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viernes, 18 de septiembre de 2009

La Arquitectonalidad del Psicogeografiquismo o Los Jeroglíficos de la Deriva x Hakim Bey



(Traducción Pablo A.)

(in memoriam Guy Debord)

Oscuras & misteriosas grutas en las que ellos entran, imitando serpientes - espacios de retorno a una intimidad que alguna remota vez fue hecha trizas por la memoria - por la simultanea reiteración y tardanza de la memoria -- esa facultad de la conciencia humana “más cercana a lo divino”. Pero ¿acaso no dicen que “perdonar es humano, olvidar es divino”? En el ritual de la reiteración o la “remembranza” (dhikr) de los sufíes, uno olvida el “yo” precisamente para recordar el Yo; -- así, re-membrar es borrar la separación, & esta borradura es una especie de olvido. (En ciertos edificios Islámicos claves, como la Alhambra, la reiteración del dhikr en la forma de texto caligramático se convierte en la definición misma del espacio construido, como dispositivo mnémico o como “Palacio de la Memoria” – no ornamento, sino la base misma o el principio-de-la-precipitación-del-cristal de la arquitectura).

“Ya que nosotros somos Jesucristo,” como se jactó uno de la Hermandad del Espíritu Libre, “la única preocupación es que lo que ya es perfecto en nosotros debería ser reiterado...” Este proceso, sin embargo, lleva a un des-aprendizaje paradójico – por lo tanto, a una pérdida del temor – para que uno pueda “dejarse llevar por los sentidos naturales, como un pequeño niño”. Ahora, la caverna simboliza inconsciencia; - la meta, sin embargo, no es perderla, sino recapturar aquello que el inconsciente separó de nosotros, aquello que la conciencia “malcrió”. Así, dentro de la gruta oscura misma, la memoria debe ser paradójicamente inscrita – imágenes claves son reiteradas (literalmente repetidas en algunos casos por un sobre-dibujo palimpséstico o incisivo) – imágenes que representan la intimidad perdida como un panteón de animales (“con los cuales es bueno pensar”) – cada animal un gozo especial o función “divina”. Así, la caverna se vuelve el primer espacio arquitectural intencional, la intersección de lo inconsciente (el éxtasis de la “Naturaleza”) & lo consciente (memoria, reiteración).

Desde Platón se nos ha enseñado a reverenciar la anamnesis – pero descendamos a la caverna pre-Platónica, a la gruta paleolítica, para recobrar la dialéctica positiva de la amnesia – sin la cual la memoria deviene simplemente una maldición, coagulando finalmente como Historia (el grado cero de la memoria como sofocación): la primera ciudad (Çatalk Hüyük) ya está organizada como una cuadrícula, la antítesis misma de la estética a-morfa de la gruta, sus asombrosos y serpenteantes espacios, sus derretidas estalactitas y estalagmitas – su organicidad (que es a pesar de todo expresada como vida mineral). Las ciudades de Sumer & Harappa fueron diseñadas igualmente como cuadrículas, abstracciones crueles de la linealidad. Dibujar una línea es separar, crear jerarquía espacial (entre los curas & la gente, los ricos & los pobres, la abundancia & la carestía) y definir la topia de la memoria contra el oscuro inconsciente de la tribu, la caverna u-tópica, la salvajidad (wild(er)ness) orgánica. El tertium quid o la coincidentia oppositorium aquí (entre “gruta” & Babilón) pueden aparecer en la ciudad medieval (que todavía sobrevive en algunos pocos lugares del mundo Islámico) donde la excesiva crueldad de la cuadrícula es apaciguada – no borrada, sino suavizada – por un registro de un espacio de acuerdo al modelo del árbol o del delta del río (bifurcación caótica extendiéndose hasta una complejidad basada en “atractores extraños” intra-dimensionales) – un urbanismo de lo orgánico, lo estético, & lo complejo o plural (como opuesto a lo inorgánico, lo ideológico, & lo simple o total).

La ciudad medieval es una gruta extrudida. Algunas de estas ciudades introdujeron desfiles o paradas alegóricas en las que tremendos complejos-emblemas (jeroglifos compuestos) eran construidos & instalados o llevados por el laberinto de las calles. Mitos y leyendas eran representados: - algunas veces el Señor Alcalde actuaba el rol de “Señor Alcalde”, deambulando a través de un teatro callejero de encuentros con personajes simbólicos (como Bloom en el barrio nocturno), renovando así la Ciudad con su Héroe elegido experimentando la iniciación del matrimonio ritual con la diosa urbana.

Aquí la Ciudad Libre llega a una sincrónica & lúdica conciencia de sí misma hic et nunc, más que sucumbir al diacronismo miserabilista del poder de la violencia. En esta Ciudad Hermética encontramos el trasfondo o el espacio-vientre de los Libros Emblema alquímicos, y la narratividad de un Bosco o Breughel. La memoria pierde su peso aquí & toma un aire folklórico, carnavalesco (el festival como reiteración del placer) con figuras construidas que se apropian (a través del diseño o de los accidentes del decaimiento & la acrecencia) de la forma de pechos, falos, vientres, rocas & agua, musgo & flores, incluso del viento & la luz.

La cuadricula-ciudad Babilónica quiere que la memoria persista a través del tiempo – tiempo plano y vacío – pero como Dalí mostró, la memoria persiste solo en la delicuescencia del tiempo medido. La ciudad hermética-medieval (como la Verde Jerusalén de Blake) preserva la memoria pero en una manera “desordenada” – como la mermelada akashica – tiempo que tiene textura y está lleno. “Babilón” preserva el orden (¡o si no!) – pero ¿qué le sucede a la memoria allí? No es acaso transmutada en el formaldehído venenoso de la Historia, la fábula re-iterada de nuestra pobreza y su poder, el mito taxonómico de la clase dominante? ¿Quién puede culparnos por abrigar tanto una nostalgia como un deseo insurrecional por angostos callejones sinuosos, escalones sombríos, caminos & túneles cubiertos, sótanos y muladares de una ciudad que se ha diseñado a sí misma – orgánicamente, inconscientemente – en el marco de una estética de convivialidad festiva & secreta, & la curvosa mutabilidad negentrópica de la memoria misma?

El urbanismo psíquico de los 1960’s constituyó otro intento de reclamar la memoria construida para este proyecto “Romántico” – rus in urbe, en palabras de F. Law Olmstead – “El campo en la ciudad” – reintroducción del eterno “barroco” (como en “perla barroca”) o de la forma espontánea – (como las milagrosas grutas fangosas de cinabrio del Taoísmo Mao Shan, creado por la potencia Imaginal del Adepto) – que es también la espontaneidad “divina”, inconsciencia & olvido, de la Naturaleza. Un proyecto para los constructores de alguna Zona Prohibida: -- la ciudad de la resistencia psicogeográfica, la anti-cuadrícula, la arquitectonalidad de la deriva, el espacio festivo – y la Caverna de la Memoria Fluida. Roca & agua – el ensueño del bardo, el olvido de los dioses.

jueves, 4 de junio de 2009

¿Una segunda ola situacionista? x Garvin Grindon

El año pasado, con motivo del 50º aniversario de los acontecimientos de 1968, pudimos presenciar, al menos aquí en Londres, un sinfín de actos conmemorativos; escuchamos, saliendo de todos los rincones, a muchos expertos contar sus experiencias y, en algún caso, sus rencores extraídos de aquél año en el que una multitud de movimientos, de maneras muy distintas, reclamaron y, en ocasiones, arrebataron de las fauces del capitalismo el terreno de la vida cotidiana.
Todas estas narraciones mencionaban a menudo a la Internacional Situacionista y a todos aquellos grupos –no pocos- cuyas ideas se encuentran, si no directamente relacionadas, sí muy cercanas a ellos.
La lista de estos grupos que intentaron fusionar arte y vida cotidiana como rechazo al capitalismo, y que crearon espacios autónomos para tales fines, seguramente le será familiar a muchos de los lectores de esta revista. En Nueva York, The Yippies y The Black Mask, en California The Diggers, en Chicago the Rebel Worker Group, en el Reino Unido King Mob, en Amsterdam the Provos… Sin embargo, algo que se ha echado en falta en todos estos relatos sobre el “Mayo del 68” ha sido la importancia que, precisamente ese año, tuvo semejante movimiento respecto a las prácticas político-artísticas del presente; poco o nada hemos escuchado acerca de la herencia y relevancia que todos aquellos grupos trasladaron a los movimientos sociales de nuestros días.
El próximo verano también tendrá lugar otro acontecimiento: el décimo aniversario del 18-J, el primer carnaval mundial contra el capital. Ese día, en el distrito financiero londinense, miles de fiesteros disfrazados con máscaras de carnaval invadieron la bolsa de valores logrando anular su actividad habitual y convirtiéndola, una vez parado el corazón financiero de la ciudad, en un vibrante torbellino de relaciones sociales y humanas reales. Esta “táctica carnavalesca” (que, por supuesto, le debe mucho a los situacionistas y a otros grupos de la década de 1960) sirvió de inspiración -y, quizá, consecuencia directa- de la movilización acontecida en Seattle poco más tarde durante ese mismo año. Podría decirse que El 18-J inauguró la idea de una resistencia definida por la fiesta y la creatividad, idea y resientencia, por otra parte, muy influyentes en el ciclo de luchas anticapitalistas surgido a partir de entonces y conocido como “movimiento antiglobalización”.

El tiempo ha pasado y desde entonces hasta ahora parece que hemos tendido a alejarnos de la planificación de todas aquellas explosiones sociales tan creativas (las contracumbres) para acercarnos, cada vez más, a una serie de tácticas micropolíticas comprometidas con la vida cotidiana (aunque, en muchos casos, echen una ojeada a la posibilidad de componer movimientos más amplios).
Todas estas tácticas llevan incorporado en su seno algo de la estética y del lenguaje político de 1968. Durante los últimos nueve años varios movimientos en Europa han empleado y recombinado tácticas procedentes de diferentes experiencias autónomas de los movimientos europeos de los años 1980 y 1990, desde la autonomía italiana hasta Reclaim the Streets en el Reino Unido. Muchos de estos grupos han basado su acción, por ejemplo, en las técnicas de “auto-rédito” (negativa a pagar productos excesivamente caros, o la apropiación masiva de bienes y mercancías para uso social) introducidas por los movimientos autónomos anteriores.

En Barcelona, España, la marca Yomango (una marca dedicada a mangar bienes de las multinacionales) ha ofrecido gratuitamente a los transeúntes de las calles más definidamente comerciales de muchas ciudades consultas y asesoramiento (gratuito, claro está) para una moda y un estilo de vida “Yomango” (sin dinero ni tarjetas). En una de sus primeras acciones este grupo, delante de la prensa y de todo el mundo que se encontraba en esos momentos comprando, y tras haberle tomado las medidas a un consumidor voluntario irrumpieron en una de las sucursales de Bershka y liberaron, por arte de Yomango, una nueva indumentaria sin gastarse ni un duro. En otra ocasión, el 20 de diciembre de 2002, durante el aniversario de la rebelión popular argentina, esta marca llevó a cabo su acción “Yomango-Tango”. Unas cuantas parejas elegantemente vestidas (con vestuario cortesía de Yomango) comenzaron a bailar el tango, o mejor dicho, el Yomango-Tango, en una sucursal de la cadena de comercios Carrefour en pleno período de las compras navideñas. Con cada estilizado movimiento, los bailarines liberaban de las estanterías botellas de champán y las sacaban de la tienda. Algunos medios de comunicación y video-activistas filmaban la escena que se proyectaba a tiempo real sobre una pantalla improvisada en plena calle. Al día siguiente, se descorchó el champán (un buen número de botellas) en una de las sucursales del banco Santander, otra de las empresas responsables de la crisis argentina.
Mientras tanto, en Hamburgo (Alemania), el 28 de abril de 2006 un grupo de superhéroes ataviados con trajes multicolor y respondiendo a nombres inspirados en las condiciones de trabajo precario (Supermum, Multiflex y Operaistorix), actuó en el supermercado de lujo Frische Paradis, llenando varios carros con productos de alta calidad tales como jamón Serrano (¡en Alemania!) o chocolate Valrhona, y desapareciendo sin dejar rastro. El periódico The Guardian entrevistó al encargado de la tienda todavía consternado por lo sucedido: “¡Se han llevado una bandeja de carne australiana de la marca Wagyu Kobe que cuesta 108 €!, ¡esas vacas han recibido masajes especiales, ¿sabe?!; tenemos un queso muy fino y carísimo elaborado por Philippe Olivier, uno de los más reconocidos fabricantes de queso, y… ¡no han dejado ni uno!”
Antes de esfumarse, los Superhéroes dejaron una flor a la cajera (una trabajadora precaria), quien posó con ellos junto al botín. Un helicóptero y 14 coches de policía aparecieron en la escena diez minutos más tarde, pero, tras una ardua investigación, lo único que obtuvieron fue una bolsa de plástico vacía. Ésta fue la primera de una serie de acciones llevadas a cabo por estos superhéroes afines a la MayDay Alemana, así como a la red de grupos autónomos Umsonst (Gratis) que se dedican, entre otras cosas, a la distribución gratuita entre los pasantes de los productos liberados de las multinaciones, prestando especial atención a los trabajadores precarios que – de ahí su acción- tienen que convertirse en superhéroes todos los días de la semana para poder sobrevivir a la precariedad de las condiciones de trabajo actuales. Además de su sofisticado y astuto uso de los medios de comunicación para narrar sus propias historias, las acciones de grupos como Yomango o Los superhéroes precarios son destacables por su capacidad de transformar los valores comerciales y económicos en valores estéticos y sociales.

Otros grupos se han acercado a la politización de la vida entendiendo los afectos y las emociones como agentes activos en la acción política.
The Clandestine Insurgent Rebel Clown Army (C.I.R.C.A.) apareció en el Reino Unido en 2005 como respuesta a la Cumbre del G8 celebrada allí. Frente a la disciplina policial ellos contraatacan con diversión, risas y muestra de vulnerabilidad.
Transportan el papel del payaso a situaciones de acción directa no-violenta. El hecho de presentarse a sí mismos como sujetos vulnerables y ridículos hace que el propio comportamiento policial parezca ridículo; de esta forma consiguen, en muchos casos, deshacer por completo tanto la función disciplinaria de la policía como el papel habitual de los activistas en este tipo de acciones.
Al adoptar ellos mismos el rol de policías (torpes y absurdos) proyectan sobre la policía auténtica esas mismas connotaciones. Esta politización del teatro del absurdo que C.I.R.C.A. lleva a cabo ha logrado, en no pocas ocasiones, conceder la posibilidad de llevar a cabo acciones eficaces, consiguiendo, además, modificar alguno de los comportamientos y relaciones establecidos en el mundo militante, así como romper las barreras psicológicas que los cuerpos policiales construyen entre ellos y los activistas.
Por ejemplo, cuando son empujados por la policía, el ejército de payasos rueda por el suelo como si de peonzas se tratasen. Más allá de la dificultad que conlleva mantener a raya a una multitud de gente carcajeándose, ninguno de los agentes policiales desea ser fotografiado, ni visto por sus compañeros deteniendo repetidas veces a un payaso.

En Londres, en el año 2007, coincidiendo con la feria internacional de armas conocida como The Excel Arms Trade Fair, que se celebra anualmente en el área de los Docklands, un grupo denominado the Space Hijackers decidió pasar a la acción y no resignarse a ser hostigados y aislados por la policía como el resto de manifestantes. Lo primero que hicieron fue hacerse con un tanque y, a continuación, convocar una rueda de prensa donde trasladar su intención de conducirlo hasta la feria y subastarlo al mejor postor. Si una vez cerrada la transacción nuestro cliente –añadían- decide conducir el tanque arrasando la línea policial, que nadie nos exija responsabilidad alguna, nosotros estamos aquí únicamente por una cuestión de negocios, como el resto de los asistentes.
Por desgracia, anunciar que un grupo con tendencias anarquistas dispone de un tanque y que tiene intención de usarlo, suele llamar la atención de la policía. Esto provocó algunos inconvenientes a la hora de llevar a cabo la acción, el grupo fue objeto de una fuerte vigilancia policial, controlaron sus llamadas telefónicas, y el tanque fue retenido a unas cuantas millas del recito ferial. Llegados a este punto, un miembro de los Space Hijackers se subió al techo del tanque con un altavoz, y tras “informar” a la policía de que esa retención era ilegal (por si no lo sabían), anunció que disponían de un montón de bicicletas gratis para que todos los allí presentes pudieran continuar su camino hasta la feria de armas donde, ¡atención!, un segundo (y secreto) tanque les estaba esperando. Lamentablemente no quedó registrada para la posteridad la cara que se le quedó a los agentes de policía ante esta reacción inesperada de los manifestantes, pero al menos sí que disponemos de una persecución en clave de comedia durante la cual un sinnúmero de vehículos policiales tratan de pillar a una multitud de bicis multicolor.
Una vez llegados a la feria se procedió a la subasta del segundo tanque con la ayuda de un nuevo equipo de sonido (el otro estaba retenido) y toda una tropa de saltimbanquis surgidos de repente mostrando al público todos los encantos de aquél artefacto compuesto por esas torretas y esos cañones tan bonitos y eficaces.

El pasado verano, similares formas creativas de organización política aparecieron mientras tenía lugar el tercer campamento contra el cambio climático celebrado alrededor de la central energética de Kingsnorth (Kent). Miles de personas acamparon allí durante una semana de fiesta y protesta formando un poblado ecológico regido por los principios del consenso y la democracia directa. En el día elegido para la acción directa en masa, algunos marcharon a pie hacia la estación mientras otros, al mismo tiempo, anunciaron sus intenciones de invadir el lugar por aire y por mar. El ataque aéreo (top secret) provocó el pánico entre los agentes del orden, quienes movilizaron todos sus recursos para derribar un centenar de cometas que amenazaban seriamente la seguridad del lugar. Por su parte, el escuadrón marino entregó unos cuantos mapas del tesoro a una treintena de embarcaciones piratas proclives a la causa y cuyos tripulantes andaban desde hacía un par de días escondidos en los bosques y campos de alrededor de la central para, una vez hecha la señal, lanzarse al abordaje en río Medway con botes inflables, balsas caseras y catalejos. Esta regata de barcazas rebeldes puso las cosas difíciles a los pesados barcos de la policía, que se las vieron y se las desearon para cortarles el paso; finalmente, algo así como una versión anarquista del juego del castillo Takeshi logró alcanzar la central e interrumpir las operaciones diarias de la estación.
Esta acción provocó que se agotasen las botellas de ron en muchos kilómetros a la redonda, además de demostrar la eficacia política de la acción basada en el arte y el activismo a partes iguales. La naturaleza lúdica y simbólica de este tipo de acciones también funciona como una táctica mediática. Las representaciones habituales de los medios de comunicación, esas que tienden a hacer hincapié en los comportamientos violentos de los manifestantes, se ven alteradas con las imágenes producidas por este tipo de acciones. Tras el campamento contra el cambio climático de Kingsnorth, el periódico The Guardian destacó: “Las fuerzas del orden desplegadas en Kingsnorth sufrieron ayer siete bajas, seis de ellas provocadas por picaduras de mosquitos y otra más por un dolor de muelas”.

Aislar estas historias de los movimientos de los que forman parte pudiera hacerles parecer meras acrobacias creativas divorciadas de cualquier compromiso político más amplio, pero situados en el curso de la historia, entendidos como una tendencia cada vez más pronunciada dentro del espectro de las prácticas anticapitalistas, puede hacernos ver todas estas experiencias estéticas como un resultado posible de aquello que se denominaba “fuerza de trabajo liberada”. Este rechazo al trabajo como mano de obra -es decir, rechazo a la apropiación capitalista de nuestra creatividad- conecta con aquella búsqueda de autonomía mediante la creación de una vida cotidiana basada en otros valores, con aquél el empleo de la actividad humana para otros fines.
“Arte” ha sido, históricamente, el concepto que las sociedades occidentales han empleado para canalizar la creatividad autónoma, de la misma manera que una fiesta ha sido el lugar doméstico donde afectividad y creatividad se han fusionado de maneras no habituales. Por lo tanto, no es de extrañar que los movimientos sociales, conforme se han ido haciendo más y más autónomos (o sea, conforme se han ido reapropiando de la vida social como un fin en sí mismo, en vez de intentar “despertar” ideológicamente a la sociedad), hayan tendido a ver la liberación de su propia fuerza de trabajo en términos de experimentación artística. Si esto ha sido así, quizá sea útil –históricamente útil- pensar ahora algunos de estos aspectos artísticos que definen a los movimientos del presente como una reconstrucción, en términos micropolíticos, de las críticas expresadas por la Internacional Situacionista, aquellas compuestas por el deseo y los afectos a partes iguales y que se encuentran actuando tácticamente en el terreno de los medios de comunicación. En este sentido, todas estas prácticas representarían algo así como una segunda ola situacionista que estaría en deuda tanto con 1968 como con 1999.

Publicación original en The Fifth Estate, http://www.fifthestate.org/FE380.html

martes, 19 de mayo de 2009

Comentarios a la sociedad del espectáculo x Guy Debord

A la memoria de Gérard Lebovici, asesinado en París, el 5 de Marzo de 1984, en una asechanza que permanece en el misterio.

“Por muy críticas que sean la situación y las circunstancias en que os encontréis, no desesperéis. En las ocasiones en las que cabe temer de todo, es preciso no temer nada; cuando se está rodeado de todos los peligros, no hay que dejarse intimidar por ninguno; cuando se está sin ningún recurso, hay que contar con todos los recursos; cuando se ha sido sorprendido, hay que sorprender al enemigo”
Sun Tse, El arte de la guerra

I

Estos Comentarios no tardarán, sin duda, en ser conocidos por unas cincuenta o sesenta personas; lo cual ya es decir mucho en los tiempos que vivimos y tratándose de asuntos de tamaña gravedad. Pero también se debe a que en ciertos ambientes tengo fama de entendido. Además, hay que considerar que, de esa elite que se interesará por ellos, la mitad o poco menos se compone de gente que se dedica a defender el sistema de dominación espectacular, y la otra mitad, de gente que se obstina en hacer todo lo contrario. Así que, debiendo tener
en cuenta a unos lectores muy atentos e influyentes en distintos sentidos, obviamente no puedo hablar con entera libertad. Sobre todo debo cuidarme de no enseñar demasiado sin mirar a quien.

La desdicha de los tiempos me obligará, pues, a estrenar una vez más una nueva forma de escribir. Ciertos elementos se omitirán deliberadamente; el plan no debe quedar demasiado claro. Se podrá encontrar algún que otro engaño: es el sello de la época. Con tal de insertar acá y acullá algunas páginas más, puede que aparezca el sentido del conjunto: así se añadían a menudo cláusulas secretas a lo que ciertos tratados estipulaban abiertamente, y asimismo ocurre que ciertos agentes químicos revelan una parte desconocida de sus propiedades sólo cuando se hallan asociados a otros. Por otra parte, aún quedarán en esta obrita demasiadas cosas que serán, por desgracia, fáciles de comprender.

II

En 1967 demostré en un libro, La sociedad del espectáculo, lo que el espectáculo moderno era ya esencialmente: el dominio autocrático de la economía mercantil que había alcanzado un status de soberanía irresponsable y el conjunto de las nuevas técnicas de gobierno que acompañan ese dominio. Las revueltas de 1968, que en varios países se prolongaron a lo largo de los años siguientes, en ningún lugar derribaron la organización existente de la sociedad, de la que el espectáculo brota como espontáneamente; de modo que éste ha continuado reforzándose por doquier, es decir, expandiéndose por los extremos hacia todos lados, al mismo tiempo que aumentaba de densidad en el centro. Incluso ha aprendido algunos nuevos procedimientos defensivos, cosa que les suele suceder a los poderes atacados. Cuando inicié la crítica de la sociedad espectacular, se reparó sobre todo, dado el momento, en el contenido revolucionario que cabía descubrir en tal crítica y en el cual se veía, como es natural, el aspecto más molesto de la misma. En cuanto al propio tema, se me ha acusado a veces de habérmelo inventado de cabo a rabo, y en todo caso, de haberme excedido en mi apreciación de la profundidad y la unidad de dicho espectáculo y de su acción real. Debo admitir que quienes después han publicado libros sobre el mismo asunto han demostrado perfectamente que se podía decir menos. No les hacía falta más que reemplazar el conjunto y su movimiento por un solo detalle estático de la superficie del fenómeno; la originalidad de cada autor se complacía en escoger otro detalle distinto y, por ende, tanto menos inquietante. Ninguno de ellos quiso viciar la modestia científica de su interpretación personal mezclándola con temerarios juicios históricos.

Pero, en fin, la sociedad del espectáculo no por ello dejó de proseguir su marcha. Y va deprisa, puesto que en 1967 no tenía apenas más de cuarenta años, aunque muy bien aprovechados. Y por su propio movimiento, que nadie se tomaba ya la molestia de estudiar, demostraría luego con admirables proezas que su naturaleza efectiva era exactamente la que yo decía. Dejar eso bien sentado tiene algo más que un valor académico; pues es indispensable, sin duda, haber reconocido la unidad y la articulación de la fuerza operante que es el espectáculo para ser capaz de indagar, a partir de ahí, en qué direcciones esa fuerza, siendo lo que era, se ha podido desplazar. Son cuestiones de gran interés: se trata de las condiciones en las que necesariamente se ha de jugar de ahora en adelante el conflicto en la sociedad. Dado que el espectáculo es hoy en día indudablemente más poderoso de lo que era antes, ¿qué hace con ese poder suplementario? ¿Hasta dónde ha llegado que no hubiera llegado antes? ¿Cuáles son, en suma, sus líneas de operaciones en este momento? La vaga sensación de que se trata de una especie de invasión rápida, que obliga a la gente a llevar una vida muy diferente, está actualmente muy difundida; pero eso se experimenta más bien a la manera de una modificación inexplicada del clima o de otro equilibrio natural, modificación ante la cual la ignorancia sólo sabe que no tiene nada que decir. Y lo que es más, muchos la aceptan como una invasión civilizadora, a más de inevitable, e incluso sienten ansias de colaborar en ella. Prefieren no saber para qué sirve exactamente esa conquista ni adónde va.

Voy a mencionar algunas consecuencias prácticas, poco conocidas aún, que resultan de ese rápido despliegue del espectáculo durante los últimos veinte años. No me propongo entrar en polémicas, demasiado fáciles ya a estas alturas y demasiado inútiles, sobre ningún aspecto de la cuestión; ni tampoco me propongo convencer a nadie. Los presentes comentarios no tienen afán alguno de moralizar. No encaran lo que es deseable o simplemente preferible. Se limitan a observar lo que es.

III

Ahora que nadie puede razonablemente dudar de la existencia del espectáculo ni de su poderío, sí cabe dudar, por el contrario, de que sea razonable añadir algo más a una cuestión que la experiencia ha zanjado de modo tan draconiano. El diario Le Monde del 19 de septiembre de 1987 ilustraba felizmente la fórmula “De lo que existe, ya no es necesario hablar”, verdadera ley fundamental de estos tiempos espectaculares que, en este aspecto al menos, no han dejado atrasado a ningún país: “El que la sociedad contemporánea es una sociedad de espectáculo es cosa obvia. Pronto habrá que señalar a quien no quiera señalarse. Son incontables ya las obras que describen un fenómeno que ha acabado por caracterizar a las naciones industriales, sin perdonar a los países atrasados con respecto a su tiempo. Pero lo gracioso es que también los libros que analizan ese fenómeno, en general para deplorarlo, deben rendir tributo al espectáculo para darse a conocer.” Es cierto que esa crítica espectacular del espectáculo, que llegó tarde y que para colmo quiere “darse a conocer” en el mismo terreno, se limitará forzosamente a vanas generalidades o a lamentos hipócritas; y no menos vana parece esa sabiduría desencantada que hace el payaso en un periódico.

La vacua discusión sobre el espectáculo, es decir, sobre lo que hacen los propietarios del mundo, la organiza, pues, el espectáculo mismo: se insiste en los grandiosos medios del espectáculo, a fin de no decir nada acerca de su grandioso uso. A menudo se prefiere hablar, más que de espectáculo, de “medios de comunicación”. Con eso se pretende designar un simple instrumento, una especie de servicio público que administra con imparcial “profesionalidad” la nueva riqueza de la comunicación entre todos debida a los mass media; comunicación que ha accedido finalmente a la pureza unilateral, donde la decisión ya tomada se deja admirar tranquilamente. Lo que se comunica son órdenes; y no deja de ser muy armonioso que quienes las han impartido sean los mismos que dirán lo que opinan de ellas.

El poder del espectáculo, tan esencialmente unitario, centralizador por la fuerza misma de las cosas y perfectamente despótico en su espíritu, se indigna a menudo al ver que bajo su dominio se van constituyendo una política-espectáculo, una justicia-espectáculo, una medicina-espectáculo y otros no menos sorprendentes “excesos de los media”. El espectáculo, por tanto, no parece ser otra cosa que un exceso de los media, cuya naturaleza indiscutiblemente buena, puesto que sirven para comunicar, conduce a veces a excesos. Con bastante frecuencia los amos de la sociedad declaran que sus empleados mediáticos los atienden mal; más a menudo reprochan a la plebe de los espectadores su proclividad a entregarse a los placeres mediáticos sin recato alguno, casi bestialmente. Tras una multitud virtualmente infinita de supuestas divergencias mediáticas se disimula así lo que es, por el contrario, el resultado de una convergencia espectacular que se viene persiguiendo deliberadamente y con notable tenacidad. Así como la lógica de la mercancía prevalece sobre las diversas ambiciones rivales de todos los comerciantes, o como la lógica de la guerra domina siempre las frecuentes modificaciones del armamento, así la severa lógica del espectáculo domina por todas partes la creciente diversidad de las extravagancias mediáticas.

Dentro de todo lo que ha sucedido a lo largo de los últimos veinte años, el cambio más importante reside en la propia continuidad del espectáculo. Su importancia no es un resultado del perfeccionamiento de su instrumentación mediática, que había alcanzado ya antes un estadio de desarrollo muy avanzado, sino que consiste sencillamente en que la dominación espectacular ha logrado criar a una generación sometida a sus leyes. Las condiciones sobremanera novedosas en las que esa generación, en su conjunto, ha efectivamente vivido, constituyen un resumen exacto y suficiente de todo lo que el espectáculo está impidiendo a partir de ahora, y también de todo lo que permite.

IV

En el plano simplemente teórico, no tengo que añadir a lo que había formulado anteriormente más que un detalle, pero de mucho peso. En 1967 distinguí dos formas sucesivas y rivales del poder espectacular, la concentrada y la difusa. Una y otra planeaban por encima de la sociedad real, como su meta y su mentira. La primera, que colocaba en un primer plano la ideología resumida en torno a una personalidad dictatorial, había acompañado la contrarrevolución totalitaria, tanto la nazi como la estalinista. La otra, que incitaba a los asalariados a escoger libremente entre una gran variedad de mercancías nuevas que rivalizaban unas con otras, representaba aquella americanización del mundo que en algunos aspectos espantaba, pero también seducía a los países en donde se habían conservado durante más tiempo las condiciones de las democracias
burguesas de tipo tradicional. Desde entonces se ha venido constituyendo una tercera forma, por combinación equilibrada de las dos precedentes y sobre la base general del triunfo de la que se había mostrado más fuerte, la forma difusa. Se trata de lo espectacular integrado, que hoy tiende a imponerse en el mundo entero.

El lugar predominante que ocuparon Rusia y Alemania en la formación de lo espectacular concentrado y los Estados Unidos en la de lo espectacular difuso parece haber correspondido a Francia e Italia a la hora de instaurar lo espectacular integrado, debido al juego de una serie de factores históricos comunes: el papel importante de los partidos y sindicatos estalinistas en la vida política e intelectual, una débil tradición democrática, la prolongada monopolización del poder por un solo partido de gobierno, y la necesidad de acabar con una contestación revolucionaria que había aparecido por sorpresa.

Lo espectacular integrado se manifiesta a la vez como concentrado y difuso, y a partir de tan provechosa unificación ha sabido utilizar ambas cualidades más a lo grande. Su modo de aplicación anterior ha cambiado mucho. En cuanto al Iado concentrado, el centro dirigente ha pasado a estar oculto: no lo ocupa ya nunca un jefe conocido ni una ideología clara. Y en cuanto al Iado difuso, la influencia espectacular jamás había marcado hasta tal extremo la casi totalidad de las conductas y de los objetos que se producen socialmente. Pues el sentido final de lo espectacular integrado es que se ha integrado en la realidad misma a medida que hablaba de ella, y que la reconstruyó tal y como de ella hablaba. De manera que esa realidad ahora ya no permanece frente a lo espectacular como algo que le fuese ajeno. Cuando lo espectacular estaba concentrado, se le escapaba la mayor parte de la sociedad periférica; cuando estaba difuso, una parte muy pequeña; hoy en día, no se le escapa nada. El espectáculo se ha entremezclado con toda realidad, por efecto de irradiación. Como en teoría era fácil de prever, la experiencia práctica del cumplimiento desenfrenado de las voluntades de la razón mercantil demostraría rápidamente y sin excepción que el hacerse mundo la falsificación era también un hacerse falsificación el mundo. Excepto un legado todavía importante, pero destinado a menguar cada vez más, de libros y edificios antiguos, por lo demás con cada vez mayor frecuencia seleccionados y puestos en perspectiva según las conveniencias del espectáculo, no existe ya nada, ni en la cultura ni en la naturaleza, que no haya sido transformado y contaminado conforme a los medios y los intereses de la industria moderna. Incluso la genética se ha vuelto plenamente accesible a las fuerzas dominantes de la sociedad.

El gobierno del espectáculo, que ostenta actualmente todos los medios de falsificar el conjunto tanto de la producción como de la percepción, es dueño absoluto de los recuerdos, así como es dueño incontrolado de los proyectos que forjan el porvenir más lejano. Reina solo en todas partes; ejecuta sus juicios sumarios.

En tales condiciones, vemos desencadenarse repentinamente y con alegría carnavalesca una parodia del fin de la división del trabajo, que halla tanto mejor acogida en cuanto que coincide con el movimiento general de desaparición de toda competencia verdadera. Un financiero se pone a cantar, un abogado se mete a informante de la policía, un panadero expone sus preferencias literarias, un actor se mete a gobernar, un cocinero se lanza a filosofar sobre los momentos de cocción como hitos de la historia universal. Cada cual puede salir en el espectáculo para entregarse en público - a veces por haberse dedicado a ella en secreto - a una actividad enteramente distinta de la especialidad por la cual se había dado a conocer inicialmente. Allí donde la posesión de un “status mediático” ha adquirido una importancia infinitamente mayor que aquello que uno haya sido capaz de hacer realmente, es normal que tal status sea fácilmente transferible y que otorgue el derecho a brillar de igual modo en otro sitio cualquiera. Las más de las veces, esas partículas mediáticas aceleradas persiguen simplemente su carrera dentro de lo admirable que el reglamento garantiza. Pero también sucede que la transición mediática sirve de tapadera a múltiples empresas oficialmente independientes, pero en realidad secretamente vinculadas por diferentes redes ad hoc. De manera que a veces la división social del trabajo, así como la solidaridad por lo general previsible de su empleo, reaparecen bajo formas enteramente novedosas: hoy en día se puede, por ejemplo, publicar una novela para preparar un asesinato. Esos ejemplos pintorescos significan también que uno no puede ya fiarse de nadie en razón de su oficio.

Pero la mayor ambición de lo espectacular integrado sigue siendo que los agentes secretos se hagan revolucionarios y que los revolucionarios se hagan agentes secretos.

V

La sociedad modernizada hasta llegar al estadio de lo espectacular integrado se caracteriza por el efecto combinado de cinco rasgos principales: la innovación tecnológica incesante; la fusión de la economía y el Estado; el secreto generalizado; la falsedad sin res- puesta; un presente perpetuo.

El movimiento de innovación tecnológica viene de lejos y es constitutivo de la sociedad capitalista, a veces llamada industrial o posindustrial. Pero desde que inició su aceleración más reciente (inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial), viene reforzando la autoridad espectacular con mucha mayor eficacia, ya que de resultas de tanta innovación cada uno descubre que se halla enteramente entregado al conjunto de los especialistas, a sus cálculos y a sus juicios, satisfechos siempre, acerca de esos cálculos. La fusión de la economía y el Estado es la tendencia más manifiesta de este siglo; por lo menos se ha convertido en motor de su desarrollo económico más reciente. La alianza defensiva y ofensiva entre las dos potencias, la economía y el Estado, les ha asegurado los más pingües beneficios comunes en todos los ámbitos: cabe decir que una de ellas posee a la otra; es absurdo oponerlas o distinguir sus razones y sus sinrazones. Esa unión se ha mostrado asimismo muy favorable al desarrollo de la dominación espectacular, que desde su formación no había sido otra cosa que precisamente eso. Los tres últimos rasgos son los efectos directos de esa dominación en su estadio integrado.

El secreto generalizado está detrás del espectáculo, como complemento decisivo de lo que muestra y, si vamos al fondo de las cosas, como su operación más importante.

El solo hecho de no tener respuesta ha dado a la falsedad una cualidad enteramente nueva. En el mismo acto, lo verdadero ha dejado de existir en casi todas partes o, en el mejor de los casos, se ha visto reducido a la condición de una hipótesis que no puede demostrarse jamás. La falsedad sin respuesta ha logrado hacer desaparecer la opinión pública, que primero se vio incapaz de hacerse oír y luego, muy pronto, incluso de formarse siquiera. Lo cual trae obviamente consigo importantes consecuencias para la política, las ciencias aplicadas, la justicia y el conocimiento del arte.

La construcción de un presente en el cual la moda misma, desde la ropa hasta los cantantes, se ha inmovilizado, un presente que quiere olvidar el pasado y que ya no da la impresión de creer en un porvenir, se obtiene mediante el incesante tránsito circular de la información, que vuelve a cada instante sobre una lista muy sucinta de las mismas sandeces que se anuncian apasionadamente como noticias importantes; mientras que sólo raras veces se transmiten, como a tirones, las noticias verdaderamente importantes, relativas a lo que cambia efectivamente. Éstas se refieren siempre a la condena que este mundo parece haber dictado contra su propia existencia, las etapas de su autodestrucción programada.

VI

El primer designio de la dominación espectacular era hacer desaparecer el conocimiento histórico en general, empezando por casi toda la información y todos los comentarios razonables acerca del pasado más reciente. No hace falta explicar evidencia tan flagrante. El espectáculo organiza con maestría la ignorancia acerca de lo que está pasando, y acto seguido el olvido de cuanto a pesar de todo acaso se haya llegado a saber. Lo más importante es lo más oculto. A lo largo de los últimos veinte años, nada ha sido ocultado bajo tantas mentiras decretadas como la historia del mayo de 1968. Aun así se han podido sacar lecciones útiles de algunos estudios desengañados sobre aquellas jornadas y sus orígenes; pero eso es secreto de Estado.

En Francia, hace unos diez años, un presidente de la república, olvidado después pero que por entonces flotaba en la superficie del espectáculo, expresó ingenuamente la alegría que sentía al “saber que a partir de ahora viviremos en un mundo sin memoria, donde una imagen sigue a otra indefinidamente, como en la superficie del agua”. Eso es ciertamente cómodo para quien tiene la sartén por el mango y sabe cómo no soltarla. El fin de la historia ofrece un plácido reposo a todo poder presente. Le garantiza sin falta el éxito del conjunto de sus empresas, o cuando menos el ruido del éxito.

Un poder absoluto suprime la historia de modo tanto más radical cuanto más imperiosos sean los intereses o las obligaciones que lo impulsan a ello, y sobre todo en función de las mayores o menores facilidades prácticas de ejecución que encuentre. Ts\'in Shi-Huang-Ti mandó quemar los libros, pero no consiguió eliminarlos todos. En nuestro siglo, Stalin llevó más lejos
la realización de semejante proyecto, pero pese a las complicidades de toda clase que hallara allende las fronteras de su imperio, una vasta zona del mundo quedaba inaccesible a su policía, y ahí la gente se reía de sus imposturas. Lo espectacular integrado ha tenido mayor éxito, al emplear procedimientos sumamente novedosos y operando esta vez a escala mundial. Ya no está permitido reírse de la necesidad que se hace respetar en todas partes; y, en todo caso, ya no hay manera de dar a conocer que uno se está riendo de ella.

El dominio de la historia era lo memorable, la totalidad de los acontecimientos cuyas consecuencias se harían sentir durante largo tiempo. Era también, de modo indisociable, el conocimiento que había de durar y que ayudaría a comprender, al menos en parte, lo nuevo que iba a suceder: “Una adquisición para siempre”, dice Tucídides. De ahí que la historia fuera la medida de la verdadera novedad; y quien vende la novedad tiene todo el interés del mundo en hacer desaparecer el medio de medirla. Cuando lo importante se hace reconocer socialmente como lo que es instantáneo y lo seguirá siendo al instante siguiente, que es otro y el mismo, y que reemplazará cada vez a otra importancia instantánea, entonces cabe decir también que el medio utilizado garantiza una especie de eternidad a esa insignificancia que grita tanto.

La preciosa ventaja que el espectáculo ha obtenido de haber colocado fuera de la ley a la historia, de haber condenado ya a toda la historia reciente a pasar a la clandestinidad, y de haber logrado relegar al olvido, en general, el espíritu histórico de la sociedad, consiste, en primer lugar, en ocultar su propia historia: el movimiento mismo de su reciente conquista del mundo. Su poder parece ya familiar, como si hubiera estado ahí desde siempre. Todos los usurpadores han querido hacer olvidar que acababan de llegar.

VII

Con la destrucción de la historia, incluso el acontecimiento contemporáneo se pierde inmediatamente en una lejanía fabulosa, entre relatos imposibles de verificar, estadísticas incontrolables, explicaciones inverosímiles y argumentos insostenibles. A todas las necedades que se difunden de manera espectacular, no cabe más respuesta que alguna que otra rectificación o advertencia respetuosa por parte de otros colaboradores de los media; y aun ésas las escatiman, pues, dejando a un lado su ignorancia supina, su solidaridad de oficio y de corazón con la autoridad general del espectáculo y con la sociedad de la que es expresión los hace sentir que es un deber, e incluso un placer, no discrepar nunca de dicha autoridad, cuya majestad no se debe ofender. No hay que olvidar que todo personaje de los media tiene siempre un dueño, y a veces varios, tanto en razón del salario como de otras recompensas y gratificaciones; y que cada uno de ellos sabe que es reemplazable.

Todos los expertos pertenecen a los media y al Estado: por eso se los reconoce como expertos. Todo experto sirve a un dueño, puesto que cada una de las antiguas posibilidades de independencia ha quedado reducida a casi nada por las condiciones de organización de la sociedad presente. El experto que mejor sirve es, desde luego, el experto que miente. Quienes necesitan al experto son, por motivos distintos, el falsificador y el ignorante. Allí donde el individuo no reconoce ya nada por sí mismo, el experto lo tranquilizará terminantemente. Antes era normal que hubiera expertos en arte etrusco; y eran siempre competentes, ya que el arte etrusco no está en el mercado. Pero una época que encuentra rentable, por ejemplo, falsificar químicamente diversos vinos célebres, no logrará venderlos sino a condición de haber formado a unos expertos en vino que enseñen a las almas de cántaro a cobrarles afición a los nuevos aromas, que son más fáciles de reconocer. Cervantes observa que “debajo de mala capa suele haber buen bebedor”. Quien entiende de vinos ignora a menudo las reglas de la industria nuclear; pero la dominación espectacular cree que si algún experto ha conseguido tomarle el pelo a un buen catador de vinos en materia de industria nuclear, otro experto conseguirá fácilmente hacer lo mismo en materia de vinos. También es sabido, por ejemplo, que el experto en meteorología televisiva que anuncia las temperaturas o las lluvias previstas para las siguientes cuarenta y ocho horas debe hablar con mucha cautela, debido a la obligación de mantener los equilibrios económicos, turísticos y regionales, con tanta gente circulando tan a menudo por tantas carreteras, entre lugares igualmente desolados; de modo que se ve obligado a brillar más bien como animador.

Un aspecto de la desaparición de todo conocimiento histórico objetivo se manifiesta en el hecho de que cualquier reputación personal se ha vuelto maleable y rectificable a discreción por quienes controlan toda la información: la que se recibe y aquella otra, muy distinta, que se difunde; ellos tienen, pues, licencia ilimitada para falsificar. Y es que una evidencia histórica de la que en el espectáculo no se quiere saber nada ya no es evidencia. Allí donde nadie posee ya más renombre que el que se le ha otorgado como un favor por la benevolencia de una corte espectacular, cualquiera puede caer en desgracia en cualquier instante. La notoriedad antiespectacular se ha convertido en algo extremadamente raro. Yo mismo soy uno de los últimos seres vivos que la poseen y que jamás tuvieron otra. Pero eso se ha hecho también extraordinariamente sospechoso. La sociedad se ha proclamado oficialmente espectacular. Ser conocido al margen de las relaciones espectaculares, eso equivale ya a ser conocido como enemigo de la sociedad.

Está permitido cambiar de cabo a rabo el pasado de alguien, modificarlo, recreado al estilo de los procesos de Moscú, sin que ni siquiera haga falta cargar con el peso de un proceso. Se puede matar a menor coste. Los falsos testigos, torpes tal vez - pero ¿qué capacidad de percibir tal torpeza podría quedarles a los espectadores que serán testigos de las proezas de esos testigos falsos? -, y los documentos falsos, estupendos siempre, no les pueden faltar a quienes gobiernan lo espectacular integrado ni a sus amigos. Por consiguiente, no se puede ya creer nada acerca de nadie, excepto lo que uno haya comprobado directamente por sí mismo. Pero en realidad muchas veces ni hace falta levantar acusaciones falsas contra alguien. Desde que ellos controlan el mecanismo que rige la única verificación social que goza de un reconocimiento pleno y universal, ellos dicen lo que quieren. El movimiento de la demostración espectacular se confirma por el sencillo expediente de girar sobre sí mismo: volviendo y repitiéndose, afirmando una y otra vez lo mismo en el único terreno en donde reside hoy lo que puede afirmarse públicamente y ser creído, puesto que eso es lo único de lo cual todo el mundo será testigo. La autoridad espectacular puede asimismo negar lo que sea, una vez, tres veces, y decir que no hablará más de ello, y hablar de otra cosa, a sabiendas de que no ha de temer ya ninguna respuesta en su propio terreno, ni en otro tampoco. Es que ya no existe el ágora, la comunidad general, ni tan siquiera unas comunidades limitadas a organismos intermedios o instituciones autónomas, a los salones o a los cafés, a los trabajadores de una sola empresa; no queda sitio en donde el debate sobre las verdades que conciernen a quienes están ahí pueda librarse a la larga de la apabulIante presencia del discurso mediático y de las distintas fuerzas organizadas para aguardar su turno en tal discurso. No existe ya el juicio, con garantías de relativa independencia, de quienes constituían el mundo erudito; por ejemplo, de quienes antaño cifraban su orgullo en una capacidad de verificación que les permitía aproximarse a lo que se llamaba la historia imparcial de los hechos, o al menos creer que ésta merecía ser conocida. No queda ya ni verdad bibliográfica incontestable, y los resúmenes informatizados de los ficheros de las bibliotecas nacionales borrarán sus huellas con tanta mayor facilidad. Uno andaría descarriado si pensara en lo que fueron, en un pasado no muy lejano, los magistrados, los médicos, los historiadores, y en las imperiosas obligaciones a las que a menudo se sometían, dentro de los límites de sus incumbencias respectivas: Los hombres se parecen más a su tiempo que a su padre.

Aquello de lo que el espectáculo puede dejar de hablar durante tres días es como si no existiera. El espectáculo habla entonces de otra cosa, que a partir de ahí, en resumidas cuentas, existe. Como se ve, las consecuencias prácticas son inmensas.

Creíamos saber que la historia había hecho su aparición en Grecia, junto a la democracia. Se puede verificar que está desapareciendo del mundo junto a ella.

Con todo, hay que añadir a esta lista de triunfos del poder un resultado negativo para él: un Estado en cuya dirección se instala a la larga un gran déficit de conocimientos históricos ya no se deja conducir estratégicamente.

VIII

Cuando la sociedad que se proclama democrática ha llegado al estadio de lo espectacular integrado, parece que se la acepta en todas partes como realización de una frágil perfección. Así que ya no se la debe atacar porque es frágil; por lo demás, ya no es posible atacarla, porque es tan perfecta como jamás hubo otra. Es una sociedad frágil porque le cuesta dominar su peligrosa expansión tecnológica. Pero es una sociedad perfecta para gobernarla; la prueba es que todos cuantos aspiran a gobernar quieren gobernar precisamente esta sociedad, con los mismos procedimientos, y conservarla casi exactamente tal como está. Por primera vez
en la Europa contemporánea, ningún partido ni fragmento de partido intenta ya ni tan siquiera fingir que pretende cambiar algo importante. Nadie puede ya criticar la mercancía: ni en cuanto sistema general, ni tan sólo como baratija determinada que a los jefes de empresa les haya convenido lanzar al mercado en ese momento.

En todas partes donde reina el espectáculo, las únicas fuerzas organizadas son las que quieren el espectáculo. Ninguna de ellas puede ser ya, por tanto, enemiga de lo que existe ni transgredir la omertà que afecta a todo. Se ha acabado con aquella inquietante concepción, que había prevalecido durante más de doscientos años, según la cual una sociedad podía ser criticable y transformable, reformada o revolucionaria. Y eso no se ha conseguido gracias a la aparición de nuevos argumentos, sino simplemente porque los argumentos se han vuelto inútiles. Por tal resultado se medirá, más que la felicidad general, la fuerza formidable de las redes de la tiranía.

Jamás hubo censura más perfecta. Jamás la opinión de aquellos a quienes en algunos países se les hace creer todavía que siguen siendo ciudadanos libres ha estado menos autorizada a darse a conocer cuando se trata de decisiones que afectan a su vida real. Jamás estuvo permitido mentirles con tan perfecta impunidad. Se cree que el espectador lo ignora todo y no merece nada. Quien siempre mira para saber cómo continúa, no actuará jamás: así debe ser el espectador. Se oye mencionar frecuentemente la excepción de los Estados Unidos, donde Nixon acabó por sufrir un día las consecuencias de una serie de evasivas de una torpeza excesivamente cínica; pero esa excepción enteramente local, que obedecía a viejas causas históricas, ha dejado muy a las claras de ser cierta, pues hace poco Reagan ha podido hacer lo mismo impunemente. Todo lo que no se sanciona jamás está verdaderamente permitido. Hablar de escándalo sería, por tanto, un anacronismo. A un estadista italiano de primera fila que había oficiado a la vez en el ministerio y en el gobierno paralelo llamado P2, Potere Due, se le atribuye una frase que resume con la mayor profundidad posible el periodo en el cual ha entrado, poco después de Italia y los Estados Unidos, el mundo entero: “Había escándalos, pero ya no los hay.”

En EI 18 de Brumario de Luis Bonaparte, Marx describía el papel invasor del Estado en la Francia del segundo Imperio, que contaba por entonces con medio millón de funcionarios: “Así todo se convierte en objeto de la actividad gubernamental, desde el puente, la escuela y la propiedad comunal de un municipio rural cualquiera, hasta los ferrocarriles, las propiedades nacionales y las universidades provinciales.” La famosa cuestión de la financiación de los partidos políticos se planteaba ya en aquel entonces, pues Marx observa que “los partidos que luchan alternativamente por la supremacía veían en la toma de posesión de este enorme edificio el principal botín del vencedor”. Lo cual, sin embargo, suena un poco bucólico y, como se suele decir, desfasado, en tanto que las especulaciones del Estado de hoy se ocupan más bien de las ciudades satélite y las autopistas, la circulación subterránea y la producción de energía electronuclear, la exploración petrolera y los ordenadores, la administración de los bancos y los centros socioculturales, las modificaciones del “paisaje audiovisual” y las exportaciones clandestinas de armas, la promoción inmobiliaria y la industria farmacéutica, el sector agroalimentario y la administración de los hospitales, los créditos militares y los fondos secretos del departamento siempre creciente que administra los numerosos servicios de protección de la sociedad, Así y todo, Marx goza, por desgracia, de una demasiado prolongada actualidad cuando alude, en el mismo libro, a aquel gobierno “que no toma por la noche las decisiones que quiere ejecutar durante el día, sino que decide de día y ejecuta de noche.”

IX

Esta democracia tan perfecta fabrica ella misma su inconcebible enemigo, el terrorismo. En efecto, prefiere que se la juzgue por sus enemigos más que por sus resultados. La historia del terrorismo la escribe el Estado; por tanto, es educativa. Las poblaciones espectadoras no pueden, por cierto, saberlo todo acerca del terrorismo, pero siempre pueden saber lo bastante como para dejarse persuadir de que, en comparación con ese terrorismo, todo lo demás les habrá de parecer más bien aceptable o, en todo caso, más racional y más democrático.

La modernización de la represión ha acabado por introducir, primero en la experiencia piloto de Italia, bajo el nombre de “arrepentidos”, a unos acusadores profesionales jurados; o sea lo que, con ocasión de su primera aparición en el siglo XVII, tras las revueltas de la Fronda, se llamaba “testigos patentados”. Ese progreso espectacular de la Justicia ha llenado las cárceles italianas de miles de condenados que expían una guerra civil que no tuvo lugar, una especie de vasta insurrección armada que por casualidad nunca vio llegar su hora, un golpismo tejido de la materia de los sueños.

Cabe observar que la interpretación de los misterios del terrorismo parece haber introducido una simetría entre opiniones contradictorias, como si se tratara de dos escuelas filosóficas que profesan unas construcciones metafísicas enteramente antagónicas. Algunos no quieren ver en el terrorismo nada más que evidentes manipulaciones de los servicios secretos; otros, por el contrario, juzgan que lo único que se les debe reprochar a los terroristas es su falta total de sentido histórico. Con una pizca de lógica histórica no se tardaría en concluir que no hay nada de contradictorio en suponer que unas personas que carecen de todo sentido histórico también pueden ser manipuladas, y aun con mayor facilidad que otras. Asimismo es más fácil convertir en “arrepentido” a alguien a quien se puede demostrar que se sabía de antemano todo lo que él creía estar haciendo libremente. Un efecto inevitable de las formas de organización clandestinas de tipo militar es que basta con infiltrar a poca gente en ciertos puntos de la red para hacer actuar - y caer - a muchos. En esas cuestiones de valoración de las luchas armadas, la crítica debe analizar de vez en cuando alguna de esas operaciones en particular, sin dejarse distraer por la semejanza general que acaso revistan todas ellas. Por lo demás, por probabilidad lógica habría que contar con que los servicios de protección del Estado piensen en aprovechar todas las ventajas que encuentran en el terreno del espectáculo, que justamente para eso se ha venido organizando desde hace tiempo; lo asombroso, lo que suena a falso es, por el contrario, que les cueste tanto darse cuenta de eso.

En este ámbito, el interés de la justicia represiva consiste actualmente, sin duda, en generalizar lo más deprisa que se pueda. En esa clase de mercancía lo importante es el embalaje o la etiqueta: el código de barras. Todos los enemigos de la democracia espectacular son iguales, como iguales son todas las democracias espectaculares. Así no puede haber ya derecho de asilo para los terroristas, e incluso cuando no se les reprocha haberlo sido, estaban seguramente a punto de convertirse en terroristas, y la extradición se impone. En noviembre de 1978, respecto al caso de Gabor Winter, un joven obrero tipógrafo a quien el gobierno de la República Federal Alemana acusaba principalmente de haber redactado algunas octavillas revolucionarias, la señorita Nicole Pradain, representante del ministerio público ante la sala de lo criminal del tribunal de apelaciones de París, demostró rápidamente que no se podía alegar “motivaciones políticas”, que el convenio franco-alemán del 29 de noviembre de 1951 contemplaba como única justificación para denegar la extradición: “Gabor Winter no es un delincuente político sino un delincuente social. Rechaza las constricciones sociales. Un verdadero delincuente político no alberga sentimientos de rechazo hacia la sociedad. Ataca las estructuras políticas y no las estructuras sociales, como hace Gabor Winter.” La noción de un delito político respetable no fue reconocida en Europa sino a partir del momento en que la burguesía atacó con éxito las estructuras sociales anteriormente vigentes. La calidad de delito político era indisociable de las diversas intenciones de la crítica social. Eso valía para Blanqui, Varlin y Durruti. Ahora se finge una voluntad de conservar, como un lujo nada costoso, un delito puramente político que sin duda nadie tendrá ya ocasión de cometer, puesto que el tema ya no interesa a nadie, exceptuando a los propios profesionales de la política, cuyos delitos no se persiguen casi nunca ni tampoco se llaman ya delitos políticos. Todos los delitos y todos los crímenes son, efectivamente, sociales. Pero de todos los crímenes sociales ninguno debe considerarse peor que la impertinente pretensión de querer todavía cambiar algo en esta sociedad, que cree que hasta ahora ha sido demasiado paciente y demasiado buena, pero que no quiere que se la siga criticando.

jueves, 30 de abril de 2009

Elogio de la pereza refinada por Raoul Vaneigem

Europa conoce hoy en día una clase burocrática que rasca el fondo de las arcas del capital con el fin de hacerlo fructificar en un circuito cerrado, sin invertir en nuevos modos de producción. Y los proletarios, a quienes se ha enseñado que el proletariado ya no existe, alegan excepciones por su disminución de poder adquisitivo en la esperanza de que un gran movimiento caritativo suplirá la supresión de sus derechos sociales, la reducción de los salarios, la rarefacción del trabajo útil y el desmantelamiento de la enseñanza, de los transportes, de los servicios sanitarios, de la agricultura de calidad y de todo aquello que no aumenta con una rentabilidad inmediata la masa financiera puesta al servicio de la especulación internacional.


En la opinión que se ha ido forjando al respecto, la pereza se ha beneficiado mucho del creciente descrédito que pesa sobre el trabajo. Antaño erigido en virtud por la burguesía, que extraía su beneficio de él, y por las burocracias sindicales, a las cuales aseguraba la plusvalía de su poder, el embrutecimiento de la faena cotidiana ahora se reconoce como lo que es: una alquimia involutiva que transforma en un saber de plomo el oro de la riqueza existencial. Sin embargo y a pesar de la estima de que disfruta, la pereza continúa sufriendo igualmente por la relación de pareja que, en la tonta asimilación de las bestias a lo que los humanos poseen de más despreciable, persiste en reunir a la cigala y la hormiga. Querámoslo o no, la pereza sigue atrapada en la trampa del trabajo que rechaza mientras canta. Cuando se trata de no hacer nada, ¿la primera idea que se nos viene a la cabeza no es que la cosa cae por su propio peso? En una sociedad en la que sin descanso se nos arranca de nosotros mismos, ¿cómo llegar hasta uno mismo sin tropiezos? ¿Cómo instalarse sin esfuerzo en ese estado de gracia en el que no reina sino la indolencia del deseo?. ¿No funciona todo para turbar, gracias a las buenos motivos del deber y de la culpabilidad, el recreo sereno de estar en paz en compañía de uno mismo? Georg Groddeck percibía con justeza en el arte de no hacer nada el signo de una conciencia verdaderamente liberada de las múltiples obligaciones que, desde el nacimiento a la muerte, hacen de la vida una frenética producción de nada. Estamos tan inflados de paradojas que la pereza no es un asunto sobre el que uno pueda extenderse sencillamente, como nos invitaría a hacer la naturaleza si, en efecto, la naturaleza pudiese abordarse sin rodeos.



El trabajo ha desnaturalizado la pereza. La ha convertido en su puta, del mismo modo en que el poder patriarcal veía en la mujer al reposo del guerrero. La ha revestido con sus falsos pretextos, en el mismo momento en que la altivez de las clases sociales explotadoras identificaba la actividad laboriosa únicamente con la producción manual. ¿Qué eran aquellos poderosos, aquellos soberanos, aquellos aristócratas, aquellos altos dignatarios más que trabajadores intelectuales, trabajadores encargados de hacer trabajar a quienes habían convertido en sus esclavos? . Esa ociosidad de la que los ricos se vanagloriaban y que, secularmente, alimentaba el resentimiento de los oprimidos, se me antoja muy alejada del estado de pereza en lo que éste tiene de idílico. El hermoso apoltronamiento que se conceden los fatuos de nobleza al acecho de las menores carencias, puntillosos con las prelaciones, alerta de unos criados que ocultan bajo la máscara del servilismo su rencor y su desprecio, cuando no se trata de dar a probar previamente los platos sazonados con los maleficios de la envidia y de la venganza… ¡Qué fatiga produce tal pereza! ¡Y qué servidumbre en la satisfacción constante de la complacencia del mando!. ¿Se dirá del déspota que, al menos, se arroga el placer de ser obedecido? ¡Pobre placer es éste que, beneficiándose del displacer de los otros, se engulle con la acidez que suscita! Se convendrá conmigo en que mantenerse de tal suerte por encima de las tareas innobles no es, en modo alguno, reposo y que apenas facilita el feliz estado de no hacer nada. Sin duda que el hombre de negocios, el patrón, el burócrata no se comprometen, aparte de sus ocupaciones, en un régimen de domesticidad que es más inoportuno que confortable. No sé si buscan la soledad del subprefecto en los campos, pero todo indica, en su caso, una propensión más al divertimento que a la ociosidad. Uno no rompe sin dificultad con un ritmo que te propulsa de la fábrica a la oficina, de la oficina a la Bolsa y de la conferencia-almuerzo al almuerzo-conferencia. El tiempo, repentinamente vaciado de su contabilidad dineraria, se vuelve tiempo muerto; apenas existe. Es preciso haber perdido, más que el sentido de la moral, el sentido de la rentabilidad para pretender penetrar en él e instalarse allí sin vergüenza.

Pase con el descanso nocturno, auténtica prescripción médica para quien se lanza cada día a una carrera contra el reloj. Pero ¿quién osará, en una guerra en la que uno está en todo instante expuesto al fuego intenso de la competencia, levantar la bandera blanca de un momento de ociosidad? Demasiado nos han remachado el desastroso ejemplo de las "delicias de Capua", en las que Aníbal, cediendo no se sabe a qué hechizo de los sentidos, pierde tanto Roma como el beneficio de sus conquistas. Hay que rendirse a la evidencia: en un mundo en el que nada se obtiene sin el trabajo de la fuerza y de la astucia, la pereza es una debilidad, una estupidez, una falta, un error de cálculo. No se accede a ella más que cambiando de universo; es decir, de existencia. Son cosas que pasan.
Un director de banco –me aseguran- se encontró arruinado, abandonado por todos, cubierto de oprobio. Un rinconcito en el campo lo acoge; planta algunas viñas. Un huerto, unos pocos pollos y la amistad de los vecinos cubren sus necesidades. Hace descubrimientos asombrosos: una puesta de sol, el centelleo de la luz en el sotobosque, los olores silvestres, el sabor del pan que él mismo ha amasado y cocido, el canto de las alondras, la turbadora configuración de la orquídea, las ensoñaciones de la tierra a la hora del rocío o de la serena. El hastío de una existencia que había pasado ignorándose le había dado un lugar en el universo. Aún quedaba saber ocuparlo. El camino no es tan fácil, pues la exclusión de un mundo que te excluye de ti mismo basta para que vuelvas a encontrarte en él. Si no fuese así, no habría un parado que no se hubiese convertido en poeta de los tiempos futuros. Lo habitual es que el parado no se pertenezca a sí mismo, sino que continúe perteneciendo al trabajo. Lo que lo destruía en la alienación de la fábrica y de la oficina persiste en corroerlo fuera de ellas como el dolor de un miembro fantasma. Como el explotador, el explotado apenas tiene la oportunidad de consagrarse sin reservas a las delicias de la pereza.

Seguramente hay malicia en hacer lo menos posible para el patrón, en parar de trabajar desde el momento en que vuelve la espalda, en sabotear las cadencias y las máquinas, en practicar el arte de la ausencia justificada. La pereza, en este caso, salvaguarda la salud y presta a la subversión un carácter agradablemente roborativo. Rompe el tedio de la servidumbre, quiebra la palabra de mando, recupera la calderilla de ese tiempo que os arrebata ocho horas de vida y que ningún salario os permitirá recuperar. Dobla, con un ensañamiento salvaje, los minutos robados a la máquina de fichar, cuyo recuento de la jornada aumenta el beneficio del patrón. De acuerdo. Pero la pregunta sigue en pie: ¿qué placer puede uno obtener sin reservas si implica antes que nada arruinar el placer del otro? ¿Quieres que te obedezcan? Pues nada de eso. Ofrezco una prueba viva hurtándome a tu poder, rompiendo ese poder que te parece, sino eterno, sí al menos adquirido para un largo tiempo. Noble tarea es, sin duda, la subversión del trabajo innoble, pero no te libra de trabajar. Hete aquí, como el amo al acecho del criado que le roba, holgazaneando con el ojo puesto en el amo para robarle mejor. No puede entenderse la pereza de forma tan furtiva. Se necesita desahogo, como en el amor. Quien está pendiente del "¿quién vive?" no vive en absoluto, o lo hace mediocremente. ¡Qué rencor, por otro lado, al no poder arruinar tan retorcidamente como uno desearía el hedonismo de los explotadores, por mediocre que éste sea! ‘Mientras nosotros curramos, ellos se llenan la panza , dice la canción. Pero, de la misma manera que aquellos curas rijosos a los que el viejo anticlericalismo puritano reprochaba el lanzarse a los excesos, ¿no habría sido el hedonismo lo mejor que los explotadores alcanzasen en toda su existencia si el terror a los explotados no los hubiera condenado a secretas y precipitadas compulsiones? El privilegio de los proletarios al emanciparse tanto del trabajo que los convierte en asalariados como de aquellos que extraen de él la plusvalía consistía precisamente en acceder al goce de ellos mismos y del mundo. El goce y su consciencia, agudizada al perfeccionarlo, poseen suficientemente la ciencia de liberarse de aquello que los entorpece o los corrompe. ¡Preguntádselo a los que aprenden a
amarse!

Lo que es verdad para el amor es verdad para la pereza y su disfrute. A menudo estamos lejos de la realidad. Un reportaje sobre los campesinos brasileños, privados de la tierra mientras grandes extensiones permanecen baldías en manos de unos propietarios preocupados tan sólo por mantener su propiedad, los exhibía en una larga marcha de la miseria, blandiendo cruces, con curas a la cabeza, pues la Iglesia los provee cotidianamente de un guiso de arroz y judías. En interés de la objetividad mediática, se insertaba, conforme a las leyes del montaje, un banquete en el que los propietarios rurales se servían salchichas y costillas de cordero en abundancia, argumentando sobre su justo derecho y protestando contra los ataques de los que se consideraban víctimas.
Entre la miseria de los notables amedrentados y la compasión por los desposeídos, uno daba en pensar que los primeros no tienen el disfrute de sus tierras porque no poseen más que su propiedad y que los segundos, a quienes correspondería tal disfrute, apenas están en disposición de disfrutar de nada.
La situación es menos arcaica de lo que parece. Europa conoce hoy en día una clase burocrática que rasca el fondo de las arcas del capital con el fin de hacerlo fructificar en un circuito cerrado, sin invertir en nuevos modos de producción. Y los proletarios, a quienes se ha enseñado que el proletariado ya no existe, alegan excepciones por su disminución de poder adquisitivo en la esperanza de que un gran movimiento caritativo suplirá la supresión de sus derechos sociales, la reducción de los salarios, la rarefacción del trabajo útil y el desmantelamiento de la enseñanza, de los transportes, de los servicios sanitarios, de la agricultura de calidad y de todo aquello que no aumenta con una rentabilidad inmediata la masa financiera puesta al servicio de la especulación internacional.

La única utilidad que se le reconoce ahora al trabajo se limita a garantizar un salario a la mayoría y una plusvalía a la oligarquía burocrática internacional. El primero se gasta en bienes de consumo y en servicios de una mediocridad creciente; la segunda se invierte en especulaciones bursátiles que, cada vez más, prestan a la economía un carácter parasitario. Se ha implantado tan bien el hábito de aceptar no importa qué trabajo y de consumir lo que sea para equilibrar esa balanza mercantil que reina sobre los destinos como la vieja y fantasmal providencia divina que, quedarse en casa en lugar de participar en el frenesí que destruye el universo, pasa extrañamente por algo escandaloso. Uno de esos ministros cuya máquina administrativa devora millones a la manera de un gigantesco aparato que parasita la producción de bienes prioritarios no tuvo empacho en denunciar, con la aprobación de los gestores de la información, a los beneficiarios de subsidios, a los ferroviarios jubilados, a los usuarios de los servicios de salud, en pocas palabras, a las gentes que obtienen placer de su reposo mientras otros duermen para un patrón cuyo dinero no deja de trabajar. Que se hayan encontrado proletarios –subsidiados en potencia, sin embargo- que consienten en la refundición semántica de las palabras compradas por el poder no es el simple efecto de la imbecilidad gregaria. Planea sobre la pereza tal sentimiento de culpa que pocos se atreven a reivindicarla como una parada saludable que permite reconquistarse y no ir más allá en el camino por el que el viejo mundo se desliza.


¿Quién, entre los subsidiados, proclamará que descubre en la existencia riquezas que la mayoría busca donde no están? No encuentran placer en no hacer nada, no piensan en inventar, en crear, en soñar, en imaginar. En la mayoría de las ocasiones sienten vergüenza por estar privados de un embrutecimiento asalariado que les privaba de una paz de la que ahora disponen sin osar instalarse en ella. La culpabilidad degrada y pervierte a la pereza, prohíbe su estado de gracia, la despoja de su inteligencia. Qué mejor ocasión que las huelgas para suspender ese tiempo en el que todo el mundo corre para no atraparse jamás, se desloma por ser lo que le repugna y por no ser lo que habría deseado, y cuenta con la jubilación, la enfermedad y la muerte para poner fin a su fatiga.
Una parada en el trabajo debería propagar la buena conciencia de la pereza, alentar ese saludable reposo que ahorraría no pocos gastos en sanidad. No hace falta más que ponerle un poco de imaginación. Nos cruzamos de brazos, dirían los ferroviarios, instauramos la gratuidad del tiempo y del espacio y, para vuestro esparcimiento, nos relevaremos para hacer que los trenes circulen y permitiros recorrer Francia entera sin ningún desembolso por vuestra parte. ¿Seguirías asistiendo a fábricas y oficinas?. ¡Vosotros sabréis! Tal vez se les ocurriese a algunos que la pereza es más creativa que el trabajo.

¡Pero no! Declarar que la huelga es una fiesta es un insulto para quienes persisten en encontrar dignidad en la esclavitud del trabajo. Es necesario, dentro del orden de cosas que nos gobierna, que la huelga sea una maldición, igual que la pereza. Respiramos con pesar un poco de aire fresco antes de retomar valientemente el camino de la corrupción y de la polución. Bien que nos merecemos la jubilación, suspiran los trabajadores. Pero, conforme a la lógica de la rentabilidad, lo que uno merece ya lo ha pagado no una vez, sino diez. Que no se diga, pues, que la jubilación ofrece al fin un refugio a esa ociosidad que, decididamente, es la cosa peor repartida del mundo. ¿Confundiréis pereza y fatiga? Yo ni siquiera hablo del fin de esa existencia llamada cínicamente activa sobre el cual cuarenta años de desriñone cotidiano continúan imprimiendo su cadencia, mientras la vida se escapa por todos lados y los días se transforman en adelantos en la contabilidad de la muerte.

La pereza en la que desborda de repente toda la carga de los deseos, prohibidos por cuarenta horas semanales de presencia obligatoria en la fábrica o en la oficina, no es más que una gris liberación, la aceleración de un retraso que hay que superar, la compulsión del perro al que repentinamente se le desata la correa. La pereza, en suma, nunca fue en el pasado mejor tratada que la mujer, y sabemos demasiado bien cómo nuestro presente está marcado en sus nueve décimas partes por lo que fue. Cuando el poder del macho veía en la mujer al reposo del trabajador en armas, de cuello blanco o de cuello azul, ¿no es cierto que la identificaba con la ociosidad?. Hablando para no decir nada, atareada para no hacer nada, la mujer derivaba su inferioridad de su ausencia de la economía y estaba excluida de la alquimia lucrativa y saludable reservada a la fuerza viril, con la única excepción del tiempo destinado a la maternidad y a producir hijos para la fábrica y la gloria militar.


Ociosa y vana, a la mujer era imprescindible mantenerla "ocupada", del mismo modo que el trabajo viola a la pereza. Exiliada, como el parado, de la máquina de excretar rentabilidad, no obtenía del ocio más que la sombra de su maldición. Ni derecho ni goce, sólo remordimientos y pecado. ¿Cómo encontrar reposo en una ociosidad que es, en el peor de los casos, una bajeza y, en el mejor, una excusa? Pues si el trabajo se identificaba con la fuerza, la pereza quedaba rebajada a la condición de una debilidad mórbida. Por una inversión de sentido que es propia del viejo mundo, el desriñone laborioso se transformaba en signo de salud, mientras el dulce farniente se revelaba como un síntoma enfermizo. Tal es el peso del ajetreo sobre una vida que en realidad no exigía tanto, que, despojada del frenesí de una acción empeñada en el logro de fines útiles e inútiles, se diría que nada queda en un mundo de repente despoblado. La pereza es una nada; inclinarse sobre ella es contemplar un abismo y el abismo, afirmaba Nietzsche, también mira dentro de ti. Entra, desde luego, en la lógica de las cosas que, después de haber demostrado que la pereza carecía de existencia fuera del trabajo, de la opresión, de la subversión, de la culpabilidad, del desahogo, de la debilidad constitutiva, se llegará a la conclusión de que no era nada.

Albert Cossery hizo una sabrosa descripción de esa nada. En Los haraganes del valle fértil nos introduce furtivamente en una casa de pueblo en la que cada uno de sus habitantes rivaliza en ingenio para dormir el mayor tiempo posible. Hay que desbaratar las conjuras del mundo exterior, valerse de la astucia frente a la perversa atracción que el trabajo ejerce en ocasiones sobre aquellos que han tenido la fortuna de no saber nunca de él. Que la atmósfera no es de júbilo, ni siquiera de entusiasmo, es lo menos que puede decirse. Un sombrío ardor preside la rigurosa disposición del silencio. La angustia merodea entre los ronquidos. Aunque acaso sea menos el producto de una posible ruptura del delicado equilibrio de la nada que de la lasitud de la holganza. Pues aquí la pereza no es más que la vanidad de un dormir sin sueños. Es una venganza contra la vida ausente, un arreglo de cuentas existencial que raposea con la muerte. Se reivindica el derecho a no ser nada en un universo que ya te ha condenado a la nulidad. Es demasiado o no es suficiente. Seguramente puede encontrarse cierto placer en no estar para nadie, en quererse de una absoluta nulidad lucrativa, en dar testimonio de la propia inutilidad social en un mundo en el que se obtiene un resultado idéntico mediante una actividad muy a menudo frenética. Pero eso no impide que el contenido mismo de la pereza deje que desear. Su inconsistencia la predispone a los manejos de quien quiere sacarle partido. Hay tanta pereza como debilidad en dejarse gobernar, señalaba La Bruyère.


Hay en los letárgicos una propensión a preferir la injusticia al desorden. ¿Los cuidados que requieren los privilegios de la somnolencia mental y de la ociosidad no implican acaso una perfecta obediencia al orden de las cosas? Pagar el descanso con la servidumbre es, sin duda, un trabajo innoble. Hay demasiada belleza en la pereza como para convertirla en la prebenda de los clientelismos. Al paso de una manifestación contra la mafia en Palermo, un joven se indignaba: "¡Están locos! Sin la mafia, ¿quién nos ayudaría?". El integrismo islámico no reacciona de manera distinta. Ser una larva bajo la mirada de Alá y en la miseria del mundo sirve al poder de los negocios. Si la pereza se acomoda a la apatía, a la servidumbre, al oscurantismo, no tardará en entrar en los programas de un Estado, que, previendo la liquidación de los derechos sociales, pone en marcha organismos caritativos privados con el fin de suplirlos: es decir, un sistema de mendicidad del que desaparecerán reivindicaciones que, bien es verdad, emprenden dócilmente ese mismo camino a juzgar por las últimas súplicas públicas, que tienen como leitmotiv: "¡Dadnos dinero!". El mercantilismo de tipo mafioso en el que se transforma la economía en declive no podría coexistir más que con una ociosidad vaciada de toda significación humana. Pues tal vez sea tiempo de darse cuenta de que la pereza es la peor o la mejor de las cosas dependiendo de que se incluya en un mundo en el que el hombre no es nada o bien en una perspectiva en la que quiere serlo todo. No es poco reconocer que la pereza no ha conocido más que una existencia alienada, envilecida, sometida a intereses sin relación deseable con las esperanzas que habría sido natural poner en ella.

¿Cómo sorprenderse de algo así, si lo mismo ocurre con el ser que se dice a sí mismo humano y pasa lo mejor de su vida demostrando que lo es bien poco? Tal cosa no impide, sin embargo, ni las aspiraciones ni el poder del imaginario por medio del cual la historia no hace más que suplir sus crueles realidades, ni que se bosquejen esos cambios que tantos deseos secretos reclaman. Es entonces cuando la pereza revela su riqueza. ¿Acaso no ha elaborado ella un universo, fundado una civilización? Feliz país el de Jauja5, en el que, sin el menor esfuerzo, los platos más apetitosos adornan las mesas, en el que las bebidas fluyen a raudales en una extravagante diversidad, y en el que, con el favor de una naturaleza ubérrima, los embelesos del amor se ofrecen en el recodo de cualquier bosquecillo. Entre las poblaciones más pacíficas del globo reina una encantadora indolencia. Basta con tender la mano o con abrir la boca para satisfacer las exigencias del gusto o del goce.

En el país de Jauja la abundancia es natural, la bondad nativa, la armonía universal. Nada, desde el mito de la Edad de Oro a Fourier, ha exaltado mejor las ensoñaciones del cuerpo y de la tierra, las sinfonías secretas y jubilosas que componía una razón cuidadosamente prevenida contra la racionalidad del tumulto laborioso, de la miseria activa y del fanatismo competitivo. ¿Es preciso revelar el recuerdo resurgente de una época lejana y anterior a nuestra civilización agraria, que fertiliza la tierra con sudor y sangre antes de esterilizarla para sacarle más dinero? Las cadenas del trabajo y de la competencia guerrera, que marcan el ritmo de la danza macabra de la civilización mercantil, idealizaron sin esfuerzo a las sociedades que se sustraían a tan temibles privilegios. Sin duda, pero la visión idílica responde bastante bien, a juzgar por el estudio de los emplazamientos magadalenianos, a colectividades en las que la recolección de plantas, la pesca y una caza complementaria tejían entre los hombres, las mujeres, los animales, la fecundidad vegetal y la tierra vínculos menos apremiantes, más igualitarios y tranquilizadores que la apropiación agraria, cuya explotación de la naturaleza acarreará la explotación del hombre por el hombre.

Reconozcamos, sin embargo, que cada vez que se ha descubierto al buen salvaje ha sido preciso bajar una tercera la melodía de las alabanzas. En materia de comportamientos ejemplares, la variedad ,Jívaro, o, Dayak, se imponía muy frecuentemente al tipo "Trobiandés". Y cuando el modelo alegraba nuestros corazones, ¿qué nos aportaba sino un poco más de nostalgia? No hay vuelta al pasado, a no ser en la irritante esterilidad de la añoranza.
El sueño de Jauja carece de esa languidez retrógrada. Gracias a una escandalosa improbabilidad, puede integrarse tanto mejor en el campo de los posibles.

En Jauja presentimos que la exuberancia de la naturaleza se ofrece a quien la solicita sin querer saquearla o violarla. Por ella pasa, como venido de lo más profundo de la historia y del individuo, el aliento de un deseo inextinguible; el deseo de una armonía con los seres y las cosas, presente con tanta sencillez en el aire de todas las épocas. El tiempo en el que las bestias hablaban, en el que los árboles eran pródigos en sabios consejos, en el que los objetos mismos se animaban se mantiene en el corazón de lo real en los niños. El perezoso descubre su fascinación enclavada en una indolencia que evoca en él confusamente la existencia prenatal, momento en el que el universo matricial, el vientre de la madre, dispensa amor, alimento y ternura. "¿Qué funestas condiciones –se pregunta- nos impiden otorgar a la naturaleza su vocación de madre abastecedora?".

Por mucho que la racionalidad lucrativa del trabajo considere la cuestión nula y sin valor, el perezoso sabe que en la feliz disposición que lo protege del mundo de la especulación y la tarea, tal fantasía no está desprovista de sentido y poder. Entre el medio ambiente y él, la despreocupación contemplativa basta para tejer una red de sutiles afinidades. Percibe mil presencias en la hierba, en las hojas, en una nube, un perfume, un muro, un mueble o una piedra. De repente le asalta un sentimiento de estar vinculado a la tierra por las nervaduras íntimas de la vida. Se encuentra en unidad con lo vivo, en una religio de la cual la religión, que encadena la tierra al cielo y el cuerpo a los mandamientos divinos, no es más que una inversión. Al contrario que el místico, exiliado de sus sentidos mediante el desprecio de sí mismo, el ocioso restituye la materialidad de la vida –la única que hay- al universo del que procede: el aire, el fuego, la tierra, el mineral, el vegetal, el animal y el ser humano, que de todos ellos ha heredado su especificidad creativa.

Bajo la aparente languidez del sueño se despierta una conciencia a la que el martilleo cotidiano del trabajo excluye de su realidad rentable. Dicha languidez nada tiene que ver con el animismo, afectación religiosa en la que el espíritu trata de apropiarse de los elementos de la tierra como si éstos no se bastasen a sí mismos. Sencillamente, emana de una vitalidad que el cuerpo en reposo se reapropia. Para que la pereza acceda a su especifidad, no basta con que rehúse a la voluntad omnipresente del trabajo; es necesario que sea por y para sí misma. Es necesario que el cuerpo, del que constituye uno de los privilegios, se reconquiste como territorio de los deseos, a la manera en que los amantes lo perciben en el momento del amor. Lugar y momento de los deseos, así se reivindica esta pereza según el corazón, tan opuesta al la pereza del corazón, a la cual amenaza con reducirla el mercadeo social ordinario. La suavidad de los prados, la serenidad del lecho se pueblan de una multitud de anhelos concebidos por la felicidad, y que las obligaciones rechazaban, deformaban, diezmaban, travestían de significaciones mortíferas.

El país de Jauja se erige en proyecto en la intención: todo se pone al alcance de la mano de quien aprende a desear sin fin. "Haz lo que quieras" es una planta ética que no pide más que crecer y embellecerse. La crueldad de condiciones insoportables y que, sin embargo, toleramos prescribe que la abandonemos como si nos requiriese la urgencia de no ser nosotros mismos, de no pertenecernos jamás. La pereza es goce de uno mismo o no es nada. No esperéis que os sea concedida por vuestros amos o vuestros dioses. A ella se llega por una natural inclinación a buscar el placer y evitar su contrario. Una simpleza que la edad adulta se empeña en complicar. Acabemos, pues, con la confusión que asocia a la pereza con ese reblandecimiento mental que llaman pereza de espíritu, como si el espíritu no fuese la forma alienada de la conciencia del cuerpo. La inteligencia de uno mismo que la pereza exige no es otra cosa que la inteligencia de los deseos de la que el microcosmos corporal necesita para liberarse del trabajo que le pone trabas desde hace siglos. ¡A saber lo que se desliza a
través de la multitud de anhelos y deseos que invaden al perezoso finalmente decidido a no ser más que para sí mismo!

Tal es la fuerza de los deseos cuando se encuentran –por decirlo así- en estado de libertad que les vence la ilusión de poder cambiar el mundo a su favor y sobre el terreno. La vieja magia se aparece más de lo que creemos en los repliegues de la conciencia. "Es una creencia muy antigua –escribe Campbell Bonner- que una persona, instruida en los medios de obrar, pueda poner en marcha fuerzas misteriosas, capaces de influir en la voluntad del otro y de someter sus emociones a los deseos del operador. Tales fuerzas pueden ser activadas mediante palabras, mediante ceremonias realizadas conforme a las reglas o bien mediante objetos investidos de un poder reconocido como mágico". Y Jacob Böhme, más sutilmente: "La magia es la madre del ser de todos los seres puesto que se hace a sí misma y puesto que consiste en el deseo. La auténtica magia no es un ser; es el deseo, el espíritu del ser". (Erklärung von sechs Punkten).

El siglo XIII conservó el trazo de esta "pereza que mueve molinos" y que evoca Georges Schéhadé . En esa época hay, en efecto, una secta que sostiene: "No es necesario trabajar jamás con las propias manos, sino rezar sin cesar; y si los hombres rezan de tal suerte, la tierra proveerá sin cultivo más frutos que si hubiese sido cultivada" (Citado por H. Grundmann, Religiöse Bewegungen in Mittelalter,Hildesheim, 1961). Y si la operación no dejó en la historia una prueba tangible de su eficacia, es conveniente no incriminar tanto la incompetencia del Dios al cual los orantes se dirigían o cierto modo vicioso de proceder cuanto el recurso a la oración, pues hacerse dependientes de los otros para acceder a una independencia ardientemente deseada es ir contra la propia voluntad y tener en poca consideración las propias aspiraciones. El universo abunda en trampas de este género. Se mezclan en él demasiadas sujeciones, interdictos, represiones y automatismos, como para dispensarnos de la mayor vigilancia.

Es conocido el apólogo indio. Un hombre se había acostado a la sombra de un árbol famoso por su poder mágico. El suelo se le antojaba poco mullido, deseaba tenderse más voluptuosamente, y una suntuosa cama se le apareció. Enseguida le entraron ganas de un copioso almuerzo, y surgió una mesa equipada con los platos más exquisitos. "Mi felicidad sería completa –soñaba- si tuviese a mi lado a un joven graciosa y lista para colmar mis deseos". De improviso llegó la joven y dio respuesta a su amor. Poco habituado, sin embargo, a semejante constancia en la felicidad, no pudo evitar un miedo infundado. Temeroso de perder en un instante una fortuna tan perfecta, imaginó que un tigre salía del bosque. Brotó el tigre y le partió la nuca. Un deseo puede contener otro de sentido contrario. Es asunto de la pereza aprender que no debe temer nada, sobre todo de ella misma. Cuántos esfuerzos para pertenecerse sin reservas. Y no es que sean precisos grandes rodeos para ello, sino que lo más sencillo no se entrega dócilmente a los espíritus atormentados. La infancia del arte no se alcanza más que a través del arte de convertirse en infante.

La desnaturalización ha hecho grandes progresos, decía un perezoso saboreando Le lézard, la canción de Bruant, y su inmortal "No puedo trabajar, nunca
aprendí". Y añadía: se nos ha puesto en tal disposición para trabajar, que no hacer nada exige hoy en día todo un aprendizaje. En una época en la que crece el desempleo, la enseñanza de la pereza resultaría seductora si no fuera porque es cosa de cada uno cultivar sin la asistencia de los otros una ciencia así de delicada, particular y personal. Nadie puede asegurarse su felicidad (y aún más fácilmente, su desgracia), salvo uno mismo. Pasa con los deseos como con la materia prima de la que el alquimista trata de extraer la piedra filosofal. Constituyen su propio fondo y no se puede extraer de ellos más que lo que allí se encuentra. En consecuencia, todo es cuestión de refinamiento. La pereza en estado bruto es como una nuez que nos comiésemos sin pelar. Por más que la hayamos escogido libre de las corrupciones ordinarias del trabajo, de la culpabilidad, de la liberación y de la servidumbre, aún falta degustarla para obtener todo el placer: devolverla al movimiento natural que la hará ser lo que es, un momento del goce de uno mismo, una creación, en suma. El hábito de los placeres laboriosos, sombreados –más que subrayados- por lo efímero y hurtados a toda prisa, nos ha despojado de la experiencia del esfuerzo y de la gracia. Los placeres, en lo que tienen de auténticos, no son ni el fruto de un capricho del azar o de los dioses, ni la recompensa de un trabajo del que no serían más que la respiración jadeante. Se dan tal como los cogemos. La alegría de la que nos llenan es la alegría con la que los abordamos.

Tal vez sea ésta la Gran Obra cuya búsqueda paciente y apasionada el alquimista emprendía cada día: una obstinación del deseo en despojarse de lo que lo corrompe, en refinarse sin cesar hasta alcanzar esa gracia que transmuta en oro vivificante el plomo de la miseria, de la muerte y del tedio. Cuando la pereza no alimente más que el deseo de satisfacerse, entraremos en una civilización en la que el hombre ya no sea el producto de un trabajo que produce lo inhumano.

domingo, 19 de abril de 2009

La Internacional Situacionista.

Pequeño Larusse de historias trastornadas: volumen V
La Internacional Situacionista. Guerrillas culturales, provocadores e indios, poetas, culturetas subversivos, fumetas, macarras instruidos y folladores de calle.

Wuming 6

1. LA SOCIEDAD SIN CLASES HA ENCONTRADO A SUS ARTISTAS:

Como bien saben las lectoras de esta serie trastornada, todo se normaliza con el tiempo, la vanguardia se convierten en moda. Bien lo saben todos y todas las que escriben de estas cuestiones e incluyen este razonamiento en su reflexión al comienzo de un artículo como éste. El antepenúltimo manifiesto salvaje es pasto de la pasta y engullido queda por los cerebros (las mejores mentes) de aquellos de esa generación que han sido destruidos por el aullido de la fama y de ese gesto humano tan mujer de Lot que es la retrospectiva. Sal en las heridas cicatrizadas y la decisión de comprar esos saleros de ikea tan de diseño. Y en estas llegamos al situacionismo. Ese movimiento mítico. ¿Agitadores? ¿borrachos? ¿cineastas? ¿Trastornados? ¿Los verdaderos artífices del mayo francés? ¿Situacionistas en los textos de Rotten? ¿Poso situacionista en la exégesis de la globalización? Según el gran Greil Marcus, la explosión punk parece ser el último espolón transgresivo del mundo cultural. Qué mierdas dices, afirmarían los ravers, bloggers y altermundistas interneteros. Sí, sí, pero aquello que el viejo de la montaña afirmó con rotundidad entre vapores tetrahidrocannabinos explotó en la Inglaterra Tacheriana de crisis y paro. Está demostrado. Lean ese magnífico “Rastros de Carmín”. O el nuevo de Servando Rocha de La Felguera.

Pero volvamos a lo moderno como diría Asger Jorn a su mujer cuando ésta quería dedicar su obra pictórica a una lata de mejillones. Los situacionistas: unos tipos que al parecer todos los posmodernos citan. Incluso aparecen en una bibliografía de aquella globalizante feria del dinero, la policía y la economía cultural que fue el Forum de las Culturas de Barcelona. “Pardon?” que diría otra vez Asger Jorn. Sí, hijos míos. La vanguardia parece que sólo es un periódico.
Y los situacionistas: ¿Quiénes fueron, en qué bares bebieron? ¿Qué escribieron? ¿donde paraban? ¿Qué drogas se pasaban? ¿qué películas veían? ¿Debord sólo es un tipo que hacía películas raras? ¿Vaneigem sigue vivo y publicando y siendo reseñado por el filosofo del caballo Savater?

2. EL LETRISMO

No. No se piensen que el letrismo es eso que sufren los mileuristas con sus deudas y su tarjeta de crédito o débito y que en vez de ser arte postal (mail art) es terrorismo del buzón. Porque la muchachada situacionista provenía de otra movida que se podría sintetizar en otra “vanguardia de la vanguardia”. Se resume en: Isidore Isou, rumano con cara de Tony Curtis, aquello de la palabra no significaba nada (después del arreón del dadá) y escenificar un nuevo estadio en la reducción del mundo: los letristas reducirían la palabra a la letra, al puro signo, aparentemente sin significado y, en realidad, interminablemente fecundo. Pronto Gallimard, la famosa editorial, le ofreció un contrato a Isou. Eso sí después de que uno de los seguidores del rumano amenazara con quemar las oficinas de la editorial. Los letristas serían más conocidos en París por sustituir la cortesía por el ruido, la palabra por la letra. La acción, algarada más bien, que indujo al por entonces muchacho de diecinueve años Guy-Ernest Debord a unirse a los letristas tuvo como decorado el Festival de Cannes.
Tras varios filmes anticine (Hurlements en faveur de Sade, pantallas en blanco y gente hablando) y la ruptura con Isou, El 28 de julio de 1957 en una pequeña ciudad italiana, tiene lugar la fusión de la Internacional Letrista y el Movimiento Internacional por una Bauhaus Imaginativa creándose la Internacional Situacionista. la Internacional Situacionista se deja ver por la rive gauche. “Quienes intentan tomar posiciones después del surrealismo descubren una y otra vez cuestiones que lo preceden. Para Vaneigem, ya en el grupo, el papel de la Internacional Situacionista era la de aplicar “ la violencia de los delincuentes en el plano de las ideas”. Estamos en 1957.


3. LA FELICIDAD ES UNA IDA NUEVA EN EUROPA: EL OCIO ES LA VERDADERA CUESTIÓN REVOLUCIONARIA


Acuñada la frase de Saint Just, los situacionistas se dedican a escribir cosas tan hermosas y trastornadas como que el aventurero no es alguien a quien le suceden las aventuras, sino que es alguien que hace que sucedan. ¿Por qué todas las revoluciones se habían basado en la justicia y no en la felicidad? Fundada en 1957, la IS fue considerada una asociación paneuropea de estetas megalómanos y trastornados, despreciados (como no) por la izquierda y taxativamente ignorados por todos los que le rodeaban. Sería la primera revolución basada conscientemente no en una crítica del sufrimiento en la sociedad dominante sino en una “crítica total de su idea de felicidad”, una crítica en forma de actos, una nueva manera de llevar a cabo la vida cotidiana. Todas las revoluciones anteriores se habían basado en la justicia no en la felicidad.

“Lascritura situacionista era a la vez una forma de crítica y de ruido, dirigida con igual fuerza contra “todas las formas de organización social y política del Este y del Oeste” y contra todos aquellos “que intentaban cambiarlas”: dirigentes, burócratas, tecnócratas, líderes sindicales, teóricos del estado del bienestar, urbanistas, leninistas, artistas, profesores, estudiantes, capitalistas, gente del espectáculo, la realeza, castristas, provos, surrealistas, neodadaístas, anarquistas, el gobierno survietnamita, sus amos norteamericános, el gobierno norvietnamita, los arquitectos, los existencialistas, los curas y los situacionistas expulsados.

Y así: de la idea del trabajo a la idea de vida, del tiempo de trabajo, de ocio, de producción, de mercancías, nuevos móviles, coches, papillas, aeromodelismo, viajes a la miseria de los demás, al tiempo del homo ludens y no se me extravíen pensando en un ser humano con barba de tres días, flequillo pringoso, uñas amarillas delante de una tragaperras “calentando la máquina” y saboreando el acto sublimado de meter monedas en una rajita. Hablamos del hombre y la mujer juguetón de Huizinga.
El nuevo ismo nació con vocación de desaparecer mucho antes de que las galerías y los gafapasta y eruditos del arte lo concentraran todo en una exposición que convirtiera el situacionismo en espectáculo cultural del siglo XX. “La IS no quiere tener un lugar en un edificio artístico cultural, sino que lo mina subterráneamente” (LCAE 142). Eso y el rechazo más absoluto de los parásitos discipulares, de los limpiababas culturales que luego escriben memorias que exorcizan el pasado con un cheque de una gran editorial. Personas autónomas. Escribían en el número uno de su revista: “La cultura es declarada un cadáver ambulante, la política una caseta de feria, la filosofía una lista de doctrinas pasadas de moda, la economía un truco, el arte merecedor sólo de pillajes, los derechos legales una renuncia, la libertad de prensa un límite consensual del discurso de lo real y lo posible.
Y, of course, les dan estopa a los que les precedían y a su asentamiento en la cultura oficial:
"El éxito del surrealismo reside para muchos en que la ideología de esta sociedad, en su faceta más moderna, ha renunciado a una jerarquía estricta de valores facticios, pero se sirve abiertamente de lo irracional y de los residuos surrealistas." Informe sobre la construcción de situaciones, junio de 1957.
Imaginad por un momento a Breton asaltado en las calles de Montparnasse por un borrachuzo grupo que le insulta, gorgojea y le pide dinero. Imagina a Breton pasando de largo sin mirar casi avergonzado. Imaginad a Breton perdiendo un tren.

4. TOMO MIS DESEOS POR REALIDADES PORQUE CREO EN LA REALIDAD DE MIS DESEOS

Los situacionistas abogaban por la supresión del arte y el fin del trabajo, un cambio de escenarios que aniquilaría a los personajes en una tragedia y traería a la vida a las personas reales.
Contra el arte fragmentario, será una práctica global que contenga a la vez todos los elementos utilizados. Esta idea tiende naturalmente a una producción colectiva y sin duda anónima (en la medida en que, al no almacenar las obras como mercancías dicha cultura no estará dominada por la necesidad de dejar huella). La experiencia situacionista se proponía una revolución del comportamiento y un urbanismo unitario dinámico, susceptible de extenderse a todo el planeta; y de propagarse seguidamente a todos los planetas habitables.

Liberado así de toda responsabilidad económica, de todas sus deudas y culpabilidades hacia el pasado y el prójimo, el hombre dispondrá de una nueva plusvalía incalculable en dinero porque no se la puede reducir a la medida del trabajo asalariado: el valor del juego, de la vida libremente construida. El ejercicio de dicha creación lúdica es la garantía de la libertad de cada uno y de todos en el marco de la única igualdad garantizada con la no explotación del hombre por el hombre. La liberación del juego es su autonomía creativa, que supera la vieja división entre el trabajo impuesto y el ocio pasivo.

5. EL URBANISMO UNITARIO Y LA PSICOGEOGRAFÍA

El urbanismo unitario no consistía en una sola forma de destrozar el litora y en una deontología del robo y la violencia. Se trataba de una crítica global del urbanismo espectacular, en tanto que espacio enajenado a la vida cotidiana al serle impuesta una especialización -forjada sobre la existente división del trabajo- y un extrañamiento del entorno (Devesa dixit). La crítica situacionista al urbanismo buscaba una ciudad social y lúdica en la que el juego, la imaginación y la participación social en su construcción fuesen un hecho. La intervención práctica en la ciudad por parte de los situacionistas se concretaba en la psicogeografía y la práctica de la deriva. Esta práctica descafeinada en el tránsito de bares de la muchadada nocturna, combinaba lo aleatorio, en eso que es la actual sintonía de la campaña de turismo de la Junta, el "dejarse llevar" a través del paisaje urbano. Todo ello conectándolo con unas supuestas variables psicogeográficas que influirían en la deriva de modos diferentes según las personas y las propias condiciones del entorno urbano.

6.EL SESENTAY OCHO (UY!)

El sindicato de estudiantes de la Universidad de Estrasburgo consiguió efectivo para llevar a cabo su programa. No será hasta 1966, al hacerse un grupo de estudiantes cercanos a las tesis situacionistas con el control de la sección de la Unión Nacional de Estudiantes de Francia de Estrasburgo, cuando los situacionistas se den a conocer a la sociedad francesa. El llamado "escándalo de Estrasburgo" se produjo al publicarse un texto de Mustapha Khayati, Sobre la miseria de la vida estudiantil considerada bajo sus aspectos económico, político, psicológico, sexual e intelectual con fondos del sindicato.
Después vinieron las depuración alocadas entre el grupo, la explosión del 68 parisina, el movimiento de las ocupaciones y los enragés, la “literatura del 68” (eminentemente situacionista), más películas de Debord y el olvido para el movimiento que terminó a mediados del año 1972. De todos los grafittis que dignificaron las paredes de París, Debord afirmó que el más hermoso fue: “RÁPIDO”.
El período que media entre la publicación del texto de Khayati y las revueltas de mayo del 68 será el de mayor relevancia pública de la I.S. Su papel no fue tan relevante como les hubiera gustado que fuese. Algunas de sus ideas y consignas cuajaron en una parte del movimiento estudiantil y se pudieron ver innumerables pintadas con lemas situacionistas. En 1972 se disolvía con la publicación de un texto, co-firmado por Debord y Gianfranco Sanguinetti en el que hacían balance de la obra de los situacionistas y declaraban abierta una nueva época en la que las ideas situacionistas se extenderían y darían lugar a una fuerte corriente revolucionaria que cambiaría el mundo.
Total. Como decían en un cuestionario situacionista: Unos pocos más que el núcleo inicial de guerrilla de Sierra Maestra pero con menos armas. Unos pocos menos que los delegados que estuvieron en Londres en 1864 para fundar La Asociación Internacional de Trabajadores, pero con un programa más coherente. Tan firmes como los griegos de las Termópilas pero con un porvenir mejor.
El sindicato de estudiantes de la Universidad de Estrasburgo consiguió efectivo para llevar a cabo su programa. No será hasta 1966, al hacerse un grupo de estudiantes cercanos a las tesis situacionistas con el control de la sección de la Unión Nacional de Estudiantes de Francia de Estrasburgo, cuando los situacionistas se den a conocer a la sociedad francesa. El llamado "escándalo de Estrasburgo" se produjo al publicarse un texto de , Sobre la miseria de la vida estudiantil considerada bajo sus aspectos económico, político, psicológico, sexual e intelectual con fondos del sindicato.Después vinieron las depuración alocadas entre el grupo, la explosión del 68 parisina, el movimiento de las ocupaciones y los enragés, la “literatura del 68” (eminentemente situacionista), más películas de y el olvido para el movimiento que terminó a mediados del año 1972. De todos los grafittis que dignificaron las paredes de París, Debord afirmó que el más hermoso fue: “RÁPIDO”. El período que media entre la publicación del texto de Khayati y las revueltas de mayo del 68 será el de mayor relevancia pública de la I.S. Su papel no fue tan relevante como les hubiera gustado que fuese. Algunas de sus ideas y consignas cuajaron en una parte del movimiento estudiantil y se pudieron ver innumerables pintadas con lemas situacionistas. En 1972 se disolvía con la publicación de un texto, co-firmado por Debord y en el que hacían balance de la obra de los situacionistas y declaraban abierta una nueva época en la que las ideas situacionistas se extenderían y darían lugar a una fuerte corriente revolucionaria que cambiaría el mundo.Total como decían en un cuestionario situacionista