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domingo, 20 de septiembre de 2009

10 Claves para un estilo de vida YOMANGO


1.

Es conocido, las marcas quieren vender cosas, pero saben que sólo sobrevivirán en el mercado postmoderno si se asocian con éxito a la representación estilizada de una forma deseable de vida: sea el joven vividor del Martíni, o el del vaquero solitario y duro del Marlboro country. YOMANGO, mira tú por donde, no te va a vender nada, pero también te puede proponer un estilo de vida.
2.

En los 50 y los 60, en la era fordista del capitalismo, la normalidad era un estilo de vida definido por su respetabilidad y cualquier otra cosa era mear fuera del tiesto. Ahí apareció la contracultura y la enésima bohemia: en aquellos felices tiempos las extravagancias, lo negro, lo raro, era revolucionario. Pero eso se acabó: en el capitalismo cultural, el postfordista, las diferencias, los estilos de vida alternativos no son sino sectores de mercado a ser atendidos y servidos, es decir, comprados y vendidos a mayor gloria del capital. ¿Podríamos proponer estilos de vida, modos de hacer, que no fueran inmediatamente deglutibles como cualquier otra moda? Si llevar ropa vieja, o vaqueros desgarrados o gorra de rapero se ha podido insertar en la lógica económica del capitalismo tardío: ¿sucedería lo mismo con un estilo de vida YOMANGO?
3.

El capitalismo cultural sobrevive mediante la explotación de la inteligencia y la creatividad colectiva. El mercado se nutre de las ideas, de las formas de vida, de las múltiples maneras en que la gente se expresa mediante la palabra, el vestido, los gestos, la sexualidad.

El capital se apropia de tus deseos, de tus expectativas, de tu experiencia… y luego te la pretende vender en una forma alienada, tonta y cara por lo general, ajena a ti, convertida en “cosas” que tú puedes comprar. El estilo YOMANGO propone “reapropiarse”, legitimar y extender la “expropiación” de lo que, de hecho, previamente a su conversión en “cosas”, pertenece al común. YOMANGO pone al alcance de tu mano lo que es tuyo y, todo sea dicho, está al alcance de tu mano.
4.

El mercado ofrece una falsa alternativa, una falsa libertad de elegir entre una u otra vía para destinar tu dinero, tu deseo o tus ilusiones, hacia esta marca o aquella, casi siempre en beneficio del mismo empresario. YOMANGO acomete la libre concurrencia afirmando: la verdadera alternativa es DINERO vs. YOMANGO. El resto es comercio. El resto es trabajar consumiendo. YOMANGO no es trabajo explotable: es una forma extraña de gratuidad mediante la paradoja: dinero gratis. YOMANGO es la mano que en una danza insumisa traza en el aire de tu centro comercial el arco del deseo, sin mediaciones: directo del estante a tu bolsillo, sin dinero ni tarjetas.
5.

“Mangar”, obtener las cosas “bajo manga” tiene su gracia y su técnica: YOMANGO así es también la producción de herramientas (ropas, complementos, instrumentos…) y el afianzamiento gestos cotidianos (comportamientos, acciones…) para vivir YOMANGO. No es una cuestión de secretitos ni de complejas tecnologías, se trata de hacer viable un sabotaje cotidiano y gozoso al capital. Se trata de inventar nuevos gestos que, en su repetir, abran nuevos mundos en los que habitar: “comprar” es un ejercicio pasivo, aburrido, alienante, un acto socialmente predeterminado. “Mangar” no sólo puede ser un acto de sabotaje con el que consigues los ingredientes para el cocido, puede ser también una práctica creativa y excitante.
6.

YOMANGO no es el fomento de la propiedad privada por otros medios. No propone la acumulación de cachivaches y quesos camembert. Consiste en llevar al extremo la libre circulación de bienes. Redescubre la generosidad, el capricho, la indeterminación. Reaprópiate y haz circular, satisface los deseos y necesidades de tus semejantes. Invita en tu casa a cenas YOMANGO. Cuando un desconocido te regala una galleta… eso es YOMANGO.
7.

Pues igual que el mercado coge tu deseo y lo convierte en cosa, resulta que coge los espacios públicos y los convierte en hipermercados, donde no hace ni frío ni calor y donde hasta mear cuesta dinero. Es como si hubieran comprado la plaza mayor de tu pueblo y le hubieran puesto cámaras, guardias y cajeras. Buen rollito mientras juegues el juego para el que está hecho su tablero y aceptes las reglas de una abundancia que es la otra cara de la precariedad -azafatas, camareros, la chica que cuida de tus niños en el castillo hinchable. Seas cliente o empleado, ¿qué más dará?, YOMANGO y YOPITO plantea convertir esos maravillosos sitios en lugares de conflicto comestible: completa tu salario mediocre arrasando con lo que puedas, llévate ropa de la tienda, come y da de comer gratis, haz la vista gorda cuando veas asomar el jamón por debajo de ese abrigo.
8.

Amas de casa, adolescentes, jubilados… son los que más mangan, desde hace tiempo. YOMANGO sólo será interesante si logra conectar con toda esa gente en su terreno, si no se limita a ser el enésimo gesto de retórica desobediente de antiglobis y modernillos. RAPSESIONES-YOMANGO es un punto de encuentro donde intercambiar maquetas, Cd’s y consejos, donde circulan las fichas del GordoPilo y donde le sacamos punta al Hip Hop como cultura de resistencia y sabotaje.
9.

YOMANGO es una franquicia que te montas donde quieres. El estilo YOMANGO es un proceso abierto. Crea herramientas, prototipos y dinámicas que fluyen y proliferan, que esperan ser reapropiadas y circular. Una marca que es de todo el mundo. Que va y viene del común. Y recuerda: YOMANGO, sólo en tu centro comercial.
10.

YOMANGO. ¿Lo quieres?… Lo tienes.

viernes, 8 de mayo de 2009

"Por qué he robado" x Alexandre Marius Jacob

(Declaración de Jacob ante el Tribunal)

Señores:
Ahora sabéis quien soy: un rebelde que vive del producto de sus robos. Aun más: he incendiado hoteles y he defendido mi libertad contra la agresión de los agentes del poder. He puesto al descubierto toda mi existencia de lucha; la someto, como un problema, a vuestras inteligencias. No reconociendo a nadie el derecho a juzgarme, no imploro ni perdón ni indulgencia. Nada solicito a quienes odio y desprecio. ¡Sois los más fuertes! Disponed de mí de la manera que lo entendáis, mandarme al presidio o al patíbulo, ¡poco me importa! Pero antes de separarnos, dejarme deciros unas últimas palabras.

Ya que me reprocháis sobre todo ser un ladrón, es útil definir lo que es el robo.

Para mí, el robo es la necesidad que siente cualquier hombre de coger aquello que necesita. Esta necesidad se manifiesta en cualquier cosa: desde los astros que nacen y mueren igual que los seres, hasta el insecto que se mueve por el espacio, tan pequeño, tan ínfimo que nuestros ojos pueden apenas distinguirlo. La vida no es sino robos y masacres. Las plantas, los animales se devoran entre ellos para subsistir. Uno no nace sino para servir de pasto al otro; a pesar del grado de civilización, de perfeccionabilidad, el hombre no se sustrae a esta ley si no es bajo pena de muerte. Mata las plantas y los animales para alimentarse de ellos. Rey de los animales, es insaciable.

Aparte de los objetos alimenticios que le aseguran la vida, el hombre se alimenta de aire, de agua y de luz. Ahora bien ¿se ha visto alguna vez a dos hombres disputarse, degollarse por estos alimentos? No que yo sepa. Sin embargo son los alimentos más preciosos sin los cuales un hombre no puede vivir. Podemos estar varios días sin absorber substancias por las que nos hacemos esclavos. ¿Podemos hacer igual con el aire? Ni siquiera un cuarto de hora. El agua forma las tres cuartas partes de nuestro organismo y nos es indispensable para mantener la elasticidad de nuestros tejidos. Sin el calor, sin el sol, la vida sería imposible.

Luego, cualquiera coge, roba estos alimentos. ¿Se hace de ello un crimen, un delito? ¡Cierto que no! ¿Por qué se reserva el resto? Porque comporta un gasto de energía, una suma de trabajo. Pero el trabajo es lo propio de una sociedad, es decir la asociación de todos los individuos para alcanzar, con poco esfuerzo, el máximo de felicidad. ¿Es ésta la imagen de lo que hay? ¿Se basan vuestras instituciones en una organización de este tipo? La verdad demuestra lo contrario. Cuanto más trabaja un hombre, menos gana; cuanto menos produce, más beneficio obtiene. El mérito no se tiene pues en consideración. Sólo los audaces se hacen con el poder y corren a legalizar sus rapiñas. De arriba a abajo de la escala social no hay más que bellaquería de una parte e idiotez de la otra. ¿ Cómo queríais que, lleno de estas verdades, respetara tal estado de cosas?

Un comerciante de alcohol o un dueño de burdel se enriquecen, mientras que un hombre de genio va a morir de miseria en un camastro de hospital. El panadero que amasa el pan lo tiene en falta; el zapatero que confecciona miles de zapatos enseña sus dedos del pie; el tejedor que fabrica montones de ropa no tiene con que cubrirse; el albañil que construye castillos y palacios carece de aire en su infecto cuartucho. Aquellos que producen todas las cosas, nada tienen, y los que nada producen lo tienen todo.

Tal estado de cosas no puede sino producir el antagonismo entre las clases trabajadoras y la clase poseedora, es decir holgazana. Surge la lucha y el odio golpea.

Llamáis a un hombre "ladrón y bandido", le aplicáis el rigor de la ley sin preguntaros si él puede ser otra cosa. ¿Se ha visto alguna vez a un rentista hacerse ratero? Confieso no conocer a ninguno. Pero yo que no soy ni rentista ni propietario, que no soy más que un hombre que sólo tiene sus brazos y su celebro para asegurar su conservación, he tenido que comportarme de otro modo. La sociedad no me concedía más que tres clases de existencia: el trabajo, la mendicidad o el robo. El trabajo, lejos de repugnarme, me agrada, el hombre no puede estar sin trabajar, sus músculos, su cerebro poseen una cantidad de energía para gastar. Lo que me ha resignado es tener que sudar sangre y agua por la limosna de un salario, crear riquezas de las cuales seré frustrado. En una palabra, me ha repugnado darme a la prostitución del trabajo. La mendicidad es el envilecimiento, la negación de cualquier dignidad. Cualquier hombre tiene derecho al banquete de la vida.

El derecho de vivir no se mendiga, se toma.

El robo es la restitución, la recuperación de la posesión. En vez de encerrarme en una fábrica, como en un presidio, en vez de mendigar aquello a lo que tenía derecho, preferí sublevarme y combatir cara a cara a mis enemigos haciendo la guerra a los ricos, atacando sus bienes. Ciertamente, veo que hubierais preferido que me sometiera a vuestras leyes; que, obrero dócil, hubiese creado riquezas a cambio de un salario irrisorio y, una vez el cuerpo ya usado y el cerebro embrutecido, hubiese ido a reventar en un rincón de la calle. Entonces no me llamaríais "bandido cínico", sino "obrero honesto", Con halago me hubierais incluso impuesto la medalla del trabajo. Los curas prometen el paraíso a sus embaucados; vosotros sois menos abstractos, les ofrecéis papel mojado.

Os agradezco tanta bondad, tanta gratitud, señores. Prefiero ser un cínico consciente de mis derechos que un autómata, que una cariátide.

Desde que tuve conciencia me dediqué al robo sin ningún escrúpulo. No entro en vuestra pretendida moral que predica el respeto a la propiedad como una virtud mientras que en realidad no hay peores ladrones que los propietarios.

Podéis estar satisfechos de que este prejuicio haya calado en el pueblo ya que es vuestro mejor gendarme. Conociendo la impotencia de la ley y de la fuerza, habéis hecho de él el más sólido de vuestros protectores. Pero parad atención; todo tiene un tiempo. Todo lo que se construye por la astucia y la fuerza, la astucia y la fuerza pueden destruirlo.

El pueblo evoluciona cada día. Mirad que todos los muertos de hambre, todos los miserables, en una palabra, todas vuestras víctimas, instruidos por estas verdades, conscientes de sus derechos, armados con palancas, no vayan a asaltar vuestros domicilios para retomar las riquezas que ellos han creado y que vosotros les habéis robado. ¿Creéis que serían más desgraciados? Creo que todo lo contrario. Si se lo piensan bien preferirán correr cualquier riesgo antes que engordaros gimiendo en la miseria. ¡La cárcel, el presidio, el patíbulo! diréis. Pero qué son estas perspectivas comparadas con una vida embrutecida, llena de sufrimientos. El minero que gana su pan en las entrañas de la tierra, sin ver jamás lucir el sol, puede morir de un momento a otro víctima de una explosión de grisú; el pizarrero que deambula por los tejados puede caer y hacerse mil pedazos; el marinero conoce el día de su partida pero ignora si volverá a puerto. Un buen número de obreros cogen enfermedades fatales durante el ejercicio de su oficio, se agotan, se matan para crear para vosotros; y hasta los gendarmes, los policías, que por un hueso que les dais a roer, encuentran la muerte en la lucha que emprenden contra vuestros enemigos.

Obstinados en vuestro estrecho egoísmo permanecéis escépticos ante esta visión, ¿no es así? El pueblo tiene miedo, parecéis decir. Lo gobernamos con el miedo de la represión; si grita lo metemos en prisión; si se mueve, lo deportamos al presidio; si sigue, lo guillotinamos. Mal cálculo, señores, creerme. Las penas que infligiréis no son un buen remedio contra los actos de sublevación. La represión, lejos de ser un remedio, un paliativo, no es sino una agravación del mal.

Las medidas correctivas no pueden más que sembrar el odio y la venganza. Es un ciclo fatal. Desde que hacéis rodar cabezas, desde que llenáis cárceles y presidios, ¿habéis impedido que se manifestara el odio? ¡Responded! Los hechos demuestran vuestra impotencia. Por mi parte sabía que mi conducta no podía tener otra salida que el presidio o el patíbulo. Y podéis ver que esto no me ha impedido actuar. Si opté por el robo no fue por una cuestión de ganancias sino por una cuestión de principios, de derecho. Preferí conservar mi libertad, mi independencia, mi dignidad de hombre, que hacerme artesano de la fortuna de un amo. En términos más crudos y sin eufemismo alguno he preferido robar antes que ser robado.

También yo repruebo el hecho por el cual un hombre se apropia violentamente y con astucia del fruto del trabajo ajeno. Pero es precisamente por esto que he hecho la guerra a los ricos, ladrones de los bienes de los pobres. También yo quisiera vivir en una sociedad en la que el robo fuera desterrado. No apruebo y no he usado el robo sino como medio de rebelión para combatir el más inicuo de todos los robos: la propiedad individual.

Para destruir un efecto hace falta destruir su causa. Si hay robo es porque hay abundancia de una parte y escasez de otra: es porque todo no pertenece más que a unos pocos. La lucha no acabará hasta que todos los hombres pongan en común sus alegrías y sus penas, sus trabajos y sus riquezas; hasta que todas las cosas pertenezcan a todos.

Anarquista revolucionario he hecho una revolución.

Venga la Anarquía.

viernes, 24 de abril de 2009

martes, 14 de abril de 2009

anarquistas expropiadores del rio de la plata



Anarquismo expropiador en Río de la Plata
La expropiación fue una práctica que desempeñaron frecuentemente grupos e individuos del movimiento libertario a lo largo de la historia. Las características que adquirió este accionar en las primeras décadas del siglo XX en el Río de la Plata, la convirtieron en centro de debates sobre el camino de la práctica revolucionaria dentro de los grupos libertarios, motivando profundas divisiones en algunos casos.

Ahora bien, ¿que buscaban los anarquistas con la expropiación?; ¿tenían medios alternativos de financiamiento a la expropiación?; o ¿simplemente eran delincuentes, ladrones, como se los llamaba en esa época?

Debatir acerca de la expropiación, es debatir en torno a la metodología de acción plausible de los grupos libertarios. Expropiar significa quitar recursos económicos, estatales o privados, que son (o constituyen) propiedad privada de las clases dominantes, para pasarlos a manos de las clases dominadas. Estos recursos toman la forma de propiedad colectiva en el caso particular de los expropiadores anarquistas.

Una vez que se contaba con esos recursos los mismos se destinaban a la financiación de los colectivos políticos en los que estaban insertos los libertarios: edición de publicaciones, el sostén de los Comités Pro Presos Políticos, apoyo económico de las familias de aquellos militantes que estaban detenidos, y por supuesto organizaciones políticas, sindicatos y cualquier otro tipo de organización de los libertarios. Esto nos da la pauta de que aquellos anarquistas que protagonizaron actos de expropiación lejos estaban de buscar su propia comodidad material mediante la expropiación. La expropiación tiene en esencia una finalidad política.


Expropiación: para que y para quienes.
“Alguna vez se hará justicia a los anarquistas y a sus métodos: nosotros no tenemos a nadie quien nos financie nuestras actividades, como la policía es financiada por el Estado, la Iglesia tiene sus fondos propios, o el comunismo tiene una potencia extranjera detrás. Por eso, para hacer una revolución, tenemos que tomar los medios saliendo a la calle, a dar la cara”.
Miguel A. Roscigna.

Las condiciones laborales de los trabajadores, así como la coyuntura de la época, demandaban recursos económicos que los libertarios no disponían. Entonces la expropiación se va a convertir en una solución para conseguirlos. Se da un golpe importante en cuanto a lo que se expropia y las finanzas quedan resueltas por un tiempo.

En 1919 se produce el primer asalto expropiador en Argentina. Los dueños de una casa de cambio del barrio de Chacarita en Buenos Aires son asaltados al retorno a su casa por tres anarquistas. El ideólogo, Boris Wladimirovich, será capturado días después. El motivo de la expropiación: la publicación de un periódico libertario.

Como en el asalto de 1919, los posteriores tendrán como norte la concreción de objetivos políticos claros. Los más claros: la edición de publicaciones libertarias y el sostén de los presos políticos.

Severino Di Giovanni será clave en lo que refiere a las publicaciones. Era un individuo preocupado por la propaganda anarquista y una de sus principales motivaciones era el enfrentar el régimen fascista italiano. Se dedicó a publicar periódicos (“Culmine”) en italiano para los obreros emigrantes que apenas conocían el español. Para él significaba continuar con la lucha desde otra parte. También por esto, no extrañaba que varios de los laderos de Di Giovanni fueran de ascendencia italiana, más allá del peso propio que tenían estos en el anarquismo argentino en esos años.

El asalto a Obras Sanitarias, uno de los más importantes por el botín recogido, estaba destinado en parte a la publicación de los escritos sociales Eliseo Reclus. Di Giovanni comenzó a investigar acerca del pensamiento de varios italianos, y estaba obsesionado con poder difundir las ideas de estos desconocidos en el Río de la Plata. También el periódico Culmine fue financiado con dineros de la expropiación. El dinero destinado a las publicaciones libertarias fue el más importante.

Pero también la situación de los presos políticos era delicada. La represión era muy dura y por supuesto que el caso de Radowitzky no era aislado. Los anarquistas respondieron organizando un Comité pro presos políticos. Otro inmigrante italiano, Miguel Roscigna, era uno de los referentes de este comité. Pero fue también, y así era considerado por muchos, como el mayor referente del anarquismo expropiador en esos años.

El hecho de tener que eliminar el suministro de comidas a los presos en Caseros, motivó a Roscigna a llevar adelante uno de los actos expropiatorios más importantes: el asalto al hospital Rawson. Planifica la acción junto a hombres con experiencia en esto y de su confianza como Vázquez Paredes y los hermanos Moretti. El 1º de octubre de 1927 esperan al pagador de sueldos del hospital que viene junto a un custodio. La acción se produce con éxito, costándole la vida al custodio.

Roscigna también participará de varios asaltos más en donde la liberación de los presos era el principal objetivo. Con estos dineros financiaron la fuga del Penal de Puntas Carretas de cinco anarquistas en 1929 entre otros, en una “obra maestra” planificada y ejecutada por varios anarquistas, con Miguel Roscigna y Gino Gatti como los ideólogos de la fuga. Estos anarquistas habían sido detenidos luego del asalto al cambio Messina en Montevideo en donde mueren tres personas. Roscigna se había negado a participar de este asalto ya que consideraba que la prioridad en ese momento era trabajar por la liberación de los presos políticos y no recolectar fondos, que en ese momento estaban disponibles gracias a expropiaciones anteriores.

Fondos también para la revolución española.
Los anarquistas ibéricos también fueron protagonistas en los grupos expropiadores. El 18 de octubre de 1925, tres personas entran a la estación de tranvías Las Heras. Exigen las llaves de la caja de hierro que contiene el dinero recaudado, los empleados dicen que las llaves las tiene que las tiene el jefe que ya se retiro. Cuando se retiran los “asaltantes” se llevan una bolsita conteniendo 38 pesos, desaparecen sin ser perseguidos. Uno de los hombres que ha dirigido este “asalto” fracasado es Buenaventura Durruti, pilar del anarquismo español y del mundo. Este sería el primer acto de expropiación por parte de Durruti, Ascaso y Jover en la Argentina. Aparte de esta expropiación, realizaron dos más, una también fracasada y la tercera, fue la vencida. Expropiaron el Banco de la Provincia de la ciudad de San Martín, éste con éxito, ya que recolectan 64.085 pesos. Es a partir de está expropiación que comienza la caza de los tres anarquistas españoles. Desde Chile llegan pistas de ciudadanos, que se presume cubanos, mejicanos o españoles, que habían participado en un asalto similar en ese país. Una vez que logran identificarlos, reconstruyen el viaje que habían realizado en busca de fondos para enfrentar a la dictadura en España. Incluía asaltos en España, Méjico, Chile y Argentina. Más tarde serán detenidos en Francia y la campaña a nivel mundial en contra de la extradición de estos a Argentina es exitosa, y el gobierno termina expulsándolos a Bélgica. Durruti y sus compañeros no volverán más a Argentina, pero dejaron su influencia en el anarquismo expropiador.

Primeras conclusiones.
Se puede ver desde los testimonios de la época que, el accionar de los anarquistas y siguiendo la lógica de sus protagonistas, que la expropiación tenía claramente fines políticos. Existen testimonios de expropiadores y allegados a estos en donde se deja en claro que las condiciones de vida de estos no modificaron luego de las expropiaciones. No se enriquecieron en pocas palabras. Tampoco fue el caso de los grupos que posteriormente, y en otra coyuntura, se abocaron a esta tarea.

Las tareas que debió llevar a cabo parte del movimiento anarquista fueron financiadas mediante los actos expropiatorios, lo que los convierte en una táctica posible dentro de las que se pueden manejar. Queda a conciencia de cada uno de los grupos libertarios, evaluar las posibilidades con que se cuenta para llevar a cabo este tipo de actos, en caso de ser necesarios. Se entiende que como medio la acción directa no opera en desmedro de otros métodos de lucha que por sus características no están emparentados con la acción directa.

Porque esta claro que la expropiación no constituye un fin en sí mismo, sino un medio, por lo que hay que analizar si este medio es consistente con la estrategia que nos debemos trazar hacia la consecución de una sociedad socialista y libertaria.

(Texto extraido de la publicación "Barricada" de Uruguay.)

Texto sobre el Anarquismo Expropiador.

Texto sobre el Anarquismo Expropiador.
La expropiación fue un fenómeno que se dio dentro de la corriente del anarquismo individualistas, también llamado por la prensa burguesa como el “banditismo” o el “anarco-banditismo”, para designar las acciones que llevaban acabo una serio de anarquistas en Latinoamérica y Europa, cuya principal actividad insurgente era la de robar o atracar bancos y casinos para financiar actividades libertarias. Esta corriente comienza a finales del siglo XIX con las operaciones expropiadores del francés Alexander Marius Jacob y su agrupación conocida como los “Trabajadores de la Noche” para luego ser retomada en la década de los 20’s del siglo XX por ácratas como Miguel Arcángel Rosigna, Severino Di Giovanni, Buenaventura Durruti entre otros. La expropiación no es una ideología, ni tampoco es un presupuesto ideológico necesario para un anarquista, es una forma de actuar y de combatir al estado, fue una estrategia inserruccional aplicada sobre todo en Argentina durante la década de los 20’s antes de la llegada del déspota de Uriburu.

Hay que destacar dos tipos diferentes de expropiación, la expropiación antes de la revolución social, que es de la que trata este numero de Samizdat, y que se refiere a esa corriente de lucha, y la expropiación después o durante la revolución social, que esa sí incluye a todos los anarquistas y que se trata de la reconquista de los medios de producción para ponerlos al servicio de la nueva humanidad. Una se parece a la otra, la primera es un método de lucha, y no es obligatoria, mientras que la otra, es una necesidad emanada de las circunstancia y si es obligatoria.

La expropiación es la restitución de lo adeudado. El patrono (no se llama patrón, esta es una deformación lingüística, es patrono) roba al trabajador, le da una miseria por el trabajo que este ejerce, jamás el trabajador recibe la remuneración total, por su labor hecha, esta por lo general se la lleva el patrono, gran parasito social. La expropiación viene a ser la restitución al trabajador de lo que se le debe, de la totalidad de su obra, de su labor. La diferencia entre el robo y la expropiación, es que en esta última no hay posesión por parte del Sujeto Activo, este actúa como mero tramitador entre el poseedor ficticio y el verdadero detentador de la cosa, ergo, el poseedor real, y nos referimos a “poseedor real” y no “propietario” porque en el modelo de organización económica anarquista, no hay propietario sino simplemente poseedor o detentador de la cosa, la diferencia entre uno y otro radica en el hecho, de que el poseedor puede usar y gozar la cosa, mientras que el propietario puede usar, gozar y disponer la cosa. Como es plausible apreciar el individuo beneficiado de la cosa expropiada no puede disponer de ella, sin consultar en asamblea a los compañeros, es después de la consulta y si los compañeros dan el visto bueno a su propuesta es que este puede disponer de la cosa colectiva.

El objeto que es expropiado, por la acción colectiva o por la acción individual, pasa de ser propiedad privada a ser propiedad colectiva. Esto es sumamente importante, un expropiador que roba para su persona o sus allegados, y que hace del “robo” una forma de vida es considerado por el movimiento anarquista como un Burgués, un ser deplorable y un farsante ante la causa proletaria. Si el falso expropiador actúa de esa manera actúa como un burgués dueño de algún medio de producción, la diferencia entre uno y otro, seria que uno actúa en la clandestinidad, por la vía de la violencia física y el otro actúa de manera legal y amparado por las leyes coactivas, fantoches y pro-capitalistas.

Dentro del ámbito legal, hay una diferencia entre el robo y el tipo penal denominado “hurto”, el hurto es el apoderamiento de la cosa ajena sin la necesidad de ejercer violencia sobre la figura pasiva (el expropiado) mientras que el robo si necesita del uso de la violencia para constreñir al sujeto pasivo a que de lo deseado por el sujeto activo. Dentro de la corriente Expropiadora, estas ridículas diferencias, producto de la mente ociosa de los juristas, son dejadas a un lado. Tan expropiador es Alexander Marius Jacob que actuaba bajo la figura del hurto, como lo es el chileno Jorge Tamayo Gavilán que actuaba bajo la figura del robo.

Hay que acotar que la expropiación antes de la revolución social es solamente sobre bienes muebles y no sobre bienes inmuebles, los bienes muebles son aquellos que se pueden trasladar de un lugar a otro, sin mayor dificultad (carros, joyas, dinero, armas, etc.) mientras que los bienes inmuebles son aquellos que no se pueden trasladar de un lugar a otro (casas, edificios, fabricas, locales, etc.) Esto es un presupuesto ideológico que se cae de maduro. No ocurre lo mismo con los denominados bienes inmuebles por destinacion, que son aquellos bienes muebles que por su finalidad están destinados a un bien inmueble. Vgr una nevera destinada a una casa. Estos bienes si son expropiables. Solamente con el triunfo de las fuerzas vivas del mundo, mediante una revolución emancipadora y libertaria podrán devolver los bienes inmuebles a sus verdaderos y únicos detentadores posibles, el pueblo.

El patrono si es un ladrón, mientras que el expropiador es un justiciero, porque distribuye al expoliado lo que le pertenece. Aplica la “justicia distributiva” de Aristóteles. Actúa como apéndice de la confrontación social y más que una corriente es una forma de actuar y una actitud ante la vida. Desde Jacob hasta los “4 de Córdoba” o Yiannis Dimitraki, los bancos y lugares de ocio del capital tiemblan ante el accionar vindicador de estos muchachos.

(Rexto extraido de la ediorial de la publicación "SAMIZDAT" redactada por Rodolfo Montes de Oca, algun mes del año 2006)

lunes, 13 de abril de 2009

curso yomango

para ke no digan ke en este blog no hay nada util

¡¡¡ROBA!!! Manifiesto por el plagio

La única utilidad del mercado de las ideas, como la de cualquier otro mercado, es la de ser saqueado.

I. La propiedad intelectual

Desde pequeños se nos ha enseñado que no hay nada nuevo. No hay ideas nuevas, no se puede inventar ya música, todo se ha expresado ya de alguna manera en cada forma artística posible,... excepto que a veces algún genio, cosa increíble dentro de este universo tan lleno de ideas hechas y apropiadas, sale y...

Cuando un niño tiene una nueva idea excitante, una persona más mayor le indica rapidamente que o bien esa idea se probó antes y no funcionó, o que alguna otra persona no sólo tuvo esa idea antes, sino que la desarrolló hasta límites mayores de los que el niño jamás podría.

"Aprende y elige de las ideas y creencias que ya están en circulación, en lugar de intentar desarrollar y componer las tuyas", parece ser el mensaje; y este mensaje en occidente se nos envía con claridad a través de los métodos de instrucción en las escuelas públicas y privadas. A pesar de esta actitud habitual, o más bien gracias a ella, somos muy posesivos con nuestras ideas. El concepto de "propiedad intelectual" está tan o más arraigado en la alucinación colectiva que el concepto de propiedad material. Una buena cantidad de pensadores han afirmado que "la propiedad es un robo" respecto al capital físico, pero pocos se han atrevido a hacer consideraciones similares sobre sus propias ideas. Incluso los pensadores más notoriamente "radicales" han proclamado orgullosamente sus ideas como, principalmente, sus ideas. En consecuencia, se suelen hacer escasas distinciones entre los pensadores y sus pensamientos. Los estudiantes de filosofía aprenderán la filosofía de Descartes, los de económicas Marx-ismo, los de arte las pinturas de Dalí. En su peor extremo, el culto a la personalidad que se desarrolla alrededor de famosos pensadores evita cualquier consideración útil de su arte o ideas; los partisanos adoradores del héroe jurarán fidelidad a un pensador y a todas sus ideas, así como otros que tengan un rechazo -justificado o no- a quien las ha concebido, lo pueden tener difícil para no adquirir prejuicios contra las propias ideas. En el mejor de los casos, este énfasis sobre el "autor-propietario" es sencillamente irrelevante respecto al valor del arte o propuestas del autor, incluso si lo que se dice acerca del individuo en cuestión es interesante y puede alentar a un pensamiento creativo. Aquello que se asume con el concepto de "propiedad intelectual" requiere más atención de la que le hemos dado. Los factores que afectan a las palabras y hechos de un individuo son muchos y variados: y no es el menor el clima socio-cultural y los otros que le rodean. Decir que cualquier idea tiene sus orígenes en un único individuo es una grosera simplificación. Estamos acostumbrados a reclamar objetos como nuestros y aceptar cuando otros lo hacen, en la salvaje competición para adquirir y dominar de la economía de mercado -- donde deberíamos decir en realidad adquiridos y dominados Nuestra tradición de reconocer los "derechos de propiedad intelectual" es peligrosa en cuanto a que resulta en una deificación del "pensador" y el "artista" públicamente reconocidos en detrimento del resto de las personas. Cuando las ideas se asocian siempre con nombres propios (y siempre los mismos nombres propios), esto sugiere que pensar y crear son habilidades especiales que pertenecen a unos pocos individuos selectos. Por ejemplo, la glorificación del "artista" en nuestra cultura, que incluye el estereotipado de los artistas como "visionarios" excéntricos que existen al borde (el "avant-garde") de la sociedad, anima a la gente a creer que los artistas son en alguna categoría fundamental, diferentes de otros seres humanos. Cualquiera puede ser un artista y todo el mundo lo es, hasta cierto punto; ser capaces de actuar creativamente es un elemento crucial de la felicidad humana. Pero cuando se nos lleva a creer que ser creativos y pensar críticamente son talentos que sólo unos pocos poseen, aquellos que no son lo suficientemente afortunados para ser alzados como "artistas" o "filósofos" por sus comunidades no harán un gran esfuerzo por desarrollar estas habilidades. En consecuencia, dependeremos de otros para muchas de nuestras ideas, y tendremos que contentarnos como espectadores del trabajo creativo de otros: alienados e insatisfechos.
Otro problema que surge cuando asociamos ideas con individuos específicos es que esto promueve la aceptación de tales ideas en su forma original. A los estudiantes que aprenden la filosofía de Descartes, se les anima a hacerlo en su forma ortodoxa: esto es, en lugar de aprender las partes que encuentran relevantes para sus propias vidas e intereses y combinando estas partes con ideas de otras fuentes. Como deferencia al pensador original, deificado como lo está en nuestra tradición, sus textos y teorías se preservan tal y como están, sin ser situados en nuevas formas o contextos que podrían revelar nuevas intuiciones. Momificadas, muchas teorías se vuelven totalmente irrelevantes en la existencia moderna, cuando podría habérseles insuflado vida útil si se les hubiera tratado de forma un poco menos reverente. Podemos ver entonces que nuestra aceptación de la tradición de la "propiedad intelectual" tiene efectos negativos sobre nuestros intentos de pensar críticamente y aprender de nuestra herencia artística y filosófica. ¿Qué podemos hacer para enfrentarnos a este problema? Una de las soluciones posibles, es el plagio.

II. El Plagio y la Revolución Moderna

El plagio es un método especialmente efectivo de apropiación y reorganización de las ideas, y como tal puede ser una herramienta útil para quien intente promocionar ideas nuevas y excitantes en otros. Se trata también de un método revolucionario en cuanto a que no reconoce los derechos de la "propiedad intelectual", sino que golpea contra ella y contra los efectos negativos que tiene su reconocimiento. Centraríamos la atención con esta técnica en el contenido y lejos de asuntos casuales, haciendo los orígenes genuinos del material -como en este artículo- imposibles de averiguar. De paso, se podría argumentar que los "orígenes genuinos" del contenido de la mayor parte de las ideas es imposible de determinar en cualquier caso. Firmando con un nuevo nombre o sin ningún nombre en absoluto en un texto, el plagiador pone el material en un contexto completamente nuevo, y esto puede generar nuevas perspectivas y nuevas ideas sobre el tema tratado que no han aparecido antes. El plagio también hace posible combinar lo mejor o lo más relevante de varios textos, creando así un nuevo texto con muchas de las virtudes de los anteriores y algunas nuevas, ya que la combinación del material de distintas fuentes ha de resultar en efectos imprevisibles y podría abrir significados o posibilidades ocultos en los textos durante años. Por último, pero como punto más importante, el plagio es la reapropiación de las ideas: cuando un individuo plagia un texto que aquellos que creen en la propiedad intelectual considerarían "sagrado", niega que haya una diferencia real entre sí mismo y el pensador del que lo toma. Obtiene las ideas del pensador para sí, para expresarlas como cree conveniente, en lugar de tratar al pensador como una autoridad a cuyo trabajo se debe para preservarlo como se pretendía originalmente. Niega, de hecho, que haya algún tipo de diferencia fundamental entre el pensador y el resto de la humanidad, apropiandose del material del pensador como propiedad de la humanidad. Después de todo, una buena idea debería estar disponible para todos, y pertenecer a todos, si realmente es una buena idea. En una sociedad organizada con el objetivo de la felicidad humana, las leyes de copyright y restricciones similares no obstaculizarían la distribución y recombinación de las ideas. Estos impedimentos sólo hacen más difícil para quienes buscan material que suponga un reto o una inspiración compartirlos con otros. Así, si realmente no hay "nada nuevo bajo el sol", toma esto al pie de la letra y actúa en consecuencia: toma aquello que parece relevante para tu vida y tus necesidades de las teorías y doctrinas preparadas por los que vinieron antes. No tengas miedo de reproducir palabra por palabra aquellos textos que parecen perfectos para tí, de modo que puedas compartirlos con otros que también puedan beneficiarse. Y al mismo tiempo, no temas saquear ideas de distintas fuentes y reorganizarlas en formas que encuentres más útiles y excitantes, más relevantes para tus necesidades y experiencias. Intenta crear un cuerpo construido personalmente de pensamiento crítico y creativo, con elementos recogidos de una cantidad de fuentes mejor cuanto más amplia, en lugar de elegir una de las ideologías prefabricadas que se te ofrecen. Lo cual, vaya, no quita que... cuando uno se encuentra ideas interesantes puede resultar positivo y constructivo relacionarlas con un autor para seguir sacando de esa fuente de inspiración y dar a quienes se encuentren interesados un hilo por el que penetrar en una producción artística/intelectual más profundamente desarrollada. Por esto, se podría argumentar en contra que alguna forma de identificación del origen, sea cual sea esta, puede ser útil (no necesariamente la autoría: se entiende, en el sentido de proporcionar una o varias referencias que permitan investigar en profundidad) Puede argumentarse también que, a no ser que expresemos con otras palabras lo que dice un autor para aclararle cuando utiliza un lenguaje específico y conceptos que haya desarrollado en otras partes, una referencia puede servir como eje para la interpretación. Esto se daría junto con la idea de que una biografía puede ayudar a situar las ideas y de donde surgen: pero evitarla, como se indica anteriormente, puede permitir reinterpretar el texto: ¿será entonces el problema más bien toamr conciencia de nuestra actitud? ...y en fin, de ahí, en nuestra era, podríamos gritar: ¡vivan los apodos en Internet, que pueden ser creados y destruídos en cualquier momento y trazar líneas de unión en hilos de ideas!

domingo, 12 de abril de 2009

"El derecho al ocio y a la expropiación individual" por severino di giovanni


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Tu haces un trabajo que te gusta, que tienes una ocupación independiente y a quien el yugo del patrón no molesta mayormente; tú también que te sometes resignado o cobarde en tu calidad de explotado: ¿cómo te atreves a condenar así, tan severamente, a aquellos que ha pasado al plano de ataque en contra del enemigo?Una sola cosa te queremos decir: "¡Silencio!", por honestidad, por dignidad, por fiereza. -¿No sientes el sufrimiento de ellos? ¡Cállate!- ¿No tienes la audacia de ellos? Entonces, otra vez ¡cállate!Cállate, porque tú no sabes las torturas de un trabajo y de una explotación que se odian.Desde hace mucho tiempo se viene reclamando el derecho al trabajo, el derecho al pan, y, francamente, en el trabajo nos estamos embruteciendo. No somos más que lobos en busca de trabajo, -de un trabajo duradero, fijo- y a la conquista de él se encaminan todos nuestros afanes. Estamos a la pesca continua, obsesionante del trabajo. Esta preocupación, esta obsesión nos oprime, no nos abandona nunca. Y no es que se ame al trabajo.
Al contrario, lo odiamos, lo maldecimos: lo cual no impide que lo suframos y lo persigamos por todas partes. Y mientras imprecamos en su contra, lo maldecimos también porque se nos va, porque es inconstante, porque nos abandona -después de un breve tiempo: seis meses, un mes una semana un solo día. Y he aquí que transpuesta la semana, pasado el día, la búsqueda empieza de nuevo con toda la humillación que ella entraña para nuestra dignidad de hombres; con el escarnio que implica a nuestras hambres: con la befa moral nuestro orgullo de individuos conscientes de este ultraje, relajándonos y pisoteando nuestros derechos rebeldes, de anarquistas.

Nosotros, anarquistas, sentimos la humillación de esta lucha para huirle al hambre y sufrimos la ofensa de tener que mendigar un pedazo de pan que nos es concedido de cuando en cuando como una limosna y a condición de renegar o poner en el desván de los trastos inútiles nuestro anarquismo (si no queréis usar de medios ilegales para defender vuestro derecho a la vida, sólo os quedará como lugar de reposo el cementerio), y sufrimos más, porque tenemos conciencia de la injusticia que se realiza en contra nuestra.

Pero donde se agranda nuestro sufrimiento hasta adquirir caracteres trágicos, es al desentrañar la vergonzosa comedia de la falsa piedad que se desarrolla a nuestro derredor, mordiéndonos de rabia por nuestra impotencia y también por sentirnos un poco viles -vileza que es a veces justificada, pero que casi siempre no tiene justificación alguna frente a esta inicua y cínica hipocresía que nos hace pasar a nosotros, trabajadores, como los beneficiados, cuando somos los benefactores; que nos coloca en situación de mendigos a quienes se quita el hambre por misericordia, mientras, que en realidad somos nosotros los que damos de comer a todos los parásitos y les procuramos el bienestar de que gozan: que consumimos nuestras vidas entre los horrores de las privaciones, para saturar de goces las de ellos, para permitir sus expansiones, sus placeres, -su ocio,- teniendo conciencia del despojo a que se nos somete. Quiere prohibirsenos hasta el poder sonreír ante las maravillas de la naturaleza, porque se nos considera como instrumentos, nada más que como instrumentos para embellecer su vida parasitaria.Nos damos cuent de toda la insensatez de nuestros afanes; sentimos lo trágico, mejor dicho lo ridículo de nuestra situación: imprecamos, maldecimos, nos sabemos locos y nos sentimos viles, pero todavía continuamos bajo la influencia (como cualquier mortal) del ambiente que nos circunda, que nos envuelve en una malla de frívolos deseos, de mezquinas ambiciones de "pobres cristos" que creen mejorar un poco sus condiciones materiales, intentando arrancar de entre los dientes de los lobos -de los que poseen y defienden la riqueza- una migaja de pan que no se consigue más que al elevado precio de nuestra carne y de nuestra sangre dejadas en los engranajes del mecanismo social.Y, a pesar nuestro, por necesidad o sugestión colectiva, nos dejamos arrastrar por el torbellino de la locura común.

Y rotas, en nosotros, las fuerzas que nos mantienen íntegros en nuestra conciencia que ve claro en las cosas y sabe que no lograremos nunca por este camino destrozar las cadenas que nos mantienen esclavos, porque no se destruye la autoridad colaborando con ella, ni se disminuye el poder ofensivo del capital ayudando a acumularlo con nuestro trabajo, con nuestra producción; rotas estas resistencias, decía, comenzamos a acelerar el paso y bien pronto veloz carrera, loca carrera sin sentido ni fin, que no nos conduce más que a soluciones transitorias, siempre vanas e inútiles.¿Qué decir? ¿Avidos de ganancia? ¿Sugestión del ambiente? ¿Insensatez? De todo un poco, aunque bien sabemos que con nuestro trabajo, bajo las condiciones del sistema capitalista, no resolveremos ningún problema esencial de nuestras vidas, salvo raros casos particulares y condiciones especiales.

Cada aumento de nuestra actividad en el presente sistema social no tiene otro resultado que un aumento de la explotación en nuestro daño.Impostores son aquellos que afirman que la riqueza es fruto del trabajo, del trabajo honesto, individual.Pasemos adelante. ¿Para qué detenerse a rebatir los sofismas de ciertas teorías económicas que no son sinceras ni honradas y que sólo convencen a los pobres de espíritu -desgraciadamente son la mayoría de la sociedad,- que no persiguen otra finalidad que la de cubrir torpes intereses con la apariencia de la legalidad y del derecho. Todos vosotros sabéis que el trabajo honrado, el trabajo que no explota a otros, no ha creado nunca, en el presente sistema, el bienestar de persona alguna y mucho menos, su riqueza puesto que esta es el fruto de la usura y de la explotación, las cuales no se diferencian del crimen más que en las formas exteriores.

Después de todo, no nos interesa un relativo bienestar material obtenido por la extenuación de nuestros músculos y de nuestro cerebro: queremos, sí, el bienestar adquirido por la posesión completa, absoluta del producto de nuestro esfuerzo, la posesión incontrastable de todo aquello que sea creación individual.Estamos, entonces, consumiendo nuestra existencias a total beneficio de nuestros explotadores, persiguiendo un bienestar material ilusorio, eternamente fugitivo, jamás realizable en una forma concreta, estable, porque la liberación de la esclavitud económica no nos podrá llegar por medio de un aceleramiento de nuestra actividad en la producción capitalista, sino con la creación consciente, útil, y con la posesión de lo que se produce.Es falso decir: "una buena recompensa, un buen salario por una buena jornada de trabajo". Confiesa esta frase que deben existir los que producen y los que se adueñan del producto, y que después de haber quitado una buena parte para ellos -aún no habiendo participado en su creación- distribuyen, en base de criterio y principios absurdos, enteramente arbitrarios, aquello que creen conveniente darle al verdadero productor.

Establece la retribución parcial, el robo, la injusticia: consagra, por lo tanto, de hecho, la explotación.El productor no puede aceptar como base equitativa y justa la retribución parcial. Solamente la posesión integra puede establecer las bases de la Justicia Social. Por consecuencia, todo concurso nuestro a la producción capitalista es un consentimiento y una sumisión a la explotación que se ejerce sobre nosotros. Cada aumento de producción es un remache más para nuestras cadenas, es agravar nuestra esclavitud.Más trabajamos para el patrón, más consumimos nuestra existencia, encaminándonos rápidamente hacia un fin próximo.Más trabajamos, menos tiempo nos queda para dedicarlo a actividades intelectuales o ideales; menos podemos gustar la vida, sus bellezas, las satisfacciones que nos puede ofrecer; menos disfrutamos de las alegrías, los placeres, el amor.

No se puede pedir a un cuerpo cansado y consumido que se dedique al estudio, que sienta el encanto del arte: poesía, música, pintura, ni menos que tenga ojos para admirar las infinitas bellezas de la naturaleza. Un cuerpo exhausto, extenuado por el trabajo, agotado por el hambre y la tisis no apetece más que dormir y morir. Es una torpe ironía, una befa sangrienta, el afirmar que un hombre, después de ocho o más horas de un trabajo manual, tenga todavía en sí fuerzas para divertirse, para gozar en una forma elevada, espiritual. Sólo posee, después de la abrumadora tarea, la pasividad de embrutecerse, porque para esto no necesita más que dejarse caer, arrastrar.A pesar de sus hipócritas cantores, el trabajo, en la presente sociedad, no es sino una condena y una abyección.

Es una usura, un sacrificio, un suicidio.¿Qué hacer? Concentrar nuestros esfuerzos para disminuir esta locura colectiva que marcha hacia el enervamiento. Es preciso poner en guardia al productor en contra de este fatigoso afán, tan inútil como idiota. Es necesario combatir el trabajo material, reducirlo al mínimo, volverse vagos mientras vivamos en el sistema capitalista bajo el cual debemos producir.El ser trabajador honrado, hoy día, no es ningún honor, es una humillación, una tontería, una vergüenza, una vileza.

El llamarnos "trabajadores honrados" es tomarnos el pelo, es burlarse de nosotros, es, después del daño, agregarnos la burla.¡Oh soberbios y magníficos vagabundos que sabéis vivir al margen de las conformaciones sociales, yo os saludo! Humillado, admiro vuestra fiereza y vuestro espíritu de insumisión y reconozco que tenéis mucha razón en gritarnos: "es fácil acostumbrarse a la esclavitud".***¡No!, el trabajo no redime, sino que embrutece. Los bellos cantos a las masas activas, laboriosas, pujantes: los himnos a los músculos vigorosos: las aladas peroraciones al trabajo que ennoblece, que eleva, que nos libra de las malas tentaciones y de todos los vicios, no son más que puras fantasías de gentes que nunca han tomado el martillo ni el escalpelo, de gentes que nunca han encorvado el lomo sobre un yunque, que jamás se han ganado el pan con el sudor de su frente.

La poesía consagrada al trabajo manual no es más que una irrisión y un engaño que nos deberían hacer sonreír, si no llenarnos de indignación y rebeldía.¡La belleza del trabajo ... el trabajo que eleva, ennoblece, redime! ...¡Si, si! Mirad allá, a lo lejos. Son los obreros que salen de las fábricas que surgen de las minas, que abandonan los puertos, los campos, después de la jornada de trabajo. ¡Miradlos, miradlos! Apenas si sus piernas pueden soportar aquellos cuerpos derrengados. Escrutad esas caras pálidas, mustias, extenuadas.

Asomaos a esos ojos tristes, mortecinos, sin luz, sin vitalidad. ¡Ah, los bellos, los potentes músculos ... la alegría de los corazones por el trabajo que ennoblece! ...Penetrad en aquella fábrica y observarlos en su actividad. Enclavados cojo parte integrante de la máquina, están constreñidos a repetir por mil, por diez mil veces el mismo movimiento, automáticamente, como la máquina, sin que casi sea necesaria la intervención de sus cerebros. Podrían muy bien haberlos dejado en sus casos, puesto que una vez emplazados en sus puestos, continuaría igualmente sus trabajos. No conservan nada de la propia personalidad, de la propia individualidad. No son seres sensibles, pensantes, creadores. No son más que cosas sin espiritualidad, sin impulso propio. Van porque todos van. Se mueven con ritmo uniforme, igual, sin independencia. Se les ha ordenado ejecutar aquel movimiento y lo deben hacer hoy, mañana, .. ¡siempre! ... ¡cómo las máquinas! ...Hemos llegado a la destrucción completa de la personalidad humana en el ochenta por ciento de la producción moderna.

No se hallan ya los artesanos, los artistas. La producción capitalista, no los pide, no los precisa. Se han inventado cosas para cada necesidad y máquinas para hacerlo todo, y hemos llegado al punto de tener que crear nuevas necesidades para poder fabricar nuevos productos. En realidad es esto lo que ya se hace y es por esto que la vida se va siempre complicando más y el vivir se hace cada día más difícil.Se ha suprimido la estética de las cosas y no se crea más que en serie, en montón. Se han educado los gustos en línea general; se ha distribuido en los individuos cualquier, originalidad artística, cualquier antojo diferente, y se ha alcanzado -¡oh, prodigio de la propaganda!- hacer apetecer a la generalidad aquello que a los capitalistas conviene fabricar: una misma cosa para cada individualidad distinta.

Ya no se tiene necesidad de seres que creen, sino de entes que fabriquen; ya no existen -¡ay!- artistas, obreros intelectuales; sólo quedan obreros manuales. No se pone más a prueba nuestra inteligencia; en cambio, se mira si tenéis buenos músculos, si sois vigorosos. No se mira mucho lo que sabéis, sino cuánto podréis producir. No sois vosotros los que hacéis marchar la máquina, es la máquina la que os hace marchar. ¡Y aunque parezca paradoja! -y no es más que la pura realidad- es también la maquina la que "piensa" lo que ha de hacerse, quedándoos a vosotros sólo la obligación de servirla, de hacer lo que ella enseña.

Es ella el cerebro y vosotros el brazo; ella la materia pensante, creadora y vosotros la materia bruta, autómata: ella, la individualidad, vosotros la ... máquina.¡Horror! Si una sola individualidad se introdujese en el funcionamiento de la oficina Ford, por ejemplo, ella destruiría todo el engranaje de la producción.***Los obreros no son más que presidiarios. O, si os ha de servir de mayor consuelo, soldados acuartelados en las fábricas. Todos marchan al mismo paso; todos hacen -a pesar de la variedad de los objetos- los mismos movimientos. No encontramos ya ninguna satisfacción en los trabajos que hacemos; no nos apasionamos por ellos, porque nos sentimos completamente extraños a los mismos. Seis, ocho, diez horas de trabajo, son seis, ocho, diez horas de sufrimiento, de angustia.No amamos, no, el trabajo; lo odiamos. No es nuestra liberación, ¡es nuestra condena! No nos eleva y libra de los vicios; nos abate físicamente y nos aniquila moralmente hasta tal extremo que nos deja incapacitados para sustraernos a ellos. Será necesario realizar estos trabajos, lo sé, pero será siempre de mala gana si se quiere mantener también mañana el presente sistema por economía de esfuerzos. Será siempre sufriendo aún cuando la jornada sea reducida a menos horas.

Yo no sé qué piensan los animales de la carga que se les coloca sobre el lomo; pero lo que si sé decir por lo que observo y por lo que por mi mismo siento, es que el hombre no ejecuta con alegría, con verdadera satisfacción, más que los trabajos intelectuales, artísticos. Si al menos no considerase malgastado e inútil su sacrificio, el hombre se armaría de coraje y su fatiga le parecería menos amarga, menos dolorosa. Pero cuando observa que todo su esfuerzo es malgastado, que no es sino el trabajo de Sisifo con innumerables desastres y sacrificios en cada recaída, entonces el coraje huye de su corazón y en cada ser consciente, en cada ser sensible y humano, el odio se enciende en contra de este bárbaro y criminal estado de cosas y la aversión y la rebeldía en contra del trabajo es inevitable.

Se comprende, entonces, que existan los desconformes que no quieren doblegarse a esta esclavitud repugnante. Se comprende que existan los vagabundos indomables que prefieren la incertidumbre de su mañana -la mayoría de las veces sin el mísero mendrugo acordado al trabajador constante- antes que someterse a este sistema humillante. Se comprende la bohemia incorregible, sin genio si queréis, pero que no forma parte en el cortejo humillante de los arias ... Y se comprende, también, a los grandes haraganes, los ociosos ideales que pasando su vida en completa hermandad con la naturaleza, gozando al contemplar las maravillosas auroras, los melancólicos crepúsculos, colmando sus espíritus de melodías que sólo una vida simple y libre puede procurarles, imponiendo silencio a las imperiosas necesidades del hambre por no caer en la esclavitud en la cual nosotros estamos hundidos.

Sentados al borde del camino observan con infinita tristeza, con profunda piedad, la negra caravana que todos los días se encamina dócil y deshecha hacia las fábricas -prisiones que los engullen ya exhaustos y los devuelven por la noche hechos cadáveres.Y huyen, huyen estos ociosos ideales con el corazón oprimido al ver tanta estulticia, tanta miseria, tanta locura.

Huyen hacia la vida libre, indócil, no conformista diciéndole a su corazón que antes de someterse cada día a esta vida miserable, vil y privada de elevación y espiritualidad, la muerte es preferible.Odiar el trabajo manual en régimen capitalista, no significa ser enemigo de toda actividad, como aceptar la expropiación individual no equivale a hacer la guerra al trabajador-productor, sino al capitalista-explotador.Estos vagabundos ideales a los que tanto admiro, tienen una actividad, viven una intensa vida espiritual, riquísima en experiencias, observaciones, goces. Son enemigos del trabajo, porque encuentran malgastados en gran parte sus esfuerzos en aquella dirección; no pueden, por lo tanto, someterse a la disciplina que exige aquella especie de actividad, y no quieren tolerar que se haga de ellos una máquina sin cerebro, que se mate, en fin, en ellos aquella personalidad, que es lo que más aprecian.

Entre estos vagabundos espirituales, -refractarios a la domesticación y disciplina capitalistas, -es necesario buscar los expropiadores los partidarios de la expropiación individual, aquellos que no quieren esperar a que las masas estén preparadas y dispuestas para cumplir el acto colectivo de justicia social. Estudiando bien los matices psicológicos, éticos y sociales que determinan esa actitud en ellos, sabremos comprender, justificar y apreciar mejor sus actos y también defenderlos de los ataques biliosos de muchos de aquellos que aún compartiendo las mismas ideas sobre muchos otros problemas, se afanan en tirar fango sobre, estos impacientes que no saben resignarse hasta que llegue el día de la redención colectiva.El derecho a la expropiación individual no se puede negar, basándose sobre un cierto derecho colectivo a la expropiación. Si fueramos socialistas o comunistas-bolcheviques, podríamos negar al individuo el derecho de apropiarse -por los medios que estime más convenientes- de aquella parte de riqueza que a él como productor le pertenece. Porque los bolcheviques y los socialistas niegan la propiedad individual y admiten una sola forma de propiedad: la colectiva. Pero este no es el caso de los anarquistas, sean individualistas o comunistas, pues todos teórica y prácticamente admiten tanto la propiedad individual como la colectiva. Y si admite el derecho a la posesión individual, ¿cómo podría negarse al individuo el mismo derecho a servirse de los medios que crea oportunos para entrar en posesión de lo que le pertenece?Cada acreedor (y éste sería la clase productora frente a la capitalista) toma por la garganta a su deudor en la hora y en la forma que más le convenga, y se hace restituir su producto -el cual se le ha arrebatado con el engaño y la violencia- en el menor tiempo posible. El individuo, basándose en la libertad, -y la libertad es la doctrina de la anarquía,- es el único y solo árbitro y juez en este acto de restitución.

Se ha admitido la oportunidad y la necesidad de un acto colectivo, de una revolución social para expropiar a la burguesía, y el individuo, aún individualista, se asoció voluntario a esta idea, porque fue creencia general que un esfuerzo colectivo nos libraría más fácilmente de la esclavitud económica y política.Pero desde hace años esta confianza ha decrecido en muchos anarquistas.Ha tenido que admitirse, al fin, que una verdadera liberación, una liberación profunda, anárquica, que arrancara de la conciencia de las masas -con seguridad de nunca más volver- el fetiche autoridad y nos permite instaurar un estado de cosas que no violara la libertad de cada uno, necesita forzosamente una larga preparación cultural, por consecuencia, muchos años todavía de sufrimientos bajo la explotación capitalista. De esto ha derivado que muchos rebeldes nuestros, que en un primer momento habían abrazado con entusiasmo la idea de una revolución expropiadora se han dicho -sin disasociarse por esto del necesario trabajo de preparación revolucionaria- que tal espera significaba el sacrificio de toda su vida, consumida en condiciones odiosas y bestiales, sin ninguna alegría, sin goce alguno, y que la satisfacción moral de una lucha cumplida en pro de la liberación humana no era lenitivo suficiente para sus propias penas."No tenemos más que una vida -se han dicho en su corazón- y ésta se precipita hacia su fin con la rapidez del relámpago.

La existencia del hombre con relación al tiempo no es verdaderamente más que un instante fugaz. Si se nos esfuma este instante, si no sabemos extraerle el jugo que en forma de alegría nos puede dar, nuestra existencia es vana y desperdiciamos una vida de cuya pérdida no nos resarcirá la humanidad. Por lo tanto, es hoy cuando debemos vivir, no mañana. Es hoy cuando tenemos derecho a nuestra parte de placeres, y lo que hoy perdemos el mañana no nos lo puede restituir: está definitivamente perdido. Por eso es que hoy queremos gozar nuestra parte de bienes, es que hoy deseamos ser felices".Pero la felicidad no se alcanza en la esclavitud. La felicidad es un don del hombre libre, del hombre dueño de sí mismo, dueño de su destino; es el supremo don del hombre, hombre que se niega a ser bestia de carga, resignada bestia que sufre, produce y está privada de todo.

La felicidad se obtiene en el ocio. También se adquiere con el esfuerzo, pero con el esfuerzo útil, con el esfuerzo que procura mayor bienestar - aquel esfuerzo que acrecienta la variedad de mis adquisiciones, que me eleva, que de verdad me redime.No hay, por lo tanto, felicidad posible para el trabajador que durante toda su vida está ocupado en resolver el terrible problema del hambre.No hay felicidad posible para el paria que no tiene otra preocupación que su trabajo, que no dispone sino del tiempo que dedica al trabajo. Su vida es bien triste, bien desoladora, y para poder soportarla arrastrarla, aceptarla sin rebelarse, se precisa, un gran coraje o una gran dosis de cobardía.Del deseo de vivir, de la desesperación íntima y profunda que nos coloca frente a la perspectiva de toda una vida consumida, para beneficio de gente indigna, de la desolación sentida al perder la esperanza en una salvación colectiva durante la fugaz trayectoria de nuestra breve existencia: he ahí de lo que está formada la rebelión individual; he ahí de qué fuegos están alimentados los actos de expropiación individual.

Triste, muy triste, es la vida del trabajador inconsciente; pero, ¡ay de mí!, la vida del anarquista es verdaderamente trágica.Si vosotros nos sentís todos los sufrimientos, toda la desesperación de vuestra trágica situación, permitidme deciros que tenéis piel de conejo y que el yugo no os está tan mal. Y si el yugo no os pesa; si por vuestra situación particular no sentís la apresión directa del patrón; si, a pesar de todas vuestras superficiales lamentaciones, no podéis vivir sin el trabajo, por qué no sabéis cómo ocupar vuestras horas de ocio, y a falta de un trabajo manual, os aburrís terriblemente; si sabéis aguantar la disciplina cotidiana de la oficina, respetar los continuos reproches de los capataces imbéciles o malvados, reventar de trabajo primero, y de hambre después, sin que sintáis las ganas de abrazar al más odioso de los criminales, de llamarlo hermano y no sentiros invadir la ternura hacia el oficio de verdugo, vosotros no habéis alcanzado el grado necesario de sensibilidad para comprender los sufrimientos espirituales y los motivos sociales que determinan los actos de expropiación individual, -de aquellos de los cuales yo hablo- y todavía menos tenéis derecho de condenarles.

Porque no sólo el anarquista constata todo lo odioso de un trabajo bestial, criminal y no pocas veces inútil para el bien suyo y el de la humanidad; no solamente se ve obligado a participar él mismo en el mantenimiento de su propia esclavitud, la de sus compañeros y la del pueblo en general, sino que debe ejecutar este trabajo en una forma y condiciones tan horribles, tan insoportables y llenas de peligro que su vida se siente amenazada todos los instantes de la larga jornada; porque su trabajo, ciertos trabajos que deben efectuar algunas categorías de obreros (y digo "categorías" porque hay varios obreros que no conocen la bestialidad y el peligro terrible de ciertos trabajos ejecutados por otros trabajadores), no solamente implican una verdadera esclavitud, sino que se asemejan a un verdadero suicidio.En el fondo de las minas, al lado de las máquinas monstruosas, en las infernales fundiciones, en medio de los productos malsanos, la muerte está siempre en acecho.

Cuerpos que se vuelven tísicos, pulmones envenenados, miembros lacerados, cuerpos curvados, ojos privados de la luz eterna, cráneos aplastados, he ahí lo que los honrados trabajadores, a millares ganan con el sudado pan. Y ninguna piedad para ellos, ninguna moral, ninguna religión para conmover al aprovechador que junta sus millones amasados con diarios crímenes cometidos para obtener un poco más de beneficio, para llevar a sus cajas unos centavos más.¡Es necesario, por lo tanto, rodearlo de nuestra ternura, vaciar nuestro depósito lacrimógeno ante la mala fortuna que puede caer sobre la cabeza de alguno de ellos, por el hecho forzado de alguno de los nuestros!Verdad, es que debemos mostrarnos buenos, humanos, generosos cuando se trata de respetar la bolsa o la piel de nuestros enemigos, y buenas bestias cuando nuestros enemigos nos hacen reventar.¿De modo qué individualmente, no tenemos el derecho de tomar en nuestras manos la espada de la justicia sin el consentimiento colectivo? - ¡No violéis la virginidad de la moral común con vuestros todavía no santificados pecados! ¡Un poco de paciencia, hermanos míos, que el reino del Señor vendrá para todos!"Si tenéis hambre, gruñid, pero quietos: nosotros no estamos todavía prontos. Si se os apalea, rugid, pero no os mováis: tenemos aún plomo en los pies. Si se os masacra, después de haberos robado, ¡alto ahí! Volved la cara al ladrón, nosotros os proclamaremos héroes. Pero si queréis recobrar el dinero sin nuestro consentimiento, aunque fuese con vuestro único riesgo, no lo hagáis, porque entonces no seréis más que villanos bandidos. Es la moral, nuestra moral".¡Mierda, entonces!Y me será permitido hacer una pregunta, la siguiente: cuando el capital me roba y me hace morir de hambre, ¿quién es el robado y quién el que muere de hambre: yo o la colectividad? ¿Yo? Y ¿por qué, entonces, solamente la colectividad tendrá el derecho de atacar y defenderse?Yo sé que la acción del expropiador se puede prestar a muchas falsas interpretaciones, a muchos equívocos. Pero la culpa de todo esto, la responsabilidad por la falsificación de los motivos éticos, sociales y psicológicos que han determinado y determinan -en su gran mayoría- los actos individuales de expropiación, cae principalmente -en gran parte- sobre la mala fe de sus críticos.

No por esto quiero sostener que todos sus críticos son de mala fe, porque sé muy bien que existe gran parte de compañeros que cree sinceramente que estos actos son nocivos a los fines inmediatos de nuestra propaganda. Cuando hablo de mala fe, quiero señalar a aquellos anarquistas tan sectarios y tan individualófobos, que a cada acto de expropiación empiezan por llamarlo "robo", queriendo con esto negar al gesto cualquier base social y éticamente justificable desde el punto de vista anarquista, para asociarlo y ponerlo en común con todos aquellos individuos vulgares e inconscientes (en gran, parte también excusables porque son productos genuinos del presente sistema social) que hacen el ladrón con la misma indiferencia que harían el verdugo si esta última profesión les procurase aquello que buscan.Sin embargo, yo estoy bien lejos de justificar siempre y en todas las circunstancias al expropiador. Una cosa que encuentro condenable en cierto número de expropiadores, es la corrupción a que se entregan cuando un buen golpe les ha salido bien. En ciertos casos, lo admito, la crítica y la condenación están bien justificadas, pero a pesar de todo esto, ella no puede llegar más allá de aquella hecha al buen trabajador que consume su sueldo en borracherías y prostíbulos, hecho que, desgraciadamente, ocurre todavía y demasiado frecuentemente entre los nuestros.Ha sido dicho por ciertos críticos que la apología del acto individual engendra en ciertos anarquistas el utilitarismo mezquino, una mentalidad estrecha y en contradicción con los principios de la anarquía, suposición tan antojadiza como decir que cada anarquista que tenga contacto con elementos no anárquicos, acaba por pensar en forma antianárquica.Pero hay una cosa que no quiero olvidarme de decir, y es la siguiente: siendo la expropiación un medio para substraerse individualmente a la esclavitud, los riesgos deben ser soportados individualmente, y los compañeros que practican la expropiación "per se" pierden todo derecho -aunque exista para las otras actividades anarquistas, y yo no lo creo- a reclamar la solidaridad de nuestro movimiento cuando caen en desgracia.La intención mía en este estudio no es la de hacer la apología de éste o de aquel hecho, sino la de llegar a las raíces del problema, la de defender el principio y el derecho a la expropiación, y el mal uso que ciertos expropiadores hacen del fruto de sus empresas, no destruye el hecho mismo, como le hecho de que existan perfectos canallas que se llaman anarquistas, no destruye el contenido ideológico de la anarquía.Examinemos una más grave acusación, la condena máxima: aquella que sostiene que los actos de expropiación individual atentan contra los principios anarquistas.Se ha llamado a los expropiadores, parásitos, ¡y es cierto! Son parásitos; no producen nada. Pero son parásitos involuntarios, forzados, porque en la presente sociedad, no puede haber más que parásitos o esclavos.No hay duda alguna que son parásitos, pero lo que nadie podrá hacer es llamarles esclavos. Los esclavos, en cambio, en su gran mayoría, son también parásitos mucho más costosos que aquellos. Y el parasitismo de esta mayoría de productores es mucho más inmoral, cobarde y humillante que aquel de los expropiadores.¿Llamaréis productor, trabajador honrado o parásitos a aquel que está empleado en la fabricación de joyas, de tabaco, de alcohol, u ocupado nel far la ... serva al prete? (N. de R. "hacerle de sirvienta al cura").Se me dirá que este parasitismo también es impuesto, que la necesidad de vivir nos obliga, a pesar nuestro, a someternos a esta actividad negativa y dañosa.Y con esta pobre excusa, con este cobarde pretexto se gana el pan nuestro, en forma vergonzosa y hasta criminal.

Verdadera complicidad en el delito; criminalidad no inferior a aquella de los primeros responsables: los burgueses.Y después de todo, ¿podréis negar que el rehusarse a colaborar en los embrollos de este régimen criminal, no es mucho más anárquico que el primero? ¿Podréis negar, acaso, que los dos tercios de la población de nuestras metrópolis sean parásitos?Es innegable que si por productores se calculan sólo aquellos que están ocupados en una producción verdaderamente útil, la humanidad, en su gran mayoría, se debe considerar parásita. Trabajéis o no trabajéis, si no formáis parte de la categoría de los campesinos o de las pocas categorías verdaderamente útiles, no podéis ser más que parásitos, aunque os creáis trabajadores honrados.Entre el parásito-trabajador que se somete a la esclavitud económico-capitalista y el expropiador que se rebela, prefiero a este último.

Este es un rebelde en acción, el otro es un rebelde que ladra, pero ... no muerde, o morderá solamente el día de la santísima redención.Dividido el esfuerzo entre toda la colectividad, dos o tres horas de trabajo, al día serían suficientes para producir todo lo que se necesitaría para llevar una vida holgada. Tenemos, por lo tanto, derecho al ocio, derecho al reposo. Si el presente sistema social nos niega este derecho es preciso conquistarlo por cualquier medio.Es triste, en verdad, el tener que vivir del trabajo de otros. Se prueba la humillación al sentirse igualados a los parásitos burgueses, pero se saborean también grandes satisfacciones.Parásitos sí; pero no se beben las amargas heces de la sabida vileza, de la consentida expresión, no se sienten los tormentos de saberse uno de aquellos que, humillados van uncidos al carro del triunfador, regando el camino con su propia sangre; uno de aquellos que ofrecen riquezas a los parásitos y mueren de hambre sin osar rebelarse; uno de aquellos que construyen palacios y viven en tugurios, que cultivan el trigo y no pueden quitar el hambre a sus chicos; uno de la muchedumbre anónima y envilecida que se yergue un segundo al recibir el golpe del amo, pero que se somete todos los días, se conforma con el estado social, actual y, depuesta su momentánea actitud, tolera, ayuda y ejecuta todas las infamias, todas la bajezas.No productores, es cierto, pero no cómplices. No productores, sí; ladrones si queréis -si vuestra poltronería tiene necesidad de otra ruindad para consolarse,- pero no esclavos. Desde hoy, cara a cara, mostrando los dientes al enemigo.Desde hoy, temidos y no humillados.

Desde hoy, en estado de guerra contra la sociedad burguesa. Todo, en el actual mundo capitalista, es indignidad y delito; todo nos da vergüenza, todo nos causa náuseas, nos da asco. Se produce, se sufre y se muere como un perro. Dejad, al menos, al individuo la libertad de vivir dignamente o de morir como hombre, si vosotros queréis agonizar en esclavitud.El destino del hombre, se ha dicho, es aquel que él mismo se sabe forjar; y hoy no hay más que una alternativa: o en rebeldía o en esclavitud.