lo general, trabaja-
ban doce horas al día. Cuando los entremetidos apunta-
ron que quizá tal cantidad de horas fuese excesiva, les di-
jeron que el trabajo aleja a los adultos de la bebida y a
los niños del mal. Cuando yo era niño, poco después de
que los trabajadores urbanos hubieran adquirido el voto,
fueron establecidas por ley ciertas fiestas públicas, con
gran indignación de las clases altas. Recuerdo haber oído
a una anciana duquesa decir: «¿Para qué quieren las fies-
tas los pobres? Deberían trabajar». Hoy, las gentes son me-
nos francas, pero el sentimiento persiste, y es la fuente de
gran parte de nuestra confusión económica.

Consideremos por un momento francamente, sin su-
perstición, la ética del trabajo. Todo ser humano, nece-
sariamente, consume en el curso de su vida cierto volumen
del producto del trabajo humano. Aceptando, cosa que
podemos hacer, que el trabajo es, en conjunto, desagra-
dable, resulta injusto que un hombre consuma más de lo
que produce. Por supuesto, puede prestar algún servicio
en lugar de producir artículos de consumo, como en el
caso de un médico, por ejemplo; pero algo ha de aportar
a cambio de su manutención y alojamiento. En esta me-
dida, el deber de trabajar ha de ser admitido; pero sola-
mente en esta medida.

No insistiré en el hecho de que, en todas las sociedades
modernas, aparte de la URSS, mucha gente elude aun
esta mínima cantidad de trabajo; por ejemplo, todos aque-
llos que heredan dinero y todos aquellos que se casan por
dinero. No creo que el hecho de que se consienta a éstos
permanecer ociosos sea casi tan perjudicial como el hecho
de que se espere de los asalariados que trabajen en exceso
o que mueran de hambre.

Si el asalariado ordinario trabajase cuatro horas al
día, alcanzaría para todos y no habría paro—dando por
supuesta cierta muy moderada cantidad de organización
sensata—. Esta idea escandaliza a los ricos porque están
convencidos de que el pobre no sabría cómo emplear tanto
tiempo libre. En Norteamérica, los hombres suelen tra-
bajar largas horas, aun cuando ya estén bien situados; es-
tos hombres, naturalmente, se indignan ante la idea del
tiempo libre de los asalariados, excepto bajo la forma del
inflexible castigo del paro; en realidad, les disgusta el ocio
aun para sus hijos. Y, lo que es bastante extraño, mientras
desean que sus hijos trabajen tanto que no les quede
tiempo para civilizarse, no les importa que sus mujeres y
sus hijas no tengan ningún trabajo en absoluto. La esnob
admiración por la inutilidad, que en una sociedad aris-
tocrática abarca a los dos sexos, queda, en una plutocra-
cia, limitada a las mujeres; ello, sin embargo, no la pone
en situación más acorde con el sentido común.

El sabio empleo del tiempo libre—hemos de admi-
tirlo—es un producto de la civilización y de la educación.
Un hombre que ha trabajado largas horas durante toda
su vida se aburrirá si queda súbitamente ocioso. Pero sin
una cantidad considerable de tiempo libre, un hombre se
ve privado de muchas de las mejores cosas. Y ya no hay
razón alguna para que el grueso de la gente haya de sufrir
tal privación; solamente un necio ascetismo, generalmente
vicario, nos lleva a seguir insistiendo en trabajar en can-
tidades excesivas, ahora que ya no es necesario.

En el nuevo credo dominante en el gobierno de Rusia,
así como hay mucho muy diferente de la tradicional en-
señanza de Occidente, hay algunas cosas que no han cam-
biado en absoluto. La actitud de las clases gobernantes,
y especialmente de aquellas que dirigen la propaganda
educativa respecto del tema de la dignidad del trabajo, es
casi exactamente la misma que las clases gobernantes de
todo el mundo han predicado siempre a los llamados po-
bres honrados. Laboriosidad, sobriedad, buena voluntad
para trabajar largas horas a cambio de lejanas ventajas,
inclusive sumisión a la autoridad, todo reaparece; por
añadidura, la autoridad todavía representa la voluntad
del Soberano del Universo. Quien, sin embargo, recibe
ahora un nuevo nombre: materialismo dialéctico.

La victoria del proletariado en Rusia tiene algunos
puntos en común con la victoria de las feministas en al-
gunos otros países. Durante siglos, los hombres han ad-
mitido la superior santidad de las mujeres, y han conso-
lado a las mujeres de su inferioridad afirmando que la san-
tidad es más deseable que el poder. Al final, las feministas
decidieron tener las dos cosas, ya que las precursoras de
entre ellas creían todo lo que los hombres les habían dicho
acerca de lo apetecible de la virtud, pero no lo que les
habían dicho acerca de la inutilidad del poder político.
Una cosa similar ha ocurrido en Rusia por lo que se refiere
al trabajo manual. Durante siglos, los ricos y sus merce-
narios han escrito en elogio del trabajo honrado, han ala-
bado la vida sencilla, han profesado una religión que en-
seña que es mucho más probable que vayan al cielo los
pobres que los ricos y, en general, han tratado de hacer
creer a los trabajadores manuales que hay cierta especial
nobleza en modificar la situación de la materia en el es-
pacio, tal y como los hombres trataron de hacer creer a
las mujeres que obtendrían cierta especial nobleza de su
esclavitud sexual. En Rusia, todas estas enseñanzas
acerca de la excelencia del trabajo manual han sido to-
madas en serio, con el resultado de que el trabajador ma-
nual se ve más honrado que nadie. Se hacen lo que, en
esencia, son llamamientos a la resurrección de la fe, pero
no con los antiguos propósitos: se hacen para asegurar los
trabajadores de choque necesarios para tareas especiales.
El trabajo manual es el ideal que se propone a los jóvenes,
y es la base de toda enseñanza ética.

En la actualidad, posiblemente, todo ello sea para
bien. Un país grande, lleno de recursos naturales, espera
el desarrollo, y ha de desarrollarse haciendo un uso muy
escaso del crédito. En tales circunstancias, el trabajo duro
es necesario, y cabe suponer que reportará una gran re-
compensa. Pero ¿qué sucederá cuando se alcance el punto
en que todo el mundo pueda vivir cómodamente sin tra-
bajar largas horas?

En Occidente tenemos varias maneras de tratar este
problema. No aspiramos a la justicia económica; de modo
que una gran proporción del producto total va a parar a
manos de una pequeña minoría de la población, muchos
de cuyos componentes no trabajan en absoluto. Por au-
sencia de todo control centralizado de la producción, fa-
bricamos multitud de cosas que no hacen falta. Mante-
nemos ocioso un alto porcentaje de la población trabaja-
dora, ya que podemos pasarnos sin su trabajo haciendo
trabajar en exceso a los demás. Cuando todos estos mé-
todos demuestran ser inadecuados, tenemos una guerra:
mandamos a un cierto número de personas a fabricar ex-
plosivos de alta potencia y a otro número determinado a
hacerlos estallar, como si fuéramos niños que acabáramos
de descubrir los fuegos artificiales. Con una combinación
de todos estos dispositivos nos las arreglamos, aunque con
dificultad, para mantener viva la noción de que el hombre
medio debe realizar una gran cantidad de duro trabajo
manual.

En Rusia, debido a una mayor justicia económica y al
control centralizado de la producción, el problema tiene
que resolverse de forma distinta. La solución racional se-
ría, tan pronto como se pudiera asegurar las necesidades
primarias y las comodidades elementales para todos, re-
ducir las horas de trabajo gradualmente, dejando que una
votación popular decidiera, en cada nivel, la preferencia
por más ocio o por más bienes. Pero, habiendo enseñado
la suprema virtud del trabajo intenso, es difícil ver cómo
pueden aspirar las autoridades a un paraíso en el que
haya mucho tiempo libre y poco trabajo. Parece más pro-
bable que encuentren continuamente nuevos proyectos en
nombre de los cuales la ociosidad presente haya de sacri-
ficarse a la productividad futura. Recientemente he leído
acerca de un ingenioso plan propuesto por ingenieros ru-
sos para hacer que el mar Blanco y las costas septentrio-
nales de Siberia se calienten, construyendo un dique a lo
largo del mar de Kara. Un proyecto admirable, pero ca-
paz de posponer el bienestar proletario por toda una ge-
neración, tiempo durante el cual la nobleza del trabajo
sería proclamada en los cam~?os helados y entre las tor-
mentas de nieve del océano Artico. Esto, si sucede, será
el resultado de considerar la virtud del trabajo intenso
como un fin en sí misma, más que como un medio para
alcanzar un estado de cosas en el cual tal trabajo ya no
fuera necesario.

El hecho es que mover materia de un lado a otro, aún-
que en cierta medida es necesario para nuestra existencia,
no es, bajo ningún concepto, uno de los fines de la vida
humana. Si lo fuera, tendríamos que considerar a cual-
quier bracero superior a Shakespeare. Hemos sido lleva-
dos a conclusiones erradas en esta cuestión por dos cau-
sas. Una es la necesidad de tener contentos a los pobres,
que ha impulsado a los ricos, durante miles de años, a
predicar la dignidad del trabajo, aunque teniendo buen
cuidado de mantenerse indignos a este respecto. La otra
es el nuevo placer del mecanismo, que nos hace deleitar-
nos en los cambios asombrosamente inteligentes que po-
demos producir en la superficie de la tierra. Ninguno de
esos motivos tiene gran atractivo para el que de verdad
trabaja. Si le preguntáis cuál es la que considera la mejor
parte de su vida, no es probable que os responda: «Me
agrada el trabajo físico porque me hace sentir que estoy
dando cumplimiento a la más noble de las tareas del hom-
bre y porque me gusta pensar en lo mucho que el hombre
puede transformar su planeta. Es cierto que mi cuerpo
exige períodos de descanso, que tengo que pasar lo mejor
posible, pero nunca soy tan feliz como cuando llega la ma-
ñana y puedo volver a la labor de la que procede mi con-
tento». Nunca he oído decir estas cosas a los trabajadores.

Consideran el trabajo como debe ser considerado, como
un medio necesario para ganarse el sustento, y, sea cual
fuere la felicidad que puedan disfrutar, la obtienen en sus
horas de ocio.

Podrá decirse que, en tanto que un poco de ocio es
agradable, los hombres no sabrían cómo llenar sus días si
solamente trabajaran cuatro horas de las veinticuatro. En
la medida en que ello es cierto en el mundo moderno, es
una condena de nuestra civilización; no hubiese sido
cierto en ningún período anterior. Antes había una ca-
pacidad para la alegría y los juegos que hasta cierto punto
ha sido inhibida por el culto a la eficiencia. El hombre
moderno piensa que todo debería hacerse por alguna ra-
zón determinada, y nunca por sí mismo. Las personas se-
rias, por ejemplo, critican continuamente el hábito de ir
al cine, y nos dicen que induce a los jóvenes al delito. Pero
todo el trabajo necesario para construir un cine es res-
petable, porque es trabajo y porque produce beneficios
económicos. La noción de que las actividades deseables
son aquellas que producen beneficio económico lo ha
puesto todo patas arriba. El carnicero que os provee de
carne y el panadero que os provee de pan son merecedores
de elogio, porque están ganando dinero; pero cuando vo-
sotros disfrutáis del alimento que ellos os han suminis-
trado, no sois más que unos frívolos, a menos que comáis
tan sólo para obtener energías para vuestro trabajo. En
un sentido amplio, se sostiene que ganar dinero es bueno
y gastarlo es malo. Teniendo en cuenta que son dos as-
pectos de una misma transacción, esto es absurdo; del
mismo modo podríamos sostener que las llaves son bue-
nas, pero que los ojos de las cerraduras son malos. Cual-
quiera que sea el mérito que pueda haber en la producción
de bienes, debe derivarse enteramente de la ventaja que
se obtenga consumiéndolos. El individuo, en nuestra so-
ciedad' trabaja por un beneficio, pero el propósito social
de su trabajo radica en el consumo de lo que él produce.

Este divorcio entre los propósitos individuales y los socia-
les respecto de la producción es lo que hace que a los hom-
bres les resulte tan difícil pensar con claridad en un
mundo en el que la obtención de beneficios es el incentivo
de la industria. Pensamos demasiado en la producción y
demasiado poco en el consumo. Como consecuencia de
ello, concedemos demasiado poca importancia al goce y a
la felicidad sencilla, y no juzgamos la producción por el
placer que da al consumidor.

Cuando propongo que las horas de trabajo sean re-
ducidas a cuatro, no intento decir que todo el tiempo res-
tante deba necesariamente malgastarse en puras frivoli-
dades. Quiero decir que cuatro horas de trabajo al día
deberían dar derecho a un hombre a los artículos de pri-
mera necesidad y a las comodidades elementales en la
vida, y que el resto de su tiempo debería ser de él para
emplearlo como creyera conveniente. Es una parte esen-
cial de cualquier sistema social de tal especie el que la
educación vaya más allá del punto que generalmente al-
canza en la actualidad y se proponga, en parte, despertar
aficiones que capaciten al hombre para usar con inteli-
gencia su tiempo libre. No pienso especialmente en la
clase de cosas que pudieran considerarse pedantes. Las
danzas campesinas han muerto, excepto en remotas re-
giones rurales, pero los impulsos que dieron lugar a que
se las cultivara deben de existir todavía en la naturaleza
humana. Los placeres de las poblaciones urbanas han lle-
gado a ser en su mayoría pasivos: ver películas, presenciar
partidos de fútbol, escuchar la radio, y así sucesivamente.
Ello resulta del hecho de que sus energías activas se con-
sumen completamente en el trabajo; si tuvieran más
tiempo libre, volverían a divertirse con juegos en los que
hubieran de tomar parte activa.

En el pasado, había una reducida clase ociosa y una
más numerosa clase trabajadora. La clase ociosa disfru--
taba de ventajas que no se fundaban en la justicia social;
esto la hacía necesariamente opresiva, limitaba sus sim-
patías y la obligaba a inventar teorías que justificasen sus
privilegios. Estos hechos disminuían grandemente su mé-
rito, pero, a pesar de estos inconvenientes, contribuyó a
casi todo lo que llamamos civilización. Cultivó las artes,
descubrió las ciencias; escribió los libros, inventó las fi-
losofías y refinó las relaciones sociales. Aun la liberación
de los oprimidos ha sido, generalmente, iniciada desde
arriba. Sin la clase ociosa, la humanidad nunca hubiese
salido de la barbarie.

El sistema de una clase ociosa hereditaria sin obliga-
ciones era, sin embargo, extraordinariamente ruinoso. No
se había enseñado a ninguno de los miembros de esta clase
a ser laborioso, y la clase, en conjunto, no era excepcio-
nalmente inteligente. Esta clase podía producir un Dar-
win, pero contra él habrían de señalarse decenas de mi-
llares de hidalgos rurales que jamás pensaron en nada
más inteligente que la caza del zorro y el castigo de los
cazadores furtivos. Actualmente, se supone que las uni-
versidades proporcionan, de un modo más sistemático, lo
que la clase ociosa proporcionaba accidentalmente y como
un subproducto. Esto representa un gran adelanto, pero
tiene ciertos inconvenientes. La vida de universidad es, en
definitiva, tan diferente de la vida en el mundo, que las
personas que viven en un ambiente académico tienden a
desconocer las preocupaciones y los problemas de los
hombres y las mujeres corrientes; por añadidura, sus me-
dios de expresión suelen ser tales, que privan a sus opi-
niones de la influencia que debieran tener sobre el público
en general. Otra desventaja es que en las universidades
los estudios están organizados, y es probable que el hom-
bre al que se le ocurre alguna línea de investigación ori-
ginal se sienta desanimado. Las instituciones académicas,
por tanto, si bien son útiles, no son guardianes adecuados
de los intereses de la civilización en un mundo donde to-
dos los que quedan fuera de sus muros están demasiado
ocupados para atender a propósitos no utilitarios.

En un mundo donde nadie sea obligado a trabajar más
de cuatro horas al día, toda persona ¿con curiosidad cien-
tífica podrá satisfacerla, y todo pintor podrá pintar sin
morirse de hambre, no importa lo maravillosos que pue-
dan ser sus cuadros. Los escritores jóvenes no se verán
forzados a llamar la atención por medio de sensacionales
chapucerías, hechas con miras a obtener la independencia
económica que se necesita para las obras monumentales,
y para las cuales, cuando por fin llega la oportunidad, ha-
brán perdido el gusto y la capacidad. Los hombres que
en su trabajo profesional se interesen por algún aspecto
de la economía o de la administración, será capaz de de-
sarrollar sus ideas sin el distanciamiento académico, que
suele hacer aparecer carentes de realismo las obras de los
economistas universitarios. Los médicos tendrán tiempo
de aprender acerca de los progresos de la medicina; los
maestros no lucharán desesperadamente para enseñar por
métodos rutinarios cosas que aprendieron en su juventud,
y cuya falsedad puede haber sido demostrada en el in-
tervalo.

Sobre todo, habrá felicidad y alegría de vivir, en lugar
de nervios gastados, cansancio y dispepsia. El trabajo exi-
gido bastará para hacer del ocio algo delicioso, pero no
para producir agotamiento. Puesto que los hombres no
estarán cansados en su tiempo libre, no querrán sola-
mente distracciones pasivas e insípidas. Es probable que
al menos un uno por ciento dedique el tiempo que no le
consuma su trabajo profesional a tareas de algún interés
público, y, puesto que no dependerá de tales tareas para
ganarse la vida, su originalidad no se verá estorbada y no
habrá necesidad de conformarse a las normas establecidas
por los viejos eruditos. Pero no solamente en estos casos
excepcionales se manifestarán las ventajas del ocio. Los
hombres y las mujeres corrientes, al tener la oportunidad
de una vida feliz, llegarán a ser más bondadosos y menos
inoportunos, y menos inclinados a mirar a los demás con
suspicacia. La afición a la guerra desaparecerá, en parte
por la razón que antecede y en parte porque supone un
largo y duro trabajo para todos. El buen carácter es, de
todas las cualidades morales, la que más necesita el
mundo, y el buen carácter es la consecuencia de la tran-
quilidad y la seguridad, no de una vida de ardua lucha.
I.os métodos de producción modernos nos han dado la
posibilidad de la paz y la seguridad para todos; hemos
elegido, en vez de esto, el exceso de trabajo para unos y
la inanición para otros. Hasta aquí, hemos sido tan acti-
vos como lo éramos antes de que hubiese máquinas; en
esto, hemos sido unos necios, pero no hay razón para se-
guir siendo necios para siempre. (*)

(*) Fuente: Bertrand Russell, Elogio de la Ociosidad. Ed. Edasa, Barcelona, 1986.

jueves, 30 de abril de 2009

Elogio de la pereza refinada por Raoul Vaneigem

Europa conoce hoy en día una clase burocrática que rasca el fondo de las arcas del capital con el fin de hacerlo fructificar en un circuito cerrado, sin invertir en nuevos modos de producción. Y los proletarios, a quienes se ha enseñado que el proletariado ya no existe, alegan excepciones por su disminución de poder adquisitivo en la esperanza de que un gran movimiento caritativo suplirá la supresión de sus derechos sociales, la reducción de los salarios, la rarefacción del trabajo útil y el desmantelamiento de la enseñanza, de los transportes, de los servicios sanitarios, de la agricultura de calidad y de todo aquello que no aumenta con una rentabilidad inmediata la masa financiera puesta al servicio de la especulación internacional.


En la opinión que se ha ido forjando al respecto, la pereza se ha beneficiado mucho del creciente descrédito que pesa sobre el trabajo. Antaño erigido en virtud por la burguesía, que extraía su beneficio de él, y por las burocracias sindicales, a las cuales aseguraba la plusvalía de su poder, el embrutecimiento de la faena cotidiana ahora se reconoce como lo que es: una alquimia involutiva que transforma en un saber de plomo el oro de la riqueza existencial. Sin embargo y a pesar de la estima de que disfruta, la pereza continúa sufriendo igualmente por la relación de pareja que, en la tonta asimilación de las bestias a lo que los humanos poseen de más despreciable, persiste en reunir a la cigala y la hormiga. Querámoslo o no, la pereza sigue atrapada en la trampa del trabajo que rechaza mientras canta. Cuando se trata de no hacer nada, ¿la primera idea que se nos viene a la cabeza no es que la cosa cae por su propio peso? En una sociedad en la que sin descanso se nos arranca de nosotros mismos, ¿cómo llegar hasta uno mismo sin tropiezos? ¿Cómo instalarse sin esfuerzo en ese estado de gracia en el que no reina sino la indolencia del deseo?. ¿No funciona todo para turbar, gracias a las buenos motivos del deber y de la culpabilidad, el recreo sereno de estar en paz en compañía de uno mismo? Georg Groddeck percibía con justeza en el arte de no hacer nada el signo de una conciencia verdaderamente liberada de las múltiples obligaciones que, desde el nacimiento a la muerte, hacen de la vida una frenética producción de nada. Estamos tan inflados de paradojas que la pereza no es un asunto sobre el que uno pueda extenderse sencillamente, como nos invitaría a hacer la naturaleza si, en efecto, la naturaleza pudiese abordarse sin rodeos.



El trabajo ha desnaturalizado la pereza. La ha convertido en su puta, del mismo modo en que el poder patriarcal veía en la mujer al reposo del guerrero. La ha revestido con sus falsos pretextos, en el mismo momento en que la altivez de las clases sociales explotadoras identificaba la actividad laboriosa únicamente con la producción manual. ¿Qué eran aquellos poderosos, aquellos soberanos, aquellos aristócratas, aquellos altos dignatarios más que trabajadores intelectuales, trabajadores encargados de hacer trabajar a quienes habían convertido en sus esclavos? . Esa ociosidad de la que los ricos se vanagloriaban y que, secularmente, alimentaba el resentimiento de los oprimidos, se me antoja muy alejada del estado de pereza en lo que éste tiene de idílico. El hermoso apoltronamiento que se conceden los fatuos de nobleza al acecho de las menores carencias, puntillosos con las prelaciones, alerta de unos criados que ocultan bajo la máscara del servilismo su rencor y su desprecio, cuando no se trata de dar a probar previamente los platos sazonados con los maleficios de la envidia y de la venganza… ¡Qué fatiga produce tal pereza! ¡Y qué servidumbre en la satisfacción constante de la complacencia del mando!. ¿Se dirá del déspota que, al menos, se arroga el placer de ser obedecido? ¡Pobre placer es éste que, beneficiándose del displacer de los otros, se engulle con la acidez que suscita! Se convendrá conmigo en que mantenerse de tal suerte por encima de las tareas innobles no es, en modo alguno, reposo y que apenas facilita el feliz estado de no hacer nada. Sin duda que el hombre de negocios, el patrón, el burócrata no se comprometen, aparte de sus ocupaciones, en un régimen de domesticidad que es más inoportuno que confortable. No sé si buscan la soledad del subprefecto en los campos, pero todo indica, en su caso, una propensión más al divertimento que a la ociosidad. Uno no rompe sin dificultad con un ritmo que te propulsa de la fábrica a la oficina, de la oficina a la Bolsa y de la conferencia-almuerzo al almuerzo-conferencia. El tiempo, repentinamente vaciado de su contabilidad dineraria, se vuelve tiempo muerto; apenas existe. Es preciso haber perdido, más que el sentido de la moral, el sentido de la rentabilidad para pretender penetrar en él e instalarse allí sin vergüenza.

Pase con el descanso nocturno, auténtica prescripción médica para quien se lanza cada día a una carrera contra el reloj. Pero ¿quién osará, en una guerra en la que uno está en todo instante expuesto al fuego intenso de la competencia, levantar la bandera blanca de un momento de ociosidad? Demasiado nos han remachado el desastroso ejemplo de las "delicias de Capua", en las que Aníbal, cediendo no se sabe a qué hechizo de los sentidos, pierde tanto Roma como el beneficio de sus conquistas. Hay que rendirse a la evidencia: en un mundo en el que nada se obtiene sin el trabajo de la fuerza y de la astucia, la pereza es una debilidad, una estupidez, una falta, un error de cálculo. No se accede a ella más que cambiando de universo; es decir, de existencia. Son cosas que pasan.
Un director de banco –me aseguran- se encontró arruinado, abandonado por todos, cubierto de oprobio. Un rinconcito en el campo lo acoge; planta algunas viñas. Un huerto, unos pocos pollos y la amistad de los vecinos cubren sus necesidades. Hace descubrimientos asombrosos: una puesta de sol, el centelleo de la luz en el sotobosque, los olores silvestres, el sabor del pan que él mismo ha amasado y cocido, el canto de las alondras, la turbadora configuración de la orquídea, las ensoñaciones de la tierra a la hora del rocío o de la serena. El hastío de una existencia que había pasado ignorándose le había dado un lugar en el universo. Aún quedaba saber ocuparlo. El camino no es tan fácil, pues la exclusión de un mundo que te excluye de ti mismo basta para que vuelvas a encontrarte en él. Si no fuese así, no habría un parado que no se hubiese convertido en poeta de los tiempos futuros. Lo habitual es que el parado no se pertenezca a sí mismo, sino que continúe perteneciendo al trabajo. Lo que lo destruía en la alienación de la fábrica y de la oficina persiste en corroerlo fuera de ellas como el dolor de un miembro fantasma. Como el explotador, el explotado apenas tiene la oportunidad de consagrarse sin reservas a las delicias de la pereza.

Seguramente hay malicia en hacer lo menos posible para el patrón, en parar de trabajar desde el momento en que vuelve la espalda, en sabotear las cadencias y las máquinas, en practicar el arte de la ausencia justificada. La pereza, en este caso, salvaguarda la salud y presta a la subversión un carácter agradablemente roborativo. Rompe el tedio de la servidumbre, quiebra la palabra de mando, recupera la calderilla de ese tiempo que os arrebata ocho horas de vida y que ningún salario os permitirá recuperar. Dobla, con un ensañamiento salvaje, los minutos robados a la máquina de fichar, cuyo recuento de la jornada aumenta el beneficio del patrón. De acuerdo. Pero la pregunta sigue en pie: ¿qué placer puede uno obtener sin reservas si implica antes que nada arruinar el placer del otro? ¿Quieres que te obedezcan? Pues nada de eso. Ofrezco una prueba viva hurtándome a tu poder, rompiendo ese poder que te parece, sino eterno, sí al menos adquirido para un largo tiempo. Noble tarea es, sin duda, la subversión del trabajo innoble, pero no te libra de trabajar. Hete aquí, como el amo al acecho del criado que le roba, holgazaneando con el ojo puesto en el amo para robarle mejor. No puede entenderse la pereza de forma tan furtiva. Se necesita desahogo, como en el amor. Quien está pendiente del "¿quién vive?" no vive en absoluto, o lo hace mediocremente. ¡Qué rencor, por otro lado, al no poder arruinar tan retorcidamente como uno desearía el hedonismo de los explotadores, por mediocre que éste sea! ‘Mientras nosotros curramos, ellos se llenan la panza , dice la canción. Pero, de la misma manera que aquellos curas rijosos a los que el viejo anticlericalismo puritano reprochaba el lanzarse a los excesos, ¿no habría sido el hedonismo lo mejor que los explotadores alcanzasen en toda su existencia si el terror a los explotados no los hubiera condenado a secretas y precipitadas compulsiones? El privilegio de los proletarios al emanciparse tanto del trabajo que los convierte en asalariados como de aquellos que extraen de él la plusvalía consistía precisamente en acceder al goce de ellos mismos y del mundo. El goce y su consciencia, agudizada al perfeccionarlo, poseen suficientemente la ciencia de liberarse de aquello que los entorpece o los corrompe. ¡Preguntádselo a los que aprenden a
amarse!

Lo que es verdad para el amor es verdad para la pereza y su disfrute. A menudo estamos lejos de la realidad. Un reportaje sobre los campesinos brasileños, privados de la tierra mientras grandes extensiones permanecen baldías en manos de unos propietarios preocupados tan sólo por mantener su propiedad, los exhibía en una larga marcha de la miseria, blandiendo cruces, con curas a la cabeza, pues la Iglesia los provee cotidianamente de un guiso de arroz y judías. En interés de la objetividad mediática, se insertaba, conforme a las leyes del montaje, un banquete en el que los propietarios rurales se servían salchichas y costillas de cordero en abundancia, argumentando sobre su justo derecho y protestando contra los ataques de los que se consideraban víctimas.
Entre la miseria de los notables amedrentados y la compasión por los desposeídos, uno daba en pensar que los primeros no tienen el disfrute de sus tierras porque no poseen más que su propiedad y que los segundos, a quienes correspondería tal disfrute, apenas están en disposición de disfrutar de nada.
La situación es menos arcaica de lo que parece. Europa conoce hoy en día una clase burocrática que rasca el fondo de las arcas del capital con el fin de hacerlo fructificar en un circuito cerrado, sin invertir en nuevos modos de producción. Y los proletarios, a quienes se ha enseñado que el proletariado ya no existe, alegan excepciones por su disminución de poder adquisitivo en la esperanza de que un gran movimiento caritativo suplirá la supresión de sus derechos sociales, la reducción de los salarios, la rarefacción del trabajo útil y el desmantelamiento de la enseñanza, de los transportes, de los servicios sanitarios, de la agricultura de calidad y de todo aquello que no aumenta con una rentabilidad inmediata la masa financiera puesta al servicio de la especulación internacional.

La única utilidad que se le reconoce ahora al trabajo se limita a garantizar un salario a la mayoría y una plusvalía a la oligarquía burocrática internacional. El primero se gasta en bienes de consumo y en servicios de una mediocridad creciente; la segunda se invierte en especulaciones bursátiles que, cada vez más, prestan a la economía un carácter parasitario. Se ha implantado tan bien el hábito de aceptar no importa qué trabajo y de consumir lo que sea para equilibrar esa balanza mercantil que reina sobre los destinos como la vieja y fantasmal providencia divina que, quedarse en casa en lugar de participar en el frenesí que destruye el universo, pasa extrañamente por algo escandaloso. Uno de esos ministros cuya máquina administrativa devora millones a la manera de un gigantesco aparato que parasita la producción de bienes prioritarios no tuvo empacho en denunciar, con la aprobación de los gestores de la información, a los beneficiarios de subsidios, a los ferroviarios jubilados, a los usuarios de los servicios de salud, en pocas palabras, a las gentes que obtienen placer de su reposo mientras otros duermen para un patrón cuyo dinero no deja de trabajar. Que se hayan encontrado proletarios –subsidiados en potencia, sin embargo- que consienten en la refundición semántica de las palabras compradas por el poder no es el simple efecto de la imbecilidad gregaria. Planea sobre la pereza tal sentimiento de culpa que pocos se atreven a reivindicarla como una parada saludable que permite reconquistarse y no ir más allá en el camino por el que el viejo mundo se desliza.


¿Quién, entre los subsidiados, proclamará que descubre en la existencia riquezas que la mayoría busca donde no están? No encuentran placer en no hacer nada, no piensan en inventar, en crear, en soñar, en imaginar. En la mayoría de las ocasiones sienten vergüenza por estar privados de un embrutecimiento asalariado que les privaba de una paz de la que ahora disponen sin osar instalarse en ella. La culpabilidad degrada y pervierte a la pereza, prohíbe su estado de gracia, la despoja de su inteligencia. Qué mejor ocasión que las huelgas para suspender ese tiempo en el que todo el mundo corre para no atraparse jamás, se desloma por ser lo que le repugna y por no ser lo que habría deseado, y cuenta con la jubilación, la enfermedad y la muerte para poner fin a su fatiga.
Una parada en el trabajo debería propagar la buena conciencia de la pereza, alentar ese saludable reposo que ahorraría no pocos gastos en sanidad. No hace falta más que ponerle un poco de imaginación. Nos cruzamos de brazos, dirían los ferroviarios, instauramos la gratuidad del tiempo y del espacio y, para vuestro esparcimiento, nos relevaremos para hacer que los trenes circulen y permitiros recorrer Francia entera sin ningún desembolso por vuestra parte. ¿Seguirías asistiendo a fábricas y oficinas?. ¡Vosotros sabréis! Tal vez se les ocurriese a algunos que la pereza es más creativa que el trabajo.

¡Pero no! Declarar que la huelga es una fiesta es un insulto para quienes persisten en encontrar dignidad en la esclavitud del trabajo. Es necesario, dentro del orden de cosas que nos gobierna, que la huelga sea una maldición, igual que la pereza. Respiramos con pesar un poco de aire fresco antes de retomar valientemente el camino de la corrupción y de la polución. Bien que nos merecemos la jubilación, suspiran los trabajadores. Pero, conforme a la lógica de la rentabilidad, lo que uno merece ya lo ha pagado no una vez, sino diez. Que no se diga, pues, que la jubilación ofrece al fin un refugio a esa ociosidad que, decididamente, es la cosa peor repartida del mundo. ¿Confundiréis pereza y fatiga? Yo ni siquiera hablo del fin de esa existencia llamada cínicamente activa sobre el cual cuarenta años de desriñone cotidiano continúan imprimiendo su cadencia, mientras la vida se escapa por todos lados y los días se transforman en adelantos en la contabilidad de la muerte.

La pereza en la que desborda de repente toda la carga de los deseos, prohibidos por cuarenta horas semanales de presencia obligatoria en la fábrica o en la oficina, no es más que una gris liberación, la aceleración de un retraso que hay que superar, la compulsión del perro al que repentinamente se le desata la correa. La pereza, en suma, nunca fue en el pasado mejor tratada que la mujer, y sabemos demasiado bien cómo nuestro presente está marcado en sus nueve décimas partes por lo que fue. Cuando el poder del macho veía en la mujer al reposo del trabajador en armas, de cuello blanco o de cuello azul, ¿no es cierto que la identificaba con la ociosidad?. Hablando para no decir nada, atareada para no hacer nada, la mujer derivaba su inferioridad de su ausencia de la economía y estaba excluida de la alquimia lucrativa y saludable reservada a la fuerza viril, con la única excepción del tiempo destinado a la maternidad y a producir hijos para la fábrica y la gloria militar.


Ociosa y vana, a la mujer era imprescindible mantenerla "ocupada", del mismo modo que el trabajo viola a la pereza. Exiliada, como el parado, de la máquina de excretar rentabilidad, no obtenía del ocio más que la sombra de su maldición. Ni derecho ni goce, sólo remordimientos y pecado. ¿Cómo encontrar reposo en una ociosidad que es, en el peor de los casos, una bajeza y, en el mejor, una excusa? Pues si el trabajo se identificaba con la fuerza, la pereza quedaba rebajada a la condición de una debilidad mórbida. Por una inversión de sentido que es propia del viejo mundo, el desriñone laborioso se transformaba en signo de salud, mientras el dulce farniente se revelaba como un síntoma enfermizo. Tal es el peso del ajetreo sobre una vida que en realidad no exigía tanto, que, despojada del frenesí de una acción empeñada en el logro de fines útiles e inútiles, se diría que nada queda en un mundo de repente despoblado. La pereza es una nada; inclinarse sobre ella es contemplar un abismo y el abismo, afirmaba Nietzsche, también mira dentro de ti. Entra, desde luego, en la lógica de las cosas que, después de haber demostrado que la pereza carecía de existencia fuera del trabajo, de la opresión, de la subversión, de la culpabilidad, del desahogo, de la debilidad constitutiva, se llegará a la conclusión de que no era nada.

Albert Cossery hizo una sabrosa descripción de esa nada. En Los haraganes del valle fértil nos introduce furtivamente en una casa de pueblo en la que cada uno de sus habitantes rivaliza en ingenio para dormir el mayor tiempo posible. Hay que desbaratar las conjuras del mundo exterior, valerse de la astucia frente a la perversa atracción que el trabajo ejerce en ocasiones sobre aquellos que han tenido la fortuna de no saber nunca de él. Que la atmósfera no es de júbilo, ni siquiera de entusiasmo, es lo menos que puede decirse. Un sombrío ardor preside la rigurosa disposición del silencio. La angustia merodea entre los ronquidos. Aunque acaso sea menos el producto de una posible ruptura del delicado equilibrio de la nada que de la lasitud de la holganza. Pues aquí la pereza no es más que la vanidad de un dormir sin sueños. Es una venganza contra la vida ausente, un arreglo de cuentas existencial que raposea con la muerte. Se reivindica el derecho a no ser nada en un universo que ya te ha condenado a la nulidad. Es demasiado o no es suficiente. Seguramente puede encontrarse cierto placer en no estar para nadie, en quererse de una absoluta nulidad lucrativa, en dar testimonio de la propia inutilidad social en un mundo en el que se obtiene un resultado idéntico mediante una actividad muy a menudo frenética. Pero eso no impide que el contenido mismo de la pereza deje que desear. Su inconsistencia la predispone a los manejos de quien quiere sacarle partido. Hay tanta pereza como debilidad en dejarse gobernar, señalaba La Bruyère.


Hay en los letárgicos una propensión a preferir la injusticia al desorden. ¿Los cuidados que requieren los privilegios de la somnolencia mental y de la ociosidad no implican acaso una perfecta obediencia al orden de las cosas? Pagar el descanso con la servidumbre es, sin duda, un trabajo innoble. Hay demasiada belleza en la pereza como para convertirla en la prebenda de los clientelismos. Al paso de una manifestación contra la mafia en Palermo, un joven se indignaba: "¡Están locos! Sin la mafia, ¿quién nos ayudaría?". El integrismo islámico no reacciona de manera distinta. Ser una larva bajo la mirada de Alá y en la miseria del mundo sirve al poder de los negocios. Si la pereza se acomoda a la apatía, a la servidumbre, al oscurantismo, no tardará en entrar en los programas de un Estado, que, previendo la liquidación de los derechos sociales, pone en marcha organismos caritativos privados con el fin de suplirlos: es decir, un sistema de mendicidad del que desaparecerán reivindicaciones que, bien es verdad, emprenden dócilmente ese mismo camino a juzgar por las últimas súplicas públicas, que tienen como leitmotiv: "¡Dadnos dinero!". El mercantilismo de tipo mafioso en el que se transforma la economía en declive no podría coexistir más que con una ociosidad vaciada de toda significación humana. Pues tal vez sea tiempo de darse cuenta de que la pereza es la peor o la mejor de las cosas dependiendo de que se incluya en un mundo en el que el hombre no es nada o bien en una perspectiva en la que quiere serlo todo. No es poco reconocer que la pereza no ha conocido más que una existencia alienada, envilecida, sometida a intereses sin relación deseable con las esperanzas que habría sido natural poner en ella.

¿Cómo sorprenderse de algo así, si lo mismo ocurre con el ser que se dice a sí mismo humano y pasa lo mejor de su vida demostrando que lo es bien poco? Tal cosa no impide, sin embargo, ni las aspiraciones ni el poder del imaginario por medio del cual la historia no hace más que suplir sus crueles realidades, ni que se bosquejen esos cambios que tantos deseos secretos reclaman. Es entonces cuando la pereza revela su riqueza. ¿Acaso no ha elaborado ella un universo, fundado una civilización? Feliz país el de Jauja5, en el que, sin el menor esfuerzo, los platos más apetitosos adornan las mesas, en el que las bebidas fluyen a raudales en una extravagante diversidad, y en el que, con el favor de una naturaleza ubérrima, los embelesos del amor se ofrecen en el recodo de cualquier bosquecillo. Entre las poblaciones más pacíficas del globo reina una encantadora indolencia. Basta con tender la mano o con abrir la boca para satisfacer las exigencias del gusto o del goce.

En el país de Jauja la abundancia es natural, la bondad nativa, la armonía universal. Nada, desde el mito de la Edad de Oro a Fourier, ha exaltado mejor las ensoñaciones del cuerpo y de la tierra, las sinfonías secretas y jubilosas que componía una razón cuidadosamente prevenida contra la racionalidad del tumulto laborioso, de la miseria activa y del fanatismo competitivo. ¿Es preciso revelar el recuerdo resurgente de una época lejana y anterior a nuestra civilización agraria, que fertiliza la tierra con sudor y sangre antes de esterilizarla para sacarle más dinero? Las cadenas del trabajo y de la competencia guerrera, que marcan el ritmo de la danza macabra de la civilización mercantil, idealizaron sin esfuerzo a las sociedades que se sustraían a tan temibles privilegios. Sin duda, pero la visión idílica responde bastante bien, a juzgar por el estudio de los emplazamientos magadalenianos, a colectividades en las que la recolección de plantas, la pesca y una caza complementaria tejían entre los hombres, las mujeres, los animales, la fecundidad vegetal y la tierra vínculos menos apremiantes, más igualitarios y tranquilizadores que la apropiación agraria, cuya explotación de la naturaleza acarreará la explotación del hombre por el hombre.

Reconozcamos, sin embargo, que cada vez que se ha descubierto al buen salvaje ha sido preciso bajar una tercera la melodía de las alabanzas. En materia de comportamientos ejemplares, la variedad ,Jívaro, o, Dayak, se imponía muy frecuentemente al tipo "Trobiandés". Y cuando el modelo alegraba nuestros corazones, ¿qué nos aportaba sino un poco más de nostalgia? No hay vuelta al pasado, a no ser en la irritante esterilidad de la añoranza.
El sueño de Jauja carece de esa languidez retrógrada. Gracias a una escandalosa improbabilidad, puede integrarse tanto mejor en el campo de los posibles.

En Jauja presentimos que la exuberancia de la naturaleza se ofrece a quien la solicita sin querer saquearla o violarla. Por ella pasa, como venido de lo más profundo de la historia y del individuo, el aliento de un deseo inextinguible; el deseo de una armonía con los seres y las cosas, presente con tanta sencillez en el aire de todas las épocas. El tiempo en el que las bestias hablaban, en el que los árboles eran pródigos en sabios consejos, en el que los objetos mismos se animaban se mantiene en el corazón de lo real en los niños. El perezoso descubre su fascinación enclavada en una indolencia que evoca en él confusamente la existencia prenatal, momento en el que el universo matricial, el vientre de la madre, dispensa amor, alimento y ternura. "¿Qué funestas condiciones –se pregunta- nos impiden otorgar a la naturaleza su vocación de madre abastecedora?".

Por mucho que la racionalidad lucrativa del trabajo considere la cuestión nula y sin valor, el perezoso sabe que en la feliz disposición que lo protege del mundo de la especulación y la tarea, tal fantasía no está desprovista de sentido y poder. Entre el medio ambiente y él, la despreocupación contemplativa basta para tejer una red de sutiles afinidades. Percibe mil presencias en la hierba, en las hojas, en una nube, un perfume, un muro, un mueble o una piedra. De repente le asalta un sentimiento de estar vinculado a la tierra por las nervaduras íntimas de la vida. Se encuentra en unidad con lo vivo, en una religio de la cual la religión, que encadena la tierra al cielo y el cuerpo a los mandamientos divinos, no es más que una inversión. Al contrario que el místico, exiliado de sus sentidos mediante el desprecio de sí mismo, el ocioso restituye la materialidad de la vida –la única que hay- al universo del que procede: el aire, el fuego, la tierra, el mineral, el vegetal, el animal y el ser humano, que de todos ellos ha heredado su especificidad creativa.

Bajo la aparente languidez del sueño se despierta una conciencia a la que el martilleo cotidiano del trabajo excluye de su realidad rentable. Dicha languidez nada tiene que ver con el animismo, afectación religiosa en la que el espíritu trata de apropiarse de los elementos de la tierra como si éstos no se bastasen a sí mismos. Sencillamente, emana de una vitalidad que el cuerpo en reposo se reapropia. Para que la pereza acceda a su especifidad, no basta con que rehúse a la voluntad omnipresente del trabajo; es necesario que sea por y para sí misma. Es necesario que el cuerpo, del que constituye uno de los privilegios, se reconquiste como territorio de los deseos, a la manera en que los amantes lo perciben en el momento del amor. Lugar y momento de los deseos, así se reivindica esta pereza según el corazón, tan opuesta al la pereza del corazón, a la cual amenaza con reducirla el mercadeo social ordinario. La suavidad de los prados, la serenidad del lecho se pueblan de una multitud de anhelos concebidos por la felicidad, y que las obligaciones rechazaban, deformaban, diezmaban, travestían de significaciones mortíferas.

El país de Jauja se erige en proyecto en la intención: todo se pone al alcance de la mano de quien aprende a desear sin fin. "Haz lo que quieras" es una planta ética que no pide más que crecer y embellecerse. La crueldad de condiciones insoportables y que, sin embargo, toleramos prescribe que la abandonemos como si nos requiriese la urgencia de no ser nosotros mismos, de no pertenecernos jamás. La pereza es goce de uno mismo o no es nada. No esperéis que os sea concedida por vuestros amos o vuestros dioses. A ella se llega por una natural inclinación a buscar el placer y evitar su contrario. Una simpleza que la edad adulta se empeña en complicar. Acabemos, pues, con la confusión que asocia a la pereza con ese reblandecimiento mental que llaman pereza de espíritu, como si el espíritu no fuese la forma alienada de la conciencia del cuerpo. La inteligencia de uno mismo que la pereza exige no es otra cosa que la inteligencia de los deseos de la que el microcosmos corporal necesita para liberarse del trabajo que le pone trabas desde hace siglos. ¡A saber lo que se desliza a
través de la multitud de anhelos y deseos que invaden al perezoso finalmente decidido a no ser más que para sí mismo!

Tal es la fuerza de los deseos cuando se encuentran –por decirlo así- en estado de libertad que les vence la ilusión de poder cambiar el mundo a su favor y sobre el terreno. La vieja magia se aparece más de lo que creemos en los repliegues de la conciencia. "Es una creencia muy antigua –escribe Campbell Bonner- que una persona, instruida en los medios de obrar, pueda poner en marcha fuerzas misteriosas, capaces de influir en la voluntad del otro y de someter sus emociones a los deseos del operador. Tales fuerzas pueden ser activadas mediante palabras, mediante ceremonias realizadas conforme a las reglas o bien mediante objetos investidos de un poder reconocido como mágico". Y Jacob Böhme, más sutilmente: "La magia es la madre del ser de todos los seres puesto que se hace a sí misma y puesto que consiste en el deseo. La auténtica magia no es un ser; es el deseo, el espíritu del ser". (Erklärung von sechs Punkten).

El siglo XIII conservó el trazo de esta "pereza que mueve molinos" y que evoca Georges Schéhadé . En esa época hay, en efecto, una secta que sostiene: "No es necesario trabajar jamás con las propias manos, sino rezar sin cesar; y si los hombres rezan de tal suerte, la tierra proveerá sin cultivo más frutos que si hubiese sido cultivada" (Citado por H. Grundmann, Religiöse Bewegungen in Mittelalter,Hildesheim, 1961). Y si la operación no dejó en la historia una prueba tangible de su eficacia, es conveniente no incriminar tanto la incompetencia del Dios al cual los orantes se dirigían o cierto modo vicioso de proceder cuanto el recurso a la oración, pues hacerse dependientes de los otros para acceder a una independencia ardientemente deseada es ir contra la propia voluntad y tener en poca consideración las propias aspiraciones. El universo abunda en trampas de este género. Se mezclan en él demasiadas sujeciones, interdictos, represiones y automatismos, como para dispensarnos de la mayor vigilancia.

Es conocido el apólogo indio. Un hombre se había acostado a la sombra de un árbol famoso por su poder mágico. El suelo se le antojaba poco mullido, deseaba tenderse más voluptuosamente, y una suntuosa cama se le apareció. Enseguida le entraron ganas de un copioso almuerzo, y surgió una mesa equipada con los platos más exquisitos. "Mi felicidad sería completa –soñaba- si tuviese a mi lado a un joven graciosa y lista para colmar mis deseos". De improviso llegó la joven y dio respuesta a su amor. Poco habituado, sin embargo, a semejante constancia en la felicidad, no pudo evitar un miedo infundado. Temeroso de perder en un instante una fortuna tan perfecta, imaginó que un tigre salía del bosque. Brotó el tigre y le partió la nuca. Un deseo puede contener otro de sentido contrario. Es asunto de la pereza aprender que no debe temer nada, sobre todo de ella misma. Cuántos esfuerzos para pertenecerse sin reservas. Y no es que sean precisos grandes rodeos para ello, sino que lo más sencillo no se entrega dócilmente a los espíritus atormentados. La infancia del arte no se alcanza más que a través del arte de convertirse en infante.

La desnaturalización ha hecho grandes progresos, decía un perezoso saboreando Le lézard, la canción de Bruant, y su inmortal "No puedo trabajar, nunca
aprendí". Y añadía: se nos ha puesto en tal disposición para trabajar, que no hacer nada exige hoy en día todo un aprendizaje. En una época en la que crece el desempleo, la enseñanza de la pereza resultaría seductora si no fuera porque es cosa de cada uno cultivar sin la asistencia de los otros una ciencia así de delicada, particular y personal. Nadie puede asegurarse su felicidad (y aún más fácilmente, su desgracia), salvo uno mismo. Pasa con los deseos como con la materia prima de la que el alquimista trata de extraer la piedra filosofal. Constituyen su propio fondo y no se puede extraer de ellos más que lo que allí se encuentra. En consecuencia, todo es cuestión de refinamiento. La pereza en estado bruto es como una nuez que nos comiésemos sin pelar. Por más que la hayamos escogido libre de las corrupciones ordinarias del trabajo, de la culpabilidad, de la liberación y de la servidumbre, aún falta degustarla para obtener todo el placer: devolverla al movimiento natural que la hará ser lo que es, un momento del goce de uno mismo, una creación, en suma. El hábito de los placeres laboriosos, sombreados –más que subrayados- por lo efímero y hurtados a toda prisa, nos ha despojado de la experiencia del esfuerzo y de la gracia. Los placeres, en lo que tienen de auténticos, no son ni el fruto de un capricho del azar o de los dioses, ni la recompensa de un trabajo del que no serían más que la respiración jadeante. Se dan tal como los cogemos. La alegría de la que nos llenan es la alegría con la que los abordamos.

Tal vez sea ésta la Gran Obra cuya búsqueda paciente y apasionada el alquimista emprendía cada día: una obstinación del deseo en despojarse de lo que lo corrompe, en refinarse sin cesar hasta alcanzar esa gracia que transmuta en oro vivificante el plomo de la miseria, de la muerte y del tedio. Cuando la pereza no alimente más que el deseo de satisfacerse, entraremos en una civilización en la que el hombre ya no sea el producto de un trabajo que produce lo inhumano.