viernes, 8 de mayo de 2009
"La Polémica Praxis Ilegalista" x El Hombre Guillotina
“Por el crimen es como el egoísta se ha afirmado siempre y ha derribado con mano sacrílega los santos ídolos de sus pedestales. Romper con lo sagrado, o mejor aún, romper lo sagrado, puede hacerse general. No es una nueva revolución que se acerca; ¿pero no retumba un crimen potente, orgulloso, sin respeto, sin vergüenza, sin conciencia, con el trueno en el horizonte, y no ves que el cielo, henchido de presentimientos, se oscurece y se calla?”.
Max Stirner
El Ilegalismo no goza en nuestros días, ni aún en los medios Anarquistas más aparentemente “radicales”, de mucha popularidad ni predicamento. Esto supone una inevitable paradoja. Los “simpatizantes”, “militantes”, “activistas” o “afines” a cualquier corriente libertaria hablan, más o menos, en un lenguaje que podemos llamar “Anarquista”; el desprecio hacia determinadas “vacas sagradas”, y en especial a la Ley, es notable. Sin embargo, y he aquí lo paradójico, las actividades “ilegales” son pasto del estigma, el desprestigio, la condena general, e incluso el vilipendio y la calumnia, cuando no de la más clara delación.
Es como cuando piquetean en nuestros oídos toda una serie de cacofónicas contradicciones, esas que los más “informados” suelen espetarnos: “Libertad sí, pero bien controlada”, “La Anarquía no significa que uno pueda hacer lo que le de la gana”, “La autoridad es innecesaria si hay disciplina”, “En el Libertarismo no puede caber la Libertad Absoluta”… quizás algunos hayan identificado estos trinos, son imperativos que suelen salir de diversas bocas, en algunos casos son gente con “buen fondo” aunque repletos de miedo a la libertad; libertos que encuentran el camino pero no visualizan la meta. En el otro, es la gente que desconfía del “pueblo” al que, “vanguardistamente”, se han propuesto liberar, los que dicen que con una Anarquía ilimitada la gente sería ilimitadamente dañina, y con un Comunismo absoluto la gente sería absolutamente acaparadora… ¿No es esta la teoría de Hobbes?, ¿Si el pueblo es tan “malo” por qué hemos de desear su libertad? Quizás quienes hablen así prefieran vernos cargados de cadenas porque ellos mismos deben sentir terror ante lo que harían si fueran libres. Quienes no han erradicado de sus aspiraciones el “afán de poder” saben de lo que serían capaces si se les pusiera al alcance; los que aborrecemos mandar porque nunca hemos consentido ser mandados, no nos vemos acuciados por tales preocupaciones, y tan solo planteamos ¿Acaso existe alguna forma de Anarquía que no sea Ilimitada?
Si damos por sentado la multitud de problemas futuros, si aceptamos la sed autoritaria que poseerá a muchos individuos, y simplemente nos concentramos en intentar que esa serie de problemas puedan ser algún día resueltos por los propios interesados, e intentar quitar toda la serie de herramientas que convierten esa mera pulsión en un arma todopoderosa, estaremos siendo “realistas” sin empezar a tener miedo de marcarle el ritmo a nuestros propios pasos. Es decir, si barremos el poder económico, político y estatal, todo acto de autoridad que tengamos que repeler se circunscribirá a fenómenos en los que nadie se verá obligado a obedecer… el presidente no será nada sin su gobierno, ni el militar sin su ejército, ni el capitalista sin su industria; y nosotros lo seremos todo, si nuestra vida no se ve condicionada por sus decretos, ni nuestra existencia peligra por sus armas, ni nuestro estómago se ve vacío por su dinero. Que se limiten al garrote o la astucia, y en ese campo, cualquiera podrá detenerlos.
Si un mundo sin obediencia y sin órdenes es factible ¿Por qué confinarnos a actos que reproducen esa misma dinámica de “ley-acatamiento”?
Quizás no lo hayamos pensado, pero aún pesan sobre nosotros los más variopintos prejuicios. Muchos compañeros y compañeras me han dicho: “No te das cuenta que, por esos mismos métodos, el Anarquismo carga, aún a día de hoy, con mala fama”. Aquí suele ser muy socorrida una sandia frase de Bernard Thomas: “Todavía la bandera del Anarquismo lleva el luto por lo crímenes de la Banda Bonnot”… y ahora me atrevo a lanzar una pregunta que en muchos círculos se tildará de blasfema ¿Qué es lo que separa a un Bonnot de un Durruti?, la respuesta se me antoja solo una, la lente burguesa con que miramos al personaje.
Muchos, incluyendo Anarquistas, vociferan hoy contra los “propagandistas por el hecho” e “ilegalistas” de final del siglo XIX y principio del XX. Los Moncasí, Duval, Ravachol, Vaillant, o Callemin son llamados “sanguinarios”, “inmoladores de la Idea” y “oportunistas” entre otras lindezas, solo reciben elogios de los “folkloristas” o de los “morbosos”, mientras que, sin embargo, los “profesionales de esa misma Idea” (vendan libros o no) solo pueden ofrecerle los máximos parabienes a personajes como Bakunin, Malatesta, Eliseo Reclús, Ascaso o Quico Sabaté… paradoja sobre paradoja ¿Son acaso, quienes así hablan, pacifistas? En modo alguno, mucho de estos señores claman como el que más por una “Revolución armada e Integral”, lo cual demuestra que ni siquiera tienen la generosidad de los pacifistas de antaño.
Algunos como Tolstoi, Hem Day o Armand renegaban de cualquier forma de violencia, y sin embargo, nunca tuvieron para con los “propagandistas”, una vez vencidos, palabras duras o de reproche, todos ellos se destacaron en su defensa pública. Los críticos de hoy tienen otra “catadura”, no aducen motivos morales o de similar estilo; sin escrúpulos hacen gala de la más cruda arbitrariedad.
Es este el desproporcionado peso que inclina el platillo de nuestra moderna pero desequilibrada balanza.
El mismo Bakunin que es hoy despreciado por la burguesía, el que estaba dispuesto a empapelar con los cuadros “más artísticos y emblemáticos” cualquier fortaleza si eso suponía mantener viva la llama de la Insurrección. El que planteaba que, una vez perdida la Revolución de Dresde, y puesto que jamás había: “Podido llegar a comprender que hubieran mayores lamentaciones por las casas y las cosas inanimadas que por los hombres”, debía volarse la ciudad por los aires, y junto a ella el Ayuntamiento, con tal de que no cayeran en manos de las tropas prusianas. Es el mismo que hoy, obviamente, es aceptado por los Anarquistas como un “paradigma” del “revolucionario integral”.
Sin embargo, este Bakunin, reconocido tanto por su actividad revolucionaria como por el calado de sus análisis, era también quién abroncaba a su amigo Herzen por condenar a Karakozov por su fallido atentado contra el Zar, era quién consideraba que uno de los brotes de los que a la postre serían llamados “propagandistas por el hecho” (término acuñado por el propio Bakunin aunque popularizado por Paul Brousse) era un individuo a quien: “A pesar de sus errores teóricos, no podemos rehusarle nuestro respeto y reconocerlo, ante la abyecta muchedumbre de cortesanos serviles del zar, como uno de los nuestros”. Y suya era también la boca de la que brotaba una explícita invectiva Ilegalista, una que aspiraba a convertirse en auspicio, su llamada “Revolución de Bandoleros y Campesinos”, pues según él: “El Bandolero es el único y auténtico Revolucionario en toda Rusia… En los difíciles tiempos intermedios, cuando todo el mundo trabajador campesino semejaba dormir en un sueño que parecía no poder ser interrumpido por nada, oprimido por todo el peso del Estado, los Bandoleros, los salteadores de caminos, continuaron su lucha en los bosques hasta que las aldeas rusas despertaron de nuevo. Cuando esas dos formas de sedición, la de los Bandoleros y la de los Campesinos se unan, en ese momento surgirá la Revolución del Pueblo”.
¿No cumplieron los Duval, Pini y Jacob la parte que les correspondía?, ¿No se convirtieron en la palabra de Bakunin hecha “carne”? Es irónico contemplar cómo el mismo odio que las clases pudientes tienen por Bakunin, encuentra su distorsionado reflejo en el que muchos “revolucionarios” tienen por los Ilegalistas, a los que, por otra parte, Bakunin amparaba con su verbo.
En 1877, el grupo que componían Malatesta, Cafiero y Ceccarelli llegó a ser conocido como “La Banda del Matese”, pues extendían por dicha región una actividad netamente guerrillera (muy similar a la que los grupos Anarquistas antifranquistas realizarían en periodo de post guerra), ¿Y acaso “Las Panteras de Batignolles”, “Los Intransigentes” o “Los Trabajadores de la Noche”, todos ellos grupos ilegalistas consagrados a atacar al Capital, por medio de la Propiedad, y al Estado por medio de la violación sistemática de la Ley, no se hallaban en el mismo lado de la barricada?.
Mencionemos, incluso, a Eliseo Reclús. Él, quintaesencia del “pensador reflexivo”, del “teórico comprometido” pero supuestamente “sosegado”, no era solo el que defendía con su compresiva pluma a esos “expropiadores” a los que otros condenaban, en ocasiones, hasta con cierta acritud y ensañamiento; era además quién tomó el fusil en la Comuna de París y quién -como Luisa Michel- derrochaba tolerancia con aquellos que experimentaban la “lucha social” como una transcendente cuestión de “supervivencia”, ¿No eran estas las difíciles circunstancias de los Ravachol o Garnier?, ¿No eran personas que tomaban el puñal o la browning tal y como el animal acorralado hace uso de sus dientes y garras?.
Quizás se nos aduzcan las prosaicas razones “porcentuales o numéricas”, pero como ya hemos dicho -en multitud de ocasiones- ni la verdad es más “verdad” cuando solo sale por una garganta en vez de por la de mil, ni la Revolución es más lícita cuando es un único individuo el que se arriesga a encender su personal mecha, que cuando es todo un pueblo el que se dispone a combustionar la pólvora.
¿Hablamos acaso del algún extraño y ridículo “vanguardismo”? Por supuesto que no, simplemente no creemos que una persona deba de apagar el fuego revolucionario que consume su paciencia y arde en sus entrañas, simplemente porque este no haya conseguido prender en el resto de la población. ¿Qué intentar iniciar una “Revolución de francotiradores” puede ser menos efectivo que una gran marea “colectiva”? Posiblemente, ¿Qué la “Rebelión unipersonal” y el “acto individual” están abocados al “fracaso”? Todas las Revoluciones, fugaces o más o menos duraderas, no son más que la consecución de innumerables “actos individuales”, de una cuasi infinidad de “Rebeliones unipersonales”, son estas las que provocan una verdadera ruptura en el vértice histórico, son estas las que preparan el caldo de cultivo para un nuevo y desconocido período; y ante la más o menos pretérita escalada de Rebeldía que debería posibilitar el advenimiento de una “Revolución Global”, debemos prepararnos para hacer nuestro “pequeño” y personal aporte, es por ello por lo que nos acogemos a estas palabras de Louis Lecoin: “Cierto, los actos individuales no pondrán fin a todos los déspotas y a todos los despotismos, y será necesaria una revolución; pero esos actos son un símbolo, pues indican dónde hace falta golpear”. Vaillant y su acto, su alegórico atentado contra el Parlamento, nos proporciona, por ejemplo, una inigualable “diana”.
Algunos pretenderán excusarse de otras formas, quizás nos digan: “Lo que diferencia a unos de otros, lo que hace que los Bakunin, Malatesta y Reclús sean ‘bien vistos’ y destaquen en detrimento de los ‘ilegalistas integrales’, es su capacidad ‘intelectual’, es decir, se legado teórico”… este planteamiento ni siquiera tiene la belleza de otras muchas mentiras, pues ¿Tal vez los Durruti, Ascaso, Facerias, Celes, Quico Sabaté, o Ramón Vila Capdevila han hecho algún aporte netamente teórico al pretendido “corpus” Anarquista? Y, aún quedando algunos más oscurecidos que otros por la sombra del tiempo, pocas palabras “críticas”, y aún menos “despectivas”, se atrevería nadie lanzar contra quienes, sin libros y escritorios, supieron dar un ejemplo vivo de Anarquismo en acción, contra los representantes genuinos del “Maquis Libertario”. Sin embargo, ¿No se encaminaban cada uno de sus pasos contra la carcasa estatal?, ¿No apuntaban sus armas contra los propietarios?, ¿No se incrustaban sus balas en el cuerpo decrépito de la Autoridad? Exactamente igual que los ilegalistas de antaño. No es, por tanto, la “prolijidad teórica” la que ha limpiado el nombre de unos y ensuciado el de otros.
Entonces ¿porqué se nos antoja la imagen del “ilegalista” y del “propagandista por el hecho” como algo “anacrónico” o incluso “caduco”? La respuesta, como ya dijimos, proviene del aburguesamiento de nuestra propia mirada, esa que se ve distorsionada por un cristal excesivamente ahumado cuando no, directamente, por un caleidoscopio.
El caso se nos muestra de forma diáfana cuando observamos a los personajes más “emblemáticos” del anarcosindicalismo “español”. En los Durruti y Ascaso ¿No nos encontramos con los incontestables herederos de los Caserio, Pardiñas, Angiolillo, Bresci, o Czolgosz?, ¿No aspiraban ambos a seguir los pasos de los mencionados y a convertirse, como mínimo, en “regicidas”?, ¿No fue su atentado contra Alfonso XIII la consecución lógica de la obra que inició Moncasí cuando atentó, precisamente, contra el padre de ese engendro coronado?, ¿No les presentan sus fallidos o certeros atentados como epígonos directos, cuando no como condiscípulos, de los Cyvoct, Gallo, Pauwels, Reinsdorf, Radowitzky, Wilckens, o Di Giovanni? Y sus atracos a bancos y demás “expropiaciones” ¿En algo se separan de las actividades de los ya mencionados “recuperadores individuales”? Sus grupos (a los que el propio García Oliver reconocía como los “mejores terroristas de la clase trabajadora” y los “reyes de la pistola obrera”) ¿Guardan alguna diferencia con los que despuntaban en el ocaso del siglo XIX, y sobretodo, con el establecido por Jules Bonnot, Raymond Callemin y compañía a finales de 1911?, ¿No era acaso el propósito de todos ellos, simpatizaran más con una corriente ácrata que con otra, realizar actos prácticos de Sedición? Bonnot y la banda, a la que la prensa burguesa quiso concederle su nombre, no se dedicaron a ninguna actividad distinta que la realizada por Durruti y Ascaso en Gijón… fuera bajo el nombre de “Los Justicieros”, “Los Solidarios” o “Nosotros”, todos esos grupos tuvieron la insignia nítida de la ilegalidad y el “cuadro de defensa”, y nadie puede negarle a los archiconocidos “Bandidos Trágicos” su dedicación a ambos menesteres… por el primero fueron perseguidos y por el segundo fueron asesinados.
Las paradojas suelen ser sangrantes… Miguel Arcángel Roscigno no solo atracó junto a Durruti, Acaso y Gregorio Jover el Banco de San Martín, sino que en cuanto a “peripecias Revolucionarias” (ese rico “anecdotario” que a veces termina por ser lo único recordado en la sufriente vida de los militantes) no le va a la saga a los anteriores, ya que podría satisfacer con las mismas incluso a los “frívolos” más exigentes. Y sin embargo, los primeros se harían a la postre populares como “Los Tres Mosqueteros” (a veces en la ecuación entra Oliver para sustituir a Jover), convirtiéndose en un “mito” del movimiento obrero internacional; mientras que Roscigno, aun como colaborador de Di Giovanni, no pudo compartir ni las migajas de su “halo”, pues ni siquiera conserva su nombre en los labios de los compañeros… quedando su recuerdo barrido por el viento. Haciendo las delicias, tan solo, de los que le rinden culto a la “fuerza” o de los que solo se “excitan” con cierta clase de morbosidad.
En sus tiempos Durruti despertaba el calificativo de “gánster internacional” entre la reacción (incluso Montseny lo calificaba así cariñosamente), mientras que “el Quico” era considerado “el criminal más peligroso de España”; hoy, ni los más timoratos de la mesocracia les darían semejantes epítetos. No obstante, pléyades de “nombres propios” siguen siendo objeto de los prejuicios burgueses más pávidos y acomplejados, cuando no, sencillamente deleznables… pero, ¿Qué se les puede reprochar?, ¿Ir contra el todopoderoso Sistema?, ¿Impugnar toda Ley?, ¿Tomar donde prevalece la insultante abundancia y el homicida excedente?, ¿Entregar sus jóvenes vidas en aras de un mundo que se ha demostrado inmerecedero de ellas?
Los Anarquistas llevamos más de 160 años proclamando, junto con Proudhon que: “La Propiedad es un Robo”, ¿Podemos acaso culpar a aquellos que no se conformaron con teorizar y se decidieron a llevarlo a la práctica?, ¿Quién se atreve?
Desde luego, son ellos, los hambrientos de hechos y no de fórmulas, los que tendrían el coraje y la rabia -pues como Anarquistas toda potestad les es ajena- de reprocharnos este medio siglo de sopor aún rodeados de Tempestad.
domingo, 12 de abril de 2009
la banda bonnot
La Banda Bonnot
La banda de Bonnot fue una banda de atracadores anarquistas que hizo temblar los pilares del sistema de la República francesa de principios del siglo XX.
Jules Bonnot
Jules Bonnot nació el 14 de octubre de 1876 en Pont-de-Roide, una aldea de Doubs, en las proximidades de Montbéliard. A los cinco años pierde a su madre. Más tarde, su hermano mayor se suicida arrojándose a un río tras un desengaño amoroso. Su padre obrero fundidor, asegura a su único hijo una educación. De buenas o malas frecuenta la escuela “era un perezoso, indisciplinado, insolente”, dirá de él su tutor.
Su universo de niño, y enseguida de adolescente, es un universo de analfabetismo. El padre iletrado, está debilitado por un trabajo extenuante y con malas condiciones laborales. Se haba de libertad. La libertad, es para los patrones, la libertad de explotar sin freno a su mano de obra y de especular impunemente. El padre Bonnot vive en la inseguridad, dia tras dia.
Falto de cultura y de ahorros, no puede soñar con un porvenir mejor. Los hijos casi no tienen más esperanzas que sus padres de escapar a esta condición miserable. Muy pronto la vida agobia. A los catorce años Bonnot comienza su aprendizage. Rechaza cualquier contrariedad. De ahi los continuos altercados con sus patrones sucesivos. Tiene su primera condena a los 17 años tras una pelea en un baile.
En 1901 tiene 25 años, se casa con una joven costurera. Por un tiempo empleado en los ferrocarriles, en Bellegarde, en la frontera, su afiliación anarquista le hace ser expulsado. Su nombre es conocido por todos los patronos de la región. No quieren un agitador que en su puesto de trabajo invite a sus compañeros a luchar para obtener mejores condiciones de trabajo. Nadie lo quiere. Es el desempleo, la miseria y la desesperación.
La pareja parte para Ginebra. Bonnot encuentra un puesto de mecánico. Su compañera trae al mundo una niña, Emilie. La alegría de los padres va a durar poco. La criatura muere pocos días más tarde. Resuelto contra una suerte así de injusta, Bonnto se lanza de nuevo a la propaganda anarquista. Los suizos no tardan en expulsarlo. Tras varias peregrinaciones, se quedan en Lyon en donde sus conocimientos excepcionales de mecánica le procuran un empleo para un constructor de automóviles. Es aqui en donde perfeccionará su habilidad profesional y su arte diabólico que, en unos años, estará al servicio del crimen.
Mientras Bonnto se inicia en estas nuevas mecánicas, el 23 de febrero de 1904 nace su segundo hijo. Este nacimiento le aparta un tiempo de la propaganda anarquista. A los ojos de los patronos pasa por un peligroso cabecilla que, sobretodo, fomenta descontentos y huelgas. Se muda de Lyon a Saint-Etienne. Desde octubre de 1905 a abril de 1906 es mecánico en una firma importante de la ciudad. Un informe de la policía le presenta como “muy violento y malvado”, adjuntando que “las enseñanzas recogidas sobre él resultan malas”. Vive con el secretario de su sindicato, Besson, que no tarda en hacerse amante de su esposa. Para evitar la cólera de Bonnot, Besson huye a Suiza con su esposa y su hijo. Bonnot se dirige a Sophie con mensajes desesperados. En vano. Nunca más volverá a ver a su mujer y a su hijo. La pérdida de su empleo fue la gota que colmó el vaso de su revuelta. Se une a la innumerable horda de parados. La epopeya de la banda de Bonnto está a punto de comenzar. Entre 1906 y 1907 se dedica a robar cajas fuertes. Abre un taller de mecánica en Lyon. Para sus aventuras nocturnas necesita un brazo derecho: Platano.
En 1910, Bonnot se mueve a Londres y entra al servicio de Conan Doyle, el padre de Sherlock Holmes en calidad de chofer. Una vez de vuelta a Lyon, a finales de 1910, pone a punto su nueva técnica. Hasta este dia, ningún bandido ha introducido en el arsenal del crimen el automovil.
Pero la policía busca y se ve obliado a salir precipitadamente en compañía de Platano y de cinco brownings. Por razones indeterminadas Bonnot mata a Platano.
La epopeya
El 21 de diciembre de 1911 comienza la epopeya de la banda de Bonnot. En aquel día varios ilegalistas se convierten en los “bandidos trágicos”. En una época de miseria, injusticia, de luchas sociales sin piedad, los primeros criminales en coche se iban a escribir con letras de sangre una historia que tendrá en vilo una Francia atemorizada ante la trágica audacia y desesperada por los fracasos de la policía. Este 21 de diciembre de 1911 hacia las 9 de la mañana, Bonnot, Garnier, Callemin y un cuarto hombre deciden atacar a un cobrador de la Société Générale calle Ordener en Paris. El botín es bastante magro en títulos y sólo 5000 francos en especie. El cobrador resulta gravemente herido. Por la tarde los periódicos se ceban con la banda. Después de haber abandonado su automóbil en Dieppe, vuelven a Paris, perseguidos por la policía. No saben qué hacer, van de un lado a otro, perseguidos, por la ciudad, sin evasión posible, dispuestos a matar a cualquiera. Por solidaridad, para compartir esta amarga alegría del riesgo mortal, otros se les unene: René Valet et Soudy.
En Nochebuena Garnier y Callemin encuentran refugio en casa de Kibaltchiche (Victor Serge) y Rirette Maitrejean, dos anarquistas. Varios días más tarde de dejar a Kibaltchiche y Rirette son arrestados. Ambos renuncian a liberar a Garnier y Callemin.
La banda no se queda inactiva. En Francia y en Bélgica, intentan con más o menos éxito un cierto número de “represalias”. Dos armerías son asaltadas en Paris. En Gand, roban el coche de un médico. En la misma localidad, el 25 de enero, el robe de un segundo coche sale bastante peor. Son sorprendidos por un chofer que es aturdido a golpes de llave inglesa. Un agente de policía los sorprende. Callemin lo mata. Es el autor del arresto de un cierto Eugène Dieudonné. Es anarquista y Caby el cobrador de la Société Génerale lo reconoce como su agresor. Dieudonné niega su participación en el atraco de la calle Ordener. En la noche del 2 al 3 de enero de 1912 en Thiais, dos ancianos son asesinados. Despues el 27 de febrero en Paris a consecuencia de un altercado banal un policía es abatido. Luego, el 29 de febrero el trío trágico entra en una panadería en la que tratan de robar un pabellón.
Para los ilegalistas, perseguidos, afamados, sin seguro, se cierran todas las puertas, la terrible lucha contra la sociedad no puede sino continuar hasta el fin fatal. Ellos lo saben: todos seguirán. Los ilegalistas son bestias feroces perseguidas por los cazadores cada vez más determinados que el miedo hace valientes. Sus fotos aparecen en los periódicos. Se ha puesto precio a sus cabezas. Bonnot iba a organizar un golpe inaudito. Después de haber robado un coche en la calle Melun y haber herido gravemente a sus pasajeros, se dirigen hacia Chantilly y en concreto al banco de la Société Générale. Garnier, Valet Callemin entran en el banco a punta de revolver. Soudy vigila la entrada. El balance es de dos muertos y 50.000 francos.
Doscientos inspectores de policía entran en la campaña. El banco ofrece una prima de cien mil francos a quien permita la captura de los bandidos. Durante toda una semana, los rotativos dan prioridad a estos hechos, dedicando páginas enteras de fotos en las que se encuentran revueltos los muertos, los heridos y los testimonios. Soudy fue arrestado en Berck-sur-mer el 30 de marzo. El 7 de abril, Raymond Callemin fue arrestado a su vuelta. El 24 de abril un tal Monier fue arrestado, ha participado en los hechos de Montgeron y de Chantilly. Durante su arresto tenían dos brownings cargadas.
En esta época Bonnot se mete en un apartamento sin que lo sepa su propietario. A finales de abril Jouin, sub-jefe de seguridad descubre a Bonnot e intenta su captura. Bonnot mata al sub-jefe y logra huir. Es herido en un brazo.
Tras el asesinato de Jouin, Bonnot concibe su huida inteligentemente. Mantiene un ritmo razonable. No se acelera por nada. Llega así a Paris sin problemas. Cada tarde, busca un nuevo refugio.
Nadie duda de su captura a más o menos largo plazo. La decisión de matarlo pasa todos los sufragios. Nunca la policia, animada por el gobierno, ha pensado un solo instante en dejar viva a su presa. Bonnot siempre los humilla. Su pista parece perdida hasta que un farmaceutico de Choisy-le-roi declara que ha atendido a un hombre herido en la mano y cuya descripción corresponde con la del huido. Efectivamente Bonnot encuentra refugio en casa de un anarquista: Dubois.
El domingo 28 de abril, una quincena de inspectores registran la habitación de Dubois. Dubois que estaba abajo en el garage antes de ser abatido. Bonnot se parapeta y hiere a un inspector. Desguarnecidos, el disparo basta para hacer que los policias le respetasen y hacerles buscar refugio. Así piensan que Bonnot no está solo. Comienza el asedio. El tiroteo ha despertado a toda la localidad. De Choisy, de Alfortville, de Thiais y de más lejos, llegan hombres armados con carabinas, fusiles de caza. Quinientos hombres armados son diseminados por los setos. Llegan el alcalde de Choisy y el prefecto Lépin. A las nueve, llegan sucesivamente dos compañías de la Garde Républicaine.
De todos los alrededores, de Paris continua afluyendo gente hacia Choisy. Es un espectáculo que no hay que perderse. Veintemil espectadores acuden en tren, en simón, en coche o a pie. Se da la orden de encaminar a todo el regimiento de artillería estacionado en Vincennes. Se pide igualmente una ametralladora pesada. Un cordón de tiradores cercan la casa.
Mediodía. Hay más de treintamil personas alrededor del edificio. Treintamil personas venidas a asistir a la agonía de un ilegalista. La agonía de la bestia va a durar horas. El tiroteo no se va a repetir. Todos los asediadores creen estar jugando un papel histórico. Les han convencido de que vengarán todos los crímenes de Bonnot. Se bebe, se charla, se discute, se rie. A causa de su guarida, Bonnot no puede oir todas las bravuconadas y acusaciones de pacotilla. Toda esta gente que aullan a la muerte, cogidos individualmente, son llorones y cobardes en su mayoria. Su número les da una sensación de poder invencible. Esta muchedumbre son verdugos. Aceptan a ojos cerrados los relatos fantasticos de la prensa sobre Bonnot.
Se decido dinamitar la guarida. Bonnot se sabe perdido. Sube hasta la mesa, coge varias hojas y redacta una especie de testamento. El asedio mete mucha presión. El edificio es dinamitado… El derribo de piedras y tierra azotan a Bonnot. Se refugia entre dos colchones. Sangra abundantemente. Una nueva vez el edificio es dinamitado. Los policias deciden entrar en el edificio. Tras haber atravesado la primera pieza, entran en la habitación. Bonnot está ahi. Luchando contra el asco, la rabia y la fatiga, dice: “saludos”. Todavia tiene la fuerza para disparar tres veces. Los otros responden. Poco a poco las manchas de sangre del suelo se agrandan. Este es el fin del hombre símbolo del ilegalismo. Bonnot fue acribillado por seis balas. Llega al hospital y se reune en la morgue con Dubois. Este Dubois que no era ni un ladrón ni un asesino. Simplemente un hombre fiel a su ideal anarquista, fiel a sus amistades, y que ha llegado al sacrificio al avisar a Bonnot con sus gritos y hacerse matar por su amigo. Entretanto la policia hace ostentación y un mercadillo con los enseres que se encontraron en el edificio.
Quedan dos miembros de la Banda Bonnot en libertad. Garnier y Valet están todavia en la calle. Alquilan una casa en el barrio de Bogent-sur-Marne. El 14 de mayo la seguridad los encuentra. Para evitar la masacre de Choisy se prepara todo en gran secreto. Será peor. La casa está cercada y los inspectores de seguridad entran en el jardin donde son recibidos a balazos. El asedio más loco de todos los anales de criminalidad comenzó. Para matar a Garnier y a Valet, harán falta nueve horas de tiroteo, centenares de policias, un batallón de zuavos en pie de guerra. Sin hablar de las varias ametralladoras pesadas puestas en bateria. Durante el tiroteo varios policias son heridos. Un nuevo batallón de zuavos, unos trescientos hombres, llega a paso gimnástico. Son saludados por las ovaciones de la muchedumbre cada vez más numerosa. Doscientos gendarmes con sus carabinas, se situan en emboscada. La casa es dinamitada, el tejado se derrumbó pero los dos hombres siguen allí. Mientras tanto cae la noche. A medianoche cuarentamil personas al menos, se agolpan alrededor de la casa. Dos compañias de zuavos suplementarias son despachadas. Se intenta dinamitar la casa otra vez sin éxito. Valet y Garnier se libran y un nuevo inspector es abatido. A medianoche la tropa abre fuego falta de municiones. El ministro de interior llega al lugar. Tras haber reventado la casa con dinamita, los policias intentan un asalto. Enseguida, es una desbandada. Garnier y Valet los ametrallan agusto. El tiroteo hace dos heridos. En fin, suena el “alto el fuego”. Será el último… Soldados, policias, todos revueltos, se lanzan al asalto. La embestida es general. Llegan al fin a la habitación donde están atrincherados los dos fuera de la ley. El espectáculo es terrible. Sangre, por todas partes. En el suelo, en las paredes. Casquillos de bala a centenares. Son las dos de la mañana. Garnier y Valet intentan por última vez tirar pero son abatidos.
Las tres, todo está acabado. El asedio duró más de nueve horas. Cienmil personas se precipitaron al lugar del drama. Por la tarde, los cuerpos son arrojados en la fosa común del cementerio de Bagneux. Bonnot y sus comandantes han sido muertos o asesinados por la policia quedan sus complices todavia encarcelados. Para Callemin, Soudy y Monier (habia albergado a Bonnot), es la pena de muerte. Igualmente es pena de muerte para Dieudonné. Otros dos son condenados a trabajos forzados de por vida. Otros diez años más diez años. Para Kibaltchiche son 5 años de cárcel.
Las condenas a muerte son ejecutadas el 21 de abril. Dieudonné es amnistiado in extrémis y su pena conmutada por trabajos forzados a perpetuidad.
el sabotaje por emile pouget
El sabotaje
Indice
Presentación, por Chantal López y Omar Cortés.
La mercancia trabajo.
Moral de clase.
Los procedimientos del sabotaje.
Conclusiones.
Presentación
Emile Pouget pasaría a la historia del movimiento obrero en Francia por haber sido el autor del ensayo que a continuación publicamos.
Escrito que marcaría de manera definitiva el desarrollo del movimiento sindicalista a nivel mundial, El sabotaje es de lectura obligada para todo aquel interesado en el desarrollo del derecho del trabajo.
El término, en sí, convirtiose de inmediato en vocablo propio del derecho positivo al haber sido añadido ipso facto en la casi totalidad de las legislaciones del trabajo del mundo entero.
Miles de cosas terribles se han expresado en contra de esta herramienta obrera en su lucha en pro de su emancipación, sin embargo, si nos atenemos a lo expuesto por Pouget, el concepto de sabotaje, inmerso en la tremenda lucha de clases que cotidianamente se desarrolla por doquier, constituye un instrumento utilizado no sólo por la clase obrera, sino también por la burguesía.
Pouget ejemplifica lo anterior señalando todas las acciones negativas de que es capaz la burguesía con tal de aumentar sus ganancias: la adulteración de la leche cuando se le adelgaza con agua; la venta de kilos de ochocientos o novecientos gramos; en fin, todas las marrullerías de las que hace gala la burguesía tanto en el campo del comercio como en el de la producción, constituyen ellas también, descarados sabotajes.
Sin duda alguna podemos afirmar que quien lea esta edición cibernética adquirirá los elementos necesarios para comprender, en su integridad, el satanizado concepto de sabotaje en cuanto instrumento utilizado por las dos clases en constante pugna: la burguesía y el proletariado.
Chantal López y Omar Cortés
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El sabotaje
La mercancía trabajo
El sabotaje, fórmula de combate social que recibió el bautismo sindical en el Congreso Confederal de Toulouse, en 1897, no fue, al principio, bien acogido en los medios obreros. Algunos le reprochaban sus orígenes anarquistas y su inmoralidad. Hoy goza, sin embargo, de la simpatía de los trabajadores. Sería un error creer que la clase obrera, para practicar el sabotaje, ha esperado a que esta forma de lucha haya recibido la consagración de los Congresos corporativos. Como todas las formas de rebeldía, es tan viejo como la explotación humana.
Desde que un hombre tuvo la criminal ingeniosidad de sacar provecho del trabajo de su semejante, desde ese día, el explotado, por instinto, procuró dar menos de lo que exigía su patrono. Al proceder así, con tanta insconsciencia como M. Jourdain en hablar en prosa, este explotado practicaba el sabotaje, manifestando de este modo, sin saberlo, el antagonismo irreductible que pone, uno contra otro, al capital y al trabajo.
El sabotaje deriva de la concepción capitalista de que el trabajo es una mercancía.
Esta tesis es la de los economistas burgueses, según los cuales hay un mercado de trabajo, como hay un mercado de trigo, de carne, de pescado o de aves.
Admitido ésto, es muy lógico que los capitalistas procedan frente a la carne de trabajo que encuentran en el mercado, como cuando se trata para ellos de comprar mercancías o materias primas; es decir, que se esfuercen por obtenerlo al precio más bajo.
Estamos en pleno juego de la ley de la oferta y la demanda. Pero lo que es menos comprensible es que estos capitalistas quieran recibir, no una cantidad de trabajo en relación con el tipo de salario que pagan, sino independientemente del nivel de este salario, el máximum de trabajo que pueda rendir el obrero.
En una palabra, pretenden comprar, no una cantidad de trabajo equivalente a la suma que desembolsan, sino la fuerza de trabajo intrínseca del obrero: en efecto, es el obrero completo -su cuerpo y su sangre- su vigor y su inteligencia lo que exigen.
Cuando emiten semejante pretensión, los patronos olvidan que esa fuerza de trabajo es parte integrante de un ser pensante, capaz de voluntad, de resistencia y de rebeldía.
Cierto que todo iría mejor en el mundo capitalista si los obreros fuesen tan inconscientes como las máquinas de que se sirven y si, como ellas, no tuviesen a guisa de corazón y de cerebro más que una caldera o un dinamo.
Pero no es esto lo que ocurre. Los trabajadores saben las condiciones en que les coloca el medio actual, y si las toleran no es de grado. Saben que son dueños de la fuerza de trabajo, y si consienten que su patrono consuma una cantidad dada de ella, se esfuerzan porque esta cantidad esté en relación más o menos directa con el salario que reciben. Hasta en los más desprovistos de conciencia, hasta en los que sufren el yugo patronal sin poner en duda su justicia, brota instintivamente la noción de resistencia a las pretensiones capitalistas: tienden a no dar más de lo que reciben.
Esta discordancia, base de las relaciones entre patronos y obreros, pone de relieve la oposición fundamental de los intereses en presencia: la lucha de la clase que detenta los medios de producción contra la clase que, desprovista de capital, no posee otra riqueza que su trabajo.
Desde que se ponen en contacto en el terreno económico, empresarios y obreros, surge ese antagonismo irreductible que los arroja a los dos polos opuestos y que, por consiguiente, hace siempre inestables y efímeros sus acuerdos.
En efecto, entre unos y otros, no puede nunca concluirse un contrato en el sentido preciso y justo del término. Un contrato implica la igualdad de los contratantes, su plena libertad de acción y, además, una de sus características consiste en presentar para todos los firmantes un interés real y personal, tanto en el presente como en el porvenir.
Ahora bien; cuando un obrero ofrece sus brazos a un patrono, los dos contratantes están muy lejos de hallarse sobre un pie de igualdad. El obrero, apremiado por la urgencia de asegurarse el sustento -si es que no está atenazado por el hambre-, no tiene la serena libertad de acción de que goza su patrono. Además, el beneficio que obtiene por su trabajo es sólo momentáneo, pues si puede atender a las necesidades de su vida inmediata, no es raro que el riesgo de la obra a que se dedica ponga en peligro su salud, su porvenir.
Entre patronos y obreros no pueden, pues, concluirse convenios que merezcan el calificativo de contratos. Lo que se ha convenido en designar con el nombre de contrato de trabajo no posee los caracteres específicos y bilaterales del contrato; es, en sentido riguroso, un contrato unilateral, favorable, solamente, a uno de los contratantes; un contrato leonino.
De estas observaciones se desprende que, en el mercado de trabajo, no hay, frente a frente, sino beligerantes en permanente conflicto; por lo tanto, todas las relaciones, todos los acuerdos entre unos y otros, serán precarios; pues viciados por su origen, se basan en la mayor o menor fuerza y resistencia de los antagonismos.
Por eso, entre patronos y obreros, no se establece nunca -ni puede establecerse- una alianza duradera, un contrato en el sentido leal de la palabra: entre ellos sólo hay armisticios que, suspendiendo por un tiempo las hostilidades, procuran una tregua momentánea a las acciones de guerra.
Son dos mundos que se entrechocan con violencia; el mundo del capital y el del trabajo. Puede haber, y hay, cierto, infiltraciones del uno en el otro; gracias a una especie de capilaridad social, pasan algunos tránsfugas del mundo del trabajo al del capital, y, olvidando o renegando de sus orígenes, se colocan entre los más intratables defensores de su casta de adopción. Pero tales fluctuaciones en los cuerpos de ejército en lucha no debilitan el antagonismo de las dos clases.
De un lado como de otro, los intereses en juego son diametralmente opuestos, y esta oposición se manifiesta en todo lo que constituye la trama de la vida. Bajo las aclamaciones democráticas, bajo el verbo falaz de la igualdad, el más superficial examen descubre las divergencias profundas que separan a burgueses y proletarios: las condiciones sociales, el modo de vivir, los hábitos de pensamiento, las aspiraciones, el ideal ... ¡todo, todo difiere!
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Moral de clase
Es comprensible que de la diferenciación radical entre la clase obrera y la burguesía, cuya persistencia acabamos de comprobar, dimane una moral distinta.
En efecto, sería por lo menos extraño que entre un proletario y un capitalista no hubiese nada de común, excepto la moral.
¡Cómo! Los hechos y actitudes de un explotado, ¿deberían ser apreciados con el criterio de su enemigo de clase?
¡Esto sería completamente absurdo!
La verdad es que, así como hay dos clases en la sociedad, hay también dos morales: la de los capitalistas y la de los proletarios.
La moral natural o zoológica, escribe Marx Nordau, declararía que el reposo es el mérito supremo y no daría al hombre el trabajo como cosa deseable y gloriosa, sino en cuanto ese trabajo fuese indispensable a su existencia material. Pero los explotadores entonces se verían en un aprieto. En efecto, su interés reclama que la masa trabaje más de lo necesario para ella y produzca más de lo que su propio uso exige. Y es que quieren apoderarse precisamente del sobrante de la producción; a este efecto, han suprimido la moral natural e inventado otra, que han hecho establecer a sus filósofos, alabar a sus predicadores, cantar a sus poetas, y, según la cual, la ociosidad sería madre de todos los vicios y el trabajo una virtud, la más hermosa de todas las virtudes.
Es inútil observar que semejante moral está hecha para uso exclusivo de los proletarios, pues los ricos que la ensalzan no se cuidan de someterse a ella. La ociosidad sólo es un vicio en los pobres.
En nombre de las prescripciones de esta moral especial, los obreros deben trabajar sin descanso en provecho de sus patronos, y toda tibieza de su parte en el esfuerzo de producción, todo lo que tienda a reducir el beneficio del explotador, es considerado como una acción inmoral. Y partiendo también de la misma moral de clase, son glorificados el sacrificio a los intereses patronales, la asiduidad en las obras más duras y peor remuneradas, los escrúpulos estúpidos que crean el honrado obrero; en una palabra, todas las cadenas ideológicas y sentimentales que clavan al asalariado en la argolla del capital.
Para completar la obra de esclavización se apela a la vanidad humana; todas las cualidades del buen esclavo son exaltadas, ensalzadas, y hasta se ha imaginado distribuir recompensas -¡la medalla del Trabajo!- a los obreros borregos que se han distinguido por la flexibilidad de su espinazo, su espíritu de resignación y su fidelidad al patrono.
De esta moral criminal, la clase obrera está saturada.
Desde que nace hasta que muere, el proletario es engañado con ella; le dan esta moral con la leche más o menos falsificada del biberón que, para él, sustituye con demasiada frecuencia al seno materno; más tarde, en la escuela láica, se la inculcan también, por dosis prudenciales, y la infiltración continúa, por mil y mil procedimientos, hasta que, yacente en la fosa común, duerme su eterno sueño.
La intoxicación resultante es tan profunda y persistente, que hasta hombres de espíritu sutil, de inteligencia clara y aguda, aparecen, sin embargo, contaminados. Tal es el caso del ciudadano Jaurés que, para condenar el sabotaje, ha echado mano de esta ética, creada para uso de los capitalistas. En una discusión sobre el sindicalismo, abierta en el Parlamento el 11 de Mayo de 1907, declaraba:
¡Oh! Si se trata de la propaganda sistemática, metódica del sabotaje, yo creo, a riesgo de ser tachado de optimista, que no irá muy lejos. Repugna a la naturaleza, a los sentimientos del obrero ...
E insistía:
El sabotaje repugna al valor técnico del obrero.
El valor técnico del obrero es su verdadera riqueza; por eso el teórico, el metafísico del Sindicalismo, Sorel, declara que, aunque se le permitan al sindicalismo todos los procedimientos posibles, hay uno que debe él mismo prohibirse: el que amenaza despertar, humillar en el obrero este valor profesional, que no es sólo su riqueza precaria de hoy, sino también el título para su soberanía en el mundo del mañana ...
Las afirmaciones de Jaurés, aun colocadas bajo la égida de Sorel, son todo lo que se quiera -hasta metafísica- menos la comprobación de una realidad económica.
¿Dónde diantres ha encontrado a obreros cuya naturaleza y sentimientos les lleven a realizar la plenitud de su esfuerzo físico e intelectual en beneficio de un patrono, a pesar de las condiciones irrisorias, ínfimas u odiosas que éste le impone?
¿Por qué, por otra parte, ha de ponerse en peligro el valor técnico de tales problemáticos obreros, si el día en que se den cuenta de la explotación desvergonzada de que son víctimas, intentan sustraerse a ella y, sobre todo, no consienten en someter sus músculos y cerebros a una fatiga indefinida, en provecho solo del patrono?
¿Por qué han de desperdiciar estos obreros ese valor técnico que constituye su verdadera riqueza -al decir de Jaurés- y por qué se lo han de regalar casi gratuitamente al capitalista?
¿No es más lógico que en vez de sacrificarse como corderos en el altar de la clase patronal, se defiendan, luchen y, estimando como su más preciado don ese valor técnico, no cedan todo o parte de su verdadera riqueza sino en las mejores condiciones o, por lo menos, en las menos malas?
El orador socialista no responde a estas interrogaciones porque no ha profundizado la cuestión. Se ha limitado a afirmaciones de orden sentimental, inspiradas en la moral de los explotadores y que son el remache de las argucias de los economistas que reprochan a los obreros franceses sus exigencias y sus huelgas, acusándoles de poner en peligro la industria nacional.
El razonamiento del ciudadano Jaurés es, en efecto, del mismo orden, con la diferencia de que en vez de hacer vibrar la cuerda patriotica, es el puntillo de honor, la vanidad, la gloria del proletariado, lo que ha tratado de exaltar, de sobreexcitar.
Su tésis va a parar a la negociación formal de la lucha de clases, pues no tiene en cuenta el estado de guerra permanente entre el capital y el trabajo.
Ahora bien; el simple buen sentido sugiere que, siendo el patrono el enemigo del obrero, no hay más deslealtad por parte de éste en tender emboscadas contra su adversario que en combatirlo cara a cara.
Por consiguiente, ninguno de los argumentos sacados de la moral burguesa vale para apreciar el sabotaje, ni ninguna otra táctica proletaria; y asímismo ninguno de estos argumentos vale para juzgar los hechos, gestos, actitudes, ideas o aspiraciones de la clase obrera.
Si se desea razonar sanamente sobre todos estos puntos, es menester no referirse a la moral capitalista, sino inspirarse en la moral de los productores que se elabora cotidianamente en el seno de las masas obreras, y que está llamada a regenerar las relaciones sociales, pues ha de ser lo que regule las del mundo de mañana.
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Los procedimientos del sabotaje
En el campo de batalla del mercado de trabajo donde los beligerantes se atacan sin escrúpulos, falta mucho, como hemos comprobado, para que se presenten con armas iguales.
El capitalista opone una coraza de oro a los golpes de su adversario que, conociendo su inferioridad defensiva y ofensiva, trata de suplirla recurriendo a las astucias de la guerra. El obrero, impotente para atacar de frente a su enemigo, trata de cogerlo de flanco, atacándole en sus obras vivas: la caja de caudales.
Los proletarios pueden compararse a un pueblo que, queriendo resistir a la invasión extranjera y no sintiéndose con fuerzas para afrontar en una gran batalla al enemigo, se lanza a la guerra de emboscadas, de guerrillas. Lucha desesperante para los grandes cuerpos de ejército, lucha de tal suerte horripilante y criminal que, generalmente los invasores se niegan a reconocer a los guerrilleros el carácter de beligerantes.
Esta execración de las guerrillas por los ejércitos regulares no nos sorprende más que el horror inspirado por el sabotaje a los capitalistas.
Y es que, en efecto, el sabotaje es en la guerra social lo que son las guerrillas en las guerras nacionales: dimana de los mismos sentimientos, responde a las mismas necesidades y tiene en la mentalidad obrera idénticas consecuencias.
Sabido es cuánto desarrollan las guerrillas el valor individual, la audacia y el espíritu de decisión. Otro tanto puede decirse del sabotaje; mantiene en tensión a los trabajadores, les impide hundirse en una flojedad perniciosa, y como necesita una acción permanente y sin tregua, consigue el feliz resultado de fomentar el espíritu de iniciativa, de habituar a la acción, de sobreexcitar la combatividad.
El obrero necesita poseer estas cualidades, pues el patrono obra respecto de él con tan pocos escrúpulos como tienen los ejércitos invasores que operan en país conquistado: ¡se entregan al saqueo cuanto pueden!
Esta rapacidad capitalista ha sido censurada por el multimillonario Rockefeller ... dispuesto, con seguridad, a practicarla sin vergüenza.
El error de algunos patronos -escribe- consiste en no pagar lo que debieran, con lo cual consiguen que en el trabajador se despierte una tendencia a reducir el trabajo.
Esta tendencia a la reducción del trabajo que comprueba Rockefeller -reducción que legitima y justifica por la censura que dirige a los patronos- es el sabotaje en la forma que se presenta espontáneamente al espíritu de todo obrero: la disminución del trabajo.
Podrá decirse de este procedimiento que es la forma instintiva y primaria del sabotaje. Naturalmente, sólo es practicable para los obreros a jornal. En efecto, es indudable que los que trabajan a destajo, si disminuyeran su producción, serían las primeras víctimas de su rebelión pasiva, puesto que sabotearían su propio salario. Los destajistas deben, pues, recurrir a otros medios, consistiendo su preocupación en disminuir la calidad, no la cantidad de su producto.
Los procedimientos de sabotaje son variables hasta el infinito. Sin embargo, cualesquiera que sean, hay una cualidad que los trabajadores exigen de ellos: que al ponerse en práctica, no tengan una repercusión dolorosa sobre el consumidor.
El sabotage ataca al patrono, bien por la disminución del trabajo, ora haciendo invendibles los productos fabricados, ya inmovilizando o inutilizando los instrumentos de producción. Mas el consumidor no debe ser víctima de esta guerra contra el explotador. Los trabajadores insisten mucho en este carácter específico del sabotaje, que consiste en herir al patrono y no al consumidor. Pero tienen que deshacer el prejuicio de la Prensa capitalista, que desnaturaliza esa tesis a su antojo, presentando el sabotaje como peligroso para los consumidores principalmente.
Todavía no se ha olvidado la emoción que produjo la noticia lanzada por los grandes diarios, hace unos años, a propósito del pan con vidrio molido. Los sindicalistas se hartaban de decir que poner vidrio molido en el pan sería un acto odioso, estúpidamente criminal y que a los obreros panaderos no se les había ocurrido jamás semejante idea; mas, a pesar de las negaciones, la mentira se extendía, se reeditaba y, naturalmente, indisponía contra los obreros panaderos a infinidad de gentes para quienes lo que escribe su periódico es el evangelio.
En realidad, hasta hoy, en el curso de las diversas huelgas de panaderos, el sabotaje puesto en práctica ha consistido en destruir las tahonas, los amasaderos o los hornos. En cuanto al pan si se ha fabricado incomestible -quemado o poco cocido, sin sal o sin levadura, etc., pero nunca con vidrio molido- no han sido los consumidores los perjudicados, sino únicamente los patronos.
En efecto, habría que suponer que los consumidores eran unas bestias ... para aceptar, en vez de pan, una mezcla indigesta o nauseabunda. Si el caso se hubiese presentado, habrían devuelto seguramente ese pan de mala calidad a su tahonero y exigido en su lugar un producto comestible.
El pan con vidrio molido es, pues, únicamente una infamia capitalista destinada a desacreditar las reivindicaciones de los obreros panaderos.
Hay muchos casos en los cuales el sabotaje se identifica con el interés de los consumidores.
Un llamamiento dirigido a la población parisina en 1908, por el sindicato de los cocineros, lo explica mejor que todo comentario; a él pertenecen los siguientes párrafos:
El primero de Junio último, un maestro cocinero que llegaba aquella misma mañana a un restaurante popular, observó que la carne que le habían confiado se había estropeado de tal modo, que servirla hubiese sido un peligro para los consumidores. Entonces dió parte al patrono, que le exigió que, a pesar de todo, fuese servida, pero el obrero indignado por lo que se le pedía, se negó a ser cómplice del envenenamiento de la clientela.
El patrono, furioso contra esta indiscreta lealtad, se vengó despidiéndole y dando su nombre al sindicato patronal de restaurantes populares Le Parisien, para impedir que volviera a colocarse.
Hasta aquí el incidente revela sólo un acto individual e innoble de un patrono y un acto de conciencia de un obrero, más la continuación del asunto pone de manifiesto, como va a verse, una solidaridad patronal, de tal modo escandalosa, que nos creemos obligados a denunciarla.
Cuando el obrero se presentó en la oficina de colocación del sindicato patronal, el encargado de esta oficina le dijo que a él, obrero, no le importaba si los artículos estaban o no estropeados; que desde el momento en que se le pagaba no tenía más que obedecer; que su acto era inadmisible y que, en lo sucesivo, no podía contar con su oficio para encontrar trabajo.
Morirse de hambre o hacerse, en caso necesario, cómplice de los envenenamientos: he aquí el dilema planteado a los obreros por este sindicato patronal.
Por otra parte, este lenguaje establece bien claramente que, lejos de reprobar la venta de artículos averiados, este sindicato encubre y defiende tales actos y persigue con su odio a los que impiden que se envenene tranquilamente.
Seguramente, no es un ejemplar único en París este patrono que sirve carne podrida a sus clientes. Sin embargo, pocos son los cocineros que tienen el valor de seguir el ejemplo dado.
¡Y es que, si tienen demasiada conciencia, los trabajadores corren el riesgo de perder el empleo, y hasta de ser boicoteados! Consideraciones éstas que hacen que se meneen muchas cabezas, que vacilen muchas voluntades y que se pongan un freno muchas rebeldías.
Por eso nos son tan pocas veces revelados los misterios de los restaurantes populares y aristocráticos.
Sin embargo, al consumidor le sería útil saber que los enormes cuartos de buey que se ven hoy en los escaparates del restaurante que frecuenta, son carnes apetecibles que mañana serán llevadas y desmenuzadas en los Halles ... mientras que en el restaurante en cuestión se sirven viandas sospechosas.
Análogamente le sería útil saber que la sopa de cangrejos que saborea, está hecha con el caparazón de Ías langostas dejadas ayer en el plato por él u otros -caparazones cuidadosamente raspados para desprender la pulpa adherida a ellos y que, machacados en el mortero, es disuelto por un jugo que se tiñe de rojo con carmín.
Y así mismo que todo el material del restaurante: cucharas, tenedores, platos, etc., es enjugado con las servilletas abandonadas por los clientes después de la comida, con lo que se hace posible un contagio de tuberculosis.
La lista sería larga y nauseabunda, si hubiese que enumerar todos los trucos y trampas de los comerciantes sin vergüenza que, emboscados en un rincón de su tienda, no se contentan con estafar a sus parroquianos, sino que, muchas veces, los envenenan por añadidura. Por eso debemos desear, en interés de la salud pública, que los obreros del ramo de la alimentación saboteen a sus patronos y nos pongan en guardia contra esos malhechores.
Para los cocineros, existe otro procedimiento de sabotaje, consistente en preparar los platos de manera excelente, con todos los condimentos necesarios y poniendo en su confección todos los cuidados que el arte culinario requiere.
De todo esto resulta que, para los obreros cocineros, el sabotaje se identifica con el interés de los consumidores, tanto si se proponen ser unos obreros escrupulosos, como si nos inician en los arcanos poco apetitosos de sus cocinas.
Algunos tal vez objeten que, en este último caso, los cocineros no practican el sabotaje, sino que dan un ejemplo de integridad y lealtad profesional digno de encomio.
¡Mucho cuidado! Los que tal afirman se deslizan por una pendiente muy disimulada y corren el riesgo de rodar hasta el abismo, es decir hasta la condenación de la sociedad actual.
En efecto, la falsificación, el engaño, la mentira, el robo, la estafa, constituyen la trama de la sociedad capitalista; suprimirlas, equivale a matarla ... No hay que hacerse ilusiones: el día en que se intentara introducir en las relaciones sociales, en todos los grados y en todos los planos, una estricta lealtad, una escrupulosa buena fe, nada quedaría en pie, ni la industria, ni el comercio, ni la banca ... ¡nada, nada!
Ahora bien; es indudable que, para llevar a buen término todas las bajas operaciones a que se entrega el patrono no puede obrar sólo; necesita auxiliares, necesita cómplices ... y los encuentra en sus obreros, en sus empleados. Por eso al asociar a los obreros a sus maniobras -nunca a sus beneficios-, les exige una sumisión completa a sus intereses y les prohibe apreciar y juzgar las operaciones de su casa; si éstas son de carácter fraudulento, incluso criminal, a los obreros no debe importarles.
Ellos no son responsables ... Desde el momento en que se les paga, no tienen más que obedecer, así observaba muy burguesamente el encargado de Le Parisien, mencionado más arriba.
En virtud de tales sofismas, el trabajador debe prescindir de su personalidad, reprimir sus sentimientos y obrar como inconsciente; toda desobediencia a las órdenes dadas, toda violación de los secretos profesionales, toda divulgación de las prácticas inmorales que de él se exigen, constituye por su parte un acto de felonía contra el patrono.
Por consiguiente, si se niega a la sumisión ciega y pasiva, si se atreve a denunciar las villanías a que se le asocia, es considerado como un rebelde contra su patrono, pues le hace la guerra, le sabotea.
Semejante modo de ver no es particular a los patronos; los sindicatos obreros interpretan también como acto de guerra -como acto de sabotaje- toda divulgación perjudicial a los intereses capitalistas, y los sindicalistas han bautizado este ingenioso procedimiento de atacar la explotación humana con el nombre de sabotaje de la boca abierta. Expresión significativa hasta no más, ya que muchas fortunas sólo se han amasado gracias al silencio que han guardado sobre los bandidajes patronales los explotados que han colaborado en ellos, porque sin el mutismo de éstos hubiese sido dificil, si no imposible, que los explotadores hubieran hecho tales negocios.
Acabamos de examinar los procedimientos de sabotaje puestos en práctica por la clase obrera sin suspensión del trabajo, sin abandono del taller. Mas el sabotaje no se limita a esta acción restringida; puede convertirse -y se convierte cada vez más- en una ayuda poderosa en caso de huelga.
Podemos comprobar -escribía Bourguet, secretario del sindicato de París- que la cesación del trabajo no es suficiente para la terminación de una huelga. Sería necesario y hasta indispensable, para el buen resultado del conflicto, que la herramienta -es decir, los medios de producción de la fábrica, de la mina, de la tahona, etc.- estuviesen también en huelga, esto es, que no funcionasen ...
Esta táctica, que consiste en unir a la huelga de brazos la huelga de las máquinas, puede parecer que se inspira en móviles bajos y mezquinos. Pero no es así.
Los trabajadores conscientes saben que sólo son una minoría y temen que sus camaradas no tengan la tenacidad y energía suficiente para resistir hasta el fin, y entonces, para impedir la deserción de la masa, le hacen el retiro imposible: hunden los puentes detrás de ella.
Obtienen semejante resultado, quitando la herramienta de las manos a los obreros demasiado sumisos a los poderes capitalistas y paralizando las máquinas que fecundaban su esfuerzo. Por este procedimiento evitan la traición de los inconscientes y les impiden pactar con el enemigo para reanudar el trabajo cuando no deben.
Hay otra razón para esta táctica: que los huelguistas no tienen que temer sólo a los renegados, sino que deben también desconfiar del ejército.
En efecto, los capitalistas acostumbran cada día más a sustituir a los huelguistas por militares. Así, tan pronto como se declara una huelga de panaderos, de electricistas, de ferroviarios, etc., el Gobierno trata de sofocarla, reemplazando a los obreros por soldados. Hasta el punto de que, para suplantar a los electricistas, por ejemplo, el Gobierno ha creado un cuerpo especial de ingenieros, a quienes se enseña el funcionamiento de las máquinas generadoras de electricidad, así como el manejo de los aparatos, y que están siempre preparados para ocupar el puesto de los obreros electricistas, al primer síntoma de huelga.
Es, pues, de luminosa evidencia que si los huelguistas, que conocen las intenciones gubernamentales, se olvidan, antes de suspender el trabajo, de impedir esta intervención militar, imposibilitándola y haciéndola ineficaz, están vencidos por adelantado.
Previendo el peligro, los obreros que van a emprender la lucha no tendrían excusa si no pusiesen remedio. ¡Felizmente, no se olvidan!
Mas entonces ocurre que se les acusa de vandalismo, censurándose su falta de respeto hacia la máquina.
Estas críticas tendrían fundamento si en los trabajadores existiese una voluntad sistemática de destrucción, sin ninguna preocupación de finalidad. Pero no es este el caso. Si los obreros atacan a las máquinas, no es por placer o diletantismo, sino porque una imperiosa necesidad les obliga a ello.
No hay que olvidar que a los trabajadores se les plantea una cuestión de vida o muerte: si no inmovilizan las máquinas, van a una derrota segura, al fracaso de sus esperanzas; si las sabotean, tienen grandes probabilidades de éxito, aunque conciten contra ellos a la opinión burguesa y se vean acribillados de epítetos malsonantes.
Dados los intereses en juego, se comprende que afronten sonrientes estos anatemas, y que el temor de ser calumniados por los capitalistas y sus lacayos no les haga renunciar a las posibilidades de victoria que les reserva una audaz e ingeniosa iniciativa.
Los trabajadores, en estas condiciones, se encuentran en una situación parecida a la de un ejército que obligado a retirarse, se decide, con pesar, a destruir el armamento y provisiones que dificultarían su marcha y podrían hacerlo caer en poder del enemigo. En este caso, tal destrucción es legítima, mientras que en cualquier otro sería una locura.
Por consiguiente, no hay más razón para censurar a los obreros que recurren al sabotaje con objeto de asegurar su triunfo, que hay para censurar al ejército que, con el fin de salvarse, sacrifica su impedimenta.
Podemos, pues, concluir que con el sabotaje ocurre lo que con todas las tácticas y todas las armas: la justificación de su empleo dimana de las necesidades y del fin perseguido.
Además de estos procedimientos, hay otro que podría calificarse de sabotaje por represalias, y que se ha extendido algo a partir del fracaso de la segunda huelga de Correos.
Después de esta huelga, unos grupos revolucionarios decidieron sabotear las líneas telegráficas y telefónicas para protestar contra el despido en masa de cientos de huelguistas. Y anunciaron su intento de hacer tal guerra mientras los empleados de Correos despedidos con motivo de la huelga no fuesen reintegrados.
Una circular confidencial enviada a los puestos que estos grupos se habían procurado, precisaba en qué condiciones había de efectuarse esta campaña de sabotaje de los hilos.
Los camaradas que te envían este papel -decía la circular- te conocen, aunque tu no los conozcas; excúsalos si no firman. Te conocen como revolucionario serio.
Te piden que cortes los hilos telegráficos y telefónicos que estén a tu alcance en la noche del primero de Junio.
Las noches siguientes, sin necesidad de más órdenes, seguirás haciendo la misma operación.
Cuando el Gobierno tenga ya bastante, reintegrará a los 650 empleados despedidos.
En una segunda parte, esta circular contenía un formulario detallado y técnico que exponía los diferentes modos de cortar los hilos sin riesgo de ser electrocutado. También recomendaba con mucha insistencia que no se tocaran los hilos de las señales ni los telegráficos de las Compañías ferroviarias; y, para hacer imposible todo error, se insistía minuciosamente sobre los medios de distinguir los hilos de las Compañías de los del Estado.
La hecatombe de los hilos telegráficos y telefónicos, fue considerable en toda Francia, y duró hasta la caída del Ministerio Clemenceau. Después, en diversas ocasiones, algunos grupos, para protestar contra la arbitrariedad del Poder, se han entregado a esta guerra contra los hilos telegráficos y telefónicos ...
El sabotaje, además de un medio de defensa utilizado por el productor contra el patrono, puede convertirse en un medio de defensa del público contra el Estado o las grandes Compañías.
El obstruccionismo es un procedimiento de sabotaje al revés, que consiste en aplicar los reglamentos con un cuidado meticuloso, en realizar el trabajo a cargo de uno, con una prudente lentitud y un escrúpulo exagerado. El ejemplo más elocuente de este procedimiento de sabotaje lo dieron los ferroviarios italianos, en 1905, con su famoso obstruccionismo, gracias al cual la desorganización del servicio fue fantástica y formidable, y la circulación de trenes quedó casi suspendida.
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Conclusiones
Como acabamos de ver, por el examen de las modalidades del sabotaje obrero, en cualquier forma y momento en que se manifieste, su característica consiste siempre -¡siempre!- en quebrantar la caja patronal.
Contra este sabotaje, que sólo ataca los medios de explotación, las cosas inertes y sin vida, la burguesía no tiene bastantes maldiciones.
En cambio, los detractores del sabotaje obrero no se indignan de otro sabotaje -verdaderamente criminal, abominable y monstruoso- que constituye la esencia misma de la sociedad capitalista.
¡No se conmueven ante ese sabotaje que, no contento con despojar a sus víctimas, les quita la salud y ataca hasta a las fuentes de la vida, a todo, a todo!
Mas hay una razón mayor de esta impasibilidad; y es que con este sabotaje se benefician ellos.
Son saboteadores los comerciantes que, adulterando la leche, alimento de los pequeñuelos, siegan en flor las generaciones nuevas.
Los harineros y panaderos que echan en la harina talco u otros productos nocivos, estropeando así el pan, alimento de primera necesidad.
Los fabricantes de café con almidón y achicoria, de pasteles con vaselina, de miel con almidón y pulpa de castañas, de vinagre con ácido sulfúrico, de quesos con cera o fécula, de cerveza con hojas de boj.
Fueron saboteadores los traficantes -patriotas ¿cómo no?- que, en 1870-71, contribuyeron al sabotaje de su patria entregando botas con suela de cartón para los soldados y cartuchos con pólvora de carbón; y lo son sus hijos que, siguiendo la carrera paterna con el mismo espíritu que sus progenitores, construyen las calderas explosivas de los grandes acorazados, los cascos rotos de los submarinos, y suministran al ejército carne de mono podrida, viandas estropeadas o tuberculosas, pan con talco o habichuelas, etc., etc.
Son saboteadores los contratistas, los constructores de vías férreas, los fabricantes de muebles, los vendedores de abonos químicos, los industriales de todo género y de cualquier categoría.
¡Todos, sin excepción, son saboteadores! Pues todos, en efecto, adulteran, estafan, falsifican cuanto pueden.
El sabotaje está en todas partes y en todo: en la industria, en el comercio, en la agricultura ... ¡en todo, en todo!
Pero este sabotaje capitalista que impregna a la sociedad actual, que constituye el elemento en el cual se mueve -como nosotros en el oxígeno del aire- es condenable muy de otro modo que el sabotaje obrero.
Este último -¡hay que insistir en ello!- sólo va contra el capital, contra la caja de caudales de los burgueses, mientras que el otro ataca a la vida humana, destruye la salud, puebla los hospitales y cementerios.
De las heridas que hace el sabotaje obrero sólo salpica el oro; en las producidas por el sabotaje capitalista la sangre fluye a raudales.
El sabotaje obrero se inspira en principios generosos y altruistas: es un medio de defensa y protección contra las exacciones patronales; es el arma del desheredado que batalla por su existencia y la de su familia; tiende a mejorar las condiciones sociales de las muchedumbres obreras y a librarlas de la explotación que las oprime y las aplasta ... Es un fermento de vida radiante y mejor.
El sabotaje capitalista, por el contrario, no es más que un medio de explotación intensificada; condensa los apetitos desenfrenados y nunca satisfechos, es la expresión de una rapacidad repugnante, de una insaciable sed de riquezas que no retrocede ante el crimen para verse satisfecha ... Lejos de engendrar la vida, siembra a su alrededor las ruinas, el duelo y la muerte.
"El derecho al ocio y a la expropiación individual" por severino di giovanni
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| Tu haces un trabajo que te gusta, que tienes una ocupación independiente y a quien el yugo del patrón no molesta mayormente; tú también que te sometes resignado o cobarde en tu calidad de explotado: ¿cómo te atreves a condenar así, tan severamente, a aquellos que ha pasado al plano de ataque en contra del enemigo?Una sola cosa te queremos decir: "¡Silencio!", por honestidad, por dignidad, por fiereza. -¿No sientes el sufrimiento de ellos? ¡Cállate!- ¿No tienes la audacia de ellos? Entonces, otra vez ¡cállate!Cállate, porque tú no sabes las torturas de un trabajo y de una explotación que se odian.Desde hace mucho tiempo se viene reclamando el derecho al trabajo, el derecho al pan, y, francamente, en el trabajo nos estamos embruteciendo. No somos más que lobos en busca de trabajo, -de un trabajo duradero, fijo- y a la conquista de él se encaminan todos nuestros afanes. Estamos a la pesca continua, obsesionante del trabajo. Esta preocupación, esta obsesión nos oprime, no nos abandona nunca. Y no es que se ame al trabajo. Al contrario, lo odiamos, lo maldecimos: lo cual no impide que lo suframos y lo persigamos por todas partes. Y mientras imprecamos en su contra, lo maldecimos también porque se nos va, porque es inconstante, porque nos abandona -después de un breve tiempo: seis meses, un mes una semana un solo día. Y he aquí que transpuesta la semana, pasado el día, la búsqueda empieza de nuevo con toda la humillación que ella entraña para nuestra dignidad de hombres; con el escarnio que implica a nuestras hambres: con la befa moral nuestro orgullo de individuos conscientes de este ultraje, relajándonos y pisoteando nuestros derechos rebeldes, de anarquistas. Nosotros, anarquistas, sentimos la humillación de esta lucha para huirle al hambre y sufrimos la ofensa de tener que mendigar un pedazo de pan que nos es concedido de cuando en cuando como una limosna y a condición de renegar o poner en el desván de los trastos inútiles nuestro anarquismo (si no queréis usar de medios ilegales para defender vuestro derecho a la vida, sólo os quedará como lugar de reposo el cementerio), y sufrimos más, porque tenemos conciencia de la injusticia que se realiza en contra nuestra. Pero donde se agranda nuestro sufrimiento hasta adquirir caracteres trágicos, es al desentrañar la vergonzosa comedia de la falsa piedad que se desarrolla a nuestro derredor, mordiéndonos de rabia por nuestra impotencia y también por sentirnos un poco viles -vileza que es a veces justificada, pero que casi siempre no tiene justificación alguna frente a esta inicua y cínica hipocresía que nos hace pasar a nosotros, trabajadores, como los beneficiados, cuando somos los benefactores; que nos coloca en situación de mendigos a quienes se quita el hambre por misericordia, mientras, que en realidad somos nosotros los que damos de comer a todos los parásitos y les procuramos el bienestar de que gozan: que consumimos nuestras vidas entre los horrores de las privaciones, para saturar de goces las de ellos, para permitir sus expansiones, sus placeres, -su ocio,- teniendo conciencia del despojo a que se nos somete. Quiere prohibirsenos hasta el poder sonreír ante las maravillas de la naturaleza, porque se nos considera como instrumentos, nada más que como instrumentos para embellecer su vida parasitaria.Nos damos cuent de toda la insensatez de nuestros afanes; sentimos lo trágico, mejor dicho lo ridículo de nuestra situación: imprecamos, maldecimos, nos sabemos locos y nos sentimos viles, pero todavía continuamos bajo la influencia (como cualquier mortal) del ambiente que nos circunda, que nos envuelve en una malla de frívolos deseos, de mezquinas ambiciones de "pobres cristos" que creen mejorar un poco sus condiciones materiales, intentando arrancar de entre los dientes de los lobos -de los que poseen y defienden la riqueza- una migaja de pan que no se consigue más que al elevado precio de nuestra carne y de nuestra sangre dejadas en los engranajes del mecanismo social.Y, a pesar nuestro, por necesidad o sugestión colectiva, nos dejamos arrastrar por el torbellino de la locura común. Y rotas, en nosotros, las fuerzas que nos mantienen íntegros en nuestra conciencia que ve claro en las cosas y sabe que no lograremos nunca por este camino destrozar las cadenas que nos mantienen esclavos, porque no se destruye la autoridad colaborando con ella, ni se disminuye el poder ofensivo del capital ayudando a acumularlo con nuestro trabajo, con nuestra producción; rotas estas resistencias, decía, comenzamos a acelerar el paso y bien pronto veloz carrera, loca carrera sin sentido ni fin, que no nos conduce más que a soluciones transitorias, siempre vanas e inútiles.¿Qué decir? ¿Avidos de ganancia? ¿Sugestión del ambiente? ¿Insensatez? De todo un poco, aunque bien sabemos que con nuestro trabajo, bajo las condiciones del sistema capitalista, no resolveremos ningún problema esencial de nuestras vidas, salvo raros casos particulares y condiciones especiales. Cada aumento de nuestra actividad en el presente sistema social no tiene otro resultado que un aumento de la explotación en nuestro daño.Impostores son aquellos que afirman que la riqueza es fruto del trabajo, del trabajo honesto, individual.Pasemos adelante. ¿Para qué detenerse a rebatir los sofismas de ciertas teorías económicas que no son sinceras ni honradas y que sólo convencen a los pobres de espíritu -desgraciadamente son la mayoría de la sociedad,- que no persiguen otra finalidad que la de cubrir torpes intereses con la apariencia de la legalidad y del derecho. Todos vosotros sabéis que el trabajo honrado, el trabajo que no explota a otros, no ha creado nunca, en el presente sistema, el bienestar de persona alguna y mucho menos, su riqueza puesto que esta es el fruto de la usura y de la explotación, las cuales no se diferencian del crimen más que en las formas exteriores. Después de todo, no nos interesa un relativo bienestar material obtenido por la extenuación de nuestros músculos y de nuestro cerebro: queremos, sí, el bienestar adquirido por la posesión completa, absoluta del producto de nuestro esfuerzo, la posesión incontrastable de todo aquello que sea creación individual.Estamos, entonces, consumiendo nuestra existencias a total beneficio de nuestros explotadores, persiguiendo un bienestar material ilusorio, eternamente fugitivo, jamás realizable en una forma concreta, estable, porque la liberación de la esclavitud económica no nos podrá llegar por medio de un aceleramiento de nuestra actividad en la producción capitalista, sino con la creación consciente, útil, y con la posesión de lo que se produce.Es falso decir: "una buena recompensa, un buen salario por una buena jornada de trabajo". Confiesa esta frase que deben existir los que producen y los que se adueñan del producto, y que después de haber quitado una buena parte para ellos -aún no habiendo participado en su creación- distribuyen, en base de criterio y principios absurdos, enteramente arbitrarios, aquello que creen conveniente darle al verdadero productor. Establece la retribución parcial, el robo, la injusticia: consagra, por lo tanto, de hecho, la explotación.El productor no puede aceptar como base equitativa y justa la retribución parcial. Solamente la posesión integra puede establecer las bases de la Justicia Social. Por consecuencia, todo concurso nuestro a la producción capitalista es un consentimiento y una sumisión a la explotación que se ejerce sobre nosotros. Cada aumento de producción es un remache más para nuestras cadenas, es agravar nuestra esclavitud.Más trabajamos para el patrón, más consumimos nuestra existencia, encaminándonos rápidamente hacia un fin próximo.Más trabajamos, menos tiempo nos queda para dedicarlo a actividades intelectuales o ideales; menos podemos gustar la vida, sus bellezas, las satisfacciones que nos puede ofrecer; menos disfrutamos de las alegrías, los placeres, el amor. No se puede pedir a un cuerpo cansado y consumido que se dedique al estudio, que sienta el encanto del arte: poesía, música, pintura, ni menos que tenga ojos para admirar las infinitas bellezas de la naturaleza. Un cuerpo exhausto, extenuado por el trabajo, agotado por el hambre y la tisis no apetece más que dormir y morir. Es una torpe ironía, una befa sangrienta, el afirmar que un hombre, después de ocho o más horas de un trabajo manual, tenga todavía en sí fuerzas para divertirse, para gozar en una forma elevada, espiritual. Sólo posee, después de la abrumadora tarea, la pasividad de embrutecerse, porque para esto no necesita más que dejarse caer, arrastrar.A pesar de sus hipócritas cantores, el trabajo, en la presente sociedad, no es sino una condena y una abyección. Es una usura, un sacrificio, un suicidio.¿Qué hacer? Concentrar nuestros esfuerzos para disminuir esta locura colectiva que marcha hacia el enervamiento. Es preciso poner en guardia al productor en contra de este fatigoso afán, tan inútil como idiota. Es necesario combatir el trabajo material, reducirlo al mínimo, volverse vagos mientras vivamos en el sistema capitalista bajo el cual debemos producir.El ser trabajador honrado, hoy día, no es ningún honor, es una humillación, una tontería, una vergüenza, una vileza. El llamarnos "trabajadores honrados" es tomarnos el pelo, es burlarse de nosotros, es, después del daño, agregarnos la burla.¡Oh soberbios y magníficos vagabundos que sabéis vivir al margen de las conformaciones sociales, yo os saludo! Humillado, admiro vuestra fiereza y vuestro espíritu de insumisión y reconozco que tenéis mucha razón en gritarnos: "es fácil acostumbrarse a la esclavitud".***¡No!, el trabajo no redime, sino que embrutece. Los bellos cantos a las masas activas, laboriosas, pujantes: los himnos a los músculos vigorosos: las aladas peroraciones al trabajo que ennoblece, que eleva, que nos libra de las malas tentaciones y de todos los vicios, no son más que puras fantasías de gentes que nunca han tomado el martillo ni el escalpelo, de gentes que nunca han encorvado el lomo sobre un yunque, que jamás se han ganado el pan con el sudor de su frente. La poesía consagrada al trabajo manual no es más que una irrisión y un engaño que nos deberían hacer sonreír, si no llenarnos de indignación y rebeldía.¡La belleza del trabajo ... el trabajo que eleva, ennoblece, redime! ...¡Si, si! Mirad allá, a lo lejos. Son los obreros que salen de las fábricas que surgen de las minas, que abandonan los puertos, los campos, después de la jornada de trabajo. ¡Miradlos, miradlos! Apenas si sus piernas pueden soportar aquellos cuerpos derrengados. Escrutad esas caras pálidas, mustias, extenuadas. Asomaos a esos ojos tristes, mortecinos, sin luz, sin vitalidad. ¡Ah, los bellos, los potentes músculos ... la alegría de los corazones por el trabajo que ennoblece! ...Penetrad en aquella fábrica y observarlos en su actividad. Enclavados cojo parte integrante de la máquina, están constreñidos a repetir por mil, por diez mil veces el mismo movimiento, automáticamente, como la máquina, sin que casi sea necesaria la intervención de sus cerebros. Podrían muy bien haberlos dejado en sus casos, puesto que una vez emplazados en sus puestos, continuaría igualmente sus trabajos. No conservan nada de la propia personalidad, de la propia individualidad. No son seres sensibles, pensantes, creadores. No son más que cosas sin espiritualidad, sin impulso propio. Van porque todos van. Se mueven con ritmo uniforme, igual, sin independencia. Se les ha ordenado ejecutar aquel movimiento y lo deben hacer hoy, mañana, .. ¡siempre! ... ¡cómo las máquinas! ...Hemos llegado a la destrucción completa de la personalidad humana en el ochenta por ciento de la producción moderna. No se hallan ya los artesanos, los artistas. La producción capitalista, no los pide, no los precisa. Se han inventado cosas para cada necesidad y máquinas para hacerlo todo, y hemos llegado al punto de tener que crear nuevas necesidades para poder fabricar nuevos productos. En realidad es esto lo que ya se hace y es por esto que la vida se va siempre complicando más y el vivir se hace cada día más difícil.Se ha suprimido la estética de las cosas y no se crea más que en serie, en montón. Se han educado los gustos en línea general; se ha distribuido en los individuos cualquier, originalidad artística, cualquier antojo diferente, y se ha alcanzado -¡oh, prodigio de la propaganda!- hacer apetecer a la generalidad aquello que a los capitalistas conviene fabricar: una misma cosa para cada individualidad distinta. Ya no se tiene necesidad de seres que creen, sino de entes que fabriquen; ya no existen -¡ay!- artistas, obreros intelectuales; sólo quedan obreros manuales. No se pone más a prueba nuestra inteligencia; en cambio, se mira si tenéis buenos músculos, si sois vigorosos. No se mira mucho lo que sabéis, sino cuánto podréis producir. No sois vosotros los que hacéis marchar la máquina, es la máquina la que os hace marchar. ¡Y aunque parezca paradoja! -y no es más que la pura realidad- es también la maquina la que "piensa" lo que ha de hacerse, quedándoos a vosotros sólo la obligación de servirla, de hacer lo que ella enseña. Es ella el cerebro y vosotros el brazo; ella la materia pensante, creadora y vosotros la materia bruta, autómata: ella, la individualidad, vosotros la ... máquina.¡Horror! Si una sola individualidad se introdujese en el funcionamiento de la oficina Ford, por ejemplo, ella destruiría todo el engranaje de la producción.***Los obreros no son más que presidiarios. O, si os ha de servir de mayor consuelo, soldados acuartelados en las fábricas. Todos marchan al mismo paso; todos hacen -a pesar de la variedad de los objetos- los mismos movimientos. No encontramos ya ninguna satisfacción en los trabajos que hacemos; no nos apasionamos por ellos, porque nos sentimos completamente extraños a los mismos. Seis, ocho, diez horas de trabajo, son seis, ocho, diez horas de sufrimiento, de angustia.No amamos, no, el trabajo; lo odiamos. No es nuestra liberación, ¡es nuestra condena! No nos eleva y libra de los vicios; nos abate físicamente y nos aniquila moralmente hasta tal extremo que nos deja incapacitados para sustraernos a ellos. Será necesario realizar estos trabajos, lo sé, pero será siempre de mala gana si se quiere mantener también mañana el presente sistema por economía de esfuerzos. Será siempre sufriendo aún cuando la jornada sea reducida a menos horas. Yo no sé qué piensan los animales de la carga que se les coloca sobre el lomo; pero lo que si sé decir por lo que observo y por lo que por mi mismo siento, es que el hombre no ejecuta con alegría, con verdadera satisfacción, más que los trabajos intelectuales, artísticos. Si al menos no considerase malgastado e inútil su sacrificio, el hombre se armaría de coraje y su fatiga le parecería menos amarga, menos dolorosa. Pero cuando observa que todo su esfuerzo es malgastado, que no es sino el trabajo de Sisifo con innumerables desastres y sacrificios en cada recaída, entonces el coraje huye de su corazón y en cada ser consciente, en cada ser sensible y humano, el odio se enciende en contra de este bárbaro y criminal estado de cosas y la aversión y la rebeldía en contra del trabajo es inevitable. Se comprende, entonces, que existan los desconformes que no quieren doblegarse a esta esclavitud repugnante. Se comprende que existan los vagabundos indomables que prefieren la incertidumbre de su mañana -la mayoría de las veces sin el mísero mendrugo acordado al trabajador constante- antes que someterse a este sistema humillante. Se comprende la bohemia incorregible, sin genio si queréis, pero que no forma parte en el cortejo humillante de los arias ... Y se comprende, también, a los grandes haraganes, los ociosos ideales que pasando su vida en completa hermandad con la naturaleza, gozando al contemplar las maravillosas auroras, los melancólicos crepúsculos, colmando sus espíritus de melodías que sólo una vida simple y libre puede procurarles, imponiendo silencio a las imperiosas necesidades del hambre por no caer en la esclavitud en la cual nosotros estamos hundidos. Sentados al borde del camino observan con infinita tristeza, con profunda piedad, la negra caravana que todos los días se encamina dócil y deshecha hacia las fábricas -prisiones que los engullen ya exhaustos y los devuelven por la noche hechos cadáveres.Y huyen, huyen estos ociosos ideales con el corazón oprimido al ver tanta estulticia, tanta miseria, tanta locura. Huyen hacia la vida libre, indócil, no conformista diciéndole a su corazón que antes de someterse cada día a esta vida miserable, vil y privada de elevación y espiritualidad, la muerte es preferible.Odiar el trabajo manual en régimen capitalista, no significa ser enemigo de toda actividad, como aceptar la expropiación individual no equivale a hacer la guerra al trabajador-productor, sino al capitalista-explotador.Estos vagabundos ideales a los que tanto admiro, tienen una actividad, viven una intensa vida espiritual, riquísima en experiencias, observaciones, goces. Son enemigos del trabajo, porque encuentran malgastados en gran parte sus esfuerzos en aquella dirección; no pueden, por lo tanto, someterse a la disciplina que exige aquella especie de actividad, y no quieren tolerar que se haga de ellos una máquina sin cerebro, que se mate, en fin, en ellos aquella personalidad, que es lo que más aprecian. Entre estos vagabundos espirituales, -refractarios a la domesticación y disciplina capitalistas, -es necesario buscar los expropiadores los partidarios de la expropiación individual, aquellos que no quieren esperar a que las masas estén preparadas y dispuestas para cumplir el acto colectivo de justicia social. Estudiando bien los matices psicológicos, éticos y sociales que determinan esa actitud en ellos, sabremos comprender, justificar y apreciar mejor sus actos y también defenderlos de los ataques biliosos de muchos de aquellos que aún compartiendo las mismas ideas sobre muchos otros problemas, se afanan en tirar fango sobre, estos impacientes que no saben resignarse hasta que llegue el día de la redención colectiva.El derecho a la expropiación individual no se puede negar, basándose sobre un cierto derecho colectivo a la expropiación. Si fueramos socialistas o comunistas-bolcheviques, podríamos negar al individuo el derecho de apropiarse -por los medios que estime más convenientes- de aquella parte de riqueza que a él como productor le pertenece. Porque los bolcheviques y los socialistas niegan la propiedad individual y admiten una sola forma de propiedad: la colectiva. Pero este no es el caso de los anarquistas, sean individualistas o comunistas, pues todos teórica y prácticamente admiten tanto la propiedad individual como la colectiva. Y si admite el derecho a la posesión individual, ¿cómo podría negarse al individuo el mismo derecho a servirse de los medios que crea oportunos para entrar en posesión de lo que le pertenece?Cada acreedor (y éste sería la clase productora frente a la capitalista) toma por la garganta a su deudor en la hora y en la forma que más le convenga, y se hace restituir su producto -el cual se le ha arrebatado con el engaño y la violencia- en el menor tiempo posible. El individuo, basándose en la libertad, -y la libertad es la doctrina de la anarquía,- es el único y solo árbitro y juez en este acto de restitución. Se ha admitido la oportunidad y la necesidad de un acto colectivo, de una revolución social para expropiar a la burguesía, y el individuo, aún individualista, se asoció voluntario a esta idea, porque fue creencia general que un esfuerzo colectivo nos libraría más fácilmente de la esclavitud económica y política.Pero desde hace años esta confianza ha decrecido en muchos anarquistas.Ha tenido que admitirse, al fin, que una verdadera liberación, una liberación profunda, anárquica, que arrancara de la conciencia de las masas -con seguridad de nunca más volver- el fetiche autoridad y nos permite instaurar un estado de cosas que no violara la libertad de cada uno, necesita forzosamente una larga preparación cultural, por consecuencia, muchos años todavía de sufrimientos bajo la explotación capitalista. De esto ha derivado que muchos rebeldes nuestros, que en un primer momento habían abrazado con entusiasmo la idea de una revolución expropiadora se han dicho -sin disasociarse por esto del necesario trabajo de preparación revolucionaria- que tal espera significaba el sacrificio de toda su vida, consumida en condiciones odiosas y bestiales, sin ninguna alegría, sin goce alguno, y que la satisfacción moral de una lucha cumplida en pro de la liberación humana no era lenitivo suficiente para sus propias penas."No tenemos más que una vida -se han dicho en su corazón- y ésta se precipita hacia su fin con la rapidez del relámpago. La existencia del hombre con relación al tiempo no es verdaderamente más que un instante fugaz. Si se nos esfuma este instante, si no sabemos extraerle el jugo que en forma de alegría nos puede dar, nuestra existencia es vana y desperdiciamos una vida de cuya pérdida no nos resarcirá la humanidad. Por lo tanto, es hoy cuando debemos vivir, no mañana. Es hoy cuando tenemos derecho a nuestra parte de placeres, y lo que hoy perdemos el mañana no nos lo puede restituir: está definitivamente perdido. Por eso es que hoy queremos gozar nuestra parte de bienes, es que hoy deseamos ser felices".Pero la felicidad no se alcanza en la esclavitud. La felicidad es un don del hombre libre, del hombre dueño de sí mismo, dueño de su destino; es el supremo don del hombre, hombre que se niega a ser bestia de carga, resignada bestia que sufre, produce y está privada de todo. La felicidad se obtiene en el ocio. También se adquiere con el esfuerzo, pero con el esfuerzo útil, con el esfuerzo que procura mayor bienestar - aquel esfuerzo que acrecienta la variedad de mis adquisiciones, que me eleva, que de verdad me redime.No hay, por lo tanto, felicidad posible para el trabajador que durante toda su vida está ocupado en resolver el terrible problema del hambre.No hay felicidad posible para el paria que no tiene otra preocupación que su trabajo, que no dispone sino del tiempo que dedica al trabajo. Su vida es bien triste, bien desoladora, y para poder soportarla arrastrarla, aceptarla sin rebelarse, se precisa, un gran coraje o una gran dosis de cobardía.Del deseo de vivir, de la desesperación íntima y profunda que nos coloca frente a la perspectiva de toda una vida consumida, para beneficio de gente indigna, de la desolación sentida al perder la esperanza en una salvación colectiva durante la fugaz trayectoria de nuestra breve existencia: he ahí de lo que está formada la rebelión individual; he ahí de qué fuegos están alimentados los actos de expropiación individual. Triste, muy triste, es la vida del trabajador inconsciente; pero, ¡ay de mí!, la vida del anarquista es verdaderamente trágica.Si vosotros nos sentís todos los sufrimientos, toda la desesperación de vuestra trágica situación, permitidme deciros que tenéis piel de conejo y que el yugo no os está tan mal. Y si el yugo no os pesa; si por vuestra situación particular no sentís la apresión directa del patrón; si, a pesar de todas vuestras superficiales lamentaciones, no podéis vivir sin el trabajo, por qué no sabéis cómo ocupar vuestras horas de ocio, y a falta de un trabajo manual, os aburrís terriblemente; si sabéis aguantar la disciplina cotidiana de la oficina, respetar los continuos reproches de los capataces imbéciles o malvados, reventar de trabajo primero, y de hambre después, sin que sintáis las ganas de abrazar al más odioso de los criminales, de llamarlo hermano y no sentiros invadir la ternura hacia el oficio de verdugo, vosotros no habéis alcanzado el grado necesario de sensibilidad para comprender los sufrimientos espirituales y los motivos sociales que determinan los actos de expropiación individual, -de aquellos de los cuales yo hablo- y todavía menos tenéis derecho de condenarles. Porque no sólo el anarquista constata todo lo odioso de un trabajo bestial, criminal y no pocas veces inútil para el bien suyo y el de la humanidad; no solamente se ve obligado a participar él mismo en el mantenimiento de su propia esclavitud, la de sus compañeros y la del pueblo en general, sino que debe ejecutar este trabajo en una forma y condiciones tan horribles, tan insoportables y llenas de peligro que su vida se siente amenazada todos los instantes de la larga jornada; porque su trabajo, ciertos trabajos que deben efectuar algunas categorías de obreros (y digo "categorías" porque hay varios obreros que no conocen la bestialidad y el peligro terrible de ciertos trabajos ejecutados por otros trabajadores), no solamente implican una verdadera esclavitud, sino que se asemejan a un verdadero suicidio.En el fondo de las minas, al lado de las máquinas monstruosas, en las infernales fundiciones, en medio de los productos malsanos, la muerte está siempre en acecho. Cuerpos que se vuelven tísicos, pulmones envenenados, miembros lacerados, cuerpos curvados, ojos privados de la luz eterna, cráneos aplastados, he ahí lo que los honrados trabajadores, a millares ganan con el sudado pan. Y ninguna piedad para ellos, ninguna moral, ninguna religión para conmover al aprovechador que junta sus millones amasados con diarios crímenes cometidos para obtener un poco más de beneficio, para llevar a sus cajas unos centavos más.¡Es necesario, por lo tanto, rodearlo de nuestra ternura, vaciar nuestro depósito lacrimógeno ante la mala fortuna que puede caer sobre la cabeza de alguno de ellos, por el hecho forzado de alguno de los nuestros!Verdad, es que debemos mostrarnos buenos, humanos, generosos cuando se trata de respetar la bolsa o la piel de nuestros enemigos, y buenas bestias cuando nuestros enemigos nos hacen reventar.¿De modo qué individualmente, no tenemos el derecho de tomar en nuestras manos la espada de la justicia sin el consentimiento colectivo? - ¡No violéis la virginidad de la moral común con vuestros todavía no santificados pecados! ¡Un poco de paciencia, hermanos míos, que el reino del Señor vendrá para todos!"Si tenéis hambre, gruñid, pero quietos: nosotros no estamos todavía prontos. Si se os apalea, rugid, pero no os mováis: tenemos aún plomo en los pies. Si se os masacra, después de haberos robado, ¡alto ahí! Volved la cara al ladrón, nosotros os proclamaremos héroes. Pero si queréis recobrar el dinero sin nuestro consentimiento, aunque fuese con vuestro único riesgo, no lo hagáis, porque entonces no seréis más que villanos bandidos. Es la moral, nuestra moral".¡Mierda, entonces!Y me será permitido hacer una pregunta, la siguiente: cuando el capital me roba y me hace morir de hambre, ¿quién es el robado y quién el que muere de hambre: yo o la colectividad? ¿Yo? Y ¿por qué, entonces, solamente la colectividad tendrá el derecho de atacar y defenderse?Yo sé que la acción del expropiador se puede prestar a muchas falsas interpretaciones, a muchos equívocos. Pero la culpa de todo esto, la responsabilidad por la falsificación de los motivos éticos, sociales y psicológicos que han determinado y determinan -en su gran mayoría- los actos individuales de expropiación, cae principalmente -en gran parte- sobre la mala fe de sus críticos. No por esto quiero sostener que todos sus críticos son de mala fe, porque sé muy bien que existe gran parte de compañeros que cree sinceramente que estos actos son nocivos a los fines inmediatos de nuestra propaganda. Cuando hablo de mala fe, quiero señalar a aquellos anarquistas tan sectarios y tan individualófobos, que a cada acto de expropiación empiezan por llamarlo "robo", queriendo con esto negar al gesto cualquier base social y éticamente justificable desde el punto de vista anarquista, para asociarlo y ponerlo en común con todos aquellos individuos vulgares e inconscientes (en gran, parte también excusables porque son productos genuinos del presente sistema social) que hacen el ladrón con la misma indiferencia que harían el verdugo si esta última profesión les procurase aquello que buscan.Sin embargo, yo estoy bien lejos de justificar siempre y en todas las circunstancias al expropiador. Una cosa que encuentro condenable en cierto número de expropiadores, es la corrupción a que se entregan cuando un buen golpe les ha salido bien. En ciertos casos, lo admito, la crítica y la condenación están bien justificadas, pero a pesar de todo esto, ella no puede llegar más allá de aquella hecha al buen trabajador que consume su sueldo en borracherías y prostíbulos, hecho que, desgraciadamente, ocurre todavía y demasiado frecuentemente entre los nuestros.Ha sido dicho por ciertos críticos que la apología del acto individual engendra en ciertos anarquistas el utilitarismo mezquino, una mentalidad estrecha y en contradicción con los principios de la anarquía, suposición tan antojadiza como decir que cada anarquista que tenga contacto con elementos no anárquicos, acaba por pensar en forma antianárquica.Pero hay una cosa que no quiero olvidarme de decir, y es la siguiente: siendo la expropiación un medio para substraerse individualmente a la esclavitud, los riesgos deben ser soportados individualmente, y los compañeros que practican la expropiación "per se" pierden todo derecho -aunque exista para las otras actividades anarquistas, y yo no lo creo- a reclamar la solidaridad de nuestro movimiento cuando caen en desgracia.La intención mía en este estudio no es la de hacer la apología de éste o de aquel hecho, sino la de llegar a las raíces del problema, la de defender el principio y el derecho a la expropiación, y el mal uso que ciertos expropiadores hacen del fruto de sus empresas, no destruye el hecho mismo, como le hecho de que existan perfectos canallas que se llaman anarquistas, no destruye el contenido ideológico de la anarquía.Examinemos una más grave acusación, la condena máxima: aquella que sostiene que los actos de expropiación individual atentan contra los principios anarquistas.Se ha llamado a los expropiadores, parásitos, ¡y es cierto! Son parásitos; no producen nada. Pero son parásitos involuntarios, forzados, porque en la presente sociedad, no puede haber más que parásitos o esclavos.No hay duda alguna que son parásitos, pero lo que nadie podrá hacer es llamarles esclavos. Los esclavos, en cambio, en su gran mayoría, son también parásitos mucho más costosos que aquellos. Y el parasitismo de esta mayoría de productores es mucho más inmoral, cobarde y humillante que aquel de los expropiadores.¿Llamaréis productor, trabajador honrado o parásitos a aquel que está empleado en la fabricación de joyas, de tabaco, de alcohol, u ocupado nel far la ... serva al prete? (N. de R. "hacerle de sirvienta al cura").Se me dirá que este parasitismo también es impuesto, que la necesidad de vivir nos obliga, a pesar nuestro, a someternos a esta actividad negativa y dañosa.Y con esta pobre excusa, con este cobarde pretexto se gana el pan nuestro, en forma vergonzosa y hasta criminal. Verdadera complicidad en el delito; criminalidad no inferior a aquella de los primeros responsables: los burgueses.Y después de todo, ¿podréis negar que el rehusarse a colaborar en los embrollos de este régimen criminal, no es mucho más anárquico que el primero? ¿Podréis negar, acaso, que los dos tercios de la población de nuestras metrópolis sean parásitos?Es innegable que si por productores se calculan sólo aquellos que están ocupados en una producción verdaderamente útil, la humanidad, en su gran mayoría, se debe considerar parásita. Trabajéis o no trabajéis, si no formáis parte de la categoría de los campesinos o de las pocas categorías verdaderamente útiles, no podéis ser más que parásitos, aunque os creáis trabajadores honrados.Entre el parásito-trabajador que se somete a la esclavitud económico-capitalista y el expropiador que se rebela, prefiero a este último. Este es un rebelde en acción, el otro es un rebelde que ladra, pero ... no muerde, o morderá solamente el día de la santísima redención.Dividido el esfuerzo entre toda la colectividad, dos o tres horas de trabajo, al día serían suficientes para producir todo lo que se necesitaría para llevar una vida holgada. Tenemos, por lo tanto, derecho al ocio, derecho al reposo. Si el presente sistema social nos niega este derecho es preciso conquistarlo por cualquier medio.Es triste, en verdad, el tener que vivir del trabajo de otros. Se prueba la humillación al sentirse igualados a los parásitos burgueses, pero se saborean también grandes satisfacciones.Parásitos sí; pero no se beben las amargas heces de la sabida vileza, de la consentida expresión, no se sienten los tormentos de saberse uno de aquellos que, humillados van uncidos al carro del triunfador, regando el camino con su propia sangre; uno de aquellos que ofrecen riquezas a los parásitos y mueren de hambre sin osar rebelarse; uno de aquellos que construyen palacios y viven en tugurios, que cultivan el trigo y no pueden quitar el hambre a sus chicos; uno de la muchedumbre anónima y envilecida que se yergue un segundo al recibir el golpe del amo, pero que se somete todos los días, se conforma con el estado social, actual y, depuesta su momentánea actitud, tolera, ayuda y ejecuta todas las infamias, todas la bajezas.No productores, es cierto, pero no cómplices. No productores, sí; ladrones si queréis -si vuestra poltronería tiene necesidad de otra ruindad para consolarse,- pero no esclavos. Desde hoy, cara a cara, mostrando los dientes al enemigo.Desde hoy, temidos y no humillados. Desde hoy, en estado de guerra contra la sociedad burguesa. Todo, en el actual mundo capitalista, es indignidad y delito; todo nos da vergüenza, todo nos causa náuseas, nos da asco. Se produce, se sufre y se muere como un perro. Dejad, al menos, al individuo la libertad de vivir dignamente o de morir como hombre, si vosotros queréis agonizar en esclavitud.El destino del hombre, se ha dicho, es aquel que él mismo se sabe forjar; y hoy no hay más que una alternativa: o en rebeldía o en esclavitud. |